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Amor de esposos

Hola a todos les traigo otro relato de temática cuckold
Por favor comenten para la segunda parte



La casa estaba en silencio cuando Marcos llegó, más tarde de lo habitual. Dejó las llaves en el cuenco de la entrada y se quedó un segundo escuchando. Desde el dormitorio llegaba un sonido bajo, rítmico, que no era la televisión.
No se sorprendió. Habían hablado de esto durante semanas. Ella lo había dicho claro, mirándolo a los ojos en la cocina: quería a otro hombre esa noche, y quería que él estuviera. No escondido. Presente. Marcos había sentido el estómago vacío y el pulso en la garganta al mismo tiempo, y había dicho que sí.
Empujó la puerta del dormitorio.
Elena estaba de rodillas en el borde de la cama, el vestido negro subido hasta la cintura, las medias todavía puestas. Detrás de ella, un hombre al que Marcos solo conocía de nombre —Andrés— la sujetaba por las caderas y la penetraba con un ritmo lento y profundo. Elena tenía la cara vuelta hacia la puerta. Cuando vio a su marido, no se detuvo. Abrió un poco más la boca y soltó un gemido que no intentó disimular.
—Llegaste —dijo, la voz ronca—. Quédate ahí.
Marcos se apoyó en el marco. No se quitó la chaqueta. Las manos le temblaban y las metió en los bolsillos para que no se notara. Andrés lo miró un segundo, evaluándolo, y siguió. Era más alto, más ancho de hombros. Cada embestida hacía que el cuerpo de Elena se balanceara hacia adelante y que el colchón crujiera.
—Míralo —le dijo Andrés al oído, lo bastante alto para que Marcos lo oyera—. Que vea cómo te gusta.
Elena obedeció. Sostuvo la mirada de su marido mientras Andrés aumentaba el ritmo. Tenía el pelo pegado a la sien, el rímel un poco corrido, y una expresión que Marcos conocía y a la vez no: la misma boca entreabierta de cuando se corrían juntos, pero más abierta, más abandonada. Una de sus manos se fue a su clítoris y empezó a frotarse sin pedir permiso.
Marcos sintió la erección apretada contra la cremallera y no se la tocó. Parte del acuerdo era esa: él miraba. Ella decidía después si lo quería.
Andrés le dio una palmada en el culo, no fuerte, y cambió el ángulo. Elena soltó un sonido agudo, casi una risa rota.
—Ahí —dijo—. Ahí, no pares.
Marcos dio un paso dentro de la habitación. El olor era denso: sudor, el perfume de ella, algo más crudo. Elena extendió una mano hacia él, no para que se acercara del todo, solo para que viera que lo incluía.
—Dime que te gusta —le pidió, entre respiraciones cortas—. Dímelo.
—Me gusta —contestó él, y la voz le salió más baja de lo que esperaba—. Me gusta verte así.
Ella cerró los ojos un segundo, como si esas dos palabras le hubieran recorrido la espalda, y luego volvió a abrirlos. Andrés la agarró del pelo, suave pero firme, y la inclinó un poco más. El sonido de sus cuerpos se volvió húmedo y constante. Elena empezó a temblar en los muslos.
—Me voy a correr —avisó, mirando a Marcos, no a Andrés—. Quédate. No te vayas.
Se corrió con la frente apoyada en el colchón y la mano de su marido todavía a un metro de distancia, los dedos apretados contra la sábana, repitiendo su nombre una vez, solo una, como si necesitara anclarlo. Andrés siguió unos segundos más, luego se retiró, se puso el condón en orden y se apartó sin teatralidad. Se vistió en silencio mientras Elena se quedaba boca abajo, respirando.
Cuando Andrés pasó junto a Marcos en la puerta, le hizo un gesto breve con la cabeza. No hubo conversación. La puerta de la calle se cerró.
Elena se giró por fin. Tenía las mejillas rojas y una sonrisa cansada, casi tímida ahora que el otro se había ido.
—Ven —dijo, y palmeó el colchón a su lado—. Ahora tú. Cuéntame qué viste. Y luego haz lo que quieras conmigo.
Marcos se quitó la chaqueta. Se sentó en el borde de la cama y le apartó el pelo de la cara. Ella le buscó la mano y se la puso entre las piernas, todavía húmeda, todavía sensible.
—Empezamos por ahí —susurró—. Por lo que sentiste al entrar. No me mientas.

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Cart2020NE
¿Así quieres que tenga a tu mujer?