Marcos se sentó en el borde de la cama y no habló enseguida. Elena seguía boca arriba, el vestido arrugado en la cintura, una media bajada hasta el tobillo. El aire olía a sexo y a su perfume, mezclados. Le apartó el pelo de la frente con el dorso de la mano. Ella le buscó la muñeca y se la llevó entre las piernas, sin prisa.
—Primero eso —dijo—. Lo que sentiste al abrir la puerta. No lo adornes.
Él tragó saliva. La piel de ella estaba caliente, resbaladiza. Notó el pulso ahí, todavía rápido.
—Pensé que iba a darme la vuelta —contestó—. Que no iba a poder. Y luego te vi la cara. No estabas actuando. Estabas… ocupada. Como si yo no fuera el centro y aun así me estuvieras hablando.
Elena cerró los ojos un segundo y apretó los muslos alrededor de su mano.
—Me corrí mirándote. Eso no te lo inventas.
Andrés se había ido hacía unos minutos. En el pasillo todavía se oía el eco de la puerta de la calle. Marcos no había llegado a quitarse la chaqueta del todo; la tenía colgada de un hombro. Elena se incorporó, le desabrochó el botón y se la quitó. Luego la camisa. Cuando llegó al cinturón, se detuvo y lo miró.
—¿Quieres que te cuente cómo fue antes de que entraras, o prefieres tocarlo tú?
—Las dos cosas.
Ella sonrió, cansada y un poco cruel, de esa forma que solo usaba con él.
—Llegó a las nueve. Le abrí en bata. No hablamos mucho. Me puso contra la encimera de la cocina y me metió dos dedos antes de subir. Dijo que olía a ti en la casa y que le gustaba. Me corrí la primera vez de pie, con la nevera zumbando. Luego me trajo aquí. Cuando oí tus llaves ya estaba dentro. Le pedí que no parara.
Marcos tenía la erección dura contra el pantalón. Ella se la liberó y la sostuvo, sin masturbarlo todavía, solo pesándola en la palma.
—Estás más duro que otras noches —dijo—. No me mientas con el cuerpo.
—No miento.
Lo empujó de espaldas sobre las sábanas deshechas. El olor del otro seguía en la almohada. Elena se subió encima, a horcajadas, pero no lo metió. Se frotó contra él, lenta, dejando que notara lo abierta y mojada que estaba.
—Quédate así —ordenó—. Quiero que sientas lo que dejó.
Marcos le agarró las caderas. Ella negó con la cabeza.
—Manos en la cama. Esta parte es mía.
Obedeció. Elena se balanceó, el clítoris rozándole el glande en cada pasada, los labios hinchados separándose alrededor de él sin llegar a tomarlo. De vez en cuando se detenía y lo miraba desde arriba.
—Cuando te dijo que me miraras, casi me río —susurró—. Porque ya te estaba mirando. Desde que empujaste la puerta. Quería que vieras cómo me abría. Cómo me agarraba del pelo. No fue suave todo el tiempo. A ratos me follaba como si la cama fuera suya.
Marcos apretó los puños contra la sábana. Ella notó el temblor en sus muslos y sonrió.
—Eso. Quédate con eso.
Por fin bajó. Lo tomó de una vez, hasta el fondo, y soltó un suspiro que no era del todo placer: era comparación, y los dos lo supieron. Se quedó quieta un momento, llena, y le puso una mano en el pecho.
—Más pequeño —dijo, sin maldad, casi con ternura—. Y aun así eres el que se queda. ¿Lo entiendes?
—Sí.
Empezó a moverse. No era el ritmo de Andrés. Era el suyo, más corto, más cercano, las uñas clavadas en los hombros de Marcos. Cada vez que bajaba, el sonido era húmedo y obsceno. Elena hablaba entre dientes.
—Me agarró así. —Le guio una mano a la nuca—. Y así. —La otra a la cintura—. Me dijo que abriera más las piernas para que cuando llegaras vieras todo. Y lo hice. Me corrí con su polla dentro y tu nombre en la boca. Una vez. Solo una. El resto fue para él.
Marcos ya no podía quedarse quieto. Le subió las caderas al encuentro y ella se lo permitió, por fin. El colchón volvió a crujir. Elena se inclinó, la boca junto a su oreja.
—Después, si quieres, te arrodillas y me limpias. Con la lengua. Todo lo que quedó. Y mientras lo haces me cuentas otra vez cómo se te puso al entrar. Palabra por palabra.
Él asintió contra su cuello. Ella aceleró, buscando su propio borde otra vez, usando el cuerpo de su marido como si acabara de recordar que también le pertenecía. Cuando se corrió, fue más bajo que con Andrés, más largo, la frente apoyada en la de él, repitiendo “quédate, quédate” hasta que el temblor pasó.
Marcos la siguió unos segundos después, enterrado en ella, con la imagen de la puerta todavía fija detrás de los párpados: Elena de rodillas, la mirada vuelta hacia él, la boca abierta, diciéndole que no se fuera.
Se quedaron así, pegados, respirando el mismo aire espeso. Elena le acarició la mejilla con el pulgar.
—Mañana le escribo —dijo—. Si tú quieres. O no le escribo. Esta noche decides tú el final.
