Había pasadopoco más de una semana desde que Dantas y Virginia se mudaron a su nuevo departamento.Todavía llevaban consigo algunos objetos de la mudanza en pequeñas cajas quehabían dejado en casa de la madre de ella; objetos pequeños y delicados que nohabían querido empacar con las pertenencias más pesadas.
Esto puso aDantas de mal humor porque tenía que ir a casa de su suegra con más frecuenciay cargar constantemente cajas que parecían interminables. Su esposa era profesorade matemáticas y estaba fuera de casa todo el día, mientras que él estaba devacaciones y, al contrario de lo que había imaginado, no había podido descansarni un solo día.
En una de susvisitas a casa de su suegra, la pareja se topó con Doña Lucinda en el ascensor.Lucinda era una de esas mujeres religiosas, algo desconfiadas y un tantofanáticas, y Penélope, su hija adolescente, rebosaba de personalidad. En cuantoDantas las vio, se imaginó lo curioso que debía ser para una mujer evangélicavivir en la misma casa que una hija que vestía con ropa tan corta.
Simplemente lassaludó y permaneció en silencio, mientras su esposa entablaba conversación conlas dos mujeres durante el trayecto en ascensor. Sin embargo, por mucho que lointentara, no pudo evitar mirar de reojo a la joven.

Casualmente,ambos vivían en el mismo piso que Dantas y Virginia, concretamente en el departamentode al lado. Esto les dio pie para prolongar un poco más la conversación, ymientras charlaban, Dantas pudo deleitarse discretamente con la belleza y lajuventud de Penélope.
Mientras suesposa y doña Lucinda charlaban trivialidades afuera, él observaba las curvasde la muchacha siempre que podía, y parecía que ella lo notaba y siempre se lasarreglaba para mantenerse a la vista. Dantas pensó que había cierta malicia enesa muchacha, aunque intentara ocultarla.
Mientras sumadre insinuaba temas bíblicos a la pareja recién conocida, Penélope observabatodo con aire de “Ya vi esta película muchas veces” y le dirigió a Dantas unamirada sonriente, creando cierta complicidad entre ambos. Entonces, al darsecuenta de que la conversación estaba llegando a su fin, con su madre yadespidiéndose de Virginia, se agachó para ajustarse el zapato, justo delante deDantas, quien casi sufre un infarto. Los ajustados pantalones cortos quellevaba se encogieron aún más, revelando casi todo lo que él quería ver en esemomento. Su primera reacción fue abrir los ojos de par en par, la segunda fueapartar la mirada hacia su esposa, tratando de evitar ser descubierto, peroella no notó nada, tan absorta estaba con Doña Lucinda.

Dantas disimulósus sentimientos lo mejor que pudo, como exige la ocasión. Virginia comentó quedoña Lucinda intentaba parecer razonable, pero en el fondo era una de esaspersonas religiosas intransigentes, y en un momento dado mencionó a Penélope.
“Se necesitavalor para usar un atuendo así frente a una madre evangélica, ¿no crees?”
“Oh, no lo sé.Los adolescentes son así.”
“Cómo esposible, ¿verdad? Aunque, con un cuerpo así, debería lucirlo sin duda, al fin yal cabo, el tiempo vuela.”
Apuesto a quesu ropa debe provocar muchas peleas entre ellas dos. Parece que su padre novive con ellas, o solo aparece de vez en cuando, no lo entendí del todo.
“Cariño, no tengonada en contra de hacerme amigo de los vecinos, pero ¿podemos cenar pronto? Memuero de hambre.”
Con ese final,intentaba fingir desinterés. Por dentro, ardía de rabia, y por eso queríacambiar de tema urgentemente, para no contradecirse.
Pero entonces,después de cenar, sonó el timbre y Penélope apareció en la puerta con un trozode pastel.
Parecía que elpastel debía de estar delicioso, pero francamente, ella era mucho másatractiva, con esa dulce sonrisa y ese cuerpo maravilloso envuelto de forma tandivina en esas telas escasas.

