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Sofía - Cap 3

Por más que pasaba el tiempo, Salvador no podía olvidar lo ocurrido en su cumpleaños. De su mente no se borraban las imágenes de su esposa comportándose como él siempre había deseado, como una zorra en celo. La mamada que le había regalado fue extraordinaria, lo más excitante que habían hecho desde que se conocían. Lo que más lo sorprendía era que la misma Sofía fuera quien lo ideara todo. Ese importante detalle solo hacía que el morbo de Salvador se acrecentara.


Sin embargo, para su desgracia, Sofía no parecía compartir el mismo entusiasmo que él sobre lo ocurrido aquella noche. Mientras Salvador no dejaba de rememorar lo ocurrido, incluso tratando de tocar el tema distraídamente con su mujer, ella se desentendía de todo y hablaba de otra cosa, como si nada extraordinario hubiera sucedido.


Angustiado, Salvador se agarraba la cabeza y pensaba que Sofía debería hablar con él sobre lo ocurrido. Pero luego decidía que no quería presionarla demasiado. Lo que estaba pasando con su vida matrimonial era un sueño, y no quería despertar a su antigua realidad por un arrebato de ansiedad. «Tiempo al tiempo ―se decía».


Con el paso de los días, Salvador perdía las esperanzas, y de alguna forma aceptaba cada vez más la idea de que aquello había sido algo de una sola noche, el regalo que Sofía le había dado con amor, pero que no se repetiría, al menos no hasta el siguiente día especial que tuvieran.


Pero un detalle no lo dejaba que se diera por vencido del todo. Aunque a simple vista parecía que su vida había vuelto a la rutina de siempre, notaba algo que sí había cambiado desde esa noche: la forma de vestir de Sofía.


Ella había mantenido su palabra respecto a su ropa. Le había dicho que comenzaría a vestirse más a la moda, y lo estaba cumpliendo. Las prendas que usaba eran más juveniles, desde blusas sin mangas, ligeramente escotadas, leggings muy ajustados o faldas que, mostraban una buena cantidad de pierna. Poco a poco, Sofía se mostraba mucho más femenina al vestir, y eso hacía que el morbo de Salvador aumentara, pues veía en ese simple acto una oportunidad de que sus fantasías se volvieran realidad en algún momento.


Tan distraído lo tenía todo la que pasaba con Sofía, que poco tiempo pasó para que empezara a tener problemas en el trabajo. Una tarde, no se dio cuenta de un grave error que cometió uno de los vendedores nuevos, y le tocó a él tratar de arreglarlo con el cliente. Sobra decir que su jefe, el gerente de la agencia, había estado como un dragón, enojado con los empleados, incluyéndolo a él, a quien culpaba de no haber supervisado bien a sus subordinados. Por fortuna, todo se terminó arreglando, aunque todo ese lio provocó que llegara a casa más tarde de lo normal.


Esa tarde noche, al entrar a su departamento, no vio a su mujer por ningún lado. La llamó, pero no obtuvo respuesta. Cuando se dirigió a la habitación, comprobó que tampoco estaba ahí, ni tampoco su bebé.


Sacó su teléfono y la llamó a su celular. Su preocupación aumentó cuando el teléfono de su mujer sonó y sonó sin que ella respondiera. Trató de calmarse, lo primero que se le vino a la cabeza fue la señora Dolores. Ya era tarde para el gimnasio, pero eran ya bastante amigas y no sería raro que Sofía la hubiera ido a ver, aunque eso no explicaba que no respondiera su móvil. En cualquier caso, marcó el número del departamento de la señora Dolores. No le extraño que respondiera el desagradable de don Porfirio.


—¿Qué? —dijo la voz ronca del viejo. Sonaba molesto, como si lo hubieran interrumpido en medio de algo muy importante.
—Buenas tardes, señor Porfirio —dijo Salvador, tratando de sonar lo más tranquilo posible. No quería iniciar una discusión con ese hombre—. Le llamo porque quiero saber si mi esposa está ahí, en su casa.
—Ah, señor Martínez —respondió Porfirio, arrastrando las palabras—. Sí, su mujer está aquí…, conmigo.
La forma en que pronunció esa última palabra hizo que Salvador ardiera por dentro. El viejo lo hacía con mala intención, estaba seguro, pero su preocupación por Sofía y su hija fue mayor que su disgusto.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó, luchando por mantener la calma.
—No lo sé —dijo el viejo con tono satisfecho—. Está ocupada…
Salvador vislumbró en sus recuerdos el rostro de Sofía tras su miembro.
—¿Qué está haciendo? —preguntó, apretando con fuerza el teléfono.
—Bueno, está… hablando con mi vieja —dijo Porfirio. Salvador imaginó que el muy desgraciado estaba sonriendo al otro lado de la línea—. Están entreteniendo a su hijita, ha estado llorona la mocosa, jeje.
—Entiendo —dijo Salvador cada vez más molesto por la confianza que ese viejo se tomaba para referirse a su familia—. ¿Puede llamarla? Necesito hablar con ella.
—Señor Martínez —dijo Porfirio—. Ya le dije que está ocupada.
Salvador notó que la ira lo desbordaba. ¿Qué se creía ese viejo? No tenía ningún derecho a negarle a su mujer. De seguro solo quería molestarlo, y lo estaba logrando. Decidió que no valía la pena entrar en discusiones con ese tipo, nada más le daría en el gusto
—Está bien —dijo finalmente, suspirando—. Solo dígale que la llamé a su teléfono.
—Sí, se lo diré —respondió Porfirio, quién pareció darse cuenta del nerviosismo de Salvador porque Sofía estuviera en su casa, pues añadió —. Relájese hombre, que acá su esposa está segura… Si está la Dolores pues.


Las últimas palabras las dijo en un susurro, como si no pretendiera que Salvador las escuchara, pero claro que las escuchó. ¿Qué pasaría si no estuviera la señora Dolores? ¿Si ese viejo estuviera a solas con su Sofía? Estuvo a punto de gritarle que se fuera a la mierda, pero antes de que pudiera hacerlo, el viejo Porfirio colgó el teléfono.


El primer impulso de Salvador fue salir de su departamento e ir al de los caseros para traer a su esposa a casa, pero se contuvo. Sabía bien que eso solo molestaría a Sofía. No podía llegar diciendo que había entendido que don Porfirio quisiera hacerle… daño. Parecería un loco celoso.


Así pues, tras haberse calmado, decidió que lo mejor que podía hacer era simplemente esperar. No era la primera vez que su mujer iba de visita a la casa de la señora Dolores. Ya era tarde y supuso que Sofía, al saber que él ya estaba en casa, volvería pronto.


Salvador se dejó caer en el sofá, encendió la televisión y se puso a mirar sin ver realmente, mordiéndose los dientes cada vez que rememoraba la conversación con el miserable casero.
Media hora después, la puerta del departamento se abrió y su mujer entró con la pequeña bebé en brazos.


