# LA LÍNEA 13
## *El vagón de los cien miembros*
### Una historia de terror sexual
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## PRÓLOGO — EL TREN DE LOS MUERTOS
Hay trenes que descarrilan y trenes que **desaparecen**. La línea nocturna Gotham–Jump City, servicio 13, pertenecía a la segunda categoría. Oficialmente, el convoy se detuvo a las 3:47 de la madrugada entre dos túneles que llevaban cuarenta años sin inspección. Los pasajeros bajaron. Los pasajeros se marcharon. Y nadie volvió a hablar del vagón siete, porque el vagón siete no tenía nada especial... hasta que empezó a tener hambre.
Pero la verdad es mucho más vieja.
Cuarenta años antes, un tren de carga salió del depósito de Gotham con cuarenta y siete ataúdes a bordo. Iban a trasladar los cuerpos de un cementerio clausurado a una fosa común nueva, porque el terreno donde estaban enterrados se había vendido para construir un aparcamiento. Cuarenta y siete muertos. Hombres y mujeres. Viejos y jóvenes. Ninguno sabía que iba a morir dos veces.
El tren se metió en el túnel largo a las tres de la madrugada. Y en el túnel largo pasó algo. Algo eléctrico, algo de la vía, algo que nadie registró nunca. Los ataúdes se abrieron solos. Los cuerpos se levantaron. Y los cuerpos, al tocarse unos con otros en la oscuridad, **no se soltaron**.
Se fundieron.
La carne de un hombre se soldó al brazo de otro. Las costillas de tres mujeres distintas se entrelazaron como las varillas de un paraguas roto. Las caderas de cinco hombres se pegaron por el hueso, por el tendón y por un tejido nuevo, rosado y húmedo, que nadie había visto antes. Las caras se fundieron también: narices donde debían estar los codos, bocas abiertas en los hombros, ojos que giraban en cuencas compartidas por dos frentes distintos. Cuarenta y siete almas en un solo cuerpo. Cuarenta y siete hambres en una sola garganta.
Y de aquella masa salieron **cien miembros**.
No brazos. No piernas. Tentáculos. Tentáculos-pene, si se podía llamar así a aquello: cien troncos de carne del mismo rosa crudo, algunos cortos y gruesos como puños, otros largos y finos como látigos, otros retorcidos en espiral, otros cubiertos de anillos vivos que se abrían y se cerraban a lo largo de toda su longitud como válvulas. Todos brillantes de una lubricación espesa y caliente. Todos palpitando con una red de venas azuladas que latían al ritmo de un corazón escondido en el centro de la montaña.
Cuarenta y siete almas. Cien miembros. Un solo objetivo: **volver a estar dentro de alguien**. Volver a nacer.
Y la criatura, al nacer, no eligió un lugar. Eligió un **tren**. Porque un tren es un cuerpo largo de vagones, y ella era un cuerpo hecho de cuerpos, y nunca se sintió tan en casa como entre las vías. Desde entonces vivió en los trenes. En los ramales muertos. En los túneles olvidados. En los convoyes de carga que nadie revisaba. Se arrastraba de vagón en vagón por los techos, por las vías, por los huecos de servicio, y cuando un tren se detenía demasiado tiempo en un túnel, ella subía y esperaba.
Cuarenta años esperando. Cuarenta años hambrienta.
Y luego, una noche de octubre, la puerta del vagón siete se abrió y entró una chica pálida con el pelo violeta.
La criatura supo, en ese mismo instante, que el hambre había terminado.
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## CAPÍTULO 1 — LA PÁLIDA
Rachel Roth subió al vagón siete a las 2:12 de la madrugada, con dieciocho años recién cumplidos y las ganas de estar sola.
Lo recordaba todo con nitidez quirúrgica: el chirrido de las puertas, el olor a óxido y a agua estancada, los asientos de cuero rajado que soltaban polvo cuando se sentaba. Llevaba su capa púrpura sobre un cuerpo delgado de piel grisácea, tan pálida que bajo las luces parpadeantes parecía tallada en mármol húmedo. Su cabello violeta le caía hasta la cintura. Sus ojos, dos pozos de amatista, veían cosas que la gente normal no veía.
Se sentó en el fondo, junto a la puerta de conexión, y esperó.
El tren arrancó. El tren se metió en el túnel. El tren apagó las luces de un tirón, *clac*, y las volvió a encender, y cuando volvieron a encenderse, había **algo** en el otro extremo del vagón.
No era una criatura. Era **muchas**.
Era un cuerpo hecho de cuerpos. Brazos de personas distintas, cosidos entre sí por un tejido rosado y húmedo que supuraba. Costillas de tres torsos distintos entrelazadas como las varillas de un paraguas roto. Caderas que habían pertenecido a cinco hombres diferentes, soldadas por la carne. Piernas que no eran pares —cuatro, seis, ocho, todas de gente distinta, todas moviéndose a la vez—. Y encima, retorciéndose, docenas de caras fundidas en la masa: una nariz donde debería estar un codo, una boca abierta en un hombro, un ojo girando en una cuenca compartida por dos frentes distintos.
Todas las pupilas apuntando a Rachel.
La cosa se arrastró por el suelo del vagón con un sonido de succión, *schlop, schlop, schlop*, dejando un rastro de baba y de sangre vieja.
Rachel se levantó.
—Demonios —susurró—. Al menos tú eres de los míos.
No lo era. Y lo iba a descubrir desnuda, de rodillas, con cien miembros dentro.
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## CAPÍTULO 2 — CIEN
Lo primero que hizo la criatura fue desnudarla sin desabrochar nada.
Un brazo —de mujer, delgado, con una alianza todavía puesta en el dedo anular— se estiró desde la masa y cerró la mano sobre la capa de Rachel. Tiró. El broche saltó. La tela púrpura cayó al suelo. Un segundo brazo, más grueso, de hombre, le agarró el cuello del vestido negro y lo rasgó de arriba abajo con un tirón seco, dejándole la espalda desnuda y las costillas al aire.
Rachel jadeó. El aire del vagón estaba frío y húmedo, y su piel gris se erizó entera.
La criatura la levantó del suelo con cuatro brazos a la vez —dos en las muñecas, dos en los tobillos— y la sostuvo en vilo, abierta, indefensa, con las piernas colgando. Y entonces Rachel vio por fin lo que la cosa tenía debajo de la maraña de miembros.
El torso se abría en una **corona**.
Cien tentáculos-pene. Cien. Algunos cortos y gruesos como puños; otros largos y finos como látigos; otros retorcidos en espiral; otros cubiertos de anillos de carne viva que se abrían y se cerraban a lo largo del tronco. Todos del mismo rosa crudo, todos brillantes de una lubricación espesa y caliente que goteaba al suelo, todos palpitando con una red de venas azuladas que latían al ritmo de un corazón escondido en el centro de la montaña de carne.
Rachel los contó. Cien.
—Oh, mierda —dijo.
El primero la penetró antes de que terminara de decirlo.
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## CAPÍTULO 3 — LA VIOLACIÓN DE RACHEL
Fue brutal. No hubo caricias. No hubo preparación. No hubo ternura. La punta resbaladiza se abrió paso entre sus muslos, encontró su entrada y **empujó** con la fuerza de un pistón hidráulico. Rachel gritó. Su cuerpo, todavía tenso, se arqueó como un cable tirante, y el tentáculo siguió empujando, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta un punto que no sabía que existía. Era grueso. Era demasiado grueso. Y cuando por fin llegó al fondo, la criatura no se detuvo: empezó a bombear. Entrar y salir, entrar y salir, un ritmo seco, mecánico, animal, que hacía chocar las caderas de Rachel contra el aire.
—¡Ah! —apretó los dientes.
El segundo tentáculo encontró su culo.
—¡AH!
