Otro relato de una situación que pase hace un tiempo en una escuela de adultos. Mi alumna Mica.
La conozco desde que arrancó el cuatrimestre. Turrita de veinticinco años , pelo largo castaño oscuro, esos ojitos caídos que parecen de estar fumada todo el día, medio achinados, con unas ojeras tiernas que le dan un aire de que nunca duerme lo suficiente. Se sienta siempre en la tercera fila, contra la pared, con esa campera deportiva negra con franjas blancas que le queda grande y igual le marca todo. Y el culo. Dios. Ese culo en jean ajustado, redondo, paradito, que cuando se levanta a buscar la carpeta se te va la vista sola. Las tetas también, no enormes pero lindas, firmes, se le marcan bajo la remera cuando se saca la campera porque hace calor en el aula. Es la última materia. La que le falta para terminar el secundario de adultos. Y no sabe nada. Nada de nada. Lo sé porque la vengo viendo todo el año, entregando hojas en blanco, copiándose mal, mirándome con esos ojos de perro apaleado cada vez que corrijo un examen. Yo soy el profe. Bueno, uno de los profes. Y ella necesita aprobar esta materia para cerrar el ciclo. Si no, otro año. Otro año de venir de noche después del laburo, de viajar en colectivo, de sentarse en ese banco duro. La última clase antes del final la llamé. Le dije que tenía que hablar conmigo. Se quedó pálida. Se quedó ahí, con la mochila al hombro, mordiéndose el labio. Le dije que no iba a aprobarla así. Que no había forma. Que lo sentía. Y ella me miró con esos ojitos caídos, casi llorando, y me dijo: —Profe, por favor. Necesito aprobar. Hago lo que sea. Lo dijo bajito. Casi inaudible. Y yo la miré. La miré de arriba abajo. El jean, la campera, las zapatillas gastadas. Y le dije que no podía darle otro trabajo más . Me dijo por favor, otra cosa. Le dije que no. Me agarró y me dijo por favor, soy gauchita. Le dije que me tenía que ir, si quería hablar conmigo la semana que viene acá. Me rogó que le de una oportunidad..haciéndome el otro le dije que me esperara a dos cuadras del instituto, en la esquina del descampado. Que hablábamos ahí. Que no era el lugar para hablar de esas cosas. Se fue. Caminó rápido, con la cabeza gacha. Yo terminé de guardar unas cosas, apagué la luz del aula, y salí. El auto estaba estacionado a media cuadra. Arranqué, doblé, y la vi parada en la esquina, con los brazos cruzados, mirando el piso. Le abrí la puerta. Subió sin decir nada. Se sentó en el asiento del acompañante. Cerró la puerta. Y ahí nomás, en el descampado, con el motor apagado y las luces apagadas, empezó todo. —Profe... —dijo, y se le quebró la voz. —Decime. —Yo... yo necesito aprobar. De verdad. Es la última. Si no, no termino nunca. —Ya sé. —Y bueno... yo... puedo hacer algo. Por vos. —¿Como qué? —Lo que quieras. Se le puso la cara roja. Roja de vergüenza. Se miraba las manos, se retorcía los dedos, se mordía el labio inferior. Yo no dije nada. La dejé que se cocinara sola. Y ella, después de un silencio larguísimo, levantó la vista y me miró. Esos ojitos caídos, húmedos, brillantes. Y me dijo: —Te la chupo. Si querés. Te la chupo y me aprobás. Lo dijo así. Directo. Pero con una vergüenza que le temblaba todo el cuerpo. Le temblaban las manos. Le temblaba la voz. Se le movía el pecho rápido, respirando cortito. —¿Estás segura? —Sí. —¿No te estoy obligando? —No. Yo quiero. Yo te lo ofrezco. Por la nota. Y ahí se desabrochó el cinturón. Se inclinó sobre mí. Yo me bajé el cierre. Ella metió la mano, temblando, y me sacó la verga. La miró. La miró como si fuera la primera vez que veía una. Pero no era la primera vez. Se notaba. Se notaba en cómo la agarró, en cómo la acomodó, en cómo se relamió los labios antes de meterla en la boca. La chupó como una profesional. Como alguien que empezó hace muchos años. No sé dónde, no sé con quién, pero esta piba chupaba verga como si fuera su trabajo. Se la metió toda. Hasta el fondo. Hasta