“No me hagancaso, pero mi madre pensó que debía darles la bienvenida y me pidió que trajeraeste trozo de pastel. En realidad, le gusta saber todo lo que pasa con losvecinos y usa estos pasteles como pretexto, pero cocina muy bien, pueden estarseguro. Está delicioso.”
"Vos sosla que está deliciosa", pensó Dantas para sí mismo. Se mantuvo a ciertadistancia mientras los dos mantenían una larga conversación en el sofá de lasala. Penélope llevaba puestos los mismos shorts deliciosos de hacía unashoras. A Virginia no pareció importarle, porque ese gesto de traer el pastel yser tan abierta sobre las intenciones de su madre la hizo simpatizar con lachica incondicionalmente. Además, Penélope sí que sabía cómo hacer amigos yexpresarse. Dantas pasó por la sala un par de veces con el pretexto de ir abuscar algo y pudo deleitarse con la vista de esas piernas maravillosas. En unade esas ocasiones, Penélope se dio cuenta de la maniobra, pues seguramenteestaba acostumbrada a las miradas lujuriosas que despertaba en los hombres.Cruzó las piernas de una manera que le aceleró el pulso.
Ella eraatractiva y lo sabía. Uno de los momentos más cruciales fue cuando Virginiasalió de la habitación por unos instantes solo para vaciar el plato del pastel,y los dos se miraron de una manera que le hizo estar seguro de que algo iba asuceder.

Dos nochesdespués, Virginia le pidió a su marido que fuera a la panadería a comprar pan yleche, pues tenía hambre pero no quería cenar. Él notó que ella había empezadoa cuidarse más, quizás influenciada por la juventud de Penélope, quién sabe.Era una mujer hermosa y atractiva, sin duda, pero el tiempo no perdona a nadie.Y ver a una adolescente tan atractiva le hizo querer recuperar su figura.
Dantas aún noconocía bien el barrio y tardó un rato en encontrar la panadería, pero noimportaba; al fin y al cabo, no tenía prisa. Aprovechaba sus paseos parafamiliarizarse un poco más con el vecindario. Se tomaba una cerveza, pensandosiempre en Penélope. Ella ya no iba a su casa, y Dantas pensaba que quizásaquel coqueteo de la primera vez lo había interpretado como una simpledistracción pasajera. ¿A qué mujer no le gusta sentirse admirada? Pero, siendocompletamente sincero consigo mismo, cada vez que tenía que salir, esperabaencontrarla en el pasillo, en el ascensor o por el barrio. Con estospensamientos rondando por su cabeza, emprendió el camino de vuelta a casa, y encuanto entró en el edificio y pasó el parque infantil, vio a unas personas enla parte más oscura, ocultas entre los árboles. Eran Penélope y su novio. Éltenía la mano dentro de sus pantalones, y ella le permitía explorarla sinninguna vergüenza. Dantas aminoró el paso y casi se detuvo frente a ellos. Elchico ni se dio cuenta, estaba tan distraído, pero ella sí. En lugar deintentar esconderse, le sonrió a su vecino. Una sonrisa leve y traviesa, comodiciendo: "¿Lo estás pasando bien?".

Dantas tomó elascensor, consternado por lo que acababa de presenciar. Le hervía la sangre ysentía que todo su cuerpo ardía. Dos días sin verla, y cuando finalmente lavio, fue así. Hacía mucho tiempo que no sentía una emoción semejante. Era unhombre tranquilo, nunca había coqueteado con nadie después de casarse, y ahorauna chica que acababa de conocer lo estaba volviendo loco.
Al llegar acasa, dejó el pan y la leche sobre la mesada y fue a donde estaba su esposa, enel salón, corrigiendo algunos exámenes.
Se quedócompletamente sorprendida cuando su marido, ya desnudo de la cintura para abajoy con una erección envidiable, la agarró por detrás, le bajó la ropa y lapenetró de un solo movimiento.
Esa repentinalibido era incomprensible.
Antes de quepudiera comprender lo que sucedía, sintió a su marido penetrándola con furia,esparciendo los papeles por el suelo y creando un desastre terrible. Intentódiscutir, preguntar qué pasaba, pero él la besó con voracidad, impidiendocualquier diálogo. Cuando finalmente logró un respiro, preguntó con dificultad:
“¿Qué es esto,amor?...Hmmmmm...¿qué pasó?”
Ni siquiera seinmutó y continuó penetrándola desesperadamente.