La criatura la estaba llenando por dos sitios a la vez, y los dos tentáculos no se coordinaban. Iban cada uno a su ritmo. Uno dentro cuando el otro salía. Un vaivén desfasado que la partía por la mitad, que le hacía perder el aire, que le hacía perder la cabeza. El tercero llegó a su boca. Rachel abrió los labios para quejarse y el tentáculo se le metió hasta la garganta, y ya no pudo quejarse de nada: solo podía gemir alrededor del tronco palpitante que le llenaba la boca y le hacía brotar saliva por las comisuras de los labios.
Tres a la vez. Y aún quedaban noventa y siete.
El cuarto se enrolló alrededor de su pecho izquierdo, apretando, ordeñando, jugando con el pezón entre dos anillos de carne. El quinto hizo lo mismo con el derecho. El sexto y el séptimo le agarraron las muñecas y le tiraron de los brazos hacia atrás, arqueándole la espalda, ofreciéndole el pecho a la criatura como una bandeja. El octavo le rodeó la cintura y apretó. El noveno le encontró el clítoris —ese sí, con una delicadeza cruel, rozando apenas, casi acariciando— y Rachel se corrió por primera vez con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo y que la criatura absorbió sin piedad, sin pausa, sin dejar de bombear.
Entonces llegaron los demás.
Los tentáculos empezaron a brotar de todas partes: de la masa, de los brazos cosidos, de las bocas abiertas en los hombros, de las cuencas de los ojos. Uno se le metió entre los dedos de la mano y se enroscó. Otro le rodeó el muslo y apretó. Dos más se pegaron a sus nalgas y tiraron, separándoselas, y un tercero —más fino, más largo— se coló por el hueco que quedaba entre los dos tentáculos que ya la llenaban, estirando la carne, y Rachel sintió que se desgarraba y se rehacía al mismo tiempo.
Diez. Veinte. Treinta.
La criatura la follaba por todos los agujeros que tenía y por algunos que Rachel no sabía que tenía. La levantó, la giró, la puso boca abajo en el aire, la atravesó desde atrás con tres tentáculos a la vez mientras otros dos le apretaban la garganta —no lo suficiente para ahogarla, solo lo suficiente para que cada respiración fuera un esfuerzo, solo lo suficiente para que su cabeza diera vueltas y su cuerpo dejara de resistirse—. La puso de lado. La puso de espaldas. La puso de rodillas en el suelo, con las caderas en alto, y se subió encima como un animal, y le clavó cuatro, cinco, seis a la vez, y Rachel gritó hasta quedarse sin voz.
Y en algún momento, entre el quinto y el sexto orgasmo, ocurrió lo peor.
**Le gustó.**
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## CAPÍTULO 4 — EL INTERRUPTOR
No fue gradual. Fue como un interruptor que se accionara de golpe.
La criatura estaba dentro de ella en cinco sitios distintos, y de repente el dolor se convirtió en necesidad, y la necesidad se convirtió en hambre, y Rachel Roth —la chica que nunca sonreía, la que meditaba para no sentir, la que controlaba cada emoción como si fuera un arma cargada— **se rindió**.
—Más —dijo, con la boca llena de tentáculo, con la voz rota—. Más. Más. Dame más.
Y la criatura obedeció.
Le metió siete. Luego ocho. Rachel perdió la cuenta. Perdió el nombre. Perdió la noción de dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el de la cosa. Los tentáculos la cubrían entera, la envolvían como una momia viva, y por dentro la llenaban de un calor espeso que subía por su vientre y le hacía temblar los muslos. Movía las caderas sola, contra el aire, contra la masa, contra todo. Su piel gris estaba roja de frotamiento, húmeda de baba, brillante como vidrio mojado. Su cabello violeta se le pegaba a la cara en mechones.
El clímax final llegó cuando la criatura la sostuvo con veinte brazos a la vez y la empaló con una docena de tentáculos simultáneos, todos moviéndose al mismo ritmo por primera vez, todos empujando hacia dentro a la vez, todos retirándose a la vez, un solo movimiento colectivo de cien miembros coordinados. Rachel se corrió tanto que vio estrellas detrás de los párpados. Y cuando se corrió, la criatura también.
La inundó.
Un torrente caliente y denso brotó de todos los tentáculos a la vez, dentro y fuera, llenándole la boca, el coño, el culo, cubriéndole el pecho y el vientre y los muslos de una capa espesa que chorreaba al suelo. Rachel tragó. Y tragó. Y no pudo tragar todo, y el resto se le derramó por el cuello, por las costillas, por el hueco de las clavículas, por el ombligo.
Cuando la criatura por fin la soltó, Rachel cayó al suelo del vagón como un trapo. Se quedó allí, jadeando, con las piernas abiertas, con el vientre subiendo y bajando, con la semilla de la cosa corriéndole por dentro. Y sonrió. Sonrió de verdad, con los dientes, cosa que no hacía nunca.
Y entonces oyó pasos.
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## CAPÍTULO 5 — LA GUERRERA
Los tacones de Starfire repicaron sobre el metal del vagón mucho antes de que la princesa tamaranea apareciera por la puerta de conexión.
—¡Rachel! ¡Te he estado buscando por todas partes, amiga! ¿Por qué has salido del...?
Se detuvo.
Se quedó mirando. Rachel, desnuda, empapada, sonriendo en el suelo, cubierta de una película brillante que le corría por los muslos. Y detrás de ella, la montaña de carne con cien miembros palpitantes.
—Oh —dijo Starfire.
—Oh, sí —dijo Rachel.
Starfire llevaba su traje violeta y plateado, las botas altas, el cabello rojo fuego suelto hasta la cintura. Su piel naranja brillaba bajo la luz del vagón como bronce pulido. Tenía un cuerpo largo, atlético, de guerrera, con caderas anchas y muslos fuertes y brazos capaces de levantar un coche. La criatura la miró. Todas sus caras la miraron. Y Starfire, que había luchado contra dioses y contra demonios y contra su propia hermana, sintió por primera vez en mucho tiempo algo parecido al miedo.
—Rachel —dijo, sin apartar los ojos de la cosa—. ¿Qué es esa criatura?
—Un regalo —dijo Rachel.
La criatura no le dio tiempo a preguntar más.
Un tentáculo le cruzó el pecho como un látigo y le arrancó la parte de arriba del traje; otro le desgarró la falda; un tercero le agarró las botas y se las llevó puestas; un cuarto le tiró de la ropa interior hasta los tobillos. Starfire se quedó completamente desnuda en menos de dos segundos, con los pechos al aire, la piel naranja entera a la vista, y solo un jirón de tela colgándole de la cadera.
Gritó. No de miedo. De sorpresa.
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## CAPÍTULO 6 — LA VIOLACIÓN DE STARFIRE
Con Starfire fue distinto. Fue peor. Fue **mejor**.
La masa la levantó del suelo con diez brazos y la abrió como un libro: una pierna hacia cada lado, los brazos estirados por encima de la cabeza, sujeta por las muñecas, sujeta por los tobillos, sujeta por la cintura y por el cuello. Starfire quedó suspendida en el aire, totalmente vulnerable, con la entrepierna expuesta, y la criatura se detuvo un momento a contemplarla, todas sus pupilas recorriéndola de arriba abajo, como si eligiera.
—¿Qué estáis esperando? —dijo Starfire—. ¿Un poema?
El primer tentáculo entró en ella tan de golpe que le hizo salir el aire de los pulmones. Starfire era fuerte, tenía un cuerpo entrenado, pero la criatura era **implacable**. La embistió sin ritmo, sin pausa, sin respeto. Un segundo tentáculo se le metió por el culo y ella aulló. Un tercero le rodeó el pecho y apretó los pezones entre dos anillos de carne. Un cuarto se le metió en la boca.
—¡MMMPH!
