![¡La Concha de mi Hermana! [08] ¡La Concha de mi Hermana! [08]](https://img-20.poringa.net/poringa/img/C/4/9/0/7/A/Nokomi/96A.png)
Capítulo 08.
Problema Femenino.
Sigo pasando un paño húmedo por la encimera —sí, otra vez— aunque no hay nada que limpiar. Ni una migaja. Me asomo al fregadero, verifico que no haya platos, aunque los lavé hace diez minutos. Me agacho frente al horno, inspecciono el piso. ¿Esa mancha estaba antes? Me enderezo. Resoplo. Miro hacia el sofá.
Analizo el panorama con ojo crítico. Desde la puerta todo parece en su sitio. La cocina reluce, la luz blanca de los LED resalta los azulejos. La barra americana sin una mancha, ni una. Cada banqueta empujada con precisión milimétrica. La mesa del comedor igual: seis sillas, seis respaldos alineados. Y el mantel perfectamente centrado. Y aún así… no estoy conforme.
Katia está ahí, patas cruzadas, una bolsa gigante de papas fritas apoyada sobre su vientre. El control remoto en una mano, la otra zambullida hasta el codo en las papas. Lleva puesta su camiseta de los Lakers —esa vieja, número 24, Kobe en la espalda—, que más que ropa parece una insinuación prolongada. Se le arremolina sobre las caderas, sube cuando se mueve, se pega cuando respira. A veces se le ve un pezón, otras veces se insinúa la línea entre sus muslos, ahí donde la tela ya no cubre nada. Y sin embargo, ella, tranquila. Como si no pasara nada.
—Katia... —mi voz se queda en el aire, flotando entre el sonido seco de las papas que crujen y el relato deportivo—. ¿Me das una mano?
El tercer cuarto. Lakers arriba por cinco. Ella no pestañea. Mastica lento, como si lo que pasa en la cancha fuera una escena de amor que no quiere perderse.
—¿Con qué?
Sigo con el trapo. El borde de la mesa brilla. Literalmente. Pero lo paso una vez más, más por costumbre que por necesidad.
—Con la limpieza.
—¿Limpiar qué? —pregunta, sin apartar la vista del televisor. Luego se gira apenas y me lanza esa media sonrisa que siempre parece tener subtexto, aunque nunca sé cuál. Podría ser ironía, o afecto, o simplemente fastidio decorado.
—Si estuviera sucio, te juro que ayudaba —dice, alzando una ceja—. Pero limpiar lo limpio... Mamá diría que es patológico.
La frase me cala hondo, aunque no lo muestro. No hace falta. Ella sabe perfectamente lo que dice.
—¿Qué querés decir con eso?
Se encoge de hombros. El movimiento levanta la camiseta. Un borde de su pezón queda al descubierto. Me doy vuelta enseguida, como si los azulejos de la barra necesitaran revisión urgente.
—Nada, Abel. Solo que ya pasaste por ahí tres veces. Capaz no estás buscando limpiar. Estás buscando… no sé qué. Pero limpiar, no.
Aprieto la mandíbula. Lo noto por cómo me tironea la sien. Respiro por la nariz. Me concentro en el trapo, como si pudiera calmarse solo.
"Mamá diría que es patológico."
Claro que lo diría. Patricia es psicóloga. Diagnostica hasta cuando pide pizza. Crecí rodeado de términos clínicos, etiquetas flotando por el aire como si fueran parte del mobiliario. Nunca supe si era su hijo o un caso de estudio al que se le dió demasiado afecto por error.
Y sin embargo, no puedo evitarlo. Hay algo en mí que no tolera el caos. Lo sucio. Lo desordenado. Como si cada cosa fuera un pequeño universo al borde del colapso, y yo, el único dispuesto a sostenerlo en equilibrio, paño en mano.
"Abel, por Dios, dejá de una vez la lavandina. Nos estamos ahogando. Ya no se puede respirar."
Pero no era por ella. Ni por Katia. Era porque sí. Porque no puedo evitarlo. Porque hay algo en mí que no tolera ni el más mínimo desorden. Como si las cosas fueran a romperse si no están donde deben estar.
—Es que dejás todo desordenado —digo, aunque no es verdad. Hoy no. No hay migas, no hay vasos fuera de lugar. Y lo sé. Lo sé, pero no puedo parar.
—Hoy no toqué nada. Te lo juro. Ni entré a la cocina. Solo abrí las papas, y ni eso, porque ya estaban abiertas. No me podés culpar de que se desordene la bolsa sola.
—Igual...
—Igual nada. Estás inventando excusas para seguir girando por ahí como un Roomba con ansiedad —dice, ahora sí mirándome de frente.
Me mordí la lengua. Me siento observado, pero también expuesto. No por ella. Por mí mismo.
Katia se movió en el sofá. Cruzó las piernas en dirección contraria y la tela subió un poco más. El muslo izquierdo quedó completamente al aire. La camiseta se le enroscó apenas en la ingle. No hay nada debajo. Puedo verla. Suconcha depilada, tersa, con esa línea precisa que la divide en dos. Los labios cerrados, tensos en el centro. Ella lo sabe. Lo está haciendo a propósito. Y aun así, no reacciona. Se lleva otra papa a la boca, como si nada.
—Igual... —dije, solo para tener algo que decir— deberías considerar ponerte... no sé. Algo más.
—¿Por qué? Estoy en casa. ¿O no?
—Sí, pero...
—¿Molesta mi cuerpo?
No hay maldad en su voz. No hay sarcasmo. Solo una pregunta sin filtros.
—No, no es eso —respondo, rápido. Demasiado rápido.