Sofía - Cap 3
—Hola —respondió Salvador, con seriedad.
—Perdón por llegar tarde —dijo su mujer —. Hoy tuve que ir al gimnasio más tarde porque tu pequeña hija no se calmaba, y me retrasé en la casa de la señora Dolores, me pidió ayuda con una comida que estaba preparando.
—¿Por qué no contestaste el teléfono? —preguntó Salvador, con un tono más severo del que pretendía.
—¿Me llamaste? —preguntó Sofía, sorprendida—. El celular está en la bolsa del gimnasio, no lo escuché.
—¿Y no te lo dijo el viejo Porfirio? —preguntó Salvador—. Cuando llamé no quiso pasarte el teléfono.
—¿En serio? No me dijo que habías llamado.
A Salvador tuvo que masajearse la sien para apaciguar la rabia que sintió.
—¿No te dijo? —dijo con calma, a punto de explotar.
—No.
—¡Por supuesto que no te lo dijo! —gruño para sí—Como odio a ese viejo.
—Cálmate, cielo —dijo Sofía—. No tienes por qué enojarte tanto.
Justo antes de que Salvador pudiera responder, Alejandrita comenzó a llorar, haciendo que la atención de Sofía se centrara en ella. La amorosa madre la arrullo en los brazos.
—Ya, ya, Janita —le dijo—. No llores, acabo de darte leche; no me digas que quieres más.
Esas palabras llamaron la atención de Salvador, quien se giró para ver a su mujer con fiereza.
—Espera. ¿La amamantaste? —preguntó con la boca abierta—. ¿En la casa de ese viejo?
—Pues sí, estaba mañosa, tenía hambre —dijo Sofía, con la mayor naturalidad del mundo—. ¿Cuál es el problema?
—¿Lo hiciste frente a ese viejo? —preguntó Salvador, cada vez más alterado.
—No iba a esconderme para eso —respondió Sofía, confirmando lo que Salvador había imaginado.
—¡¿En serio?! —Salvador casi gritó cuando su esposa le dijo lo ocurrido.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sofía—. Vas a asustar a Janita. ¿Por qué te pones así?
—Es que… ¿cómo pudiste enseñarle tus pechos a ese miserable?
—¿Qué? —Sofía se veía consternada por la forma en que su marido le estaba hablando —. No le enseñé nada… Me aseguré de cubrirme bien. Además… aunque me hubiera visto, ¿cuál es el problema? Estaba amamantando a mi hija, cómo cualquier mamá lo hace.
—Pero no tenías por qué dejar que ese viejo te viera.
—¡Ya te dije que no vio nada! ¡No tienes por qué estar enojado! —exclamó Sofía, ya más irritada. Lo miró a los ojos, y de pronto entendió todo—. Ah… ya veo… —dijo, mirándolo seriamente—. No estás enfadado conmigo, ¿verdad?, sino contigo mismo.
—¿Qué?
—Estás enojado contigo porque esa ridiculez de que yo estuviera mostrándole mis pechos al señor Porfirio te… te… calienta, ¿no es verdad? —dijo Sofía, refiriéndose por primera vez a su fetiche desde el día de su cumpleaños—. Tú odias a ese señor, por eso te molesta tanto excitarte con esa fantasía tuya.
—No… Yo…
—No lo niegues —dijo Sofía, muy seria—. Tú mismo me confesaste que lo que más te excita es imaginarme a mí con ese viejo. Se puso de pie con la bebé en brazos. Extrañamente, la discusión de los padres había calmado a Alejandrita.
—Sí, pero…
—Por eso ahora te molestas, porque en tu cochina mente crees que hice algo con él, y eso te excita, pero al mismo tiempo te hace enojar.
Salvador guardó silencio ante las palabras de su mujer. Lo cierto es que no podía argumentar nada, estaba en lo cierto. Desde siempre, la fantasía de ver a su Sofía con el viejo Porfirio había sido para él como una espada de dos filos, pues entre más lo excitaba, también lo hacía sentir peor. En su cabeza retumbó por varios segundos la voz de Sofía diciendo “tu cochina mente”.
Sofía se dirigió a la habitación de ambos. Era evidente que estaba muy molesta. Antes de entrar al cuarto, se giró para verlo a los ojos.
—Ya te lo dije una vez: no me importan tus fantasías. Si te hacen feliz, allá tú. Pero no voy a aguantar que interfieran en nuestro matrimonio —le dijo, con los ojos repentinamente anegados de lágrimas—. No me gusta que me grites. No he hecho nada malo con ese hombre, y por si lo has olvidado, te lo repito: Nunca lo haré.


En cuanto se quedó solo, Salvador terminó de darse cuenta de que la había cagado. Era la primera vez en casi diez años de conocerse que peleaban de esa forma. Le asustó la idea de haberle hecho daño a Sofía. La había hecho llorar y eso lo hizo sentir del carajo. También estaba sorprendido; su mujer lo conocía mejor de lo que él mismo se conocía.
 
Los días siguientes fueron un infierno para Salvador. Se sentía culpable. No debió gritarle de esa manera a Sofía. Su ira había nacido de su propia imaginación, sulfurada claro por los comentarios de ese miserable de Porfirio, que sí o sí había tenido malas intenciones con todo lo que le había dicho. Claro, con lo que ahora sabía, era obvio que el viejo le hubiera contestado el teléfono medio molesto. Seguramente el muy desgraciado estaba disfrutando del mejor espectáculo mirando a su hermosa vecina amamantar a su bebé. Por lo mismo no se la había querido pasar al teléfono, y luego no le había dicho que la había llamado, todo para tenerla un rato más en su departamento, todo para aprovechar cualquier distracción y verle la teta desnuda, aunque fuese por un instante.


Pero todo eso no tenía nada que ver con Sofía, su inocente Sofía.
Durante un par de días, trató de hablar con ella y disculparse, pero ignoraba sus intentos de acercamiento, se iba a atender a Alejandrita, o simplemente a hacer cualquier otra cosa para alejarse de él.
No obstante, después de una semana, Sofía se mostró más transigente. Volvió a hablarle, incluso con cariño, y en la noche, cuando se fueron a dormir, lo sorprendió disculpándose.