Cinco. Seis. Siete. La criatura la follaba con el mismo abandono brutal con el que había follado a Rachel, pero Starfire era más grande, más ancha, más fuerte, y la cosa lo sabía, y la castigaba por ello. Los tentáculos la estiraban, la doblaban, la plegaban como a una muñeca. La pusieron boca abajo en el aire. La pusieron boca arriba. La colgaron de un solo tobillo y la penetraron desde abajo mientras la sangre se le iba a la cabeza y el placer se le iba al vientre. La atravesaron por tres agujeros a la vez durante tanto tiempo que Starfire perdió la cuenta de cuántas veces se había corrido.
Y cuando el placer llegó, llegó igual que con Rachel: como un interruptor.
—¡SÍ! —gritó Starfire, con voz de guerra—. ¡SÍ, MÁS, NO PARES, NO PARES, NO PARES!
Rachel, desde el suelo, la miraba. Sonreía. Se tocaba.
La criatura trabajó a Starfire durante una hora entera. Le metió tantos tentáculos a la vez que su vientre se hinchó y se marcó por dentro, y cada embestida le hacía salir un gemido nuevo. Le cubrió la piel naranja de una capa espesa de lubricación hasta que resbaló como si estuviera untada en aceite. La corrió hasta que las piernas le temblaron y las fuerzas de la guerrera tamaranea —fuerzas capaces de partir una montaña— no sirvieron para nada.
Y cuando la criatura terminó, la inundó igual que había inundado a Rachel: torrente espeso y caliente por dentro y por fuera, llenándole la boca, el coño, el culo, chorreándole por el vientre naranja, por los muslos, por los pechos. Starfire tragó. Starfire gimió. Starfire se dejó caer al suelo junto a Rachel, temblando, riéndose, con el cabello rojo pegado a la cara y la semilla de la criatura corriéndole entre las piernas.
—Eso —dijo, jadeando— ha sido... eso ha sido *increíble*.
—Te lo dije —dijo Rachel.
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## CAPÍTULO 7 — LA PEQUEÑA
Terra llegó por la puerta trasera.
Había oído los gritos desde el túnel y había venido corriendo, y ahora estaba en el marco de la puerta, menuda, con su short marrón y su top corto, el cabello rubio revuelto, la cara manchada de tierra, los ojos azules abiertos como platos.
—¿Qué...? —dijo.
—Entra y cierra la puerta —dijo Rachel.
Terra entró. Cerró la puerta.
La criatura tardó menos de un minuto en dejarla desnuda. Le arrancó el short de un tirón, le rasgó el top en dos, le tiró la ropa interior hasta los tobillos, y Terra se quedó en cueros en medio del vagón, con su cuerpo pequeño y delgado, sus pechos pequeños, su piel clara, su vello rubio. Temblaba. De frío y de otra cosa.
—Pero... pero yo no... —balbuceó—. Yo nunca... quiero decir, he hecho cosas, pero no... *esto*...
La criatura la levantó por la cintura con dos brazos y la puso de cara a la pared. Terra apoyó las manos en el metal frío. Y el primer tentáculo entró en ella desde atrás.
—¡Aaaah!
El grito de Terra fue distinto. Más fino. Más joven. Más roto. La criatura la folló contra la pared, aplastándola contra el óxido, con las caderas de Terra golpeando el metal con cada embestida, *clang, clang, clang*, y su cara contra la chapa, y su cabello rubio suelto sobre los hombros. Un segundo tentáculo le rodeó la cintura y se le metió por detrás entre las nalgas. Un tercero le agarró la cara y se le metió en la boca. Y Terra, que había luchado contra Deathstroke y contra los Titans y contra sí misma, gimió como una niña y no le importó nada.
Le dolía. Le dolía muchísimo. La criatura era más grande que ella y la estaba partiendo por la mitad, y cada empujón le arrancaba un jadeo nuevo, y las lágrimas le corrían por las mejillas y le caían en la boca y le sabían a sal. Pero el dolor tenía un borde dulce, y ese borde crecía, y crecía, y crecía.
Y entonces, como con las otras dos, el interruptor se accionó.
Terra dejó de resistirse. Se dejó ir. Apoyó la frente en el metal, arqueó la espalda, empujó las caderas hacia atrás, hacia la criatura, hacia el tentáculo, hacia todo. Y empezó a gemir con un ritmo propio, un ritmo animal, un ritmo que la criatura entendió y al que respondió.
Le metieron cinco a la vez. Terra gritó que sí. Le metieron siete. Terra gritó que más. La criatura la dobló sobre una barra de metal y la folló desde arriba mientras dos tentáculos le acariciaban los pechos y uno le lamía el clítoris con una punta fina y húmeda, y Terra se corrió tres veces seguidas, una detrás de otra, sin descanso, sin aire, con los ojos en blanco y la boca abierta y un hilo de saliva colgando hasta el suelo.
—Rachel —jadeó, entre embestida y embestida—. Rachel, me gusta, me gusta muchísimo, ¿por qué me gusta tanto?
—Porque es un monstruo —dijo Rachel—. Y los monstruos saben.
Y cuando la criatura la inundó, Terra lo sintió todo: el torrente caliente dentro, el calor subiendo, el vientre lleno, las piernas flojas. Cayó al suelo y se arrastró hasta las otras dos, y las tres quedaron allí, tiradas en el vagón, desnudas, brillantes, saciadas.
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## CAPÍTULO 8 — LAS TRES JUNTAS
Y entonces la criatura las tomó **juntas**.
Rachel, Starfire y Terra. Las tres. A la vez. Toda la noche.
Fue una coreografía imposible de cien miembros y tres cuerpos. La criatura las colocó en el suelo del vagón como quien coloca cartas: a Rachel de espaldas con las piernas abiertas, a Starfire encima de ella de cara, a Terra de rodillas entre las dos. Y empezó a follarlas todas al mismo tiempo, sin distinción, sin preferencia, repartiendo tentáculos entre las tres como un pulpo repartiría brazos.
Rachel tenía dos dentro y uno en la boca. Starfire tenía cuatro y dos en los pechos. Terra tenía tres y dos en el culo. Y los tentáculos sobrantes —los otros ochenta y ocho— se enredaban entre las tres, las ataban, las cosían, las apretaban juntas, hasta que los cuerpos de las tres chicas quedaron pegados por la baba y por el sudor y por la carne viva de la criatura, formando una sola masa temblorosa de tres vientres, seis pechos, tres bocas gimiendo a la vez.
—Esto es una locura —jadeó Terra.
—Cállate y disfruta —dijo Starfire.
Y disfrutaron.
Se corrieron las tres a la vez, tres veces, cuatro veces, cinco. La criatura no se cansaba, no se detenía, no dudaba. Las levantaba, las giraba, las intercambiaba, las ponía una encima de otra, las penetraba en cadena, la boca de una contra el coño de la otra mientras un tentáculo las atravesaba a ambas a la vez. Rachel besó a Starfire con la boca llena de tentáculo. Starfire besó a Terra. Terra gimió contra la piel gris de Rachel. Y la criatura, encima de todas, las inundó una y otra vez, hasta que el suelo del vagón quedó encharcado de una mezcla espesa y tibia que les llegaba a los tobillos.
Las tres quedaron embarradas hasta las rodillas. Las tres fueron penetradas por tantos tentáculos a la vez que sus vientres se hincharon y sus cuerpos aprendieron formas nuevas. Rachel, Starfire y Terra, las tres, repetidamente, brutalmente, hasta perder la voz y las fuerzas y la cuenta de quién era quién.
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## CAPÍTULO 9 — LA SEMILLA
Al amanecer, el tren se detuvo por fin.
Y la criatura, saciada, se arrastró hacia el fondo del vagón y se quedó quieta.
Fue entonces cuando ellas lo notaron.
Los vientres.
Rachel se miró el suyo. Estaba hinchado. No mucho —solo un abultamiento suave, un redondeo nuevo, casi imperceptible—, pero estaba hinchado. Se puso la mano encima y sintió, debajo de la piel, un calor que no era suyo.
