Francisco llevaba dos horas en el sofá. El partido ya había terminado y el celular de Silvia no contestaba. Le había escrito tres veces: “¿ya vienes?”, “se enfría la cena”, “avísame”. Nada. El se dijo así mismo que el tráfico estaba pesado y que ella siempre llegaba. Se quedó con el control en la mano, aburrido, sin sospechar.
A esa misma hora Silvia estaba en el departamento de Omar, de rodillas en la alfombra. Había llegado directo del trabajo, a buscar desesperada a su ex ya que el le daba los mejores orgasmos. Omar la recibe en la puerta, le da un beso y la empuja hacia adentro.
—Tu esposo te está esperando —dijo, mientras ella le bajaba el cierre de su pantalón de una manera desesperada.
—Que espere. Yo no puedo esperar más a tu rica verga.
Ella se metio la verga de Omar a su boca humeda y deseosa de complacer a la verga que estaba apunto de darle unos increíbles orgasmos . Después de mucho, Omar le agarró el pelo y se corrió en su lengua. Silvia no escupió. Se lo tragó casi todo y dejó que el resto le quedara en los labios. Después Omar la puso en la cama, le lamió los pezones hasta dejarlos duros y se la folló sin condón. Se corrió otra vez dentro, profundo, y le manchó las tetas con lo que quedó en la mano.
—No te limpies —le ordenó—. Quiero que llegues así. Que te bese la boca y no sepa de quién es.
Silvia se vistió sin pasarse agua. El semen le escurría un poco entre las piernas y se le secaba en el pecho debajo de la blusa. A las once y cuarto abrió la puerta de su casa.
Francisco se levantó de un salto, aliviado.
—Pensé que te había pasado algo.
—Se me acabó la pila y el metro se atrasó —dijo ella, con la voz un poco ronca.
Él no preguntó más. La abrazó y la besó en la boca. Silvia abrió los labios y lo dejó probar. Francisco notó un sabor raro, salado, pero lo tomó por el día largo y el calor. Siguió besándola, agradecido de que hubiera llegado.
—Estás sudada —murmuró contra su cuello.
—Hoy sude demasiado porquese averióel elevador.
Francisco le desabrochó la blusa. Los pezones todavía estaban sensibles y con un brillo que no era solo sudor. Él los chupó con ganas, lento, como siempre le gustaba hacer. Silvia miró el techo y dejó que lamiera lo que Omar había dejado. Después la sentó en el sofá, le subió la falda y se arrodilló. El semen de Omar seguía ahí, mezclado con ella. Francisco lo lamió sin detenerse, feliz, crédulo, convencido de que ese sabor era solo de su esposa después de un día sin ducharse.
Silvia le acarició el pelo y sonrió apenas.
En el otro lado de la ciudad, Omar miró la hora y se rio solo. Sabía exactamente lo que Francisco estaba haciendo en ese momento, y que no iba a sospechar nada.
A esa misma hora Silvia estaba en el departamento de Omar, de rodillas en la alfombra. Había llegado directo del trabajo, a buscar desesperada a su ex ya que el le daba los mejores orgasmos. Omar la recibe en la puerta, le da un beso y la empuja hacia adentro.
—Tu esposo te está esperando —dijo, mientras ella le bajaba el cierre de su pantalón de una manera desesperada.
—Que espere. Yo no puedo esperar más a tu rica verga.
Ella se metio la verga de Omar a su boca humeda y deseosa de complacer a la verga que estaba apunto de darle unos increíbles orgasmos . Después de mucho, Omar le agarró el pelo y se corrió en su lengua. Silvia no escupió. Se lo tragó casi todo y dejó que el resto le quedara en los labios. Después Omar la puso en la cama, le lamió los pezones hasta dejarlos duros y se la folló sin condón. Se corrió otra vez dentro, profundo, y le manchó las tetas con lo que quedó en la mano.
—No te limpies —le ordenó—. Quiero que llegues así. Que te bese la boca y no sepa de quién es.
Silvia se vistió sin pasarse agua. El semen le escurría un poco entre las piernas y se le secaba en el pecho debajo de la blusa. A las once y cuarto abrió la puerta de su casa.
Francisco se levantó de un salto, aliviado.
—Pensé que te había pasado algo.
—Se me acabó la pila y el metro se atrasó —dijo ella, con la voz un poco ronca.
Él no preguntó más. La abrazó y la besó en la boca. Silvia abrió los labios y lo dejó probar. Francisco notó un sabor raro, salado, pero lo tomó por el día largo y el calor. Siguió besándola, agradecido de que hubiera llegado.
—Estás sudada —murmuró contra su cuello.
—Hoy sude demasiado porquese averióel elevador.
Francisco le desabrochó la blusa. Los pezones todavía estaban sensibles y con un brillo que no era solo sudor. Él los chupó con ganas, lento, como siempre le gustaba hacer. Silvia miró el techo y dejó que lamiera lo que Omar había dejado. Después la sentó en el sofá, le subió la falda y se arrodilló. El semen de Omar seguía ahí, mezclado con ella. Francisco lo lamió sin detenerse, feliz, crédulo, convencido de que ese sabor era solo de su esposa después de un día sin ducharse.
Silvia le acarició el pelo y sonrió apenas.
En el otro lado de la ciudad, Omar miró la hora y se rio solo. Sabía exactamente lo que Francisco estaba haciendo en ese momento, y que no iba a sospechar nada.
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