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La Teniente Liseth

El apartamento del quinto piso llevaba dos meses vacío.
Yo lo sabía porque el edificio de La Castellana tiene esa cosa de los edificios pequeños donde uno termina sabiendo todo sin proponérselo: quién llegó, quién se fue, quién tiene visita los fines de semana. La dueña del quinto, una tal Marcela, se había ido a vivir a Bogotá con el novio y el apartamento quedó cerrado hasta que alguien lo ocupara.
Un martes de octubre escuché el ascensor subir y bajar tres veces seguidas. Cajas. Maletas. El sonido de muebles arrastrándose. Alguien llegaba.
No le presté mucha atención. Ese mismo día tenía reunión con el contador y tres llamadas pendientes del administrador de la finca.
Fue el miércoles cuando la vi por primera vez.
Salí a las siete de la mañana a buscar el periódico en la portería y la encontré esperando el ascensor con el uniforme camuflado completo, las botas altas de campaña, y una mochila militar colgada en un hombro. Alta, de porte recto con esa postura que da el entrenamiento, con el cabello rubio recogido estrictamente debajo de la boina. Rubia de verdad, no de tinte, con esa piel blanca que en el calor costeño se veía casi irreal, levemente sonrosada. Tendría unos 30 años. La cara seria, limpia, sin maquillaje, con unos ojos claros que miraban con esa atención entrenada de quien evalúa todo lo que tiene alrededor.
Pero lo que no podía esconder el uniforme, por más camuflado y estructurado que fuera, eran las caderas. Ese pantalón militar le marcaba una figura que no tenía nada que ver con lo institucional: cintura definida, caderas amplias, y ese trasero redondo y firme que se notaba con una claridad que probablemente le generaba más de un problema en el batallón.
Me vio.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —respondió, con una voz más suave de lo que esperaba. Acento del interior, Bogotá o cerca.
Se abrió el ascensor. Entramos los dos. Cuatro pisos de silencio y ese olor suyo, una colonia discreta mezclada con el cuero de las botas y algo más cálido que venía de su piel.
—¿Quinto? —pregunté, con el dedo sobre los botones.
—Sí.
Subimos. Cuando se abrió el ascensor ella salió primero sin decir nada más y fue directo a la puerta del 501 con esa seguridad de quien no necesita mirar el número para saber dónde vive.
Yo me quedé en el cuarto piso mirando cómo cerraba la puerta.
Los días siguientes la fui viendo en el ritmo del edificio. Salía todos los días a las seis cuarenta con el uniforme, puntual como un reloj, con la mochila militar y las botas sonando en el pasillo. Llegaba entre las seis y las siete de la noche, a veces antes si era viernes. Siempre sola. Nunca con visita. Nunca con ruido.
En el ascensor nos saludábamos. Buenos días. Buenas noches. Nada más. Ella miraba al frente o al teléfono, con esa indiferencia profesional que podía ser real o podía ser entrenada, y yo no podía determinar cuál de las dos era.
Hasta el viernes de la segunda semana.
Coincidimos en la portería. Ella llegaba con una bolsa del Éxito, yo salía a buscar algo en la tienda de la esquina. Se le cayó una naranja de la bolsa y rodó hasta mis pies. La recogí y se la extendí.
Me miró cuando la tomó. Un segundo más de lo normal.
—Gracias —dijo.
—Andrés —dije, extendiendo la mano esta vez.
Dudó apenas.
—Liseth —dijo, estrechándola. Apretón firme, breve.
—¿Llevas mucho en Montería?
—Tres semanas.
—¿Y cómo te parece?
Algo en su cara se movió. No llegó a ser sonrisa pero estuvo cerca.
—Caliente —dijo.
—Se acostumbra.
—Eso me han dicho.
El portero nos miraba con esa discreción falsa que tienen los porteros. Liseth agarró la bolsa con las dos manos.
—Buenas noches —dijo, y entró al ascensor.
Yo me quedé en la portería un momento antes de salir a la calle.
El primer sábado que llovió en serio fue a finales de octubre.
Esa lluvia de Montería que llega de golpe, sin aviso, y convierte las calles en ríos en veinte minutos. Yo estaba en el apartamento trabajando con el computador cuando escuché el aguacero. A las cuatro de la tarde el cielo estaba negro y el viento movía las persianas.
A las cinco tocaron a mi puerta.
Era Liseth. Sin uniforme por primera vez. Jean oscuro, camiseta blanca de manga corta, chanclas planas. El pelo rubio suelto, cayéndole sobre los hombros, mojado en las puntas. Sin maquillaje, sin boina, sin nada de lo que la hacía teniente. Solo ella.