—¿Entonces?
El partido sigue de fondo. El comentarista dice algo de un triple, pero no entiendo nada. El ruido del televisor, el crujir de las papas, mi corazón retumbando con cada movimiento de ella.
—No es lo que decís, Katia. Es... lo que provoca.
Me arrepiento apenas lo digo. Ella deja de masticar. Me mira de verdad.
—¿Y qué provoca?
Me mordí el interior de la mejilla. El trapo en mi mano ya está seco. No sé cuándo dejé de pasarle agua.
—No sé. Nada. Olvidalo.
Ella sonrió, no con burla ni crueldad, sino con una suavidad extraña, como si entendiera algo que yo apenas empiezo a descubrir.
—Te estás acostumbrando, Abel —dice, casi con ternura—. Pero todavía no del todo, ¿no?
No supe qué responder. Así que me voy al cuarto. Necesito... algo. Distancia. Silencio. Un baño de agua fría. Cualquier cosa que no sea quedarme ahí, mirando cómo se le desliza la camiseta cada vez que respira.
Pero mientras camino, la escucho decir, con voz neutra:
—Si querés que me vista, decímelo. No me molesta.
No le respondí, porque mentirle sería más difícil que no decir nada. Y porque, quizás, una parte de mí ya no quiere que se tape nunca más. Una parte primitiva de mi cerebro quiere que Katia se quede así.
Me rendí. Literalmente.
Apagué la lámpara del comedor, guardé el trapo seco como si fuese un arma derrotada, y caminé hasta el sofá con la resignación de un hombre que se ha dado cuenta de que no va a ganarle a la entropía ni hoy ni nunca. Me hundí junto a Katia. El cuero sintético del sofá estaba tibio, todavía con el calor de su cuerpo. Ella ni giró la cabeza. Masticaba otra papa frita, una pierna doblada, la otra estirada con pereza, la camiseta ondeando apenas sobre la piel desnuda.
—¿Cómo va el partido? —pregunté, más por romper el silencio que por interés real.
—Van perdiendo. Por nueve. Pero todavía no pierdo la fe —respondió, con ese tono testarudo que le salía siempre que hablaba de los Lakers. Su camiseta —su amuleto, supongo— tenía una mancha de queso derretido sobre la “K”. Ni se inmutaba.
—¿Quién la perdió esta vez?
—Russell. Otra vez. Tiró un triple desde el córner como si el aro le debiera plata. No entiendo por qué sigue creyendo que es Steph Curry.
Yo asentí, aunque no entendí nada. Mi atención ya estaba lejos del marcador. De hecho, ni sabía contra quién jugaban. Miraba otra cosa: la camiseta subiéndole apenas cada vez que estiraba el brazo para agarrar más papas, la parte inferior de sus pechos que amenazaba con escapar a la mínima provocación, la línea pálida de la piel justo donde empezaban sus caderas. Su pierna rozó la mía, como al pasar. Calor directo, sin tela de por medio.
Me obligué a mirar la pantalla. Había un rebote, dos jugadores chocando en cámara lenta. Sonó un silbato que no supe de dónde venía ni por qué. Todo parecía ajeno, como si el partido ocurriera en otro planeta. Entonces el celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué, casi con desgano. Una notificación: mensaje de Marcela.
Deslicé el dedo, abrí. Y me congelé.
Era una foto de cuerpo entero. Completamente desnuda. Marcela estaba de pie frente a un espejo de baño, con el cabello negro cayendo en cortinas sobre los hombros, cubriéndole apenas los pezones. Las piernas largas, los brazos hacia atrás. El pubis completamente expuesto. Cadera estrecha. Abdomen plano. Bronceada. Una mujer real. Casada, madura, misteriosa. De esas que no necesitaban posar, porque su postura ya era erótica. Y su concha… dios… es perfecta. Esos gajos que parecen tallados en mármol. Le dan un aspecto juvenil, aunque por algunas sutiles marcas en su piel se nota que ya tiene más de cuarenta. No me importa. Algo en su edad me dice: “No voy en broma, papito. Ya no estoy para perder el tiempo”.
Me quedé un segundo mirando. Tragué saliva. La imagen seguía en la pantalla cuando Katia me miró de reojo.
—¿Es ella?
Asentí.
—¿Qué puso?
Le mostré la foto. Sus ojos brillaron. Me sonrió con complicidad.
—¿Viste que linda concha tiene la flaca?
—La verdad, sí —admití.
Me quedé mirando los labios vaginales de mi hermana, los de Marcela no se parecían nada a los de Katia. Y aún así… consideraba que las dos estaban muy bien. Lo digo porque Katia suele menospreciar su propia concha. No debería hacerlo. Es muy hermosa… a su manera.
—¿Y qué vas a decirle?
No contesté.
—A ver —dijo, y me arrancó el teléfono de las manos con una sonrisa—. No te podés quedar mudo con esto. Tenés que reaccionar.
—Katia, no...
Demasiado tarde.
Ella ya escribía.
—"Carajo, Marcela. Veo tu foto y lo primero que pienso es: gorda" —leyó en voz alta—. “Por lo gorda que me quedó la chota”. ¿Ves? No es tan difícil. Vos escribís como si fueras un contador que da malas noticias.
—No sé... no quiero parecer un desesperado.
—No te preocupes, si total no se van a ver. Esto es un juego, Abel. Jugá y divertite. No seas tan frígido.
Me callé.
—Dictame algo. Yo escribo —dijo Katia, estirándose en el sillón con el celular en la mano, como si esto fuera un juego de mesa que no terminaba de tomar en serio.