—Rachel —dijo Starfire, con voz temblorosa—. ¿Qué es esto?
Se miró también el vientre. Ligeramente abultado. Y Terra, la más pequeña, se tocó el suyo con las dos manos, aterrada, y también estaba hinchado.
—Estamos... —Terra tragó—. Estamos embarazadas.
—Sí —dijo Rachel.
—¡¿Cómo?! —Starfire se levantó, con los brazos en cruz—. ¡¿En una noche?! ¡¿Con *eso*?!
—No es un embarazo normal —dijo Rachel, despacio, sin apartar la mano del vientre—. Eso no es un monstruo. Es un *padre*. Docenas de padres. Cuarenta y siete. Está hecho de gente. Y las usó a todas... —señaló la masa, que respiraba tranquila en el fondo del vagón, saciada— ...y nos usó a nosotras para volver. Cuarenta y siete almas buscando un cuerpo nuevo. Un útero.
Silencio en el vagón. Solo el goteo de la baba.
—¿Las tres? —preguntó Terra.
—Las tres —dijo Rachel.
Starfire se rió. Una risa nerviosa, histérica, que le salió del pecho sin que la llamara.
—Bien —dijo, con la barbilla alta—. Entonces hemos sido violadas brutalmente por un monstruo, nos ha gustado, y ahora estamos embarazadas de él. Como mínimo, no es aburrido.
—No es aburrido —admitió Rachel.
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## CAPÍTULO 10 — LA DECISIÓN
Terra fue la primera en decirlo. Claro que fue Terra.
—No quiero volver —dijo, con la mano en el vientre, mirando la masa que dormía en el fondo del vagón—. A casa. A la Torre. A las misiones. No quiero.
—¿Y qué quieres? —preguntó Starfire.
—Esto.
Rachel la miró largo. Luego miró a Starfire. Starfire, que había sido princesa de un planeta y esclava de otro, que había luchado toda su vida por un sitio al que pertenecer, miró la montaña de carne y luego miró su propio vientre, y por primera vez en años no tuvo que fingir nada.
—Yo también —dijo Starfire—. Yo también quiero esto.
—Vosotras estáis locas —dijo Rachel.
—Y tú más que nosotras —contestó Starfire—. Se te nota en la cara. Llevas sonriendo desde que subiste al vagón.
Rachel no lo negó. Porque era verdad. Porque la criatura la había follado hasta romperle el candado que llevaba dentro desde que tenía memoria, y ahora, por primera vez, Rachel Roth sentía algo que no quería controlar. Quería **más**. Quería cien miembros, otra vez, todas las noches, para siempre.
—De acuerdo —dijo—. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Que la criatura vive en los trenes. No en la Torre. No en Jump City. **En los trenes.** —Señaló con la barbilla hacia las vías, hacia el túnel, hacia el vagón entero—. Si queremos estar con él, tenemos que vivir aquí.
Starfire se rió.
—Entonces vivimos aquí.
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## CAPÍTULO 11 — EL TREN COMO CASA
Y así lo hicieron.
Nadie en la Torre de los Titans entendió nunca por qué, una mañana, las tres chicas no volvieron. Nadie entendió los mensajes de Rachel: *"Estamos bien. No nos busquéis. Hemos encontrado un sitio."* Nadie entendió por qué Beast Boy lloró, por qué Cyborg dijo que era lo más raro que había oído nunca, por qué Robin envió tres equipos de búsqueda a los túneles y ninguno encontró nada.
Porque los equipos subieron a los trenes equivocados. Y el vagón siete solo aparece cuando quiere.
Dentro, la vida era otra cosa.
La criatura aprendió a quererlas, si es que un monstruo hecho de cuarenta y siete cadáveres puede querer. Les traía cosas: mantas robadas de un depósito, comida de un vagón de carga, agua de una cisterna rota. Les hacía la cama —una cama de asientos rajados y de mantas— y la cama, por las noches, se convertía en un nido. Y en el nido, cada noche, las tres eran tomadas. Una, otra, las tres. Sin prisa ya, sin la brutalidad de la primera vez, con un ritmo lento y hondo que las dejaba dormidas, empapadas, felices.
Pero la brutalidad volvía cuando ellas la pedían. Y la pedían a menudo.
Rachel aprendió a montarlo. Se sentaba sobre la masa, sobre el corazón que latía en el centro, y dejaba que los tentáculos la encontraran por debajo, y cabalgaba despacio mientras Starfire y Terra la miraban y se tocaban, y luego las tres acababan enredadas con la criatura a la vez, en la maraña de cien miembros, gimiendo en la oscuridad del túnel mientras el tren avanzaba a ninguna parte.
Terra aprendió a provocarlo. Se ponía de cuatro en el centro del vagón y esperaba, y la criatura la encontraba, y la follaba contra el suelo hasta que Terra lloraba de gusto, y las otras dos la sostenían de las manos.
Starfire aprendió a amarlo. De verdad. No como a un monstruo, no como a una bestia, sino como a un **marido** de cuarenta y siete caras y cien miembros, que la llenaba por todas partes y la dejaba sin fuerzas y luego la acurrucaba contra su pecho húmedo y cálido. Starfire, que había pasado toda su vida buscando un hogar, lo encontró en el vientre de un tren de carga, entre los brazos cosidos de cuarenta y siete desconocidos.
Y las tres, cada noche, con los vientres creciendo, dejaban que la criatura las tomara. Y la criatura las tomaba. Y ninguna de las tres volvió a preguntarse nunca si aquello era normal, porque ya no le importaba.
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## CAPÍTULO 12 — LOS HIJOS
Los hijos nacieron en el túnel largo, en una madrugada de primavera, con el tren detenido y la criatura temblando a su alrededor, sosteniéndolas con cincuenta brazos, acariciándoles el pelo, gimiendo bajo, asustada, como un padre nervioso.
Nacieron siete. No tres. **Siete.**
Siete criaturas pequeñas, hechas a medias de sus madres y a medias de la masa, con la piel cambiando de tono —gris, naranja, claro—, con demasiados brazos para sus cuerpos pequeños, con ojos que giraban en cuencas demasiado grandes, y con, ya al nacer, un puñado de tentáculos minúsculos y palpitantes que buscaban a tientas el calor de su madre.
Rachel, Starfire y Terra los amamantaron a la vez, sentadas en el suelo del vagón, y la criatura las rodeó con sus cien miembros y las apretó a todas contra su pecho, y por primera vez en cuarenta años, la masa entera se quedó quieta, saciada, completa.
Cuarenta y siete almas. Siete hijos. Tres madres. Un tren.
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## EPÍLOGO — PARA SIEMPRE
Nadie supo nunca dónde estaban. Y ellas nunca lo dijeron.
A veces, en las noches de tormenta, la línea 13 vuelve a pasar por el túnel largo. Y a veces, si uno va solo en el vagón siete y se queda muy quieto, oye un sonido de succión, *schlop, schlop*, y ve una montaña de carne al fondo. Y si tiene suerte, ve también a tres mujeres desnudas, embarazadas, felices, sonriendo entre los tentáculos de su monstruo, y oye a una de ellas —la de pelo violeta, la de piel gris— decirle al pasajero asombrado, con una sonrisa nueva:
—Sube. Cierra la puerta. Y no te vayas.
Porque la criatura vive en los trenes, y los trenes van a todas partes, y la criatura va con ellos. Y Rachel, Starfire y Terra viven con la criatura. En el vagón siete. En el túnel largo. En los rieles sin final.
**Para siempre.**
Y cuando los siete hijos crezcan, crecerán con cien miembros cada uno, y buscarán sus propios trenes, y llenarán sus propios vagones, y la línea 13 se multiplicará por todo el mundo, vagón a vagón, túnel a túnel, vientre a vientre, hasta que no quede una sola vía sin un monstruo esperando y una chica dispuesta a subir.