—¿Tienes velas? —dijo—. Se fue la luz allá arriba y no encontré ninguna.
La miré un momento. Ese pelo rubio suelto le cambiaba la cara completamente. Más joven, más real, más lejos del uniforme.
—Pasa —dije.
Entró. Miró el apartamento con esos ojos que evaluaban todo aunque no quisieran. Se quedó de pie en la sala mientras yo buscaba en la alacena.
—¿Quieres esperar a que vuelva la luz acá? —le dije desde la cocina—. En este edificio a veces se demora.
Silencio breve.
—Bueno —dijo.
Le puse un tinto en la mano y nos sentamos en la sala escuchando la lluvia. Ella con las piernas cruzadas en el sofá, las chanclas en el piso, los pies descalzos. Pies bien cuidados, blancos, con las uñas pintadas de un rojo oscuro que no esperaba.
Hablamos. Poco al principio, luego más. De Bucaramanga, del traslado, de la hermana que le había prestado el apartamento porque no le gustaron las habitaciones del casino en el batallón. De Montería que le parecía ruidosa y caliente pero con una gente diferente a lo que conocía.
—¿Y sola siempre? —le pregunté en algún momento.
Me miró.
—¿Cómo así?
—Que nunca te veo con nadie. Ni arriba ni abajo.
—Es que no conozco a nadie acá —dijo, sin drama—. Y en el batallón las relaciones se complican.
—¿Por el rango?
—Por todo.
Tomó el tinto mirando hacia la ventana donde la lluvia golpeaba el vidrio. Ese perfil suyo, esa nariz recta, ese cuello largo, ese cabello rubio mojado en las puntas.
—¿Cuánto tiempo llevas en el ejército? —le pregunté.
—Ocho años.
—¿Y no te cansas?
Me miró.
—¿De qué.
—De ser teniente todo el tiempo.
Silencio. Algo en su cara procesó esa pregunta de una manera que se le notó.
—A veces —dijo, finalmente, bajito, como si admitirlo le costara algo.
La lluvia siguió un rato largo. En algún momento volvió la luz del edificio y los dos lo notamos y ninguno dijo nada al respecto. Ella no se levantó a irse y yo no se lo sugerí.
Cuando finalmente se levantó eran casi las ocho.
—Gracias por el tinto —dijo, recogiendo las chanclas del piso.
—Cuando quieras.
Me miró con esos ojos claros.
—Andrés.
—¿Qué.
—No eres como pensaba.
—¿Cómo pensabas que era?
—No sé. —Hizo una pausa—. Diferente.
Y se fue sin explicar qué significaba eso.
Empezamos a coincidir más seguido. No de manera planeada, o al menos no declarada. Ella tocaba a mi puerta los sábados con alguna excusa: que si tenía tal cosa, que si sabía dónde quedaba tal lugar, que si el ruido de abajo era siempre así. Yo aparecía en la portería justo cuando ella llegaba del batallón, cosa que no era completamente casualidad.
Un sábado llegó con una bolsa de empanadas de pipián de una señora del barrio que según ella eran las mejores que había probado en Montería. Las comimos en mi apartamento viendo llover de nuevo, porque Montería en octubre llueve como si quisiera compensar todos los meses anteriores.
Sin el uniforme era completamente otra persona. Más suelta, más directa, con ese humor seco que aparecía cada vez más seguido. Se quitaba las chanclas apenas entraba, ese hábito que tenía, y se sentaba con los pies recogidos debajo de ella en el sofá o con los dedos en el borde de la mesa de centro.
Yo la miraba los pies cada vez que podía. Esos pies blancos, bien formados, con las uñas siempre de ese rojo oscuro que contrastaba con toda esa piel clara. En algún momento me pilló mirando y no dijo nada, solo acomodó los pies de otra manera, más visible, como si archivara la información para después.
Un domingo por la tarde me mandó un mensaje: “¿Tienes café? Se me acabó el mío.”
Tenía café. Los dos sabíamos que en el Éxito de la esquina vendían café a cualquier hora.
Subió en pantaloneta corta y camiseta sin mangas, con el pelo recogido en una cola informal y los pies descalzos porque había bajado sin ponerse nada en los pies. Ese descuido me dijo que ya no estaba calculando cada movimiento.
Estuvimos dos horas. Hablando de todo y de nada, con esa comodidad que se forma entre dos personas cuando ya no necesitan llenar el silencio. En algún momento ella estiró las piernas sobre la mesa de centro, cruzó los tobillos, y yo me quedé mirando esos pies descalzos con las uñas rojas a unos centímetros de mi mano.