Pensé. Me acomodé. Fruncí el ceño, como si buscara dentro de mí la frase perfecta, la que abriría el corazón de Marcela como una flor al sol.
Y entonces, lo dije:
—“Estuve pensando en vos toda la tarde. Sos como un eclipse de luna: misteriosa, redonda, y me dejás ciego de deseo. No sé cómo hacés, pero cada vez que te imagino, se me derriten las ideas.”
Katia se quedó inmóvil. Literalmente. Ni un músculo. Solo pestañeó, lento.
—¿Qué...?
—¿Te gustó? —pregunté, con una sonrisa triunfal
Ella me miró, incrédula.
—Abel. ¿Vos querés que Marcela se caliente? ¿O querés venderle libros de Neruda?
—¿Muy cursi?
—Es un poema escrito por un alien que acaba de descubrir las metáforas... y también las hormonas. ¿Eclipse de luna? ¿Redonda? No solo parecés cursi, sino también desesperado. Ponele onda, ¡che!
Me encogí de hombros. Lo del eclipse me parecía muy potente. Aún creo que puede funcionar.
—Y lo de "se me derriten las ideas", Abel... —siguió Katia, ya sin piedad—. ¿Querés seducirla o venderle un queso untable?
—Está bien, está bien. Ya entendí. No nací para ser poeta. ¿Qué le dirías vos?
Katia se irguió como si hubiera estado esperando esa pregunta desde que nació. Se acomodó el pelo, tomó el celular como si fuera una copa de vino y dijo, con voz ceremoniosa:
—“Hoy soñé que eras una Oreo. Te separaba las tapas despacito, te chupaba el relleno… y te dejaba toda abierta y pegoteada. Después te bañaba en leche…”
La miré. Parpadeé. Tragué saliva.
—¿Qué?
—¿Qué de qué? Es directo, sensual y tiene chocolate. Lo tiene todo. Es marketing erótico. Ya se lo mandé.
—Katia, eso no es sensual. Eso es una pesadilla porno con diabetes.
—Ah, perdón, Shakespeare. ¿Querés seducirla o recitarle Neruda mientras le untás una tostada?
—Pero... “te chupaba el relleno”, Katia. ¿Eso te parece sutil?
—Sutil no. Rico. Y no me juzgues, vos querías hablarle de eclipses como si ella fuera una astronauta cachonda. ¿El eclipse? ¿La luna? ¿En serio? ¿Es lo más original que se te ocurrió?
—Está bien. Ya no puedo hacer nada para cambiarlo.
El celular volvió a sonar.
—¡Uy, mirá! —me mostró la pantalla.
Una foto de la concha de Marcela, toda abierta y chorreando semen. Y abajo decía: “Y no fue mi marido”.
Ok, lo reconozco. Eso sí me dio morbo.
Se me puso gorda la chota. Con el perdón de Neruda.
Mi celular volvió a mi mano. Ella me miró con una sonrisa entre cómplice y maliciosa. Como si acabáramos de firmar un pacto no del todo legal.
—Gracias —murmuré, bajando la vista a la pantalla.
—De nada. Me encanta asesorar a socios con tanto potencial. Vos y Cristian hacen un gran equipo.
Suspiré, sin levantar la cabeza.
—No hacía falta que lo dijeras así.
Se rió. Esa risa que te deja desarmado, entre la vergüenza y la sospecha de que, en el fondo, te quiere un poco.
Luego volvió a girarse hacia el televisor, como si no acabara de empujarme con suavidad por un barranco.
—Mirá esto —dijo, señalando la pantalla justo cuando un jugador giraba sobre sí mismo para lanzar el balón hacia el aro—. Esta jugada es clave. El pick and roll que le hacen acá es de manual.
Miré. Intenté prestar atención. De verdad.
Pero la pelota se convirtió en una esfera borrosa. Los jugadores eran manchas móviles. Los sonidos del partido se desvanecían detrás del zumbido eléctrico que se había encendido en mi cabeza desde que vi esa foto, desde que Katia escribió ese mensaje en mi nombre, desde que su pierna siguió tocando la mía como si no pasara nada.
No entendí nada de la jugada.
* * *
Abrí la puerta y lo primero que me golpeó fue el olor: una mezcla entre shampoo frutal, ropa usada, perfume dulce y algo más, algo corporal, tibio, un aroma que me recordaba que Katia dormía ahí, vivía ahí. Que ese espacio era ahora su territorio.
La alfombra, antes perfectamente peinada, tenía zonas donde se notaba el tránsito de pies descalzos. Ropa colgando del respaldo de la silla, un corpiño violeta colapsado sobre la lámpara de noche como una mariposa muerta. La mesita del costado tenía un desodorante, un delineador, un rollo de papel higiénico, un pote de crema abierta, y un paquete de galletitas empezado. En el piso había una media, un cargador de celular, y... ¿una bombacha? Sí. Una bombacha celeste hecha un ovillo entre los pies de la cama.
Y arriba de la cama… el dildo.
Mi regalo. Bueno, no mío en realidad. Era de Regina. Cuando nos separamos quedó en una caja con otras cosas. Desde que se lo dí a Katia, el dildo pasó a formar parte del paisaje. Como un trofeo en un altar caótico. Estaba ahí ahora, sobre el cubrecama, apuntando hacia la almohada como si tuviera intenciones propias.
Y junto a ese trofeo fálico, como una diosa griega demasiado casual, Katia estaba ahí, completamente desnuda, las piernas abiertas como quien no tiene nada que esconder. El cabello oscuro desordenado como si acabara de pelear con una sábana, los labios entreabiertos, no por seducción, sino por una mezcla de incomodidad y resignación.