—Exageré las cosas —le dijo Sofía, pasando su brazo sobre el pecho de Salvador cuando ambos estaban recostados en la cama—. No debí reaccionar como lo hice.
—Yo también lo siento —dijo Salvador, aliviado por tener el espacio para disculparse—. Igual reaccioné de manera que no debía. Me puse muy molesto… Tienes razón en todo lo que me dijiste.
Sofía le sonrió con dulzura y le dio un pequeño beso en los labios.
—Debí saber que lo que hicimos el día de tu cumpleaños despertaría esas cosas —le dijo con ternura—. Pero quería darte el mejor regalo de cumpleaños…
—Y lo hiciste —dijo Salvador, apresurado, temiendo que Sofía pensara otra cosa—. De verdad, fue el mejor regalo que he recibido en toda mi vida.
—Sabía que te iba a gustar, por eso lo hice —Sofía levantó la comisura del labio por un instante, como una fugaz sonrisa, luego bajo la mirada.
Salvador entendía que ella se había sacrificado para complacerlo. Se sintió el marido más egoísta. Sofía se había sacrificado haciendo cosas obscenas, cosas que nunca haría por gusto propio, y él le había pagado desquitando en ella su culpa. Ahora se daba cuenta que debía respetar la forma de ser recatada y decente de Sofía, que no podía pretender arrastrarla a compartir su fetiche. No podía presionarla, pues, de otro modo, estaba seguro de que volverían a discutir cómo días atrás.
—Me gustó mucho —dijo finalmente, resignado—. Pero sé que no puedo pretender que se repita. No volveré a insistir en que lo hagamos de nuevo. Sé que te molesta.
—Si tú quieres… podemos volver a hacerlo —dijo Sofía, sorprendiendo a Salvador, quien la miró con un gesto de incredulidad—. Lo he estado pensando, y creo que no es bueno negarte algo que sientes… como hombre. Debes dejar salir lo que tienes reprimido de vez en cuando… Y yo soy tu esposa. No puedo dejarte… solo con eso. —Lo dijo con tierna timidez. Salvador sintió que se estremecía. No podía creer lo que escuchaba salir de la boca de su esposa—. Además… la verdad es que yo también lo disfruté un poco —admitió Sofía, sonrojándose.
Salvador abrió la boca y no supo que era lo que lo tenía más emocionado, si las palabras de su mujer, o lo hermosa que se veía cuando estaba avergonzada.
—¿Lo dices en serio? —preguntó.
Sofía no respondió de inmediato, como si estuviera meditando bien su respuesta.
—Sí… Creo que fue emocionante lo que hicimos —respondió al fin. Salvador no podía creer lo que acababa de escuchar—. Pero no malentiendas. Sigo estando en contra de la gran mayoría de cosas que leí en aquel foro de internet, y no voy a hacer nada con ningún otro hombre, aunque me lo supliques. Sin embargo…, si se trata solo de nosotros dos, si es una fantasía solamente, podría… estar bien.
Salvador abrió la boca, pero no se le ocurrió nada que decir; estaba anonadado.
—Y solo lo haremos cuando yo esté de humor —dijo Sofía, adoptando de repente una actitud más dominante—. En fechas especiales, o cuando a mí me den ganas. No quiero que me insistas sobre eso, ¿está bien?
—Claro —dijo Salvador, emocionado.
—Entonces estamos de acuerdo —dijo Sofía, extrañamente satisfecha—. Te amo. —Rasguño delicadamente la punta de la nariz de Salvador y le dio un fugaz beso en los labios. Luego se acurrucó en el pecho de su marido y no dijo nada más.
Esa noche, Salvador apenas durmió. Pensaba y pensaba en lo que Sofía le había dicho. Sentía culpa. No quería que su amada esposa hiciera cosas desagradables para ella para complacerlo. Pero ella misma le acababa de decir que le había gustado lo que habían hecho la otra noche. Pero también había rehuido hablar de ello todo ese tiempo. Salvador no entendía nada. Ni siquiera a sí mismo, porque pasaba de la culpa a un fuerte entusiasmo. La sola idea de volver a experimentar ese implacable morbo con Sofía era embriagadora. Al fin se entregó a sus fantasías. Con su hermosa, grácil y exuberante esposa acurrucada a su lado, cerró los ojos e imaginó el macabro placer que debió de haber sentido el viejo Porfirio al ver a Sofía con uno de sus enormes senos afuera, alimentando a su hambrienta bebé.
 
Al día siguiente, Salvador, somnoliento por el desvelo de la noche anterior, se encontraba listo para irse a su casa, cuando recibió una llamada de uno de sus amigos, Leonardo.


—¿Qué pasa, Leo? —saludó al responder.
—Ey, Salvador, ¿estás libre esta noche? —preguntó su amigo—. Queremos ir por unas cervezas. ¿Vienes?
—¿A dónde? —preguntó Salvador, sopesando la idea.
—Al lugar de siempre —le respondió Leonardo, emocionado.
—No lo sé —respondió Salvador. Recién se había reconciliado con Sofía y sabía que a ella no le gustaba que saliera a tomar.
—Vamos, no te hagas de rogar —dijo Leonardo en el teléfono—. Es viernes, mañana no trabajas. 
Salvador se lo pensó. Estaba cansado, sí, pero el panorama que se le presentaba le había devuelto las energías. 
—Está bien —decidió—. Los veo ahí. Pero solo estaré una hora o dos.
—Claro, lo que tú digas —respondió Leonardo y colgó.
Salvador pensó que no era buena idea llamar a Sofía y decirle que saldría con sus amigos, no ahora que las cosas volvían a estar bien entre ellos. Tampoco quería mentirle, así que decidió que lo mejor era enviarle un mensaje explicándole que llegaría tarde; una verdad incompleta, no una mentira.
 
La salida con sus amigos fue desestresante. Todos necesitaban relajarse, reírse y olvidar sus problemas por un rato. No iban en busca de mujeres, como la gran mayoría de hombres que había en el lugar. Los tres solo miraban a las féminas que pululaban por el lugar, y opinaban si eran atractivas, si se encamarían con ellas y demás, riendo las vulgares ocurrencias que uno u otro soltaba. También conversaciones banales, sobre el trabajo de todos y como había ido su vida en los últimos tiempos. Hablaron y bebieron como en los viejos tiempos.


Cerca de las once de la noche, Salvador decidió que era momento de irse, así que se despidió de sus amigos entre quejas.


Estaba a punto de ponerse de pie, entre insultos y protestas por su partida, cuando Renato dijo:
—Bueno, está bien, si me esperara en casa lo que te espera a ti yo me habría ido hace rato. Jajaja.
Leonardo miró consternado por un momento a Renato, pero luego asintió, dándole la razón, alzó su copa y la chocó con la de su amigo.
Salvador volvió a acomodarse en su silla, sin estar muy seguro de haber entendido el comentario de Renato.
—¿Cómo es eso? ¿Qué me espera? —preguntó.
—Ya, no te hagas —le dijo Renato, con ojos somnolientos de embriaguez. Se le habían pasado un poco las copas—. Sofía, ¿quién más?
—No seas idiota, Renato —intervino Leonardo, tentado de risa.
—No entiendo ―dijo Salvador. Suponía para dónde iba todo eso, pero quería escucharlo.
Leonardo y Renato se miraron por un instante. Leonardo levantó las cejas y los hombros y se dejó caer en su silla, dándole chipe libre a Renato para que se explicara. Al parecer, esos dos, a diferencia de Salvador, se entendían bastante bien respecto a lo que fuera que estaban discutiendo. Se notaba que era un tema que habían conversado con anterioridad, sin la presencia de su amigo. ¿Intencionalmente a sus espaldas?