—Te los veo seguido —dijo, sin mirarme, con ese tono que podía ser casual o no.
—¿Qué cosa.
—Los pies. Los míos.
—Es que los tienes por ahí.
—Los tengo en el piso como todo el mundo —dijo, con esa ceja levantada—. Pero tú los miras diferente.
No respondí. Ella tampoco dijo nada más. Solo tomó el café mirando la televisión apagada, con una sonrisita chiquita que guardó para ella.
Pasaron tres semanas más de eso. De temas y cafés y empanadas y lluvia. De miradas que duraban un segundo de más y silencios que pesaban de buena manera. De ella apareciendo cada vez más seguida y de los dos fingiendo que era por el café o por el azúcar o por cualquier otra vaina.
Hasta el viernes que llegó de noche con el uniforme puesto todavía.
Tocó a las ocho y media. Yo estaba leyendo. Abrí la puerta y estaba ahí con el uniforme completo, las botas, la boina en la mano, la mochila militar colgada. Recién llegada del batallón, con el día entero encima.
—Tuve un día horrible —dijo, sin preámbulo.
—Pasa.
Entró. Dejó la mochila en la entrada, se quitó las botas junto a la puerta y las puso ordenadas contra la pared con ese orden que no podía evitar. Los medias verdes militares en el piso, los pies descalzos sobre el piso frío del apartamento.
Fue a la cocina sin que yo le dijera nada y se sirvió agua del filtro. La tomó de pie, apoyada en la meseta, con el uniforme todavía puesto.
Me quedé en la sala mirándola. Ese uniforme camuflado que le marcaba todo lo que guardaba. Esa cintura, esas caderas, ese trasero que el pantalón militar no lograba esconder. El cabello rubio aplastado por la boina que tenía en la mano. La cara cansada pero con esos ojos claros que seguían mirando todo con la misma atención de siempre.
Dejó el vaso en la meseta y me miró desde la cocina.
—¿Qué? —dijo.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Siempre te miro.
Silencio. Ella sostuvo la mirada un momento, luego la bajó al vaso vacío.
—Andrés —dijo, sin levantar los ojos.
—¿Qué.
—Hace rato que sé para dónde va esto.
—¿Y?
Levantó los ojos.
—Y que no sé si es buena idea —dijo.
—Ya sé que no es la más práctica del mundo. Somos vecinos.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Es que cuando esto pasa entre vecinos y se daña, uno de los dos tiene que mudarse. —Hizo una pausa—. Y yo no me puedo mudar porque el apartamento es de mi hermana.
La miré.
—¿Quién dijo que se va a dañar?
—Nadie. Pero siempre existe la posibilidad.
—Existe en cualquier cosa —dije—. No solo entre vecinos.
Silencio más largo. Ella miraba el vaso, luego me miraba a mí, con esa expresión de quien está teniendo una conversación interna más larga que la externa.
—Liseth —dije.
—¿Qué.
—Ven acá.
Me miró un momento. Luego se separó de la meseta y cruzó la cocina despacio, con esos pies descalzos sobre el piso, con el uniforme encima y el día largo encima del uniforme, y cuando llegó a donde yo estaba la besé antes de que dijera algo más.
Respondió de inmediato. Sin la lentitud de quien duda sino con esa decisión que se había ido formando en semanas de cafés y silencios y pies en la mesa de centro. Me agarró la nuca con una mano, esa mano fuerte de mujer entrenada, y me jaló hacia ella.
Nos besamos un rato largo en la sala. El uniforme entre los dos, esa tela gruesa y estructurada que guardaba todo lo que yo llevaba semanas imaginando. Le puse las manos en la cintura y la sentí diferente así, más sólida, más real que en cualquier pantaloneta de domingo.
—El cuarto —dije.
Asintió.
En el cuarto se paró frente a mí con el uniforme puesto y me miró.
—Yo me lo quito —dijo.
—Espera.
Frunció el ceño apenas.
—¿Qué.
Me acerqué y la besé de nuevo, con las manos en su cintura, por encima de esa tela camuflada. Le recorrí la espalda, las caderas, ese trasero que llenó mis manos de una manera que me cortó la respiración. Ella cerró los ojos.
Le besé el cuello, por encima del cuello de la chaqueta militar. Ese olor suyo mezclado con el cuero de las botas y el día encima y algo más cálido debajo de todo eso que era completamente de ella.
