
El calor de Tokio no se parecía al de mi ciudad. Era húmedo, pegajoso, de esos que te dejan la camisa pegada a la espalda apenas sales del metro. Andrés llevaba casi un mes en Japón, trabajando en la embajada de su país, tenía algunas horas libres que no sabía cómo llenar. Entró al supermercado porque le dio hambre y porque el aire acondicionado se sentía como un milagro.
La vio en el pasillo de los snacks. Al principio pensó que era una chica japonesa común: pelo negro largo, cara fina, camiseta gris holgada y short deportivo negro que le quedaba flojo. Tenía una canasta roja en la mano y miraba los paquetes como si no se decidiera. Andrés pasó de largo, agarró una botella de agua y siguió. En la siguiente vuelta la volvió a ver de frente, más cerca. Ahí se le aclaró la vista.
No era solo la cara. Era la forma en que se paraba, el pecho que se marcaba suave bajo la tela floja, el ombligo con un piercing chiquito brillando, y algo en la entrepierna del short que no terminaba de cuadrar con lo que uno espera. Hacía años, en un viaje a Bangkok, había estado con una ladyboy. Lo recordaba claro: la curiosidad, el miedo, y después el gusto que le había dado y que nunca le contó a nadie. Se quedó parado con la botella en la mano, mirándola más de la cuenta.
Ella lo notó. Levantó la vista, lo miró un segundo y siguió eligiendo. Andrés se acercó sin pensarlo mucho.
—Sorry —dijo en inglés, con ese acento que no es ni gringo ni británico—. Do you know which of these is not too sweet?
Ella lo miró de arriba abajo. Tenía los ojos almendrados, los labios llenos, la piel clara con un tono cálido.
—This one —contestó, señalando un paquete—. You are not from here.
—No. Ecuador. Now, I work here.
Hablaron un rato ahí, entre las góndolas. Ella se llamaba Mika. Veinticuatro años, trabajaba en una tienda de ropa por las tardes y estudiaba diseño. El inglés le salía claro, con un acento suave. Andrés no le preguntó nada directo. Ella tampoco se hizo la que no entendía por qué él se había acercado. Cuando él le dijo que no conocía a nadie en la ciudad y que, si quería tomarse una cerveza, Mika se quedó callada un momento, miró la canasta y dijo que sí, pero no esa noche. Al día siguiente, a las ocho, en un bar cerca de la estación.
Andrés salió del supermercado con el corazón acelerado y la sensación de que había hecho una estupidez o algo que iba a recordar.
Al día siguiente llegó temprano. Mika llegó diez minutos después y no parecía la misma del supermercado. Llevaba una mini falda negra tan corta que apenas le cubría el culo, y un top claro de tirantes que le quedaba chico. Los senos, pequeños todavía, se le marcaban enteros. El piercing del ombligo brillaba en el abdomen descubierto. Se sentó frente a él, cruzó las piernas y la falda se le subió un poco más.

Tomaron dos cervezas. Hablaron de la ciudad, de la comida, de lo caro que estaba todo en Tokio. Mika reía bajo y lo miraba a los ojos cuando él se trababa con el inglés. En un momento Andrés le dijo, sin rodeos, que en el supermercado se había dado cuenta de lo que era y que igual había querido invitarla. Ella no se ofendió. Apoyó el codo en la mesa y dijo que lo había notado, y que por eso había aceptado.
—You want to see —dijo ella.
—Yes.
Pagaron y caminaron hasta el departamento de Andrés. En el ascensor no se tocaron. En el pasillo ella iba delante, y la falda se le movía con cada paso, dejando ver el borde redondo del culo. Andrés abrió la puerta. La habitación era simple: cama ancha, sábanas blancas, una lámpara tenue.