—Con todo respeto, Salvador, no te ofendas —dijo Renato, más serio, como tanteando el terreno—, pero, si no sabes lo que tienes en casa, eres un completo idiota.
Leonardo se tapó la boca para aguantar la risa.
Salvador no le dio importancia. Miraba serio a Renato. No estaba molesto, pero quería que su amigo continuara. Quería oírlo.
Renato lo miró con exasperación.
—Tu mujer, Salvador… Es un manjar —le dijo, estirando las manos para recalcar su aseveración. Luego señaló a su alrededor—. Todas esas chicas, las más atractivas entre ellas, no le llegan ni a los talones a Sofía. Con todo respeto.
—Ósea, siempre ha sido hermosa —intervino Leonardo—. Pero ese día en tu departamento, cuando celebramos tu cumpleaños… Puf. Vamos, hombre, ese outfit… Nunca la habíamos visto así. Todo lo que tenía escondido…
Salvador levantó una mano.
—Ok, está bien, entiendo, entiendo —dijo. No porque se sintiera incomodo con lo que le decían, sino por lo que le provocó escuchar de la boca de sus mejores amigos lo que opinaban de su Sofía, su tierna e inocente esposa. No pudo evitar preguntarse si esos dos respetarían su antigua amistad si llegaran a tener alguna oportunidad de meterse en la cama con su mujer. Se sorprendió deseando que no, y por un segundo se puso en el lugar de Renato, lo que sentiría al tener la oportunidad de abrazar el esbelto cuerpo de Sofía, de besarla, de poseerla como mujer, como hembra.
—Jajaja —rio Renato—. No te pongas así. Tómalo como un cumplido —dijo luego, entendiendo el ensimismamiento de Salvador como molestia.
—Sí, no te enojes —convino Leonardo—. Solo que tienes una mujer preciosa. ¿Y qué?, hay otros hombres que también tienen esa suerte, como… como… —miró a Renato, buscando ayuda, que le dijera quién más entre sus amigos tenía una hembra del calibre de Sofía en casa.


Renato no supo qué decir, y esta vez le tocó a Salvador reírse de ellos.
Un minuto después, ya todos sincerados y tan amigos como siempre, Salvador se despidió otra vez y se fue.


Durante el camino a casa no podía dejar de pensar en la última conversación con sus amigos. Era evidente que el cambio de Sofía había sido bastante notorio durante la celebración de su cumpleaños. Y también era obvio que para ojos de todos los machos presentes ese día, su mujer era una hermosa y deseable hembra de lujo.


Y esa idea lo excitaba. Con las copas que llevaba encima la culpa que a veces enturbiaba esas morbosas sensaciones ni siquiera se asomó.


Llegó a su departamento. Era tarde y todo estaba oscuro. Supuso que su mujer estaba dormida, así que se dirigió sin hacer ruido a su cuarto. Sin embargo…


—Buenas noches —escuchó la voz de Sofía en cuanto abrió la puerta. Estaba sentada en la cama, vestida con un babydoll negro y los brazos cruzados. A juzgar por su expresión, estaba enojada otra vez.

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—Hola, amor —dijo Salvador, mirando a su esposa con cierto temor. No quería que volviera a enojarse con él.
—¿Por qué no respondiste mis llamadas?
—Yo… —Había olvidado revisar su celular a la salida del bar. ¡Qué imbécil!
—Tu padre estuvo aquí, buscándote.
—¿Qué?
—Te llamé para avisarte. Habrías vuelto temprano y hubiéramos cenado todos juntos, pero no respondiste el teléfono. —Estaba molestaba, aunque su enfado era más parecido al que siempre tenía cuando él salía a beber que al que había tenido la semana pasada—. Pero claro, preferiste estar con tus amigos, emborrachándote.
Salvador notó que la cabeza comenzaba a darle vueltas. Sofía se equivocaba, no estaba borracho, no había bebido tanto, pero escuchar sus reproches lo ponía así.
—¿Y qué quería?
—No lo sé —respondió Sofía, cruzando los brazos —. Se quedó un rato, pero no me dijo para que venía a verte, tal vez simplemente quería ver a su hijo. Nunca lo visitas.
—Ya sabes que estoy ocupado con el trabajo…
—Lo sé —dijo Sofía, mostrándose más comprensiva—. Pero te juro que tu padre me da algo de lástima. Debe ser solitario vivir tan lejos de tu único hijo. Deberías ir a verlo más seguido.
Salvador suspiró. Sabía que su mujer tenía razón. Los últimos años se había alejado de su padre. No es que lo hubiera decidido así, pero el trabajo era cada vez más exigente, no tenía tiempo ni energía para hacer un viaje hasta las afueras de la ciudad muy seguido.
Se dirigió al baño. No tenía ganas de ducharse esa noche, así que simplemente orinó gran parte de la cerveza que se había tomado en aquel bar, y después volvió a la habitación con ganas de dormir.
Su esposa lo observó desvestirse atentamente. En su mirada se notaba que su pequeño enfado había comenzado a desaparecer. Siempre pasaba eso cuando discutían por sus llegadas tarde. Sabía que en el fondo ella comprendía que necesitaba un momento de relajación, y ya que no ocurría tan seguido, nunca se enfadaba de verdad.
—¿Sabes…? —dijo de pronto Sofía—, de verdad creo que deberías animar a tu padre a que se consiga una… novia.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Salvador. Había quedado solo en boxer y se metía a la cama. Era una noche cálida y estaba muy cansado para buscar algo con que dormir.
—Bueno, es que… —Sofía de repente se veía muy nerviosa, avergonzada por algo, y Salvador lo notó.
—¿Qué pasa?
—Yo, es que… No quiero que creas que estoy hablando mal de tu papá —balbuceó su esposa, haciendo que Salvador se sintiera inquieto.
—Claro que no, dime qué ocurre —insistió Salvador, preocupado al ver el gesto en la cara de su mujer.
—Bueno…, lo que pasa es que él… no dejaba de mirarme.
—¿Mirarte? ¿A qué te refieres? —preguntó Salvador, confundido, con la mente algo nublada por el cansancio y el alcohol.
—Pues, ya sabes… —dijo Sofía. Su cara se tornó roja por la vergüenza y trató de esquivar la mirada de Salvador—, como hombre… como un padre no debe mirar a la esposa de su hijo.
Salvador se quedó boquiabierto. Le resultaba muy difícil pensar en su padre viendo de esa manera a su mujer… Sin embargo, a la vez había algo emocionante en que un hombre de la edad de su papá mirara con lujuria a una mujer joven y hermosa como Sofía.
—¿Qué pasó? ¿Te hizo o dijo algo malo? —preguntó preocupado, tratando de desentenderse de esas turbias ideas. Temió que la respuesta de su esposa fuera afirmativa. No sabría qué hacer, cómo enfrentar a su padre…
—No —dijo Sofía, aliviando los ánimos de Salvador—. No me hizo nada, es solo que…
—¿Qué?
—¿Recuerdas cuando estábamos en la universidad y muchos hombres se me quedaban mirando y me hacían sentir incomoda?