—Ahora sí —dije.
Se quitó la chaqueta militar despacio y la dobló con ese orden que no podía evitar, dejándola en la silla. La camiseta interior verde oliva que quedaba debajo estaba pegada al cuerpo, marcando esos hombros blancos y firmes, esa cintura, ese pecho que la tela contenía apenas.
Se quitó la camiseta. Nada debajo. Esas tetas blancas y firmes con los pezones rosados claros que se endurecieron con el aire del ventilador. Grandes para ese cuerpo entrenado, redondas, perfectas.
Me miró mientras yo la miraba.
—¿Qué? —dijo, con ese tono directo.
—Que vale la pena la espera.
Se le escapó esa risa corta y genuina que guardaba para cuando bajaba la guardia del todo.
Se bajó el pantalón militar. Ese pantalón camuflado que había estado escondiendo todo esto durante semanas. Las caderas anchas, los muslos firmes y blancos, ese trasero redondo y perfecto que sin la tela era una cosa completamente diferente a lo que cualquier imaginación podía anticipar.
Traía una pantaleta de algodón negro, simple, pegada al cuerpo. Se la veía húmeda en el centro, con esa mancha oscura que hablaba sola sobre lo que llevaba rato sintiendo.
Se quedó así, en pantaleta, mirándome.
—Date vuelta —le dije.
Lo hizo despacio. Esa espalda blanca y musculosa, esa cintura perfecta que se abría en unas caderas que llenaban la vista, ese trasero redondo y firme que era exactamente todo lo que el uniforme había prometido y más.
Se volteó de nuevo.
—¿Terminaste? —dijo, con la ceja levantada.
—Todavía no.
Me acerqué. Le bajé la pantaleta despacio. Lo que apareció era rubia también, con ese vello suave y claro que casi no se veía sobre esa piel blanca. Tomé la pantaleta en la mano antes de soltarla. Estaba empapada por dentro, caliente, con ese olor espeso y dulce que subía de la tela y que me llegó directo al estómago. La olí sin disimulo, cerrando los ojos un segundo.
—Andrés —dijo, con la voz diferente.
—¿Qué.
—Eso es...
—¿Qué, Liseth.
Silencio.
—Nadie me había hecho eso —dijo, más bajito.
—¿Te molesta?
Tardó.
—No —dijo.
La acosté en la cama. Me tomé mi tiempo recorriéndola: ese cuello largo y blanco, la clavícula, esas tetas que se llenaban perfectamente en las manos. Le pasé la lengua por los pezones y ella metió los dedos en mi pelo con una firmeza que no sorprendía viniendo de ella.
Bajé despacio. El vientre plano y firme, el ombligo, la parte baja del abdomen. Le abrí las piernas y me encontré con esa rubia suave y ese olor que era limpio y caliente y completamente de ella, diferente a todo lo que conocía.
Me hundí ahí con la nariz antes de tocarla con la boca, respirándola despacio, aprendiendo su olor. Ella se tensó.
—¿Qué haces? —dijo, levantando la cabeza.
—Oliéndote.
—Eso es...
—Perfecto —dije—. Así hueles.
Silencio. Volvió a apoyar la cabeza.
Le pasé la lengua de abajo hacia arriba y soltó el aire que tenía guardado. La comí despacio, sin afán, aprendiendo su geografía. Liseth era contenida al principio, con esa disciplina que tenía para todo, pero el cuerpo no mentía: esas caderas que se movían solas, esa mano que encontró mi cabeza sin que ella lo decidiera.
Los gemidos salían bajitos primero. Luego menos bajitos.
Le levanté un pie. Esos pies blancos con las uñas de rojo oscuro, todavía con la marca del media militar en el tobillo. Los acerqué a mi cara. Olían a cuero de bota y a piel caliente de día largo y a esa crema suave que usaba, todo mezclado en un olor espeso que me nubló la cabeza.
—Andrés —dijo, mirándome desde arriba con esos ojos claros.
—¿Qué.
—¿Qué vas a hacer?
—Ya ves.
Le pasé la lengua por la planta y pegó un brinco.
—Eso no —dijo, entre el susto y la curiosidad.
—¿Por qué.
—Porque... —no terminó.
Le metí el dedo gordo en la boca y lo chupé despacio, sin quitarle los ojos de encima. Ella abrió los labios y no dijo nada más. Solo soltó un sonido bajo que venía del fondo y que no tenía nada que ver con ningún protocolo.
—Dios —murmuró, tapándose la cara con el brazo.
—No te tapes —le dije.
