
Martín le dio otro chirlo seco a la nalga, y la carne de su hija tembló bajo la tela de la bombachita amarilla flúo.
Valentina tenía la cara hundida de costado en la almohada, los mechones pegados a la frente sudorosa, los dos brazos enyesados como alas blancas a los lados del cuerpo.
Él le acarició el culo con el pulgar, trazando círculos lentos sobre la tela que se hundía entre las nalgas, y ella arqueó la cadera hacia arriba.
—¿Te gusta esto, putita?
—Ay, sí —murmuró ella contra la almohada, con la voz pastosa.
—¿Te gusta mi dedo presionando ahí, te gusta sentir como tu culito se lo quiere comer con tela y todo?
—Sí, pá. Mi culito quiere —dijo dejando escapar un suspiro de placer. Ya estaba en clima.
Otro chirlo. Más fuerte. Una marca rosada se encendió sobre la piel. Martín le bajó la bombacha y le olió la cola. El olor era suave y jabonoso. Él mismo se la había lavado un rato antes. Desde la primera vez que había tenido que lavarle la cola después del accidente, había notado que su hija tenía unas nalgas preciosas. Pero no se había imaginado que en pocas semanas estaría tocándola y oliendola.
—Que olor a culo que tenés, chanchita
Ella se excitó al escucharlo decir esa cosa tan sucia. Le volvió a subir la bombacha y le dio otro chirlo.
—Decime qué más querés. Seguro tenés deseos de putita que no me estás confesando, trolita olor a culo.
Valentina cerró los ojos. “Trolita”. Le encantó esa palabra. “Eso soy”, pensó. El pulgar de él seguía dibujando círculos sobre el algodón amarillo, presionando justo donde ella se apretaba. Tragó saliva.
—Ay, sí. Pero es algo muy de trolita lo que quiero.
Martín se estremeció de miedo y excitación al escuchar eso: ¿qué podría ser?. El chirlo cayó sin aviso, seco, y ella sofocó un quejido mordiendo la almohada.
—Pedilo, zorrita. Y si es algo de trolita te cago a chirlos.
Un silencio corto. Solo el ruido del ventilador y la respiración entrecortada de ella.
—Quiero chupar pija.
Martín se quedó quieto. La mano que iba a dar otro chirlo se detuvo a medio camino. La frase había salido pequeña, casi inaudible, pero no dejaba lugar a dudas. Tragó saliva.
—Repetilo.
—Quiero chupar pija. Nunca chupé. Tengo muchas ganas, no aguanto más. Por favor.
Le acercó los dedos a la boca. Ella, todavía boca abajo, giró la cabeza y los atrapó con los labios. Los chupó con fruición, pasando la lengua suave y caliente por los nudillos, por las yemas, metiéndoselos en la boca hasta la base, como si supiera exactamente qué hacer. No lo sabía. Nunca había tenido una pija en la boca. Pero el deseo la guiaba con una intuición hambrienta, y Martín sintió cómo la lengua de su hija le envolvía los dedos como si fuera lo único que quería hacer en la vida. Mientras tanto, con la otra mano le seguía estimulando la cola, el pulgar insistiendo sobre el ano.
Ella se detuvo. Soltó los dedos, jadeó.
—Pija quiero, no dedos.
Martín se sintió un poco intimidado por el desafío de su hija. Alcanzó la pija de goma que descansaba sobre la sábana y se la acercó a la cara. Valentina la tomó con la boca sin dudar. La chupó con todavía más dedicación que los dedos: la lamía de arriba abajo, la succionaba hasta hundir las mejillas, pasaba la lengua por la punta. Nunca había chupado una real, pero el deseo la convertía en una chupapijas experta, parecía capaz de sacarle leche al consolador mismo. Martín la observaba, la boca seca, la erección apretando contra el pantalón.
Luego de unos minutos de ese pete simulado, ella se detuvo. Entre gemidos, con voz apenas audible, excitada pero algo avergonzada, murmuró:
—Pija quiero te dije. No esta goma.
Martín se quedó paralizado un momento. La encrucijada era clara: la línea estaba justo ahí. Dudó, se sintió mal por la sola idea de hacerlo, de hacerse chupar la pija por la persona que había criado y traído al mundo. Pero ella lo pedía con los ojos cerrados, la cara colorada, el pelo mojado pegado a las sienes. Decidió no resistirse más.