Mika se quitó los zapatos y se sentó en la orilla de la cama. Andrés se quedó de pie un momento, mirándola. Después se acercó, le puso la mano en la cintura y la besó. Ella respondió despacio al principio, después abrió la boca y le metió la lengua. Sabía a cerveza y a algo dulce. Las manos de Andrés bajaron por la falda, le agarraron el culo. Estaba firme, redondo, caliente bajo la tela. Mika soltó un suspiro contra su boca.
Él le subió el top. Los senos quedaron al aire: pequeños, redondos, firmes, con los pezones oscuros y anchos ya duros. Andrés los tomó en las manos. Cabían justos. Los apretó suave, pasó el pulgar por los pezones y ella arqueó un poco la espalda. El piercing se movió cuando respiró hondo.
—Take it off —dijo Andrés.
Mika se levantó, se bajó la falda y se quedó en el top a medio subir y en nada más. Andrés se quedó mirando. La verga era corta, gruesa, de un color más oscuro que el resto del cuerpo, y estaba completamente parada, dura, pegada al bajo vientre, el glande hinchado y brillante. No colgaba. Se mantenía tiesa, palpitando. Los huevos apretados, subidos. El culo, visto de frente y de lado, era alto y redondo, con ese pliegue suave donde se une con los muslos.

Andrés se arrodilló sin pensarlo. Le pasó las manos por los muslos, le besó el vientre justo debajo del piercing y después bajó. La verga le rozó la mejilla, caliente, dura como piedra. La tomó con la mano. Apenas le cabían los dedos alrededor de lo gruesa que era, y el largo no pasaba de sus trece centímetros. La lamió desde la base hasta el glande. Mika soltó un gemido corto, dijo algo en japonés, y le puso la mano en el pelo.
Él abrió la boca y se la metió. Le cupo entera. La sintió palpitando contra la lengua, el sabor salado del líquido que ya le salía. Chupó despacio, después más fuerte, mientras con la otra mano le agarraba una nalga y la apretaba. Mika movía las caderas apenas, sin empujar, dejándolo hacer.
Después ella lo empujó suave hacia la cama. Andrés se quitó la ropa. Mika se arrodilló entre sus piernas, le tomó la verga con las dos manos y se la metió a la boca. Chupaba con calma, con la lengua dando vueltas en el glande, mirándolo de vez en cuando. Tenía los senos colgando un poco hacia adelante, los pezones rozando los muslos de él. Andrés le veía el culo redondo levantado, la verga corta y dura balanceándose entre las piernas cada vez que se movía.
—Come here —dijo él.
Se acomodaron en la cama en sesenta y nueve. Andrés quedó abajo, con la cara entre las piernas de Mika. Ella se inclinó sobre él y volvió a metérsela a la boca. Él le abrió las nalgas con las manos, le vio el ano apretado y rosado, y después tomó la verga corta con la boca otra vez. Desde ese ángulo le entraba fácil, hasta la base, y los huevos le rozaban la nariz. Chupaba y de vez en cuando sacaba la lengua para lamerle el glande y bajar hasta los huevos. Mika gemía con la boca llena, el cuerpo temblándole. El culo se le contraía cada vez que Andrés se la tragaba entera.
Estuvieron así un buen rato, los dos mojados, la cama empezando a oler a sexo. Andrés sentía que se le venía si seguía, y la sacó dela boca.
—I want to fuck you —dijo.
Mika se incorporó, buscó en el bolso un condón y lubricante, y se los pasó. Se puso en cuatro, el culo redondo hacia él, la verga corta colgando dura entre las piernas, los senos apuntando hacia las sábanas. Andrés se puso el condón, le echó lubricante en el ano y le metió un dedo. Estaba apretado, caliente. Mika bajó la cabeza y respiró hondo. Él metió otro dedo, los movió, y ella empujó hacia atrás.
Cuando la penetró, lo hizo despacio. El glande entró con resistencia y después el resto se deslizó. Mika soltó un quejido largo, agarró las sábanas y se quedó quieta un momento. Andrés le agarró la cintura y empezó a moverse. El culo le golpeaba las caderas, firme, redondo, abriéndose cada vez que entraba. La verga de ella se sacudía debajo, dura, goteando sobre las sábanas.