Quitó el brazo. Me miró con esos ojos claros completamente perdidos, con esa compostura que se había ido deshaciendo desde la cocina.
Le trabajé los dos pies, la lengua entre los dedos, saboreando esa piel suave y salada, mientras con la otra mano la tocaba entre las piernas. Ella no supo dónde poner la atención ni el cuerpo ni los gemidos que ya salían solos.
—Andrés —dijo, con urgencia real.
—¿Qué.
—Ya. Por favor ya.
Me subí encima. Entré despacio, sintiéndola cerrada y húmeda y caliente por dentro, y ella arqueó la espalda con una fuerza que levantó las caderas de la cama.
—Todo —dijo, con esa voz de mando que ahora sonaba completamente diferente.
Fui al fondo. Clavó las uñas en mi espalda.
Nos movimos encontrando el ritmo. Liseth no era de las que se quedan quietas: empujaba hacia arriba, marcaba el compás con las caderas, pedía más con el cuerpo sin necesitar palabras. En algún momento me agarró por los hombros con esa fuerza de mujer entrenada y me dio vuelta, montándose encima con una calma que me dejó sin habla.
Se acomodó sobre mí, me guió con la mano, y entró despacio con los ojos cerrados y ese labio inferior mordiéndose.
—Así me gusta —dijo, cuando me tuvo adentro completo.
Empezó a moverse. Esas caderas perfectas marcando un ritmo preciso, con las manos en mi pecho y el pelo soltándose del recogido con el movimiento, ese rubio cayéndole sobre los hombros.
La veía desde abajo sin poder decidir qué era mejor: esa cara con los ojos entrecerrados, esas tetas moviéndose con cada embestida, o esas caderas blancas sobre las mías.
—Suelta el pelo —dije.
Se sacó las horquillas sin dejar de moverse. Ese cabello rubio cayó completo sobre los hombros cambiándole la cara del todo. Sin el recogido era otra persona. Más suave. Más real.
Aceleró el ritmo. Los gemidos llenaban el cuarto sin que ella intentara controlarlos. Inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando las manos en mi pecho, encontrando el ángulo exacto, y cuando lo encontró soltó un sonido largo que no intentó callar.
Le puse las manos en las caderas y empujé hacia arriba para encontrarla. Ella respondió moviéndose más profundo, más rápido.
Se vino encima de mí con un gemido limpio y sin disculpas, el cuerpo entero temblando, las manos apretando mi pecho, ese pelo rubio cayendo hacia adelante.
La volteé antes de que terminara de bajar. Boca abajo, esas caderas levantadas, apoyando la frente en la almohada. Desde atrás esa espalda blanca y musculosa, esa cintura perfecta, ese trasero redondo que era todo lo que el uniforme había prometido durante semanas de ascensores y pasillos y buenos días.
Entré de nuevo y hundió la cara en la almohada y el sonido que salió fue largo y sin ningún rastro de la teniente Rondón.
Le agarré el pelo con una mano y jalé suave. Levantó la cara.
—Más —dijo.
Jalé más fuerte. Empujó hacia atrás.
—Así —dijo—. Así, así.
Nos perdimos en ese ritmo un rato largo, con ella pidiendo más cada vez que yo aminoraba, con ese cuerpo entrenado respondiendo a todo con una energía que no se acababa, con ese pelo rubio entre mis dedos y ese olor suyo llenando el cuarto.
Cuando se vino por segunda vez lo hizo con todo el cuerpo, sin almohada, sin mano en la boca, con un gemido que llenó el apartamento y que si el vecino del 402 estaba despierto escuchó perfectamente.
A ninguno de los dos nos importó.
Me vine con ella, adentro, con la frente contra su espalda.
Quedamos tirados. Ella se volteó despacio y se acomodó a mi lado, con una pierna sobre las mías y la cabeza apoyada mirando el techo.
Silencio bueno. El ventilador. Montería afuera sonando como siempre.
—Andrés —dijo, después de un rato.
—¿Qué.
—¿Sabes qué es lo más raro de esto?
—¿Qué.
—Que ocho años de ejército y la primera vez que bajo la guardia de verdad es acá, en el cuarto piso de un edificio de La Castellana, con un vecino que me miraba los pies.
Me reí. Ella también, bajito, ese sonido del pecho que guardaba para cuando estaba completamente relajada.
—Y los pies —dije—. ¿Qué tal?
Se quedó callada un momento.
—Eso no me lo esperaba —dijo, honesta—. Para nada. —Pausa—. Pero me va a costar olvidarlo.