Salvador asintió. Por supuesto que recordaba aquellos tiempos. Estudiantes, profesores, conserjes, incluso algunos padres de familia; cuando estaba en el campus, Sofía siempre era un imán de miradas. No existía hombre que no volteara la cabeza cuando ella pasaba. Los celos y la excitación que Salvador sentía en aquel entonces pocas veces habían sido igualados, nunca superados, no hasta su último cumpleaños.
—Pues tu padre no dejaba de mirarme así cuando vino hoy —le explicó Sofía —. Estábamos sentados en la sala. Yo te esperaba con una de mis faldas nuevas, la azul, esa bien cortita; y él… no dejaba de observar mis piernas.


Salvador tragó saliva. Sintió una punzada de emoción recorrer todo su cuerpo. Sabía que estaba mal sentirse de esa manera, pero era algo que él no podía controlar, y estaba muy sensible con respecto a su fetiche; las cervezas y la conversación de sus amigos con respecto a la belleza de Sofía lo tenían así.
—Además, cuando le dije que volvería a llamarte para ver a qué hora llegabas, Janita comenzó a llorar… Bueno, y él insistió en que la niña tenía hambre, que le diera teta… Ay, Salvador, hubieras visto su cara, era obvio que quería verme el pecho desnudo. ¿Cómo puede haber hombres tan sucios que se exciten viendo a una mujer amamantando? ¿Qué les provoca un simple pecho, por Dios?
«Tus pechos son todo menos simples, amor —pensó Salvador, y se concentró en adoptar una expresión indignada, pues sintió que con todo lo que estaba escuchando debía de tener una cara aún más libidinosa que la de su padre».


Aún así, pese a lo que sentía, a Salvador le costaba creerlo. Su padre era un hombre respetuoso; no sería capaz de comportarse de esa manera.
—¿Y qué hiciste? —preguntó, reacomodándose en la cama, mostrándose muy interesado en lo que su mujer le estaba contando.
—¿Que qué hice? —preguntó Sofía. Era evidente por su extrañeza que no comprendía por qué le hacía una pregunta con una respuesta tan obvia—. Alimenté a mi hija, por supuesto, no iba a dejarla con hambre.
Salvador sintió que un volcán despertaba en su entrepierna. Imaginar a su mujer con los pechos al aire frente a su padre lo excitaba, no podía negarlo.
—¿No te importó que él pudiera verte?
—Bueno, obvio que me sentí un poco incomoda, pero me cubrí lo mejor que pude —respondió Sofía—. Aunque supongo que algo habrá visto.
—¿Cuánto?
—No lo sé —respondió Sofía, avergonzada—. Pero…
—¿Qué? —preguntó Salvador, con una ansiedad que no pudo reprimir.
—Yo… la verdad es que… no sé cómo decirlo.
—Solo dilo —dijo Salvador. Para entonces, los efectos que el alcohol pudiera haber tenido sobre él casi habían desaparecido. Se sentía muy despierto. El efecto etílico solo se percibía en su desinhibición, en la falta de cautela con que interrogaba a su esposa, en la evidente excitación que le provocaba todo eso—. Prometo que no me molestaré.
—Ya sé que no te vas a enojar —dijo Sofía con timidez, quizá hasta con tristeza—. De hecho, te va a gustar…, pero a mí me da vergüenza.
—¿A qué te refieres?
Sofía no dijo nada durante unos cuantos segundos. Se quedó mirándolo, pensativa.
—Que tu padre me viera amamantando a mi bebé… no se sintió tan mal —dijo finalmente, y pareció que se había liberado de una gran presión, como si confesarlo la hiciera sentir mejor.
—¿Cómo…? —preguntó Salvador. No podía creer que su esposa le estuviera diciendo eso. Ella que se había mostrado tan reacia a tocar esos temas.
—No sé qué me pasó —dijo Sofía, rehuyendo su mirada, aún con cierta afectación en su voz. Salvador supuso que no acababa de aceptar lo que le estaba confesando—. Tal vez es porque tú y tu padre son muy parecidos, lo único que sé es que mientras él me veía…
Sofía no siguió hablando y Salvador no aguantó.
—¿Mientras él te veía qué? —la presionó.
Ella levantó la vista. Se notaba muy nerviosa, y no era para menos. Salvador comprendía el estado en que se encontraba su mujer. Pero él mismo estaba tan emocionado. Cada palabra que salía de la boca de su esposa causaba que su imaginación se fuera a volar, y regresara solo para aumentar su excitación, con la imagen de un millón de posibilidades de lo que podría haber ocurrido esa tarde mientras él no estaba.
—Bueno, cuando estoy contigo no me importa mostrar mi cuerpo más de la cuenta, y como él en esencia es como tú, supongo que me pasó lo mismo… Ay, no lo sé.
Salvador la miró. No comprendía del todo. Es cierto que su padre y él tenían cierto parecido, pero eso qué tenía que ver.


—Quizá por eso no me molestó tanto que se quedara viéndome mientras amamantaba a la Janita —continuó Sofía, y al instante pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo, pues se llevó las manos a sus mejillas, como tratando de cubrir su rubor, su vergüenza—. Pero no me malentiendas. No hice nada a propósito, y sigo diciendo que tu padre necesita volver a tener una relación para que deje de ver así a otras mujeres, por lo menos no a la esposa de su hijo.
Salvador se la quedó mirando, impresionado. ¿Acaso su mujer se había expuesto a los ojos de su padre sabiendo que lo calentaba? Era algo perverso, una travesura, al fin y al cabo, pero era su Sofía, su hermosa y tímida Sofía. De pronto se dio cuenta que ella lo observaba, esperando su reacción.
—Bueno, él dice que ya está viejo —comentó Salvador, más que nada por decir algo, acomodando las sábanas para cubrir la erección que le había provocado la confesión de Sofía—. No quiere complicarse demasiado buscando a una mujer a estas alturas de la vida.
—Tonterías, no es tan mayor —replicó Sofía—. Además, es un señor… decente, seguro que más de una mujer estaría interesada.
—¿Oh? ¿Así que piensas que mi padre es apuesto? —preguntó Salvador en tono de broma, caricaturizando una molestia que no sentía, tratando de calmar los ánimos de su mujer, pues quería que siguiera hablando.
—Ya te dije que se parece algo a ti. Supongo que a las mujeres de su edad les parecerá que es guapo —se defendió Sofía, y comenzó a acercarse de pronto al rostro de Salvador, con la obvia intención de darle un beso, pero se detuvo a escasos centímetros de los labios de su marido—. Y no te hagas. No puedes estar molesto conmigo. Esta parte de aquí me dice que es todo lo contrario. —Para sorpresa de Salvador, Sofía quitó las sábanas que cubrían su erección y puso su mano sobre el bulto de los boxer. Luego, sin esperar nada más, lo besó tierna y húmedamente mientras le daba un pequeño apretón a su pene, el cual reaccionó palpitando embravecido.
—¿Te excitaste por lo que hizo tu padre? ¿Te calienta que él me desee? —le preguntó Sofía, cuando luego de un momento se alejó de sus labios. Ahora sonreía con mirada cómplice. El enfado que mostraba cuando él llegó de beber con sus amigos había desaparecido, solo quedaba algo de vergonzosa duda en sus ojos traviesos—. Eres un marido muy malo.
Salvador comprendió que, de alguna forma, esa noche era especial. Tragó saliva y sintió que su pecho vibró ante el augurio de esa noche. ¿Sería una de esas veladas a las que Sofía se había referido cuando se reconciliaron de su pelea? ¿Iban a jugar con sus fantasías? En un instante decidió que sí, que ya no había vuelta atrás. Lo necesitaba, lo venía deseando desde el día de su cumpleaños.
—Tú tampoco eres una buena esposa. Eres traviesa —le dijo, pasando el brazo por su espalda y atrayéndola hacía él con un rápido movimiento que la hizo quedar encima de él—. Le mostraste las tetas a mi padre.
—Mmm… —gimió Sofía cuando Salvador tomó uno de sus hinchados pechos y lo apretó igual que ella había hecho con su entrepierna—. Ay, Salvador, es que no dejaba de mirarlas, se las comía con los ojos.
Salvador sentía la verga extremadamente dura. Ver a su mujer encima de él, retorciendo su cuerpo mientras él jugaba con sus pechos era una maravilla. Imaginó qué sentiría su padre teniéndola así, al manosear el hermoso cuerpo de Sofía, su encantadora nuera.
—Creo que él las hubiera chupado si se lo pidiera —dijo Sofía de pronto, como si le leyera la mente de pronto.