Le bajó el top hasta que quedó colgando de un solo tirante, torcido, el otro seno al aire. Los pezones se le marcaban oscuros, sensibles. Andrés se inclinó, le agarró uno y se lo apretó mientras la seguía cogiendo. Mika gemía más alto, en inglés mezclado con japonés, diciendo que no parara, que más fuerte.

La puso de lado, después boca arriba, con las piernas sobre sus hombros. Así le veía la cara, los senos pequeños moviéndose con cada embestida, el piercing brillando, y la verga corta parada sobre el vientre, roja, mojada, palpitando sin que nadie la tocara. Andrés se la agarró con la mano y la masturbó al mismo ritmo. Mika arqueó la espalda, los ojos cerrados, la boca abierta.
Él sintió que se le venía. Salió, se quitó el condón y se arrodilló sobre el pecho de ella. Mika entendió, se acomodó, y Andrés se masturbó encima de los senos. Se corrió en chorros calientes sobre los pezones, el piercing, la clavícula. Mika se quedó mirándolo, con la boca entreabierta, y cuando él terminó se llevó la mano a su propia verga.
Se masturbó rápido, con la mano cerrada, el glande asomando entre los dedos. Andrés se quedó a un lado, mirando, todavía respirando agitado. Mika apretó los muslos, soltó un gemido ahogado y se corrió sobre las sábanas: un chorro blanco, espeso, que le cayó en el vientre y en la tela. Siguió moviendo la mano hasta que no le salió más, el cuerpo temblándole, los senos manchados con el semen de él y el suyo mezclándose un poco en la piel.
Se quedaron callados un rato. Mika se limpió con la sábana, se acomodó el top que seguía colgando de un tirante y se recostó de lado. Andrés le pasó la mano por la cintura, por el culo redondo, y ella no se apartó.
—You can stay —dijo él.
Mika no contestó enseguida. Después asintió, cerró los ojos y dejó la mano sobre el pecho de Andrés, el piercing todavía brillando bajo la luz de la lámpara.
Se quedaron un rato así, sin hablar mucho. Mika tenía la cabeza en el pecho de Andrés y la mano todavía sobre su vientre, manchada. El semen se le había secado un poco en los senos y en la clavícula. Andrés le pasaba los dedos por el pelo, despacio, sintiendo cómo se le bajaba el pulso. Afuera se oía el ruido de la ciudad, lejano, como si la habitación estuviera aparte de todo.
Mika se levantó primero. Fue al baño, se lavó la cara y el pecho, y volvió con una toalla en la cintura. El top seguía torcido, colgando de un solo tirante, un seno al aire. Se sentó en la orilla de la cama y lo miró.
—You want more? —preguntó, en voz baja.
Andrés asintió. Se le había vuelto a parar solo de verla así, con el culo redondo marcado bajo la toalla y la verga corta empezando a endurecerse otra vez entre las piernas. Mika soltó la toalla. Se subió encima de él, de frente, y le buscó la boca. El beso fue más lento que el primero. Ella le rozó la verga con la suya, las dos calientes, y Andrés le agarró las nalgas con las dos manos.
Ella buscó otro condón que había quedado en la mesa de noche, se lo puso y se echó lubricante. Después se sentó sobre él, de espaldas, y fue bajando. Andrés le vio el ano abrirse alrededor del glande, despacio, hasta que se lo tragó entero. Mika soltó un suspiro largo y se quedó quieta un momento, con las manos apoyadas en las rodillas de él.