**FIN**
## *El vagón de los cien miembros*
### Una historia de terror sexual
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## PRÓLOGO — EL TREN DE LOS MUERTOS
Hay trenes que descarrilan y trenes que **desaparecen**. La línea nocturna Gotham–Jump City, servicio 13, pertenecía a la segunda categoría. Oficialmente, el convoy se detuvo a las 3:47 de la madrugada entre dos túneles que llevaban cuarenta años sin inspección. Los pasajeros bajaron. Los pasajeros se marcharon. Y nadie volvió a hablar del vagón siete, porque el vagón siete no tenía nada especial... hasta que empezó a tener hambre.
Pero la verdad es mucho más vieja.
Cuarenta años antes, un tren de carga salió del depósito de Gotham con cuarenta y siete ataúdes a bordo. Iban a trasladar los cuerpos de un cementerio clausurado a una fosa común nueva, porque el terreno donde estaban enterrados se había vendido para construir un aparcamiento. Cuarenta y siete muertos. Hombres y mujeres. Viejos y jóvenes. Ninguno sabía que iba a morir dos veces.
El tren se metió en el túnel largo a las tres de la madrugada. Y en el túnel largo pasó algo. Algo eléctrico, algo de la vía, algo que nadie registró nunca. Los ataúdes se abrieron solos. Los cuerpos se levantaron. Y los cuerpos, al tocarse unos con otros en la oscuridad, **no se soltaron**.
Se fundieron.
La carne de un hombre se soldó al brazo de otro. Las costillas de tres mujeres distintas se entrelazaron como las varillas de un paraguas roto. Las caderas de cinco hombres se pegaron por el hueso, por el tendón y por un tejido nuevo, rosado y húmedo, que nadie había visto antes. Las caras se fundieron también: narices donde debían estar los codos, bocas abiertas en los hombros, ojos que giraban en cuencas compartidas por dos frentes distintos. Cuarenta y siete almas en un solo cuerpo. Cuarenta y siete hambres en una sola garganta.
Y de aquella masa salieron **cien miembros**.
No brazos. No piernas. Tentáculos. Tentáculos-pene, si se podía llamar así a aquello: cien troncos de carne del mismo rosa crudo, algunos cortos y gruesos como puños, otros largos y finos como látigos, otros retorcidos en espiral, otros cubiertos de anillos vivos que se abrían y se cerraban a lo largo de toda su longitud como válvulas. Todos brillantes de una lubricación espesa y caliente. Todos palpitando con una red de venas azuladas que latían al ritmo de un corazón escondido en el centro de la montaña.
Cuarenta y siete almas. Cien miembros. Un solo objetivo: **volver a estar dentro de alguien**. Volver a nacer.
Y la criatura, al nacer, no eligió un lugar. Eligió un **tren**. Porque un tren es un cuerpo largo de vagones, y ella era un cuerpo hecho de cuerpos, y nunca se sintió tan en casa como entre las vías. Desde entonces vivió en los trenes. En los ramales muertos. En los túneles olvidados. En los convoyes de carga que nadie revisaba. Se arrastraba de vagón en vagón por los techos, por las vías, por los huecos de servicio, y cuando un tren se detenía demasiado tiempo en un túnel, ella subía y esperaba.
Cuarenta años esperando. Cuarenta años hambrienta.
Y luego, una noche de octubre, la puerta del vagón siete se abrió y entró una chica pálida con el pelo violeta.
La criatura supo, en ese mismo instante, que el hambre había terminado.
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## CAPÍTULO 1 — LA PÁLIDA
Rachel Roth subió al vagón siete a las 2:12 de la madrugada, con dieciocho años recién cumplidos y las ganas de estar sola.
Lo recordaba todo con nitidez quirúrgica: el chirrido de las puertas, el olor a óxido y a agua estancada, los asientos de cuero rajado que soltaban polvo cuando se sentaba. Llevaba su capa púrpura sobre un cuerpo delgado de piel grisácea, tan pálida que bajo las luces parpadeantes parecía tallada en mármol húmedo. Su cabello violeta le caía hasta la cintura. Sus ojos, dos pozos de amatista, veían cosas que la gente normal no veía.
Se sentó en el fondo, junto a la puerta de conexión, y esperó.
El tren arrancó. El tren se metió en el túnel. El tren apagó las luces de un tirón, *clac*, y las volvió a encender, y cuando volvieron a encenderse, había **algo** en el otro extremo del vagón.
No era una criatura. Era **muchas**.
Era un cuerpo hecho de cuerpos. Brazos de personas distintas, cosidos entre sí por un tejido rosado y húmedo que supuraba. Costillas de tres torsos distintos entrelazadas como las varillas de un paraguas roto. Caderas que habían pertenecido a cinco hombres diferentes, soldadas por la carne. Piernas que no eran pares —cuatro, seis, ocho, todas de gente distinta, todas moviéndose a la vez—. Y encima, retorciéndose, docenas de caras fundidas en la masa: una nariz donde debería estar un codo, una boca abierta en un hombro, un ojo girando en una cuenca compartida por dos frentes distintos.
Todas las pupilas apuntando a Rachel.
La cosa se arrastró por el suelo del vagón con un sonido de succión, *schlop, schlop, schlop*, dejando un rastro de baba y de sangre vieja.
Rachel se levantó.
—Demonios —susurró—. Al menos tú eres de los míos.
No lo era. Y lo iba a descubrir desnuda, de rodillas, con cien miembros dentro.
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## CAPÍTULO 2 — CIEN
Lo primero que hizo la criatura fue desnudarla sin desabrochar nada.
Un brazo —de mujer, delgado, con una alianza todavía puesta en el dedo anular— se estiró desde la masa y cerró la mano sobre la capa de Rachel. Tiró. El broche saltó. La tela púrpura cayó al suelo. Un segundo brazo, más grueso, de hombre, le agarró el cuello del vestido negro y lo rasgó de arriba abajo con un tirón seco, dejándole la espalda desnuda y las costillas al aire.
Rachel jadeó. El aire del vagón estaba frío y húmedo, y su piel gris se erizó entera.
La criatura la levantó del suelo con cuatro brazos a la vez —dos en las muñecas, dos en los tobillos— y la sostuvo en vilo, abierta, indefensa, con las piernas colgando. Y entonces Rachel vio por fin lo que la cosa tenía debajo de la maraña de miembros.
El torso se abría en una **corona**.
Cien tentáculos-pene. Cien. Algunos cortos y gruesos como puños; otros largos y finos como látigos; otros retorcidos en espiral; otros cubiertos de anillos de carne viva que se abrían y se cerraban a lo largo del tronco. Todos del mismo rosa crudo, todos brillantes de una lubricación espesa y caliente que goteaba al suelo, todos palpitando con una red de venas azuladas que latían al ritmo de un corazón escondido en el centro de la montaña de carne.
Rachel los contó. Cien.
—Oh, mierda —dijo.
El primero la penetró antes de que terminara de decirlo.
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## CAPÍTULO 3 — LA VIOLACIÓN DE RACHEL
Fue brutal. No hubo caricias. No hubo preparación. No hubo ternura. La punta resbaladiza se abrió paso entre sus muslos, encontró su entrada y **empujó** con la fuerza de un pistón hidráulico. Rachel gritó. Su cuerpo, todavía tenso, se arqueó como un cable tirante, y el tentáculo siguió empujando, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta un punto que no sabía que existía. Era grueso. Era demasiado grueso. Y cuando por fin llegó al fondo, la criatura no se detuvo: empezó a bombear. Entrar y salir, entrar y salir, un ritmo seco, mecánico, animal, que hacía chocar las caderas de Rachel contra el aire.
—¡Ah! —apretó los dientes.
El segundo tentáculo encontró su culo.
—¡AH!