que le rozó la garganta y le dieron arcadas, pero no se sacó. Se quedó ahí, con los ojos llorosos, con la nariz pegada a mi pubis, y empezó a subir y bajar la cabeza. Despacio primero. Después más rápido. Con la lengua trabajándome el tronco, con los labios apretados, con una mano en la base y la otra en mi muslo. Se escuchaba el ruido. Ese ruido húmedo, chupado, de boca llena. El descampado estaba oscuro, solo la luz de la luna que entraba por el parabrisas. Y ella ahí, inclinada sobre mí, con el culo parado en el aire, con el jean ajustado marcándole todo, con la campera deportiva que se le subía y le dejaba ver un pedacito de espalda blanca. Le agarré la cabeza. Le enredé los dedos en el pelo. Y ella gimió. Gimió con la boca llena. Y siguió. Siguió chupando como si se le fuera la vida en eso. Como si esa verga fuera lo único que importaba en el mundo. Me la chupó durante minutos. Minutos que se hicieron eternos. Yo sentía que se me acercaba, que estaba por terminar, y ella lo sintió también. Lo sintió en cómo se me puso dura, en cómo se me tensó todo el cuerpo. Y no se sacó. Al contrario. Se la metió más profundo. Y cuando acabé, cuando le llené la boca de leche, ella se la tragó toda. Toda. Sin sacarse. Sin escupir. Tragó y tragó, y después se sacó despacio, limpiándose los labios con el dorso de la mano, mirándome con esos ojitos caídos, con la cara roja, con el pelo despeinado. —¿Y ahora? —preguntó, con la voz ronca. —Ahora aprobás. Se le iluminó la cara. Una sonrisa chiquita, tímida. Se acomodó la campera, se pasó los dedos por el pelo, se miró en el espejito del parasol. Y después se quedó callada. Mirando por la ventana. El descampado, la calle de tierra, los yuyos altos. Yo arranqué el auto. La llevé hasta la parada del colectivo. Se bajó sin decir nada. Cerró la puerta. Y se fue caminando, con las manos en los bolsillos de la campera, con el culo moviéndose bajo el jean, con la cabeza en alto. Me tiro un beso al bajarse.
foto ilustrativa
La conozco desde que arrancó el cuatrimestre. Turrita de veinticinco años , pelo largo castaño oscuro, esos ojitos caídos que parecen de estar fumada todo el día, medio achinados, con unas ojeras tiernas que le dan un aire de que nunca duerme lo suficiente. Se sienta siempre en la tercera fila, contra la pared, con esa campera deportiva negra con franjas blancas que le queda grande y igual le marca todo. Y el culo. Dios. Ese culo en jean ajustado, redondo, paradito, que cuando se levanta a buscar la carpeta se te va la vista sola. Las tetas también, no enormes pero lindas, firmes, se le marcan bajo la remera cuando se saca la campera porque hace calor en el aula. Es la última materia. La que le falta para terminar el secundario de adultos. Y no sabe nada. Nada de nada. Lo sé porque la vengo viendo todo el año, entregando hojas en blanco, copiándose mal, mirándome con esos ojos de perro apaleado cada vez que corrijo un examen. Yo soy el profe. Bueno, uno de los profes. Y ella necesita aprobar esta materia para cerrar el ciclo. Si no, otro año. Otro año de venir de noche después del laburo, de viajar en colectivo, de sentarse en ese banco duro. La última clase antes del final la llamé. Le dije que tenía que hablar conmigo. Se quedó pálida. Se quedó ahí, con la mochila al hombro, mordiéndose el labio. Le dije que no iba a aprobarla así. Que no había forma. Que lo sentía. Y ella me miró con esos ojitos caídos, casi llorando, y me dijo: —Profe, por favor. Necesito aprobar. Hago lo que sea. Lo dijo bajito. Casi inaudible. Y yo la miré. La miré de arriba abajo. El jean, la campera, las zapatillas gastadas. Y le dije que no podía darle otro trabajo más . Me dijo por favor, otra cosa. Le dije que no. Me agarró y me dijo por favor, soy gauchita. Le dije que me tenía que ir, si quería hablar conmigo la semana que viene acá. Me rogó que le de una oportunidad..haciéndome el otro le dije que me esperara a