—¿Por qué me llamaste? —pregunté, tratando de que mi voz sonara menos tensa, como si no me costara mantener la vista en su cara y no en el desastre visual que se extendía más abajo.
Ella no respondió enseguida. Se removió un poco, tragó saliva.
—Em… tengo un problema.
—¿Qué pasó?
—Nada grave… pero necesito ayuda con algo.
Puso una mano entre sus muslos, sin taparse del todo, como si eso bastara para devolverle algo de pudor.
—A veces, cuando una chica mete algo ahí —dijo, apuntando con un dedo tembloroso hacia su vagina—, puede costar sacarlo y…
Mi mirada se desvió, desesperada por encontrar un punto neutro. Y entonces lo vi. La repisa, mi santuario de orden estético: botellas de vidrio esmerilado, un globo terráqueo en miniatura, un par de figuras talladas en madera… ahora profanada por la presencia insólita de un paquete de tampones, sobresaliendo como un intruso en un museo.
—Ah, no… —negué de inmediato, levantando ambas manos como si fueran un escudo—. No. Te puedo ayudar con un montón de cosas, Katia, pero para estos… problemas femeninos, no cuentes conmigo.
Ella giró los ojos, dejando caer el cuerpo hacia un costado como si toda la tensión se le hubiese aflojado de golpe.
—No es eso —dijo con fastidio, pero sin malicia.
—Tengo una idea. Ya sé quién te puede ayudar con esto. Ya vengo.
—Abel, esperá…
Pero ya estaba cruzando el living como si escapara de una escena de crimen. Ni siquiera quise escuchar una explicación anatómica. El solo imaginar una descripción técnica con palabras como "cuerda" o "deslizar" me provocaba un calambre en la nuca.
Abrí la puerta del departamento, salí al pasillo y crucé los seis pasos hasta el umbral del departamento contiguo. El de Paula.
Respiré hondo. Me pasé una mano por el cabello. Toqué el timbre. Un par de segundos. Tres. Un clic seco. La puerta se abrió. Paula me sonrió. No había rastros de su amiga Celeste. Ni una voz, ni un eco. Gracias al cielo.
Paula siempre me pareció bonita. De esa belleza que no grita, que se te mete bajo la piel sin que te des cuenta. Silenciosa, contenida. Pero esa noche… parecía otra persona. El pelo negro, lacio, cortado justo por encima de los hombros, tenía ese desorden de almohada que a ella, extrañamente, le quedaba bien. O quizás era el calor, que le pegaba un leve brillo a la piel, justo en el hueco del cuello.
La camiseta blanca caía suelta sobre su torso, sin forma, como si la hubiera agarrado a ciegas en la oscuridad. Pero era tan fina que la luz del pasillo atravesaba la tela, delineando con claridad la sombra de sus pezones. No llevaba corpiño. Debajo, una tanga blanca de algodón descansaba sobre sus caderas como una línea de tiza trazada en el lugar justo. El contraste entre la tela y su piel era... incómodo. Incómodo porque obligaba a mirar, aunque no quisiera.
—Abel —dijo, sonriendo. Su voz salía ronca, gastada por el sueño o por el tabaco. O por alguna conversación larga en la cama que no me incluía.
—Perdón por la hora.
—No pasa nada —murmuró, con esa cadencia que parecía siempre un poco más lenta de lo normal, como si saboreara cada palabra antes de decirla—. ¿Todo bien?
—Sí… bueno. Katia tiene… un tema. Femenino. Y pensé que capaz podías ayudarla. Está un poco... incómoda.
—¿Un tema...? —repitió, enarcando una ceja con una sonrisa ladeada, como si le hiciera gracia mi incomodidad. Pero sus ojos ya sabían. Sabían desde que abrí la boca.
—Sí, eso. “Eso”. ¿Podrías ayudarla?
—Ah. —La sonrisa se le estiró un poco más, como si le divirtiera el juego, como si le gustara verme tropezar con cada palabra—. Dale. Me cae bien tu hermana. No soy de las que dejan sola a otra mujer en esas situaciones.
—Gracias. En serio.
No respondió. Asintió apenas, y giró para volver al interior del departamento. Desapareció tras la puerta por unos segundos. Cuando volvió, llevaba una vincha en el pelo, un celular en la mano… y nada más. Ni pantalones. Ni una remera más larga. Sólo esa tanga blanca, que ahora, al caminar, parecía aún más visible, más deliberada.
—¿Vamos?
Asentí, tragando saliva, y abrí la puerta para dejarla pasar.
Mientras cruzaba el pasillo, mis ojos se fueron solos. Sus piernas, largas y firmes, se movían con esa calma suya, como si deslizara en lugar de caminar. La tela blanca se le ceñía como una segunda piel, cada paso marcando un poco más la curva del trasero. No parecía tener apuro. Tampoco vergüenza.
Últimamente Paula estaba rara. Desde hacía unas semanas… no sabía bien cómo explicarlo. No era que coqueteara. No con palabras. Era más bien la forma en que me miraba cuando creía que no la estaba viendo. O cómo se acomodaba el pelo cuando hablábamos. Como si todo en ella, incluso el silencio, estuviera puesto a prueba.
Y yo… no sabía cómo manejar eso. Así que lo ignoraba. O al menos, lo intentaba. Pensé que ya no podía sorprenderme esa noche. Me equivoqué.
Llevé a Paula hasta el cuarto de Katia como quien guía a alguien hacia una zona de desastre natural. Ella iba tranquila, casi flotando, el paso firme, la camiseta blanca pegándose a su espalda, marcándole cada curva. Yo intentaba no pensar demasiado en cómo se le notaba todo, en lo poco que había entre su piel y el aire.