La criatura la estaba llenando por dos sitios a la vez, y los dos tentáculos no se coordinaban. Iban cada uno a su ritmo. Uno dentro cuando el otro salía. Un vaivén desfasado que la partía por la mitad, que le hacía perder el aire, que le hacía perder la cabeza. El tercero llegó a su boca. Rachel abrió los labios para quejarse y el tentáculo se le metió hasta la garganta, y ya no pudo quejarse de nada: solo podía gemir alrededor del tronco palpitante que le llenaba la boca y le hacía brotar saliva por las comisuras de los labios.
Tres a la vez. Y aún quedaban noventa y siete.
El cuarto se enrolló alrededor de su pecho izquierdo, apretando, ordeñando, jugando con el pezón entre dos anillos de carne. El quinto hizo lo mismo con el derecho. El sexto y el séptimo le agarraron las muñecas y le tiraron de los brazos hacia atrás, arqueándole la espalda, ofreciéndole el pecho a la criatura como una bandeja. El octavo le rodeó la cintura y apretó. El noveno le encontró el clítoris —ese sí, con una delicadeza cruel, rozando apenas, casi acariciando— y Rachel se corrió por primera vez con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo y que la criatura absorbió sin piedad, sin pausa, sin dejar de bombear.
Entonces llegaron los demás.
Los tentáculos empezaron a brotar de todas partes: de la masa, de los brazos cosidos, de las bocas abiertas en los hombros, de las cuencas de los ojos. Uno se le metió entre los dedos de la mano y se enroscó. Otro le rodeó el muslo y apretó. Dos más se pegaron a sus nalgas y tiraron, separándoselas, y un tercero —más fino, más largo— se coló por el hueco que quedaba entre los dos tentáculos que ya la llenaban, estirando la carne, y Rachel sintió que se desgarraba y se rehacía al mismo tiempo.
Diez. Veinte. Treinta.
La criatura la follaba por todos los agujeros que tenía y por algunos que Rachel no sabía que tenía. La levantó, la giró, la puso boca abajo en el aire, la atravesó desde atrás con tres tentáculos a la vez mientras otros dos le apretaban la garganta —no lo suficiente para ahogarla, solo lo suficiente para que cada respiración fuera un esfuerzo, solo lo suficiente para que su cabeza diera vueltas y su cuerpo dejara de resistirse—. La puso de lado. La puso de espaldas. La puso de rodillas en el suelo, con las caderas en alto, y se subió encima como un animal, y le clavó cuatro, cinco, seis a la vez, y Rachel gritó hasta quedarse sin voz.
Y en algún momento, entre el quinto y el sexto orgasmo, ocurrió lo peor.
**Le gustó.**
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## CAPÍTULO 4 — EL INTERRUPTOR
No fue gradual. Fue como un interruptor que se accionara de golpe.
La criatura estaba dentro de ella en cinco sitios distintos, y de repente el dolor se convirtió en necesidad, y la necesidad se convirtió en hambre, y Rachel Roth —la chica que nunca sonreía, la que meditaba para no sentir, la que controlaba cada emoción como si fuera un arma cargada— **se rindió**.
—Más —dijo, con la boca llena de tentáculo, con la voz rota—. Más. Más. Dame más.
Y la criatura obedeció.
Le metió siete. Luego ocho. Rachel perdió la cuenta. Perdió el nombre. Perdió la noción de dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el de la cosa. Los tentáculos la cubrían entera, la envolvían como una momia viva, y por dentro la llenaban de un calor espeso que subía por su vientre y le hacía temblar los muslos. Movía las caderas sola, contra el aire, contra la masa, contra todo. Su piel gris estaba roja de frotamiento, húmeda de baba, brillante como vidrio mojado. Su cabello violeta se le pegaba a la cara en mechones.
El clímax final llegó cuando la criatura la sostuvo con veinte brazos a la vez y la empaló con una docena de tentáculos simultáneos, todos moviéndose al mismo ritmo por primera vez, todos empujando hacia dentro a la vez, todos retirándose a la vez, un solo movimiento colectivo de cien miembros coordinados. Rachel se corrió tanto que vio estrellas detrás de los párpados. Y cuando se corrió, la criatura también.
La inundó.
Un torrente caliente y denso brotó de todos los tentáculos a la vez, dentro y fuera, llenándole la boca, el coño, el culo, cubriéndole el pecho y el vientre y los muslos de una capa espesa que chorreaba al suelo. Rachel tragó. Y tragó. Y no pudo tragar todo, y el resto se le derramó por el cuello, por las costillas, por el hueco de las clavículas, por el ombligo.
Cuando la criatura por fin la soltó, Rachel cayó al suelo del vagón como un trapo. Se quedó allí, jadeando, con las piernas abiertas, con el vientre subiendo y bajando, con la semilla de la cosa corriéndole por dentro. Y sonrió. Sonrió de verdad, con los dientes, cosa que no hacía nunca.
Y entonces oyó pasos.
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## CAPÍTULO 5 — LA GUERRERA
Los tacones de Starfire repicaron sobre el metal del vagón mucho antes de que la princesa tamaranea apareciera por la puerta de conexión.
—¡Rachel! ¡Te he estado buscando por todas partes, amiga! ¿Por qué has salido del...?
Se detuvo.
Se quedó mirando. Rachel, desnuda, empapada, sonriendo en el suelo, cubierta de una película brillante que le corría por los muslos. Y detrás de ella, la montaña de carne con cien miembros palpitantes.
—Oh —dijo Starfire.
—Oh, sí —dijo Rachel.
Starfire llevaba su traje violeta y plateado, las botas altas, el cabello rojo fuego suelto hasta la cintura. Su piel naranja brillaba bajo la luz del vagón como bronce pulido. Tenía un cuerpo largo, atlético, de guerrera, con caderas anchas y muslos fuertes y brazos capaces de levantar un coche. La criatura la miró. Todas sus caras la miraron. Y Starfire, que había luchado contra dioses y contra demonios y contra su propia hermana, sintió por primera vez en mucho tiempo algo parecido al miedo.
—Rachel —dijo, sin apartar los ojos de la cosa—. ¿Qué es esa criatura?
—Un regalo —dijo Rachel.
La criatura no le dio tiempo a preguntar más.
Un tentáculo le cruzó el pecho como un látigo y le arrancó la parte de arriba del traje; otro le desgarró la falda; un tercero le agarró las botas y se las llevó puestas; un cuarto le tiró de la ropa interior hasta los tobillos. Starfire se quedó completamente desnuda en menos de dos segundos, con los pechos al aire, la piel naranja entera a la vista, y solo un jirón de tela colgándole de la cadera.
Gritó. No de miedo. De sorpresa.
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## CAPÍTULO 6 — LA VIOLACIÓN DE STARFIRE
Con Starfire fue distinto. Fue peor. Fue **mejor**.
La masa la levantó del suelo con diez brazos y la abrió como un libro: una pierna hacia cada lado, los brazos estirados por encima de la cabeza, sujeta por las muñecas, sujeta por los tobillos, sujeta por la cintura y por el cuello. Starfire quedó suspendida en el aire, totalmente vulnerable, con la entrepierna expuesta, y la criatura se detuvo un momento a contemplarla, todas sus pupilas recorriéndola de arriba abajo, como si eligiera.
—¿Qué estáis esperando? —dijo Starfire—. ¿Un poema?
El primer tentáculo entró en ella tan de golpe que le hizo salir el aire de los pulmones. Starfire era fuerte, tenía un cuerpo entrenado, pero la criatura era **implacable**. La embistió sin ritmo, sin pausa, sin respeto. Un segundo tentáculo se le metió por el culo y ella aulló. Un tercero le rodeó el pecho y apretó los pezones entre dos anillos de carne. Un cuarto se le metió en la boca.
—¡MMMPH!