Marcos la besó en la sien, todavía dentro de ella.
—Escríbele —contestó—. Pero la próxima vez yo abro la puerta. Y me quedo desde el principio.
—Primero eso —dijo—. Lo que sentiste al abrir la puerta. No lo adornes.
Él tragó saliva. La piel de ella estaba caliente, resbaladiza. Notó el pulso ahí, todavía rápido.
—Pensé que iba a darme la vuelta —contestó—. Que no iba a poder. Y luego te vi la cara. No estabas actuando. Estabas… ocupada. Como si yo no fuera el centro y aun así me estuvieras hablando.
Elena cerró los ojos un segundo y apretó los muslos alrededor de su mano.
—Me corrí mirándote. Eso no te lo inventas.
Andrés se había ido hacía unos minutos. En el pasillo todavía se oía el eco de la puerta de la calle. Marcos no había llegado a quitarse la chaqueta del todo; la tenía colgada de un hombro. Elena se incorporó, le desabrochó el botón y se la quitó. Luego la camisa. Cuando llegó al cinturón, se detuvo y lo miró.
—¿Quieres que te cuente cómo fue antes de que entraras, o prefieres tocarlo tú?
—Las dos cosas.
Ella sonrió, cansada y un poco cruel, de esa forma que solo usaba con él.
—Llegó a las nueve. Le abrí en bata. No hablamos mucho. Me puso contra la encimera de la cocina y me metió dos dedos antes de subir. Dijo que olía a ti en la casa y que le gustaba. Me corrí la primera vez de pie, con la nevera zumbando. Luego me trajo aquí. Cuando oí tus llaves ya estaba dentro. Le pedí que no parara.
Marcos tenía la erección dura contra el pantalón. Ella se la liberó y la sostuvo, sin masturbarlo todavía, solo pesándola en la palma.
—Estás más duro que otras noches —dijo—. No me mientas con el cuerpo.
—No miento.
Lo empujó de espaldas sobre las sábanas deshechas. El olor del otro seguía en la almohada. Elena se subió encima, a horcajadas, pero no lo metió. Se frotó contra él, lenta, dejando que notara lo abierta y mojada que estaba.
—Quédate así —ordenó—. Quiero que sientas lo que dejó.
Marcos le agarró las caderas. Ella negó con la cabeza.
—Manos en la cama. Esta parte es mía.
Obedeció. Elena se balanceó, el clítoris rozándole el glande en cada pasada, los labios hinchados separándose alrededor de él sin llegar a tomarlo. De vez en cuando se detenía y lo miraba desde arriba.
—Cuando te dijo que me miraras, casi me río —susurró—. Porque ya te estaba mirando. Desde que empujaste la puerta. Quería que vieras cómo me abría. Cómo me agarraba del pelo. No fue suave todo el tiempo. A ratos me follaba como si la cama fuera suya.
Marcos apretó los puños contra la sábana. Ella notó el temblor en sus muslos y sonrió.
—Eso. Quédate con eso.
Por fin bajó. Lo tomó de una vez, hasta el fondo, y soltó un suspiro que no era del todo placer: era comparación, y los dos lo supieron. Se quedó quieta un momento, llena, y le puso una mano en el pecho.
—Más pequeño —dijo, sin maldad, casi con ternura—. Y aun así eres el que se queda. ¿Lo entiendes?
—Sí.
Empezó a moverse. No era el ritmo de Andrés. Era el suyo, más corto, más cercano, las uñas clavadas en los hombros de Marcos. Cada vez que bajaba, el sonido era húmedo y obsceno. Elena hablaba entre dientes.
—Me agarró así. —Le guio una mano a la nuca—. Y así. —La otra a la cintura—. Me dijo que abriera más las piernas para que cuando llegaras vieras todo. Y lo hice. Me corrí con su polla dentro y tu nombre en la boca. Una vez. Solo una. El resto fue para él.
Marcos ya no podía quedarse quieto. Le subió las caderas al encuentro y ella se lo permitió, por fin. El colchón volvió a crujir. Elena se inclinó, la boca junto a su oreja.
—Después, si quieres, te arrodillas y me limpias. Con la lengua. Todo lo que quedó. Y mientras lo haces me cuentas otra vez cómo se te puso al entrar. Palabra por palabra.
Él asintió contra su cuello. Ella aceleró, buscando su propio borde otra vez, usando el cuerpo de su marido como si acabara de recordar que también le pertenecía. Cuando se corrió, fue más bajo que con Andrés, más largo, la frente apoyada en la de él, repitiendo “quédate, quédate” hasta que el temblor pasó.
Marcos la siguió unos segundos después, enterrado en ella, con la imagen de la puerta todavía fija detrás de los párpados: Elena de rodillas, la mirada vuelta hacia él, la boca abierta, diciéndole que no se fuera.
Se quedaron así, pegados, respirando el mismo aire espeso. Elena le acarició la mejilla con el pulgar.
—Mañana le escribo —dijo—. Si tú quieres. O no le escribo. Esta noche decides tú el final.
Marcos la besó en la sien, todavía dentro de ella.
—Escríbele —contestó—. Pero la próxima vez yo abro la puerta. Y me quedo desde el principio.
0 comentarios - Amor de esposos segunda parte