Toqué la puerta.
—Katia, traje refuerzos.
—¡Pasen! —gritó desde adentro.
Entré primero, como empujado por el deber, y Paula me siguió sin apuro, con ese aire suyo de estar siempre un paso más cómoda que el resto. La habitación olía a perfume de mujer y algo más: esa mezcla densa entre calor corporal y vergüenza reciente.
Katia estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en la sábana hasta el pecho, los hombros descubiertos, rojos como si se hubiera bronceado en la humillación. Apenas nos vio, se cubrió la cara con ambas manos y bufó por la nariz.
—Abel… te apuraste. Te estaba explicando. Lo del problema…
—Está bien —interrumpí, levantando las manos, incómodo—. No tenías que decirme nada, en serio.
—No, sí. Te lo voy a decir igual. Para que no parezca algo peor… —respiró hondo, y me miró de reojo, entre los dedos—. Es el dildo. Decidí probar con uno de esos preservativos texturizados… no sé, me dio curiosidad. Pero…. lo puse mal. Quedó adentro.
Tragué saliva.
—Ah…
—No digas nada —pidió, escondiéndose más—. Por favor. Ahora hasta la vecina se enteró. Quiero morirme.
Giré un poco la cabeza hacia Paula, como esperando alguna reacción. Pero ella se mantenía impasible, tranquila, como si le estuvieran contando que se rompió un cierre o se corrió una media.
—No te preocupes —dijo, acercándose a Katia con tono sereno—. Son cosas que pasan. No sos la primera ni vas a ser la última. Yo te ayudo.
—¿De verdad? —Preguntó Katia asomando un ojo entre sus dedos.
—Obvio. Además… yo también le pongo preservativos texturizados a mis dildos —Paula le guiñó un ojo—. Si alguna vez se me llega a quedar uno adentro, me vas a devolver el favor.
—Obvio, si… —asintió rápidamente con la cabeza—. Sos muy buena, Paula. Gracias…
—¿Querés algo para tomar? —pregunté, con la voz un poco más alta de lo necesario. Necesitaba una buena excusa para salir de allí lo antes posible—. Por la molestia. Digo. Por haber venido hasta acá.
Paula se giró despacio, con una sonrisa apenas ladeada, y me miró por encima del hombro. La camiseta blanca se le pegaba a la espalda por el calor, revelando el contorno de la línea del sujetador… o más bien, su ausencia.
—Unas cervezas bien frías serían ideales.
—Dame diez minutos.
Cerré la puerta detrás de mí, y salí con paso rápido. Como si el aire del pasillo pudiera aclararme la cabeza.
Bajé por el ascensor con las llaves en la mano, todavía envuelto en esa nube de desconcierto. No entendía del todo por qué me sentía tan nervioso. Paula había sido amable. Katia necesitaba ayuda. Todo estaba bien. Todo era razonable.
Y sin embargo, el peso de algo inusual latía en mi pecho.
Compré las cervezas en el kiosco de la esquina. Me aseguré de que fueran bien frías. Caminé de vuelta apretando las botellas con las manos, el vidrio sudado, el frío filtrándose en las palmas.
Subí. Entré. La puerta del cuarto de Katia estaba cerrada.
Golpeé con los nudillos, apenas.
—¿Puedo pasar?
No hubo respuesta. Solo un sonido. Un ruido apagado. Como algo húmedo. Rítmico.
Empujé la puerta.
La imagen me golpeó como una ráfaga de calor seco.
Paula estaba de rodillas entre las piernas de Katia. Su cabeza se movía con un ritmo lento, deliberado. Una mano en el muslo, la otra apoyada en la cama. La camiseta blanca arremangada sobre la cintura. Su tanga bajada hasta los muslos. Se estaba metiendo dos dedos en la concha. Sin prisa, pero sin pausa. Katia tenía la espalda arqueada, las piernas abiertas, la cabeza reclinada hacia atrás.
Y los ojos puestos en mí.
No dijo nada. No gritó. Solo me miró. Como si no supiera qué estaba pasando. Como si no pudiera explicarlo. Estaba jadeando, la boca entreabierta, los pechos bamboleando con cada respiración bajo la camiseta estirada. Pero en su cara había algo más que placer. Había confusión. Perplejidad.
Katia me miraba como diciendo que ella tampoco entendía cómo habían llegado hasta ese punto. Yo seguía con las cervezas en las manos, frías, sudadas, como si acabaran de salir del hielo y hubieran decidido quedarse ahí, aferradas a mis dedos. No podía moverme. Era como si mis músculos hubieran hecho un pacto con el desconcierto. Paula seguía metiendo la lengua en la concha de Katia con una suavidad casi coreográfica, como si cada gesto estuviera ensayado desde antes, como si nada de lo que sucedía fuera improvisado. El cuarto entero parecía contener la respiración.
Yo miraba absorto, atrapado en la escena como un espectador sin boleto, incapaz de intervenir, con los ojos fijos, no en el beso, sino en lo que ese acto lésbico estaba generando dentro mío. No sabía si sentía deseo, culpa o una fascinación animal que me recorría el pecho como un cosquilleo. Tal vez todo junto. Lo único cierto era que no podía apartar la mirada.
Paula no se detuvo. Ni siquiera se inmutó. Era como si no hubiera escuchado la puerta abrirse. O como si la posibilidad de que la vieran no le molestara. Su lengua seguía explorando los labios vaginales de Katia. Los saboreaba. Los cubría con su saliva.