Cinco. Seis. Siete. La criatura la follaba con el mismo abandono brutal con el que había follado a Rachel, pero Starfire era más grande, más ancha, más fuerte, y la cosa lo sabía, y la castigaba por ello. Los tentáculos la estiraban, la doblaban, la plegaban como a una muñeca. La pusieron boca abajo en el aire. La pusieron boca arriba. La colgaron de un solo tobillo y la penetraron desde abajo mientras la sangre se le iba a la cabeza y el placer se le iba al vientre. La atravesaron por tres agujeros a la vez durante tanto tiempo que Starfire perdió la cuenta de cuántas veces se había corrido.
Y cuando el placer llegó, llegó igual que con Rachel: como un interruptor.
—¡SÍ! —gritó Starfire, con voz de guerra—. ¡SÍ, MÁS, NO PARES, NO PARES, NO PARES!
Rachel, desde el suelo, la miraba. Sonreía. Se tocaba.
La criatura trabajó a Starfire durante una hora entera. Le metió tantos tentáculos a la vez que su vientre se hinchó y se marcó por dentro, y cada embestida le hacía salir un gemido nuevo. Le cubrió la piel naranja de una capa espesa de lubricación hasta que resbaló como si estuviera untada en aceite. La corrió hasta que las piernas le temblaron y las fuerzas de la guerrera tamaranea —fuerzas capaces de partir una montaña— no sirvieron para nada.
Y cuando la criatura terminó, la inundó igual que había inundado a Rachel: torrente espeso y caliente por dentro y por fuera, llenándole la boca, el coño, el culo, chorreándole por el vientre naranja, por los muslos, por los pechos. Starfire tragó. Starfire gimió. Starfire se dejó caer al suelo junto a Rachel, temblando, riéndose, con el cabello rojo pegado a la cara y la semilla de la criatura corriéndole entre las piernas.
—Eso —dijo, jadeando— ha sido... eso ha sido *increíble*.
—Te lo dije —dijo Rachel.
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## CAPÍTULO 7 — LA PEQUEÑA
Terra llegó por la puerta trasera.
Había oído los gritos desde el túnel y había venido corriendo, y ahora estaba en el marco de la puerta, menuda, con su short marrón y su top corto, el cabello rubio revuelto, la cara manchada de tierra, los ojos azules abiertos como platos.
—¿Qué...? —dijo.
—Entra y cierra la puerta —dijo Rachel.
Terra entró. Cerró la puerta.
La criatura tardó menos de un minuto en dejarla desnuda. Le arrancó el short de un tirón, le rasgó el top en dos, le tiró la ropa interior hasta los tobillos, y Terra se quedó en cueros en medio del vagón, con su cuerpo pequeño y delgado, sus pechos pequeños, su piel clara, su vello rubio. Temblaba. De frío y de otra cosa.
—Pero... pero yo no... —balbuceó—. Yo nunca... quiero decir, he hecho cosas, pero no... *esto*...
La criatura la levantó por la cintura con dos brazos y la puso de cara a la pared. Terra apoyó las manos en el metal frío. Y el primer tentáculo entró en ella desde atrás.
—¡Aaaah!
El grito de Terra fue distinto. Más fino. Más joven. Más roto. La criatura la folló contra la pared, aplastándola contra el óxido, con las caderas de Terra golpeando el metal con cada embestida, *clang, clang, clang*, y su cara contra la chapa, y su cabello rubio suelto sobre los hombros. Un segundo tentáculo le rodeó la cintura y se le metió por detrás entre las nalgas. Un tercero le agarró la cara y se le metió en la boca. Y Terra, que había luchado contra Deathstroke y contra los Titans y contra sí misma, gimió como una niña y no le importó nada.
Le dolía. Le dolía muchísimo. La criatura era más grande que ella y la estaba partiendo por la mitad, y cada empujón le arrancaba un jadeo nuevo, y las lágrimas le corrían por las mejillas y le caían en la boca y le sabían a sal. Pero el dolor tenía un borde dulce, y ese borde crecía, y crecía, y crecía.
Y entonces, como con las otras dos, el interruptor se accionó.
Terra dejó de resistirse. Se dejó ir. Apoyó la frente en el metal, arqueó la espalda, empujó las caderas hacia atrás, hacia la criatura, hacia el tentáculo, hacia todo. Y empezó a gemir con un ritmo propio, un ritmo animal, un ritmo que la criatura entendió y al que respondió.
Le metieron cinco a la vez. Terra gritó que sí. Le metieron siete. Terra gritó que más. La criatura la dobló sobre una barra de metal y la folló desde arriba mientras dos tentáculos le acariciaban los pechos y uno le lamía el clítoris con una punta fina y húmeda, y Terra se corrió tres veces seguidas, una detrás de otra, sin descanso, sin aire, con los ojos en blanco y la boca abierta y un hilo de saliva colgando hasta el suelo.
—Rachel —jadeó, entre embestida y embestida—. Rachel, me gusta, me gusta muchísimo, ¿por qué me gusta tanto?
—Porque es un monstruo —dijo Rachel—. Y los monstruos saben.
Y cuando la criatura la inundó, Terra lo sintió todo: el torrente caliente dentro, el calor subiendo, el vientre lleno, las piernas flojas. Cayó al suelo y se arrastró hasta las otras dos, y las tres quedaron allí, tiradas en el vagón, desnudas, brillantes, saciadas.
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## CAPÍTULO 8 — LAS TRES JUNTAS
Y entonces la criatura las tomó **juntas**.
Rachel, Starfire y Terra. Las tres. A la vez. Toda la noche.
Fue una coreografía imposible de cien miembros y tres cuerpos. La criatura las colocó en el suelo del vagón como quien coloca cartas: a Rachel de espaldas con las piernas abiertas, a Starfire encima de ella de cara, a Terra de rodillas entre las dos. Y empezó a follarlas todas al mismo tiempo, sin distinción, sin preferencia, repartiendo tentáculos entre las tres como un pulpo repartiría brazos.
Rachel tenía dos dentro y uno en la boca. Starfire tenía cuatro y dos en los pechos. Terra tenía tres y dos en el culo. Y los tentáculos sobrantes —los otros ochenta y ocho— se enredaban entre las tres, las ataban, las cosían, las apretaban juntas, hasta que los cuerpos de las tres chicas quedaron pegados por la baba y por el sudor y por la carne viva de la criatura, formando una sola masa temblorosa de tres vientres, seis pechos, tres bocas gimiendo a la vez.
—Esto es una locura —jadeó Terra.
—Cállate y disfruta —dijo Starfire.
Y disfrutaron.
Se corrieron las tres a la vez, tres veces, cuatro veces, cinco. La criatura no se cansaba, no se detenía, no dudaba. Las levantaba, las giraba, las intercambiaba, las ponía una encima de otra, las penetraba en cadena, la boca de una contra el coño de la otra mientras un tentáculo las atravesaba a ambas a la vez. Rachel besó a Starfire con la boca llena de tentáculo. Starfire besó a Terra. Terra gimió contra la piel gris de Rachel. Y la criatura, encima de todas, las inundó una y otra vez, hasta que el suelo del vagón quedó encharcado de una mezcla espesa y tibia que les llegaba a los tobillos.
Las tres quedaron embarradas hasta las rodillas. Las tres fueron penetradas por tantos tentáculos a la vez que sus vientres se hincharon y sus cuerpos aprendieron formas nuevas. Rachel, Starfire y Terra, las tres, repetidamente, brutalmente, hasta perder la voz y las fuerzas y la cuenta de quién era quién.
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## CAPÍTULO 9 — LA SEMILLA
Al amanecer, el tren se detuvo por fin.
Y la criatura, saciada, se arrastró hacia el fondo del vagón y se quedó quieta.
Fue entonces cuando ellas lo notaron.
Los vientres.
Rachel se miró el suyo. Estaba hinchado. No mucho —solo un abultamiento suave, un redondeo nuevo, casi imperceptible—, pero estaba hinchado. Se puso la mano encima y sintió, debajo de la piel, un calor que no era suyo.