Salvador se excitó aún más, y comprendió que aquello era más que una simple intervención para continuar con su juego, era una insinuación, una invitación a comerle los pechos. La atrajo hacia él, acercando sus perfectas tetas a su boca, y comenzó a lamerle sus duros pezones. Sabía que a Sofía le encantaba. Era de las pocas cosas que le permitía hacer sin reparos en la cama. Desde su primera noche que pasaron juntos Salvador había comprendido que los pezones eran el punto débil de su esposa. Le encantaba que los tocara y los chupara.
—Sí, sí… —susurro Sofía, muy cerca de su rostro—. Muéstrame cómo los chuparía tu papá si lo dejara. Ay, mi amor, él siempre mira mi pecho, me come con la mirada.


Salvador no respondió, estaba concentrado en saborear el exquisito cuerpo de la ninfa que tenía por esposa. Las tetas dejaron salir pequeñas gotas de leche materna, que luego se convirtieron en chorros. Salvador no se detuvo, desde que habían tenido a su hija, Sofía se había mostrado reticente a dejarlo chupar sus pechos; decía que eso no estaba bien, que no era para él sino para la bebé; parte de sus típicos discursos recatados, de su temor a dejarse llevar en la cama. Pero ahora no le dijo nada, no lo apartó, y su leche era una delicia.


Su esposa parecía otra. Tomaba su cabeza y la empujaba, restregándola contra sus grandes y perfectas tetas, las cuales chorreaban líquido materno. Salía tanta leche que Salvador no podía tomarla toda en su boca, por lo que algunas gotas resbalaban de sus labios.


Sofía se retorcía en sus brazos, gimiendo en voz baja, reprimiéndose para no despertar a la pequeña Alejandra. Esto confería al acto sexual un aura de secreto, tintes de pecado que se esforzaba en esconder. A Salvador le resultó fácil imaginar que así se portaría su mujer con otro hombre, avergonzada de su excitación, tratando de ocultar su traición.


Salvador pasaba las manos por el cuerpo perfecto de su mujer. Bendijo la necesidad natural que tenía por ir al gimnasio. Sus formas tonificadas y firmes eran tan exuberantes como suaves y deseables. Era una diosa en toda regla.