Le besé el pelo. Ella no se alejó.
—¿Y lo del uniforme? —le pregunté.
Me miró de reojo.
—¿Qué del uniforme.
—Que estabas con él puesto cuando empezó todo.
Se quedó callada un momento. Luego:
—Lo noté —dijo, con esa ceja levantada—. ¿Eso te gusta?
—Mucho.
—Qué enfermo —dijo, pero con esa sonrisita que lo desmentía todo.
Afuera llovía de nuevo. Esa lluvia de Montería que llega sin avisar y lo llena todo.
—Liseth —dije.
—¿Qué.
—¿Cuánto tiempo te quedan acá?
—Cuatro meses —dijo—. Tal vez cinco.
—¿Y después?
—Después traslado. No sé a dónde todavía.
Silencio.
—Entonces —dije.
—Entonces nada —dijo, sin drama—. Entonces lo que hay mientras hay. Sin enredos ni expectativas raras.
—¿Eso es lo que quieres?
Me miró.
—Es lo que puedo —dijo, honesta—. Y ahora mismo es suficiente.
No respondí. Le acaricié la espalda y ella cerró los ojos.
La lluvia siguió un rato largo. Liseth se quedó dormida antes de que parara, con una mano abierta sobre mi pecho y ese pelo rubio extendido sobre la almohada, lejos del uniforme doblado en la silla, lejos de la boina, lejos de todo lo que era cuando esperaba el ascensor a las seis cuarenta de la mañana.
Solo ella. Finalmente solo ella.
Y al otro día en el ascensor nos íbamos a saludar como siempre.
Pero los dos íbamos a saber que buenos días significaba otra cosa.
Pasaron tres semanas después de esa noche.
Tres semanas de ascensores con buenos días que significaban otra cosa, de dedos rozándose en la portería sin querer, de ella tocando a mi puerta los sábados con cualquier excusa que ninguno de los dos se molestaba en hacer convincente.
Nos habíamos vuelto un hábito.
Ella llegaba, se quitaba las chanclas o las botas en la entrada según viniera, y el apartamento se sentía diferente con su presencia. Más lleno. Más vivo. Yo había aprendido a leerla: sabía cuándo venía con el día encima y necesitaba silencio, cuándo venía con ganas de hablar, cuándo se sentaba con los pies sobre la mesa de centro y movía los dedos distraída y eso no era casual.
Un jueves me mandó un mensaje a las diez de la noche.
“Me trasladan. Me avisaron hoy. Tengo un mes.”
Me quedé mirando el mensaje un momento. Luego le escribí: “Sube.”
Tardó diez minutos. Llegó en pantaloneta y camiseta, descalza, con el pelo suelto y esa cara de quien acaba de procesar una noticia y todavía no sabe bien cómo. Se sentó en el sofá y yo le puse un vaso de agua en la mano sin decir nada.
—Manizales —dijo—. Me mandan a Manizales.
—Lejos.
—Bastante. —Tomó el agua—. No me quejo. Es un buen traslado. Pero...
No terminó.
—¿Pero qué —dije.
Me miró.
—Nada —dijo—. Que uno se acostumbra a las cosas y luego toca desacostumbrarse.
Nos quedamos en silencio un rato. Ella con los pies recogidos debajo de ella en el sofá, yo a su lado. En algún momento le puse una mano en la rodilla y ella la cubrió con la suya sin decir nada.
—Andrés —dijo, después de un rato.
—¿Qué.
—Tengo un mes.
—Ya sé.
—Quiero aprovecharlo bien.
La miré.
—¿Cómo de bien?
Se volteó a mirarme con esa ceja levantada que ya era mi imagen favorita de ella.
—Muy bien —dijo.
El viernes siguiente llegó con el uniforme.
No era casualidad. Lo supe desde que abrió la puerta porque me miró de una manera específica cuando entró, una mirada que decía que había pensado en esto y que había decidido algo.
—¿Directo al cuarto? —dije.
—Directo al cuarto —confirmó.
Entramos. Ella se paró en el centro de la habitación con el uniforme camuflado completo, las botas puestas, la boina en la mano. Ese porte recto, esa figura que el uniforme guardaba y prometía al mismo tiempo.
—Hoy no me lo quito yo primero —dijo.
Me acerqué y empecé por la chaqueta. La desabroché despacio, botón por botón, sintiendo esa tela gruesa y estructurada ceder bajo mis dedos. La saqué de los hombros. La camiseta interior verde oliva pegada a ese cuerpo que ya conocía pero que cada vez me sorprendía igual.
