
Marcela tenía cincuenta y cuatro años y el cuerpo de una mujer que se había cuidado con disciplina. Grandes senos pesados que aún se mantenían firmes bajo la bata de noche, caderas anchas y un culo redondo, carnoso, de esos que se mueven con cada paso. Era la madre de Josué, un joven de veinte años que llevaba casi dos años viviendo en la ciudad por la universidad. Aquella mañana no esperaba a nadie.
Estaba a cuatro patas sobre el suelo del baño, fregando con un trapo, la bata de satén azul oscuro subida casi hasta la cintura. El hilo negro que llevaba se le había metido entre las nalgas, dejando a la vista casi todo el redondo de su culo y, entre las piernas abiertas, el contorno suave y rosado de su coño, apenas cubierto por la fina tela húmeda.
Josué entró sin hacer ruido. La imagen lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Se le endureció la polla al instante, gruesa y pesada contra el pantalón. Su madre levantó la cabeza, se giró y soltó un grito ahogado.
—¡Josué! ¡Hijo mío! ¿Qué haces aquí?
Se levantó de un salto, tirando de la bata hacia abajo mientras se le acercaba con los brazos abiertos. Él la abrazó con fuerza, pero empujó las caderas hacia atrás para que ella no sintiera la erección que le latía contra el muslo. Besó su mejilla, olió el leve sudor de su cuello y el aroma a jabón barato de la limpieza.
—Sorpresa, mamá. Quería verte.
Charlaron un rato en la cocina. Ella le preparó café, todavía con el pelo revuelto y la bata ligeramente abierta en el escote. Él apenas pudo mirarla a los ojos. En cuanto pudo, se escabulló a su antigua habitación, cerró la puerta y se dejó caer en la cama con la polla dura como piedra.
No podía quitarse la imagen de la cabeza. Su madre a cuatro patas, el culo enorme al aire, el hilo negro desapareciendo entre esas nalgas blancas y firmes, el labio rosado apenas visible. Se bajó los pantalones y la ropa interior de un tirón. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Se la agarró con la mano derecha y empezó a masturbarse despacio, cerrando los ojos.
En su mente, volvía a entrar en el baño. Esta vez no se escondía. Se acercaba por detrás mientras ella seguía fregando, distraída. Le levantaba la bata del todo, le bajaba el hilo hasta los muslos y le separaba las nalgas con las dos manos. El coño de su madre se abría ante él: labios hinchados, un poco húmedos, el agujero rosado y apretado. Se inclinaba y le pasaba la lengua de abajo arriba, saboreando el sabor amargo y caliente de su propia madre. Marcela gemía sorprendida, pero no se apartaba. Empujaba el culo hacia atrás, ofreciéndoselo.
Josué se imaginaba poniéndose de rodillas detrás de ella, alineando la cabeza gruesa de su polla contra la entrada resbaladiza. Empujaba despacio. El coño de su madre se abría con dificultad, caliente, apretado, tragándose centímetro a centímetro su verga. Hasta el fondo. Hasta que sus huevos golpeaban contra el monte de Venus de ella. Empezaba a follársela con embestidas profundas y lentas, agarrándole las caderas anchas, viendo cómo las nalgas rebotaban cada vez que entraba hasta la raíz. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el baño. Marcela gemía con la cara apoyada en el suelo, los senos colgando y balanceándose, los pezones duros rozando el mármol frío.
—Más fuerte, hijo… fóllame más fuerte —susurraba ella en la fantasía.
Josué aceleraba. La follaba con rabia, con necesidad, clavándole la polla hasta el fondo una y otra vez. Le daba una palmada en el culo, dejando una marca roja. Luego se inclinaba sobre su espalda, le agarraba un pecho grande y pesado y se lo amasaba mientras le mordía el hombro. El coño de su madre se contraía alrededor de él, chorreando jugos que le resbalaban por los huevos. Sentía cómo ella se corría, el coño apretándole la verga en espasmos fuertes, y eso lo empujaba al borde.
En la cama real, Josué se masturbaba más rápido, la mano resbaladiza de precum, los músculos del abdomen tensos. Se imaginaba corriéndose dentro de ella, llenándole el coño de leche caliente hasta que se desbordara y le resbalara por los muslos. Con un gruñido ahogado, se corrió. Chorro tras chorro de semen espeso salió disparado, manchándole el pecho, el abdomen y la sábana. El orgasmo le duró varios segundos, intensísimo, mientras seguía bombeando la polla y visualizando el culo de su madre abierto y goteando.
Cuando terminó, se quedó mirando el techo, la respiración agitada, el semen enfriándose sobre su piel. La culpa llegó de inmediato, pesada y fría. Se había masturbado pensando en su propia madre. En follársela como una puta cualquiera, en llenarle el coño, en oírla gemir “hijo”. Se limpió con una camiseta vieja, se subió los pantalones y se quedó sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.
Abajo, Marcela seguía moviéndose por la casa, inocente, todavía con la bata puesta. Y Josué, con el sabor amargo de la culpa en la boca, ya sabía que esa imagen no se iría nunca.
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