A la mañanasiguiente, Penélope apareció de nuevo. Virginia abrió la puerta y, una vez más,charlaron animadamente durante media hora, como si fueran viejas amigas. Lecontó que aprovechaba que su madre iba a la iglesia para no darle motivos para interrogarla,aunque, “para ser sincera, no para de animarme a venir acá para oír chismessobre ustedes dos, ¿sabés?”. Ambas soltaron una carcajada. Virginia miró sureloj y se sobresaltó.
Había perdidola noción del tiempo y tenía que irse corriendo a dar clase. Se preparó a todaprisa, se disculpó y se marchó.
“No tenés queirte. Podés quedarte acá, Dantas no tendrá problemas, ¿verdad, cariño?”
Resultabaextraño que su esposa mostrara tanto liberalismo, por muy unidos queestuvieran.
¿Acaso no sedaba cuenta del peligro de dejar a una chica vestida así en el mismo lugar queun hombre, casado o no? En fin, él no iba a quejarse, y de hecho, en los díassiguientes Penélope empezó a visitarlos constantemente. Al principio, veníacuando Virginia todavía estaba en casa y se iba con ella, pero después empezó avolver también por la tarde, cuando Dantas estaba solo. Y siempre conminifaldas o pantalones cortos ajustados. Incluso tenía un sitio favorito en elsofá, y un día, mientras hablaban, preguntó si podía recostarse. ¿Cómo iba anegarse? Los dos se quedaron en silencio unos diez minutos.
Simplementemantuvieron la mirada fija el uno en el otro hasta que el ascensor anunció lallegada de su madre y ella salió.

Al díasiguiente de aquella mirada mutua, Dantas esperó ansiosamente su llegadatemprano por la mañana, como ella había estado haciendo regularmente en losúltimos días, pero llegó la hora de la partida de Virginia y Penélope no estabapor ningún lado. Una vez más, se sintió inseguro, preguntándose si tal vezhabía malinterpretado la mirada de aquella chica que definitivamente le habíarobado la paz. Incluso pensó que tal vez había exagerado, pero luego concluyóque no. "Para nada". Esas poses, esas sonrisas sugerentes, y especialmenteesa ropa que revelaba casi todo, era la medida justa entre la locura y elescalofrío que le recorría la espalda. No era un tipo coqueto, pero sabíacuándo una mujer mostraba interés. Fue entonces cuando se dio cuenta:"¿Una mujer? ¿Qué estoy diciendo? ¡Es solo una jovencita recién salida dela secundaria!". Llevaba media hora con este dilema cuando sonó el timbrey, finalmente, le estalló la cabeza. Penélope apareció en su puerta, con elpelo mojado, envuelta en una toalla, dejando ver una parte de su bombacha.
“¿Puedoterminar de ducharme acá? ¿Podés creer que mi ducha se rompió justo cuandoestaba a punto de enjabonarme?”
Dantaspermaneció inmóvil, sin reacción, con los ojos bien abiertos.
“Entonces,¿puedo o no puedo? Decidite rápido, solo llevo puesta una toalla.”
No dijo nada,solo abrió un poco más la puerta y se hizo a un lado, dejándola pasar yobservándola. Cerró la puerta apresuradamente. Dos vueltas de la llave, más lacadena. Por si acaso.

Penélope sesentía tan a gusto en la casa que fue directamente al baño. Ni siquiera cerróla puerta con llave. Dantas estaba en la sala, decidiendo qué hacer, cuando oyóel sonido de la ducha al abrirse. Miró el reloj. Debía tener al menos una horaantes de que Virginia volviera del trabajo. Normalmente, a esa hora Penélope yaestaría saliendo de casa, dando por terminada la visita, no empezándola. ¿Quéhacer? ¿Qué hacer?
"¿Me podéshacer un favor?" Escuchó la voz que venía del baño. Era justo lo que másdeseaba oír, y también lo que más temía.
Cuando llegó, lapuerta estaba abierta, estaba cerrando la ducha y... Penélope estabacompletamente desnuda frente a él. Desnuda. Preciosa. Sexy. Excitada. Justocomo había querido verla durante mucho tiempo.
“¿Vamos acontinuar con este jueguito o me vas a enseñar cómo lo hace un hombre con másexperiencia?”
Directo almentón. Un disparo a quemarropa. No había lugar a dudas. Esa chica, desnudafrente a él, buscando pelea.
Quería seguiradelante, pero en el último momento miró la hora. "Me encontré conVirginia esta mañana en la puerta. Me dijo que llegaría más tarde y que se lehabía olvidado avisarte".
Eso bastó para continuar.Él entró al baño. Ella dejó caer su ropa al suelo y, con el pelo aún húmedo, ledio un largo beso en el cuello que le provocó escalofríos. Mientras él serecuperaba de aquel primer encuentro, Penélope, con su mano suave y delicada,bajó la cremallera de sus pantalones con cierta dificultad, debido a loajustada que estaba por la presión.
“Apuesto a que latenés más grande que mi novio”.