Le subí la camiseta por encima de la cabeza. Nada debajo. Esas tetas blancas y firmes con los pezones rosados endureciéndose con el aire. Le pasé las manos por todo eso despacio, aprendiendo de nuevo lo que ya conocía.
Le desabroché el pantalón militar. Se lo bajé junto con todo lo demás hasta el piso. Traía una pantaleta de algodón blanco, simple, y el centro estaba oscuro de humedad, empapado, con ese calor que subía de la tela cuando le pasé los dedos por encima.
La tomé entre mis manos. Caliente, empapada por dentro, cargada de ese olor espeso y dulce que era completamente de ella. Me la llevé a la nariz y respiré profundo, cerrando los ojos, saboreando ese aroma denso de mujer que lleva horas deseando algo sin decirlo.
—Dios —murmuró ella, mirándome.
—¿Te molesta?
—No —dijo, con la voz ya diferente—. Me pone loca que hagas eso.
La dejé en el piso. Quedó completamente desnuda excepto por las botas.
—Las botas —dije.
—¿Qué con ellas.
—Quédate con ellas.
Me miró un segundo. Luego una sonrisa chiquita.
—Qué enfermo —dijo, igual que la primera vez, igual de desmentida por la misma sonrisa.
Se quedó con las botas puestas. Esa imagen, ese cuerpo blanco y perfecto con las botas militares hasta la rodilla, me dejó un momento sin palabras.
La acosté en la cama. Empecé por el cuello, ese cuello largo que olía a colonia suave y a día encima. Bajé por la clavícula, por el centro del pecho. Me llevé los pezones a la boca uno por uno y ella metió los dedos en mi pelo con esa fuerza que tenía.
—Muérdelos —dijo, directo.
Los mordí.
—Más.
Los mordí con más fuerza y clavó las uñas en mi cabeza y soltó un sonido largo y satisfecho.
Bajé por el vientre, el ombligo, la parte baja del abdomen. Le abrí las piernas y me encontré con esa rubia suave y ese olor que ya conocía y que me seguía llegando igual. Me hundí ahí con la nariz, respirándola despacio antes de tocarla, saboreando ese olor espeso y caliente y completamente de ella.
—Eso —dijo, con la voz ronca, empujando mi cabeza hacia ella.
La comí despacio, sin afán. Esos pliegues oscuros y carnosos húmedos de deseo, ese clítoris que respondía a todo hinchándose bajo mi lengua. Ella gemía sin controlarse, con las botas militares apoyadas en mis hombros, ese cuero frío contra mi piel.
Le tomé las piernas por encima de las botas y las apreté. Ese cuero áspero y frío mezclado con el calor de sus muslos blancos era una contradicción que me tenía vuelto loco.
Le levanté un pie con bota y todo y lo acerqué a mi cara. Ese olor a cuero militar mezclado con el calor que subía desde adentro de la bota, ese olor espeso a piel sudada después de un día largo que salía por la caña. Me quedé respirándolo con los ojos cerrados.
—Andrés —dijo, mirándome desde arriba.
—¿Qué.
—Eso es muy raro.
—Ya sé.
—Y me parece muy rico —admitió, bajito, como si costara.
Le desabroché una bota despacio. Se la saqué. El media verde militar. Lo saqué también. Ese pie blanco con las uñas de rojo oscuro, caliente y húmedo de haber estado encerrado todo el día, con ese olor espeso a cuero y a sudor y a piel que me golpeó directo.
Me lo llevé a la cara sin pedir permiso. Lo olí profundo, ese aroma denso y real que tenía algo de animal y algo de ella específicamente, ese olor que no se compra en ningún lado. Le pasé la lengua por la planta y ella pegó un brinco y agarró la sábana.
—Hijueputa —dijo, bajito.
Le chupé los dedos uno por uno, metiéndomelos completos en la boca, saboreando esa piel suave y salada mientras la seguía tocando entre las piernas con la otra mano. Ella se retorcía sin saber dónde poner el cuerpo.
Le saqué la otra bota. El otro pie. Lo olí igual, ese aroma caliente y espeso del día guardado en el cuero, y le di el mismo tratamiento, lento, completo, sin saltarme nada.
—No entiendo por qué eso se siente así —decía, con la voz completamente rota—. No tiene sentido.
—¿Bien o mal.
—Demasiado bien. Por eso no tiene sentido.
Se vino así, con un pie en mi boca y mis dedos adentro de ella, con un gemido largo que llenó el cuarto y con el cuerpo temblando en oleadas que tardaron en parar.