—Mmmm —gemía Sofía, apretando los labios para que su goce no resonara muy fuerte en toda la habitación. Miró a su esposo y le sonrió como solo una mujer excitada puede hacerlo. Separó la cabeza de Salvador de sus pechos y lo besó con pasión. Fue el beso más morboso que habían compartido. Él todavía tenía su boca empapada de la leche que salía de las enormes tetas de su mujer, así que, cuando sus bocas se juntaron, el líquido materno se hizo parte del intercambio de saliva y calor.
Sus lenguas se enredaban de forma lenta, con momentáneos arrebatos de pasión, como en un sensual tango de medianoche. La leche que seguían expulsando las ubres de Sofía los bañaba, humedeciendo el contacto de sus cuerpos, y ellos saboreaban cada momento de lo que estaba pasando. Se encontraban completamente entregados al placer, como pocas veces en todo su matrimonio.
El pene de Salvador estaba durísimo, rígido como una barra de acero, y se golpeaba contra el trasero de su preciosa mujer. Cuando al fin se separaron, Sofía lo miró a los ojos.
—Le acabas de robar la lechita a tu pequeña hija —dijo con voz de gata en celo—. No solo eres un mal esposo, también un mal padre. —Hizo una pausa antes de volver a hablar, y cuando lo hizo, la excitación en su voz era tan evidente que no hubiese podido ocultarla aunque quisiera—. Pero yo también soy una mala madre. Estoy alimentándote con su papa y tú ya no eres ningún bebé… y me gusta mucho hacerlo. Me encanta sentir como me comes, como me saboreas.
Salvador estaba extasiado. Esa faceta de su esposa, la que no se cortaba a la hora de decir lo que estaba sintiendo le encantaba. Es que era tan raro que lo hiciera. Quería que esa Sofía se quedara, ya no quería verla recatada, escondiendo sus deseos, sus gustos. Rezo a los cielos que esa nueva mujer no se fuera nunca.
—Creo, en serio…, que deberías decirle a tu padre que salga con alguna mujer —le dijo Sofía, mordiéndose el labio—. De otra forma… podría intentar algo conmigo.
—¿Y qué harías si eso ocurriera? —preguntó Salvador, mirando directamente a los ojos de su esposa—. Si mi padre intentara algo contigo… ¿lo rechazarías?
Por un momento, el rostro de Sofía adoptó la expresión de una esposa enojada, una que no estaba jugando a nada con su marido, ni siguiendo sus fantasías. Pero pronto volvió a adoptar el gesto travieso. Salvador se percató de la lucha interior que se libraba en el temperamento de Sofía, pero no le importó. El grado alcohólico no podía con la excitación que lo embargaba en esos momentos, pero mantenía a perfecta raya su culpa. Quería jugar, quería soñar con su mujer, quería que ese extraordinario espécimen de hembra que tenía en sus brazos lo complaciera. No le importaba si no quería, o si la hacía sentir incomoda, su morbo era más fuerte. Así que la presionó con una mirada expectante, ansiosa por su respuesta.
—No lo sé —dijo ella al fin, devolviendo la mirada firmemente a su esposo—. Ya te dije que se parece a ti. Tal vez los confundiría.
Salvador sabía que era muy diferente a su padre. En apariencia física era más bien parecido a su desaparecida madre. Su padre era más chaparro y tenía varios kilos de más, propios de la edad. Las palabras de Sofía le parecieron una débil escusa para lo que, dentro de su juego, le parecía una perversa traición.
—Ah, ¿sí? —dijo Salvador, con la voz cargada de reproche—. ¿Podrías hacer cosas malas con él pensando que soy yo?
—Tal vez un poco —dijo Sofía, siguiéndole el juego, esquivando de a momentos su vista, como tratando de ocultar algo. Salvador pensó que, de alguna forma, ese juego de fantasía que estaban teniendo, le gustaba más de lo que posiblemente ella misma esperaba.
—¿En serio? —se emocionó. Notaba que la piel de todo su cuerpo se erizaba. Que su mujer le siguiera la corriente con sus fantasías le causaba un morbo delicioso.
—Sííí —dijo Sofía, antes de inclinar la cabeza y volver a besarlo. Salvador aprovechó y volvió a manosear el perfecto cuerpo de su esposa. Le extasiaba imaginar que sentiría su padre al palpar la suavidad y firmeza de esos portentosos glúteos, la escasez de esa contorneada cintura, el poder de esos largos muslos, el arqueo de esa esbelta espalda.
—Eres una mujer traviesa —le dijo Salvador, cargado de perverso deseo, imaginándose su padre.
—Y tú eres un marido pervertido —respondió Sofía—. ¿Mira cómo traes el pene de lo excitado que estás? ¿No te avergüenza ponerte así solo por tus fantasías?
Aunque seguía teniendo la mirada de zorra que demostraba que seguía en su papel, también había cierto reproche en su voz, como si la pregunta fuera en serio.
—No —respondió Salvador. Estaba harto de contenerse. No quería renunciar a la que sentía en ese momento—. Ya no sentiré vergüenza.
Sofía lo miró seriamente, y Salvador supo que, en el fondo, ella todavía no creía que él fuera así, no admitía del todo que él fantaseara con ella y otros hombres. Salvador sabía, por lo que había leído en el foro que visitaba a diario, que no debía forzarla a nada. El simple hecho de que se prestara a seguir ese juego que estaban jugando era señal de que, al menos, lo toleraba, y de que tal vez, solo tal vez, podría llegar a ocurrir algo en el futuro, aunque por ahora ella lo negara en rotundo.
Salvador la miró penetrante, dominante, por un segundo y luego volvió a besarla. Era evidente, por la forma en que Sofía movía su cuerpo, que ella también estaba excitada. Tal vez no por la misma razón que él, pero Salvador sabía que era así, y eso por sí solo ya significaba mucho para él.
Le encantaba sentir la hirviente piel de su deseable esposa, y sabía que a ella le gustaba que la tocara con pasión. Pronto, Sofía lo sorprendió otra vez moviendo sus manos sobre su entrepierna, buscando liberar su miembro carnoso del boxer que estaba usando. No tardó mucho en sacarlo de ahí, y comenzó a acariciarlo mientras se besaban con parsimoniosa lujuria.
—Está muy duro —dijo Sofía. Sobaba el pene de Salvador sin llegar a masturbarlo, regalándole a su marido unas exquisitas sensaciones de placer—. ¿Se le pondrá así a tu padre cuando sueña con mis pechos?
—Seguro que sí —respondió Salvador. Le encantaba aquel juego. Casi creía que su mujer se estaba calentando pensando en su padre, en cómo la deseaba un hombre mayor—. Creo que lo excitas mucho, mi amor. Debe de soñar contigo todas las noches.
—¿En serio? —preguntó Sofía, mordiendo su labio inferior—. ¿Y qué piensas que sueña? ¿Qué crees que le gustaría hacerme?
Salvador se estremeció al escuchar esa pregunta. Sofía le estaba dando la oportunidad de dejar volar todas las fantasías ocultas que tenía. Su padre nunca había sido parte de ellas, pero ahora que su esposa estaba tan dispuesta a dejarse llevar con él, de seguro se volvería un protagonista.
—Seguro que sueña con hacerte lo mismo que estamos haciendo —dijo. Su corazón latía a mil por hora. Su mujer no dejaba de jugar con su pene y de darle besos tiernos pero intensos—. Apuesto a que le gustaría que le tocaras la tranca… Aaah, así como lo haces ahora.
—¿Así? —dijo Sofía, al tiempo que presionaba con fuerza la punta del miembro de Salvador, quien se estremeció de placer—. ¿Tú crees que le gustaría que se la apretara?
Salvador ahogó un grito cuando su esposa comenzó a masturbarlo con más fuerza. Sentía la caliente mano de Sofía subir y bajar en la piel de su verga, y aquello resultaba exquisito, lo hacía hervir por dentro.