Era increíble.Todos sus sentidos estaban en alerta máxima. Su pulso se aceleraba, surespiración era agitada. Aquella mano había traspasado cada capa de tela. Ahoraestaba en contacto directo con su verga. El contraste era embriagador. Elmúsculo caliente y duro contra la mano fría y suave. El pulso contra lasuavidad.
Y entonces,comenzó a frotar de un lado a otro, con la ternura y delicadeza que solo lamano de una mujer puede brindar, y cuando él pensó que había alcanzado elclímax, ella lo sorprendió con un beso en cámara lenta. Ah, así era el paraíso.Ella masajeó suavemente su miembro erecto, sin prisa, demostrando el conocimientoque tenía.
“Mmmmmmm... losabía. Es mucho más grande.”
Su mano ahoramasajeaba las bolas, que estaban rojas y a punto de reventar, como globosllenos de agua.
Penélope dejócaer la toalla al suelo y lo masajeó con ambas manos, sin dejar de besarlo. Esecabello perfumado, esa boca suave... esa lengua atrevida. Sin darse cuenta, élmovía las caderas de un lado a otro, apoyándose en su mano.
Deseabapenetrarla. La vacilación inicial había dado paso a un apetito enorme.
Necesitabadevorar a esa criatura. Demostrarle cómo lo hace un hombre experimentado. Yentonces él también empezó a actuar.
Le tocó lacara, el cuello y bajó hasta la cintura. Qué piel tan suave. El aroma delchampú, el perfume natural. “Qué hermosa concha”, pensó. Decidió que lo mejorera contenerse en ese momento. Le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia sí,mostrándole lo que deseaba.

Sin prisaalguna, ella extendió la toalla en el suelo con mucho orden. ¿Quién tenía elcontrol? ¿Quién tenía la experiencia? Dantas deseaba tumbarla y hundir su vergaen esa tierna y deliciosa vagina, pero se contuvo. Ella se arrodilló ante él y,sin restricciones, comenzó a lamerle la punta de la verga. Recorrió con lalengua toda su longitud, provocándole suspiros y gemidos que resonaban en lasparedes del baño. Dantas le puso la mano en la cabeza y le dejó claro lo quequería, y ella lo tomó en su boca. Sostuvo la punta entera entre sus labios ydejó que su lengua la rodeara justo en el pliegue de la piel.
“¡Mierda...!”
Para entonces, elcalor de sus cuerpos le había secado el pelo por completo. Ni siquiera parecíaque acababa de ducharse. Abrió un poco más la cremallera y se metió bajo suescroto con la lengua. Él se sujetó la verga con una mano y dejó que ellacorriera con la boca por debajo, lamiendo todo lo que encontraba delante.Dantas bajó la mirada de vez en cuando, hasta ver cómo la cabeza de su vergadesaparecía por completo.
Ella salivabaprofusamente. La baba goteaba literalmente, empapando el suelo. Él le sujetó lacabeza con ambas manos y comenzó a domarla, guiando sus movimientos, y de vezen cuando oía el sonido de una botella descorchándose cuando su verga seescapaba de la succión de esa boca incomparable. Para alcanzar ese nivel deperfección, se necesita mucha práctica. Ni siquiera su esposa lo hacía tanbien.
"Vamos alsalón, me empiezan a doler las rodillas", dijo ella.