Cuando terminó de bajar me miró con esos ojos claros completamente perdidos.
—Ven acá —dijo, jalándome por el brazo.
Me subí encima. Pero antes de que entrara me puso una mano en el pecho.
—Espera —dijo.
Me empujó suavemente hacia arriba. Entendí. Me senté en el borde de la cama.
Ella se arrodilló en el piso frente a mí, con esa espalda recta que no podía evitar ni en esa posición, y me miró desde abajo con esos ojos claros.
—Nunca lo he hecho con ganas —dijo, directa como siempre—. Siempre fue por cumplir. Hoy quiero hacerlo con ganas.
No respondí. No hacía falta.
Me agarró con esa mano firme, me miró un segundo más, y me lo metió en la boca despacio, hasta donde podía, cerrando los ojos como quien saborea algo que quería probar.
Lo que hizo Liseth no tenía nada de torpeza ni de obligación. Tenía esa concentración que ponía en todo lo que hacía, esa atención total, aprendiendo rápido lo que le gustaba a mi cuerpo y yendo directo ahí. La lengua moviéndose despacio por todo, la mano trabajando lo que la boca no alcanzaba, y esos ojos claros abriéndose cada tanto para mirarme desde abajo con una expresión que no tenía nada de la teniente Rondón.
—Liseth —dije, con la voz que salió sola.
Se separó un momento, solo para hablar.
—No avises —dijo, con los labios húmedos—. Quiero la sorpresa.
Volvió a meter. Más profundo esta vez, con más confianza, con esa mano apretando la base y la otra en mis muslos. Me miraba mientras lo hacía, esos ojos claros sin apartarse, y esa mirada desde abajo con todo lo que tenía encima fue lo más intenso de esa noche.
Me vine adentro de su boca sin aviso, como me había pedido. Ella no se apartó ni un milímetro. Se lo tragó todo, despacio, sin perder la mirada, y cuando terminó se limpió la comisura con el dedo con una calma que era completamente suya.
Se puso de pie. Me miró.
—Con ganas —dijo, como comprobando algo para ella misma.
La jalé hacia la cama y la acosté de espaldas. Entré en ella de una sola vez y arqueó la espalda del todo con un grito cortito que no intentó callar.
Nos movimos con una urgencia diferente a las veces anteriores, como quien sabe que el tiempo es concreto y finito y que no hay razón para guardar nada. Ella pedía más con las caderas, con las uñas, con esa voz que llenaba el apartamento.
La volteé boca abajo. Esas caderas perfectas levantadas, apoyando la frente en la almohada. Le agarré el pelo rubio y jalé. Levantó la cara con los ojos cerrados.
—Más fuerte —dijo.
Le mordí la espalda, ese sabor a sal y a crema de piel y al día encima. Le pasé las manos por todo ese cuerpo blanco y firme que en un mes iba a estar en Manizales.
Se vino por segunda vez con un gemido que empezó en el pecho y salió completo, sin almohada, sin mano, sin ningún intento de callarlo.
Me vine con ella, adentro, con la frente contra su espalda y las manos apretando sus caderas.
Quedamos tirados en la oscuridad. El ventilador. La lluvia empezando afuera de nuevo.
Liseth estaba boca arriba mirando el techo, con ese pelo rubio enredado en la almohada y esa piel blanca brillando todavía. Le acaricié el brazo y ella no se movió.
Después de un rato largo dijo:
—Andrés.
—¿Qué.
—¿Sabes qué voy a extrañar de Montería?
—¿Qué.
Se volteó a mirarme. Esos ojos claros directos como siempre, sin adorno ninguno.
—Este cuarto —dijo—. Este ventilador. Esta lluvia de aquí que suena diferente a la de cualquier otro lado. —Pausa—. Y tú.
No respondí. Le aparté un mechón de pelo de la cara y ella cerró los ojos un momento.
—No me digas nada —dijo, antes de que yo abriera la boca—. No hace falta decir nada.
Tenía razón. No hacía falta.
Se quedó dormida antes de que la lluvia parara, con una mano abierta sobre mi pecho y esa respiración lenta y profunda de quien suelta todo lo que carga.
Las botas militares estaban en el piso junto a la cama. La chaqueta camuflada doblada en la silla. El uniforme completo esperando el lunes, esperando Manizales, esperando todo lo que venía.
Pero esa noche no había uniforme ni traslado ni teniente Rondón.
Solo Liseth. Descalza. Dormida.
Y afuera Montería lloviendo como si no supiera que algo se estaba terminando...

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