Acercó su bragueta a la cara de ella. Valentina abrió los ojos y vio la tela del pantalón cerquita de su boca. Murmuró, moviendo los labios:
—Dale pá. La quiero.
Se bajó el pantalón y el boxer, y se agarró la pija, que estaba parada e hinchada como nunca. La verga de Martín quedó a centímetros de la cara de Valen, que la miró como quien ve algo hermoso por primera vez. Grande, bien formada, con las venas marcadas. A ella se le iluminó la mirada, se murió por chuparla. Era la primera vez que veía una de tan cerca. Quería sentirle el sabor, la textura. Y, sobre todo, quería sentirse trolita, y quería darle un gran placer a su padre, en agradecimiento por lo que él venía haciendo por ella.
—Esto es para vos, papá. No pienses nada. Disfrutalo. Es por todo lo que hacés por mí.
A él se le ablandaron las piernas de amor y ternura.
Se la acercó a la boca con cuidado. Primero le introdujo solo la cabeza. Ella la apretó con los labios, la lamió despacio, probándola. Martín sintió un escalofrío que le subió por la columna. No iba a aguantar tanto placer. La saliva de su hija amada empezaba a mojarle el glande. La caricia mojada de la lengua era increíble. Empujó un poco más y le llenó la boca. Ella alternaba lamidas con succiones, gemía con la boca llena, hacía ruidos mojados, se atragantaba, y por momentos la dejaba un poco libre solo para decir, con la voz rota:
—Cómo me gusta la pija.
Él le dio un chirlo fuerte en la nalga, la agarró del pelo suavemente pero simulando violencia, y empezó a moverle la cabeza, a cogerle la boca. Ella gimió más excitada, los yesos temblando a los lados. Él aumentó el ritmo, sintiendo la presión subir desde abajo, incontrolable. Los dos estaban disfrutando, y el morbo y el amor lo hacían insoportable: Valen no podía creer que tenía en la boca la pija de su papá, con la que muchas veces había fantaseado, en sus pajas mas morbosas. Martín no podía creer que era su hijita la que le estaba chupando así la pija.
—Valen, muñeca, pará que no aguanto.
Ella no soltó. Sabiendo bien lo que iba a pasar, lo succionó más fuerte, se lo atrapó con la boca, no dejó que se fuera. Martín quiso resistir, retroceder, pero ella lo tenía y no lo iba a dejar. Martín hizo un último movimiento de escape, y esa fricción con la boquita de su hija fue la gota que rebasó el vaso. Era irreversible el orgasmo, el lechazo en la boca de su nena.
Empezó a acabar, la pija le tembló y largó semen en la boquita de Valen, que lo succionó como loca, tragando cada espasmo. Él la agarró del pelo fuerte, y le empezó a coger la boca más violentamente, sabiendo que era lo que ella quería. Ella gemía con la boca llena, recibiendo leche en cada embestida, leche que le chorreaba ahora por las comisuras y el mentón. Luego de unos segundos él le sacó el pene de la boca. Ella tenía un restito de leche en los labios, estaba colorada, transpirada, con mechones de pelo mojado, los ojos cerrados. No podía creer que estaba saboreando leche por primera vez, y que era la de su papá. Se sentía satisfecha de haber hecho un buen trabajo, y de haberle retribuido un poco a su padre todas las molestias, los cuidados, las veces que la tuvo que acompañar al baño, o que le tuvo que lavar la cola.
Él estaba atontado por el orgasmo, pero no quería dejarla sin acabar. Se tiró de cara entre sus nalgas, apartó la bombachita amarilla con los dedos, y le chupó el ano. Ella gimió con un sonido que no había emitido antes, agudo, roto, no podía creer que tenía a su papá chupándole la cola así. La lengua de él insistía, rodeaba, penetraba. Valentina preguntó: “Tengo olor?”. No, no tenía casi, era un olorcito a cola limpia normal. Pero él entendió el fetiche y le dijo “tenés olor a culo, trolita”. Valentina separó más las piernas, logrando que su conchita roce apenas con el colchón, y empezó a acabar, bien fuerte, los yesos raspando contra la sábana, las caderas sacudiéndose, el orto de ella frotandose contra su cara.
Quedaron los dos rendidos, en silencio. Él recostado sobre ella, la colita de ella entre su pecho y su mentón, la respiración de ambos lentamente encontrando un ritmo compartido. Él se quedó dormido con la cars sobre su cola unos minutos. Ella se dio cuenta y le dio un poco de risa. No lo quiso despertar.
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