—Rachel —dijo Starfire, con voz temblorosa—. ¿Qué es esto?
Se miró también el vientre. Ligeramente abultado. Y Terra, la más pequeña, se tocó el suyo con las dos manos, aterrada, y también estaba hinchado.
—Estamos... —Terra tragó—. Estamos embarazadas.
—Sí —dijo Rachel.
—¡¿Cómo?! —Starfire se levantó, con los brazos en cruz—. ¡¿En una noche?! ¡¿Con *eso*?!
—No es un embarazo normal —dijo Rachel, despacio, sin apartar la mano del vientre—. Eso no es un monstruo. Es un *padre*. Docenas de padres. Cuarenta y siete. Está hecho de gente. Y las usó a todas... —señaló la masa, que respiraba tranquila en el fondo del vagón, saciada— ...y nos usó a nosotras para volver. Cuarenta y siete almas buscando un cuerpo nuevo. Un útero.
Silencio en el vagón. Solo el goteo de la baba.
—¿Las tres? —preguntó Terra.
—Las tres —dijo Rachel.
Starfire se rió. Una risa nerviosa, histérica, que le salió del pecho sin que la llamara.
—Bien —dijo, con la barbilla alta—. Entonces hemos sido violadas brutalmente por un monstruo, nos ha gustado, y ahora estamos embarazadas de él. Como mínimo, no es aburrido.
—No es aburrido —admitió Rachel.
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## CAPÍTULO 10 — LA DECISIÓN
Terra fue la primera en decirlo. Claro que fue Terra.
—No quiero volver —dijo, con la mano en el vientre, mirando la masa que dormía en el fondo del vagón—. A casa. A la Torre. A las misiones. No quiero.
—¿Y qué quieres? —preguntó Starfire.
—Esto.
Rachel la miró largo. Luego miró a Starfire. Starfire, que había sido princesa de un planeta y esclava de otro, que había luchado toda su vida por un sitio al que pertenecer, miró la montaña de carne y luego miró su propio vientre, y por primera vez en años no tuvo que fingir nada.
—Yo también —dijo Starfire—. Yo también quiero esto.
—Vosotras estáis locas —dijo Rachel.
—Y tú más que nosotras —contestó Starfire—. Se te nota en la cara. Llevas sonriendo desde que subiste al vagón.
Rachel no lo negó. Porque era verdad. Porque la criatura la había follado hasta romperle el candado que llevaba dentro desde que tenía memoria, y ahora, por primera vez, Rachel Roth sentía algo que no quería controlar. Quería **más**. Quería cien miembros, otra vez, todas las noches, para siempre.
—De acuerdo —dijo—. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Que la criatura vive en los trenes. No en la Torre. No en Jump City. **En los trenes.** —Señaló con la barbilla hacia las vías, hacia el túnel, hacia el vagón entero—. Si queremos estar con él, tenemos que vivir aquí.
Starfire se rió.
—Entonces vivimos aquí.
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## CAPÍTULO 11 — EL TREN COMO CASA
Y así lo hicieron.
Nadie en la Torre de los Titans entendió nunca por qué, una mañana, las tres chicas no volvieron. Nadie entendió los mensajes de Rachel: *"Estamos bien. No nos busquéis. Hemos encontrado un sitio."* Nadie entendió por qué Beast Boy lloró, por qué Cyborg dijo que era lo más raro que había oído nunca, por qué Robin envió tres equipos de búsqueda a los túneles y ninguno encontró nada.
Porque los equipos subieron a los trenes equivocados. Y el vagón siete solo aparece cuando quiere.
Dentro, la vida era otra cosa.
La criatura aprendió a quererlas, si es que un monstruo hecho de cuarenta y siete cadáveres puede querer. Les traía cosas: mantas robadas de un depósito, comida de un vagón de carga, agua de una cisterna rota. Les hacía la cama —una cama de asientos rajados y de mantas— y la cama, por las noches, se convertía en un nido. Y en el nido, cada noche, las tres eran tomadas. Una, otra, las tres. Sin prisa ya, sin la brutalidad de la primera vez, con un ritmo lento y hondo que las dejaba dormidas, empapadas, felices.
Pero la brutalidad volvía cuando ellas la pedían. Y la pedían a menudo.
Rachel aprendió a montarlo. Se sentaba sobre la masa, sobre el corazón que latía en el centro, y dejaba que los tentáculos la encontraran por debajo, y cabalgaba despacio mientras Starfire y Terra la miraban y se tocaban, y luego las tres acababan enredadas con la criatura a la vez, en la maraña de cien miembros, gimiendo en la oscuridad del túnel mientras el tren avanzaba a ninguna parte.
Terra aprendió a provocarlo. Se ponía de cuatro en el centro del vagón y esperaba, y la criatura la encontraba, y la follaba contra el suelo hasta que Terra lloraba de gusto, y las otras dos la sostenían de las manos.
Starfire aprendió a amarlo. De verdad. No como a un monstruo, no como a una bestia, sino como a un **marido** de cuarenta y siete caras y cien miembros, que la llenaba por todas partes y la dejaba sin fuerzas y luego la acurrucaba contra su pecho húmedo y cálido. Starfire, que había pasado toda su vida buscando un hogar, lo encontró en el vientre de un tren de carga, entre los brazos cosidos de cuarenta y siete desconocidos.
Y las tres, cada noche, con los vientres creciendo, dejaban que la criatura las tomara. Y la criatura las tomaba. Y ninguna de las tres volvió a preguntarse nunca si aquello era normal, porque ya no le importaba.
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## CAPÍTULO 12 — LOS HIJOS
Los hijos nacieron en el túnel largo, en una madrugada de primavera, con el tren detenido y la criatura temblando a su alrededor, sosteniéndolas con cincuenta brazos, acariciándoles el pelo, gimiendo bajo, asustada, como un padre nervioso.
Nacieron siete. No tres. **Siete.**
Siete criaturas pequeñas, hechas a medias de sus madres y a medias de la masa, con la piel cambiando de tono —gris, naranja, claro—, con demasiados brazos para sus cuerpos pequeños, con ojos que giraban en cuencas demasiado grandes, y con, ya al nacer, un puñado de tentáculos minúsculos y palpitantes que buscaban a tientas el calor de su madre.
Rachel, Starfire y Terra los amamantaron a la vez, sentadas en el suelo del vagón, y la criatura las rodeó con sus cien miembros y las apretó a todas contra su pecho, y por primera vez en cuarenta años, la masa entera se quedó quieta, saciada, completa.
Cuarenta y siete almas. Siete hijos. Tres madres. Un tren.
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## EPÍLOGO — PARA SIEMPRE
Nadie supo nunca dónde estaban. Y ellas nunca lo dijeron.
A veces, en las noches de tormenta, la línea 13 vuelve a pasar por el túnel largo. Y a veces, si uno va solo en el vagón siete y se queda muy quieto, oye un sonido de succión, *schlop, schlop*, y ve una montaña de carne al fondo. Y si tiene suerte, ve también a tres mujeres desnudas, embarazadas, felices, sonriendo entre los tentáculos de su monstruo, y oye a una de ellas —la de pelo violeta, la de piel gris— decirle al pasajero asombrado, con una sonrisa nueva:
—Sube. Cierra la puerta. Y no te vayas.
Porque la criatura vive en los trenes, y los trenes van a todas partes, y la criatura va con ellos. Y Rachel, Starfire y Terra viven con la criatura. En el vagón siete. En el túnel largo. En los rieles sin final.
**Para siempre.**
Y cuando los siete hijos crezcan, crecerán con cien miembros cada uno, y buscarán sus propios trenes, y llenarán sus propios vagones, y la línea 13 se multiplicará por todo el mundo, vagón a vagón, túnel a túnel, vientre a vientre, hasta que no quede una sola vía sin un monstruo esperando y una chica dispuesta a subir.
**FIN**
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