—Le encantaría… Seguro que sí —dijo Salvador. Sofía no dejaba de mirarlo a los ojos, estaba completamente compenetrada con aquel juego—. Estás tan rica, tan buena que se volvería loco tocándote… Aaaaaah…, saboreándote, viéndote hambrienta de su verga.
—No lo creo —dijo Sofía—. Mi suegro no es un hombre pervertido como tú. Estoy segura de que él no piensa eso de mí.
Salvador se estremeció de nuevo ante la inocencia de su mujer. Cualquier hombre sobre la tierra la desearía, ¿cómo no se daba cuenta de eso?
Disfrutaba tanto de lo que Sofía le hacía. Esa forma de acariciar su verga era nueva, no la había usado nunca, lenta a veces, de pronto con rapidez, siempre placenteramente. Además, el hecho de que la apretara con fuerza, causándole un poco de dolor, también le resultaba extrañamente excitante.
—Te aseguro que, si te dejaras, mi padre se dejaría llevar por sus instintos, se abalanzaría sobre ti como un poseso —dijo Salvador, mirando de frente a su mujer, quien lo miraba con esos ojos tan sensuales como inocentes—. Es un hombre, después de todo. Y tú misma lo dijiste, lleva mucho tiempo sin estar con una mujer. Seguro que sueña contigo desde hace años.
Sofía no respondió, se limitó a mirarlo a los ojos y continuar masajeando su tranca, la cual palpitaba cada vez con más fuerza. La sangre que su corazón bombeaba a su entrepierna se concentraba ahí con tanta fuerza que sentía como si estuviera a punto de explotar. Salvador ya no podía resistir más, quería hacerle el amor a su esposa. Lo necesitaba.
Sofía tampoco aguantaba ya la excitación que estaba sintiendo. Se relamía los labios mientras lo veía a los ojos. Sus ojos entrecerrados, su respiración cada vez más agitada.
—¿Crees que tu padre quiera culear conmigo? —preguntó de pronto, y Salvador casi se corre del arrebato de morbo que lo quemó por dentro. Su esposa no usaba esas expresiones. Su Sofía no se refería al sexo más que como a hacer el amor. Eso, “culear”, era para las zorras que querían apagar su propia calentura. La sensación que invadió a Salvador fue tal, que la expresión de su rostro fue de puro pavor.
Sofía, como felina cazadora ante una presa encandilada, se abrió de piernas para sentarse a horcajadas sobre el pene erecto de Salvador y, poco a poco, fue comiéndoselo, haciéndose una con su marido. Su vagina estaba empapadísima, lo que evidenciaba la autenticidad de su excitación—. ¿Piensas que él me dejaría montármele así? ¿Aunque sea la esposa de su hijo?
—¡Sí! Ah… Ah… Sí, sí —aseguró Salvador entre ahogados jadeos. Su cuerpo se estremecía ante los fabulosos movimientos con los que Sofía lo hacía suyo. El cuerpo de su mujer era realmente afrodisiaco, hermoso, fuerte, exquisito. Muchos lo deseaban, y él deseaba compartirlo—. Te recibiría con la verga bien parada, Sofía… ¡Te la metería todaaaa!
Sofía se dejó caer con más violencia sobre él. Esposo y esposa se apareaban gimiendo de placer y morbo, suspirando ante el amancebamiento de sus sexos, restregándose, con él manoseando el cuerpo de ella como un poseso.
—¡Ah! ¡Mmmm! ¿Si… ah… si tu padre te… mmm… lo pidiera… ah? —Sofía cerro los ojos y se mordió los labios, como si no se atreviera a terminar la pregunta—… ¿dejarías que él tuviera sexo conmigo? ¡Ah! ¿Me dejarías meterme a la cama con él?
Salvador miraba a su esposa y no podía creerlo. Era tanta la calentura que lo embargaba. La vio abrir los ojos y mirarlo. Leyó expectación en ellos. ¿Acaso el morbo que sentía en su interior también quemaba por dentro a su Sofía?
—Nunca te obligaría a nada… Uf —dijo, midiendo sus palabras, conteniendo su perversión. Luego tragó saliva y le dio su respuesta—. Pero, si solo dependiera de mí… Lo haría. Te dejaría abrirle las piernas a mi padre… Aaaaah.
Sofía detuvo sus movimientos de coito y se dejó caer sobre él. Salvador vio en su rostro sorpresa, calentura y un atisbo de decepción. Ella apartó la mirada, pero se restregó con ternura contra él. Era como si su cuerpo se sintiera muy a gusto, excitado, pero ella ahí en su cabeza estuviera incomoda. Claro que, Salvador, debido a su animo aún afectado por el alcohol, no podía verlo ni procesarlo con claridad. Sin embargo, ella se recuperó rápidamente y volvió a mirarlo.
—En serio eres un marido muy pervertido —le dijo, acusándolo con excitante severidad—. Que estes dispuesto a compartir a tu esposa para satisfacer tu calentura hace que merezcas ser castigado.
—¿En serio? —preguntó Salvador, conteniendo un gemido, el interior de su esposa estaba tan caliente y húmedo. Era una sensación enloquecedora. Pero quería seguir escuchándola. Quería ver cómo seguiría ese excitante juego—. ¿Qué clase de castigo?


—Una duro —dijo Sofía —. Uno que te tienes bien merecido.
Tras decir eso, Sofía retomó sus movimientos sobre su marido, pero esta vez sin piedad. Lo cabalgó con fuerza, con vigor, subiendo y dejándose caer sobre la verga de Salvador como si estuviera poseída por un arrebato de furia, como si quisiera machacarlo, como si quisiera realmente hacerle daño por los perversos deseos que tenía.
Salvador, ajeno a muchas cosas por su estado semi etílico y excitación desmedida que experimentaba, solo sentía cómo su verga entraba y salía de la maravillosa anatomía de su mujer. La sensación era maravillosa, su miembro se bañaba en esos cálidos jugos sexuales, se rozaba contra las paredes de aquella fascinante cueva. Y qué vista por Dios. La forma en que las enormes y firmes tetas de Sofía saltaban mientras ella lo montaba era poesía visual. Gotas de leche seguían saliendo disparadas en todas direcciones, cayendo sobre la cama, sobre su cuerpo, sobre su rostro, como candente garuga.


Mientras veía y experimentaba todo aquello, Salvador se entregó al placer, al inminente éxtasis al que lo conducía el tremendo apareamiento que compartía con Sofía. Y, de pronto, entre toda esa endiablada vorágine de sensaciones, un pensamiento que durante muchos años lo había acosado volvió a hacerse presente:

Él no merecía tener una mujer como aquella.
Y esta vez no era solamente por la fantástica persona que era Sofía, sino también en lo referente al sexo. Por mucho tiempo se había dicho a sí mismo que su mujer no sabía complacerlo en la cama, que nunca quería hacer lo que él deseaba, que nada le gustaba. Pero ahora, de pronto, pensó que tal vez era él el que no había sabido satisfacerla a ella.

En esos momentos, mientras su esposa lo cabalgaba, sintió que su pene no era capaz de llenarla. Se sintió indefenso ante el portentoso cuerpo de Sofía, que con inusitada violencia lo sometía, lo dominaba. Se sintió débil. El cansancio, la falta de sueño, el alcohol que aún recorría sus venas, no lo dejó reaccionar. Recordó que, durante el día de su cumpleaños, habían hablado de su pene, de su tamaño promedio, que si la tuviera más grande quizá se la hubiera chupado antes. En ese momento todo le había parecido parte de un guion, parte del juego, de su regalo, pero ahora… ¿Y si era cierto? ¿Y si en el fondo, su mujer prefería tener a alguien mejor dotado?

Aunque esos pensamientos le provocaban pena y celos, no podía evitar excitarse con ellos, tanto, que los otros sentimientos apenas y lo afectaban. No podría culpar a Sofía si ella quisiera algo más grande. Un cuerpo escultural como el de su mujer de seguro necesitaba a un hombre de verdad para sacar todo su potencial, para hacerla gozar como ella se merecía.
La semi embriaguez de Salvador, y el ansia de sentir más morbo y excitación a base de ello, le hizo convencerse de que él no era capaz de complacer a su Sofía, que estaba demasiado limitado de verga para hacerlo. Lejos de molestarse por pensar así, se imaginó qué hombre podría estar a la altura del poderoso cuerpo de su esplendorosa esposa. Tendría que ser uno con una herramienta más grande que la suya, una con la que pudiera poseer a Sofía, con la que pudiera complacerla, hacerla gritar de placer como él nunca podría.

Se sintió miserable, patético, pero muy excitado. Apretó los pezones de su mujer, y, al oírla gritar, pensó en lo maravilloso que sería escucharla gritar más fuerte, atravesada por la verga de un hombre mejor que él.


Esa idea, esa imagen, ese sueño… lo hizo eyacular.
—Aaaaargh… Aaaaaaaah… Aaaaargh… Oooooh —farfulló como pudo.
Perdió la consciencia con las enormes tetas salpicando leche aún saltando frente a sus ojos.
«Lo siento, mi amor. No te merezco.»
 
FIN CAPITULO 3.

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