Katia soltó un gemido entrecortado. No uno de los que ya había oído desde el cuarto cuando se tocaba sola. Este era diferente. Vulnerable. No impostado.
Mis piernas amagaban con retroceder, mientras el pecho se adelantaba solo, guiado por un impulso que no entendía. Y ahí estaba yo, plantado en el umbral, con las cervezas en la mano y la cabeza hecha un ovillo. Todo parecía suspendido en el aire, menos ellas.
Me acerqué despacio, como si tuviera miedo de arruinar una escena demasiado perfecta o de asustar a un animalito en plena comida.
—Ah, trajiste las cervezas —dijo Paula, como si fuera lo más natural del mundo.
Estiró la mano y le pasé una. Ya estaba destapada. Dio un trago largo, sin apuro, y luego se la tendió a Katia, que la recibió con una sonrisa breve, como si compartieran un pacto que no necesitaba palabras. Me miró, y con dos golpecitos suaves en el colchón me invitó a sentarme junto a ella.
Obedecí. Como si nunca hubiera sabido hacer otra cosa.
—Em… ¿costó sacar el preservativo?
—No, para nada —Katia tomó cerveza, Paula volvió a pegar su boca a la concha. Le dio un fuerte chupón al clítoris—. Lo sacó en tres segundos. Metió los dedos hasta el fondo y…
—Sí, me imagino cómo fue —dije, sin poder apartar la mirada de la concha de mi hermana… y de la ansiosa lengua de Paula.
—¿Y ésto cómo pasó? —Pregunté con temor.
—No sé… simplemente pasó. Y te digo la verdad: no me molesta ni un poquito. Si quiere seguir… que siga.
La cerveza fluía por mi garganta extinguiendo el fuego. Los tres permanecíamos en la cama. Yo, al borde del colchón, con la espalda apoyada contra la pared fría; Katia, en el centro, desnuda y sin pudor, su piel aún irradiando ese resplandor cálido de la pasión reciente; y Paula, justo frente a ella, deleitándose con una habilidad envidiable.
Y, como era de esperar, mi cuerpo reaccionó. La excitación fue inevitable, palpable, imposible de ocultar. Paula, al notarlo, esbozó una sonrisa triunfal y, sin pedir permiso, tomó el control. Sus manos tiraron de mi pantalón, liberando mi miembro erecto, y antes de que pudiera formular una pregunta, ya estaba devorando mi glande con una destreza impresionante.
Katia me miró, reflejando mi propia expresión de asombro. Se encogió de hombros, tomó un largo trago de cerveza y se relamió el labio inferior antes de lanzarme esa mirada suya, una mezcla de ternura, cinismo y picardía.
—¿Es buena petera? —preguntó, con una curiosidad genuina.
Paula, sin detenerse, soltó una risa suave mientras continuaba su labor, cada vez más intensa, más profunda.
—Em… bueno, este… —balbuceé, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—¿Lo hace mejor que Regina? —insistió Katia, con una pizca de malicia en su voz.
—Mmm… sí. Mucho mejor —admití, con un dejo de resentimiento—. Regina lo hacía como si no le gustara. En cambio, Paula… em…
—La chupa con ganas —concluyó Katia, tomando otro sorbo de cerveza.
—Se chupa con ganas, o no se chupa —sentenció Paula, como si estuviera recitando un mandamiento sagrado.
Luego, volvió a concentrarse en la concha de Katia, dedicando largos y intensos lametones a sus labios vaginales antes de regresar a mi miembro, tragándolo con una voracidad impresionante. Ocasionalmente, se detenía para tomar un sorbo de cerveza, como si fuera un ritual sagrado.
No sabría cómo explicar a alguien cómo llegamos a esta situación. Como bien dijo Paula: “Son cosas que pasan” y eso tendrá que bastar… por ahora. Aunque siempre he creído que cuando la gente se comporta de manera extraña, hay una razón detrás. Después de todo, llevo más de dos años siendo vecino de Paula y nunca había hecho nada remotamente parecido a esto. Apenas nos hablamos, somos solo vecinos, ni siquiera la considero una amiga.
—Deberías aprender de Paula, hermanito —dijo Katia.
—¿Aprender qué?
—A chupar conchas. Ella sí que sabe hacerlo.
—¿A qué viene esto? —Preguntó Paula, intrigada, con una sonrisa en los labios.
—Resulta que una mujer muy hermosa le dijo a Abel: “No sabés chupar conchas”.
Me atraganté con la cerveza, el líquido burbujeante invadiendo mi garganta de forma inesperada. Tosí una vez, tratando de recuperar el aliento mientras Paula alzaba las cejas, claramente interesada en el giro de la conversación.
—¡Katia!
—Ah, no… nada de quejas. ¿Sabés la vergüenza que pasé explicando lo del preservativo? Ahora te la bancás.
Su expresión era una mezcla de reproche y diversión. En parte, tiene razón. Yo la expuse a una situación vergonzosa, por boludo. Quizás me lo merezco.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó Paula, su curiosidad evidente en el brillo de sus ojos.
—Eso no importa —rió Katia, sus dedos jugando con la botella, haciéndola girar lentamente entre ellos. Al menos podré conservar un poco de mi dignidad—. Lo que importa es que no puede ser. Ya va siendo hora de aprender, ¿no Abel?
Paula soltó una risa suave, seca, que resonó en el aire como un susurro burlón.
—Es uno de los grandes problemas de los hombres. No saben hacer “el favor” —dijo, usando sus dedos para dibujar comillas en el aire, el gesto subrayando sus palabras—. No es que no quieran. Es que no saben cómo. Se desesperan, se olvidan que eso lleva tiempo, ritmo, sentir lo que una siente…
Yo me encogí de hombros, apartando la mirada hacia la botella que sostenía, su superficie fría contrastando con el calor que comenzaba a subir a mi rostro.