Empezó a moverse. Subía y bajaba, el culo redondo golpeándole el vientre, firme, abriéndose cada vez que bajaba hasta la base. La verga corta de ella se sacudía al frente, dura, goteando sobre los muslos de Andrés. Él le agarró la cintura y la ayudó, empujando desde abajo. El top se le cayó del todo. Los senos pequeños se le movían con cada rebote, los pezones oscuros duros, el piercing brillando cuando arqueaba la espalda.
Andrés la giró sin salir de ella. La puso en cuatro otra vez, le abrió las nalgas y la penetró más hondo. Mika enterró la cara en la almohada y gimió. Él le veía la verga corta balanceándose, roja, tiesa, y el culo tragándoselo entero. Le dio más fuerte. El sonido de la piel contra la piel llenó la habitación. Mika estiró una mano hacia atrás, le agarró el muslo y lo apretó, como pidiéndole que no parara.
Él sintió que se le venía de nuevo. Esta vez no salió. Se quedó adentro, la agarró de las caderas y se corrió dentro del condón, empujando hasta el fondo, con la frente apoyada en la espalda de ella. Mika tembló, pero no se corrió. Se quedó quieta, respirando agitado, con él todaví adentro.
Cuando Andrés salió, el condón estaba lleno. Se lo quitó, lo anudó y lo dejó a un lado. Mika se dio vuelta, lo miró y señaló el baño con la cabeza.
—Shower —dijo.
El baño era chico. Andrés abrió la ducha y el agua cayó caliente, empañando el vidrio enseguida. Mika entró primero. El agua le pegó en el pelo, se lo pegó a la espalda y a los senos. Andrés entró detrás. Le pasó el jabón por los hombros, por la cintura, por el culo redondo. Ella se recostó contra el azulejo, cerró los ojos y dejó que la lavara.
La verga de Mika se había bajado un poco con el agua, pero seguía gruesa, semi-dura, colgando apenas. Andrés se arrodilló bajo la ducha, le abrió las piernas y se la metió a la boca otra vez. El agua le caía en lacara. Chupó despacio, sintiendo cómo se le ponía dura de nuevo en la lengua, corta, caliente, palpitando. Mika le puso una mano en el pelo mojado y movió las caderas apenas.
Después ella lo levantó, lo pegó contra la pared y le devolvió el favor. Se arrodilló, el agua corriéndole por la espalda y por el culo, y se la chupó hasta dejarlo otra vez duro. Andrés la miraba desde arriba: los senos mojados, los pezones oscuros, el piercing brillando bajo el chorro.
La giró. Mika apoyó las manos en el azulejo, separó las piernas y levantó el culo. Andrés le echó lo que quedaba de lubricante, que había traído consigo, y la penetró de pie, bajo el agua, esta vez no había condón.. Entró más fácil que antes. El calor del agua y el de ella se mezclaron. La cogió despacio al principio, después más hondo, el pecho pegado a su espalda, una mano en un seno y la otra en la cadera.

Mika gemía contra el azulejo. La verga corta se le golpeaba el vientre con cada embestida, dura, goteando agua y líquido. Andrés le bajó la mano, se la agarró y la masturbó al mismo ritmo. Ella se corrió primero: un chorro corto que el agua se llevó enseguida, el cuerpo apretándose alrededor deél, las piernas temblándole.
Andrés no aguantó. Se quedó adentro, la apretó contra la pared y se corrió dentro de ella, en lo más hondo, sintiendo cómo le salía todo mientras el agua les caía encima. Mika soltó un quejido largo, empujó el culo hacia atrás y lo recibió hasta el final. Él se quedó ahí, enterrado, hasta que dejó de palpitar.
Salieron del agua temblando un poco. Andrés le pasó una toalla. Mika se secó el pelo, se miró en el espejo empañado y sonrió apenas, con las mejillas coloradas y el semen de él todavía dentro, escurriéndose lento por el muslo. Volvieron a la cama sin vestirse. Ella se recostó de lado, le dio la espalda y dejó que Andrés le pasara el brazo por la cintura, la mano abierta sobre el vientre, justo debajo del piercing.
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