dos cuadras del instituto, en la esquina del descampado. Que hablábamos ahí. Que no era el lugar para hablar de esas cosas. Se fue. Caminó rápido, con la cabeza gacha. Yo terminé de guardar unas cosas, apagué la luz del aula, y salí. El auto estaba estacionado a media cuadra. Arranqué, doblé, y la vi parada en la esquina, con los brazos cruzados, mirando el piso. Le abrí la puerta. Subió sin decir nada. Se sentó en el asiento del acompañante. Cerró la puerta. Y ahí nomás, en el descampado, con el motor apagado y las luces apagadas, empezó todo. —Profe... —dijo, y se le quebró la voz. —Decime. —Yo... yo necesito aprobar. De verdad. Es la última. Si no, no termino nunca. —Ya sé. —Y bueno... yo... puedo hacer algo. Por vos. —¿Como qué? —Lo que quieras. Se le puso la cara roja. Roja de vergüenza. Se miraba las manos, se retorcía los dedos, se mordía el labio inferior. Yo no dije nada. La dejé que se cocinara sola. Y ella, después de un silencio larguísimo, levantó la vista y me miró. Esos ojitos caídos, húmedos, brillantes. Y me dijo: —Te la chupo. Si querés. Te la chupo y me aprobás. Lo dijo así. Directo. Pero con una vergüenza que le temblaba todo el cuerpo. Le temblaban las manos. Le temblaba la voz. Se le movía el pecho rápido, respirando cortito. —¿Estás segura? —Sí. —¿No te estoy obligando? —No. Yo quiero. Yo te lo ofrezco. Por la nota. Y ahí se desabrochó el cinturón. Se inclinó sobre mí. Yo me bajé el cierre. Ella metió la mano, temblando, y me sacó la verga. La miró. La miró como si fuera la primera vez que veía una. Pero no era la primera vez. Se notaba. Se notaba en cómo la agarró, en cómo la acomodó, en cómo se relamió los labios antes de meterla en la boca. La chupó como una profesional. Como alguien que empezó hace muchos años. No sé dónde, no sé con quién, pero esta piba chupaba verga como si fuera su trabajo. Se la metió toda. Hasta el fondo. Hasta que le rozó la garganta y le dieron arcadas, pero no se sacó. Se quedó ahí, con los ojos llorosos, con la nariz pegada a mi pubis, y empezó a subir y bajar la cabeza. Despacio primero. Después más rápido. Con la lengua trabajándome el tronco, con los labios apretados, con una mano en la base y la otra en mi muslo. Se escuchaba el ruido. Ese ruido húmedo, chupado, de boca llena. El descampado estaba oscuro, solo la luz de la luna que entraba por el parabrisas. Y ella ahí, inclinada sobre mí, con el culo parado en el aire, con el jean ajustado marcándole todo, con la campera deportiva que se le subía y le dejaba ver un pedacito de espalda blanca. Le agarré la cabeza. Le enredé los dedos en el pelo. Y ella gimió. Gimió con la boca llena. Y siguió. Siguió chupando como si se le fuera la vida en eso. Como si esa verga fuera lo único que importaba en el mundo. Me la chupó durante minutos. Minutos que se hicieron eternos. Yo sentía que se me acercaba, que estaba por terminar, y ella lo sintió también. Lo sintió en cómo se me puso dura, en cómo se me tensó todo el cuerpo. Y no se sacó. Al contrario. Se la metió más profundo. Y cuando acabé, cuando le llené la boca de leche, ella se la tragó toda. Toda. Sin sacarse. Sin escupir. Tragó y tragó, y después se sacó despacio, limpiándose los labios con el dorso de la mano, mirándome con esos ojitos caídos, con la cara roja, con el pelo despeinado. —¿Y ahora? —preguntó, con la voz ronca. —Ahora aprobás. Se le iluminó la cara. Una sonrisa chiquita, tímida. Se acomodó la campera, se pasó los dedos por el pelo, se miró en el espejito del parasol. Y después se quedó callada. Mirando por la ventana. El descampado, la calle de tierra, los yuyos altos. Yo arranqué el auto. La llevé hasta la parada del colectivo. Se bajó sin decir nada. Cerró la puerta. Y se fue caminando, con las manos en los bolsillos de la campera, con el culo moviéndose bajo el jean, con la cabeza en alto. Me tiro un beso al bajarse.
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