—Bueno, tampoco tuve muchas oportunidades de... practicar. Y la que tuve, bueno...
—No cuenta —interrumpió Katia, sin siquiera mirarme. Su atención estaba fija en Paula, en su forma de hablar, en la serenidad con la que se recostaba de nuevo en la almohada, como si estuviera en control de toda la situación.
Y entonces, Paula, con esa misma tranquilidad y una voz suave, se giró hacia mí y soltó:
—¿Querés practicar conmigo?
El silencio que siguió fue tan denso que el zumbido del ventilador de techo se volvió ensordecedor, llenando el espacio con su monótono murmullo. La pregunta había sido lanzada con una naturalidad que la hacía aún más desconcertante.
—¿Qué? —alcancé a decir, sintiéndome como un idiota mientras las palabras salían de mi boca.
—¿Querés? —repitió, con esa sonrisa suave que no parecía tener una gota de malicia, sus ojos fijos en los míos—. Te presto mi cuerpo. Para que aprendas.
La miré, mis pensamientos un torbellino de confusión. Luego miré a Katia. Y Katia... parecía fascinada, como si estuviera viendo una película intrigante.
—Me parece una idea espectacular —dijo, bajando la botella con un gesto decidido—. Y yo puedo guiarte. Paso a paso.
—Esto es... una locura —murmuré, sintiendo el calor subir a mi cara como una ola imparable.
—Todo lo que vale la pena lo es —dijo Paula, estirándose de espaldas sobre la cama, sus movimientos fluidos y seguros, como si estuviera invitándome a un mundo completamente nuevo.
Se acomodó. Abrió lentamente las piernas. La tanga blanca, humedecida en el centro, no escondía nada. Se la quitó sin dramatismo, la deslizó por las piernas y la arrojó al piso sin mirar. Su sexo quedó expuesto entre las sombras suaves de la habitación, respirando lentamente, con esa mezcla de timidez y ofrecimiento que desarma.
—Bueno, Abel —dijo Katia, su voz suave pero firme—. Vas a acostarte boca abajo, entre sus piernas. Así —ella se recostó junto a mí, su cuerpo casi fundiéndose con el mío. Podía sentir cada curva, cada contorno de su figura contra mi piel. Mi miembro, aún erecto, palpitaba con anticipación. Intenté, en vano, evitar que mi excitación la rozara—. Más cerca. Eso es.
Se acercó más, su pierna izquierda presionando firmemente contra la punta de mi miembro. La habitación comenzó a girar, ya fuera por la cerveza o por el calor abrasador que sentía. El latido en mis sienes era insistente, un tambor primitivo que marcaba el ritmo de mi deseo. El aroma entre las piernas de Paula era una mezcla embriagadora de dulce y salado, fuerte y acogedor, como un refugio secreto donde uno quisiera perderse para siempre. Ella me miraba con una expresión abierta, sin rastro de miedo o juicio. Su vagina era una obra de arte, con labios perfectamente definidos y un suave colchón de vello púbico que invitaba a la exploración.
—Lo primero —dijo Katia, su voz como un susurro seductor— es que no te apures. Ni un poquito.
Me incliné, mis labios rozando apenas la parte interna del muslo de Paula. Sentí un ligero temblor recorrer su piel, una respuesta sutil pero eléctrica a mi toque.
—Bien —murmuró Katia—. Ahora un poco más arriba. Besá. No lamas todavía. Solo besá. Como si besaras su boca.
Lo hice. Un beso suave. Otro. Mis labios tocando la piel caliente. El vello apenas perceptible bajo mi boca. Lamí entre los labios de su concha. Paula suspiró, arqueando apenas la espalda.
—Ahora pasá la lengua por encima, sin presionar. Solo la superficie. Sentí la forma.
Lo hice. Sentí el sabor. No era como lo recordaba. Era mejor. Más humano. Más intenso. Paula se tensó, y luego se relajó. Un gemido leve.
—Bien —dijo Katia, su voz más baja ahora—. No te vayas a lo obvio. Ignorá el clítoris un poco. Rodealo. Jugá con los labios. Acariciá. Descubrila.
Yo exploraba. Cada movimiento una lección. Mi verga rozaba las nalgas de Katia, ella se movió apenas un poco. Mi miembro se quedó reposando, erecto, apuntando hacia abajo, justo entre sus nalgas.
Paula jadeaba con más fuerza. Sus piernas se abrían más, se cerraban con pequeños espasmos. Las manos se aferraban a las sábanas. Y Katia, paciente, comentaba cada sonido, cada reacción:
—¿Escuchás ese gemido? Eso es porque hiciste bien la presión. Ahora probá succionar. Suave. Solo un poco.
Paula se mordió el labio inferior, sus dientes hundiéndose suavemente en la carne rosada. Sus caderas se movieron hacia mí, como una invitación silenciosa. Yo continué, ya sin pensar, dejándome llevar únicamente por el tacto y la sensación.
—Ahora sí, toca el clítoris. Apenas con la lengua. Dibuja círculos pequeños. Siente cómo se pone más duro, más sensible... —La voz de Katia era un susurro ronco, cargado de deseo.
Katia lamió la concha de Paula, mostrándome exactamente cómo debía hacerlo. Su lengua era curiosa, veloz, moviéndose con una precisión que denotaba experiencia. No dudaba, no titubeaba.
La imité, dejando que mi lengua siguiera el mismo ritmo. Paula gritó, un sonido ahogado que escapó de su garganta. Su cuerpo se arqueó de golpe, como si una corriente eléctrica la hubiera atravesado. Sus manos ahora estaban en mi cabeza, guiándome con firmeza.
—Así. Bien —susurró Katia, casi orgullosa—. Mantené el ritmo. No cambies. Ya está cerca.
Y lo estaba. Podía sentirlo. El temblor que recorría su cuerpo, la humedad que se intensificaba, el olor más profundo y primitivo. Las contracciones que hacían que todo su cuerpo palpitara bajo mi boca, como si cada fibra de su ser estuviera respondiendo a mi tacto.
Y de pronto, Paula acabó. Fuerte. Un gemido alto, roto, escapó de sus labios. Su cuerpo se sacudió, las piernas cerrándose contra mi cabeza, sus manos agarrando mis hombros con desesperación, respirando como si hubiera corrido un kilómetro.
Me quedé ahí, con la boca húmeda, el pulso acelerado, y Katia a mi lado, riendo bajito, su risa un sonido suave y melodioso.
—Nada mal, Abel —dijo, sus ojos brillando con aprobación—. Sos aplicadito cuando te ponés.
Paula seguía temblando, sus dedos frotaban su clítoris. Y yo... yo no sabía si agradecer, pedir perdón o quedarme para siempre ahí, mirándola.
Aprendí.
Creo que ya no podré volver a mirar a Katia igual.
Paula se estaba atando la vincha. Lo hacía de espaldas a mí, todavía junto a la cama, frente al espejo empotrado en la puerta del ropero. Su camiseta blanca había vuelto a su sitio, aunque todavía dejaba entrever el contorno duro de sus pezones. La tanga también estaba de vuelta, como si jamás hubiera sido retirada con dos dedos y deslizada por las piernas como un permiso tácito.
—Bueno, me voy antes de que se ponga más raro —dijo, sonriendo con esa calma felina que parecía no desvanecerse nunca—. Gracias por la cerveza. Y por... todo lo demás.
No supe qué decir. Katia, en cambio, asintió con una sonrisa tibia, los brazos abrazando sus rodillas, el cuerpo aún desnudo pero cubierto por el cobertor, como si recién ahora sintiera el aire fresco de la noche.
—Sos una reina, Pau —le dijo, y Paula le tiró un beso al aire.
Me siguió hasta la puerta del departamento. Al abrirla, el pasillo nos envolvió con su silencio de madrugada. Paula se giró para mirarme de frente. Su rostro estaba sereno, satisfecho, pero con algo más. Una chispa que no alcanzaba a apagarse.
—Nos vemos, Abel.
—Sí. Descansá.
Cerré. El click de la cerradura resonó más de la cuenta. Me apoyé contra la puerta por un instante, respirando hondo. Volví al cuarto. Katia seguía en la misma posición, los ojos fijos en la pared, pero apenas crucé el umbral, habló:
—Hay algo raro en esa chica.
La miré.
—¿Raro cómo? —Pregunté, guardándome mis sospechas. Quería saber qué opinaba Katia.
Se encogió de hombros. La sábana bajó un poco, dejándole un pecho expuesto, pero ella no lo notó. O no le importó.
—No sé. Su forma de comportarse. Como si todo le resbalara. Como si pudiera chuparme la concha hasta hacerme acabar… y después hablar del clima como si nada. Y lo tuyo... lo nuestro...
La miré con una ceja levantada.
—¿Lo mío?
—Bueno, sí. Vos también fuiste parte de todo eso. Pero digo... no entiendo por qué siempre anda en ropa interior cuando vos estás cerca. No me digas que no lo notaste.
La miré un momento. Me senté al borde de la cama. El colchón se hundió bajo mi peso. El aire olía a piel, a cerveza, a sudor que ya se estaba secando.
—Puede ser casualidad —murmuré, aunque sabía perfectamente que no lo era.
Katia soltó un bufido breve, sin sorna. Más como quien espera que el otro despierte solo, sin necesidad de empujarlo.
—¿Casualidad? ¿Después de lo que hicimos? Vamos, Abel… a esa chica le gustás.
La miré. El brillo en sus ojos era distinto. No incredulidad, sino algo más fino, más incómodo. Como si quisiera convencerse de lo que decía, pero en el fondo dudara. Como si necesitara creer que Paula me había buscado a mí… para no preguntarse qué otra posibilidad había.
Sonreí, despacio.
—No es a mí a quien le gusta, Katia.
Sus cejas se alzaron.
—¿No?
Negué con la cabeza. Me puse de pie.
—Le gustás vos.
El silencio fue inmediato, absoluto. Parpadeó dos veces. El cuerpo se le tensó, casi imperceptiblemente, y se abrazó a sí misma, como si algo acabara de desprenderse adentro y necesitara sostenerlo.
—¿Vos decís? —preguntó, pero su voz sonaba más baja, más atenta.
—No lo digo. Lo vi. —Hice una pausa—. Cómo te miraba. Cómo te tocaba. Cómo entró en este cuarto sabiendo que ibas a estar desnuda. Yo fui... el alumno. Ella vino por la profesora.
Katia no dijo nada. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue espeso. Introspectivo. Como si cada frase mía estuviera haciendo eco en algún rincón que ella no solía visitar.
Me acerqué a la puerta. Abrí sin apuro.
—Buenas noches, profe.
No respondió. Se quedó con la mirada clavada en algún punto invisible. Ausente. Tal vez repasando cada gesto, cada roce, cada palabra que Paula le había dicho, como quien vuelve sobre una escena antigua con una luz nueva.
Cerré la puerta despacio.
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