El trayecto delbaño al sofá fue rapidísimo, casi como por teletransportación. Dantas vio unaventana abierta y se puso nervioso. Estaba acostumbrado a vivir toda su vida enuna planta baja. Ahora estaban en el decimosexto piso. Alguien podría verlos,pero sería imposible identificarlos. Sin darse cuenta, se encontró sentado enel sofá del salón, donde la había visto tantas veces charlando animadamente consu esposa y anhelando lo que estaba sucediendo en ese momento. Penélope seacercó y se sentó lentamente en su regazo. Estaba tan mojada y a la vez tanapretada. Bajó lentamente, controlando la penetración. Él solo le sostuvosuavemente las caderas y disfrutó del instante.
Recostado en elsofá, no podía cerrar los ojos. No quería perderse ni un segundo. Queríaguardar cada instante de aquel momento en su memoria. Ella comenzó a moversecon más ímpetu, con las manos apoyadas en sus hombros, y en cuestión de minutossu respiración empezó a cambiar. Temblaba ligeramente, apretaba, presionaba. Élnotó las señales. Penélope estaba a punto de llegar al clímax. Entonces sonó elteléfono.
Sin inmutarse,le hizo un gesto para que continuara, y mientras Dantas la penetraba desdeabajo, ella contestó el teléfono.
“Hola,Virginia. Estoy acá... eh... vine a entregar... el mensaje... para Dantas... lohabía olvidado... No es nada. Estaba a punto de estornudar, eso es todo. Dantasestá en el baño. ¿Querés que lo llame? De acuerdo. Le diré que llamaste.”
Luego de unossegundos de consternación, mientras apretaba los dientes, Dantas eyaculó.
“Ahhhhhhhnnnnnn...uuuhhhhhhhhhhhnnn...hhhaaannnn...”
Ella colgó elteléfono y llegó casi al mismo tiempo.

¿Disfrutandoasí mientras hablaba por teléfono con Virginia? ¿Quién era esa chica? ¿Cómopodía tener tanta seguridad en sí misma? Dantas finalmente empezó a comprenderla situación. Toda su modestia, sus dudas y vacilaciones eran innecesarias.Penélope era mucho más de lo que aparentaba.
Era hermosa ymuy segura de sí misma.
Observó cómoreaccionaría ella después de llegar y se dio cuenta de que Penélope insinuabaque podía hacer lo que quisiera, que ya no le interesaba controlar nada. “Eshora de hacer mi parte”, pensó. La condujo a la mesa y la hizo arrodillarse enel taburete donde había tenido relaciones sexuales con su esposa días antes, enun arrebato de rabia tras presenciar la escena en el parque infantil. Comenzó arozar suavemente la punta de su verga contra la entrada de su ano.
“N-no... nuncahice eso...”
Esas palabraseran mágicas para él.
La sujetó porla cintura con ambas manos, inmovilizándola, y comenzó a penetrarla a lafuerza. Sintió cómo sus músculos se contraían, intentando evitar lapenetración, pero él los ignoró por completo. Penélope dejó escapar un suavegemido al principio, seguido de un gemido prolongado. Dantas la penetró pordetrás, introduciendo su verga y deteniéndose justo después de la punta, paraenterrarla luego casi hasta la mitad. Permaneció inmóvil por un instante,sintiendo las palpitaciones del ano de Penélope y sus contraccionesinvoluntarias.
Obviamente,ella no lo había planeado.

Tras penetrarlapor detrás durante unos minutos, y al darse cuenta de que finalmente se habíarendido y aceptado la situación, tomó el control total y le practicó sexo analdel mismo modo que lo hacía con su esposa de vez en cuando, con un poco más deprecaución, pues sabía que era su primera vez. Penélope exhaló lentamente, comopequeñas descargas controladas entre sus labios casi sellados.
El sudor legoteaba por la frente, y en esos momentos Dantas hundía su verga aún más. Ellaarqueó la espalda, separó las piernas y, a pesar del dolor y la angustia quereflejaba su rostro, no se rendía.
“¡Malditoseas...! ¡Lo hiciste antes que mi novio!”
Al oír esto,Dantas casi eyaculó. Había marcado su territorio. Había dejado su huella. Elplacer se acercaba. Podía sentirlo. Entonces, hizo lo que había deseado hacerdurante mucho tiempo. Se sentó y la colocó sobre su regazo.
“Vení acá, nena.Voy a abrirte el culo como lo merecés. ¡Sentate acá!”
La penetródesde abajo, manteniéndola suspendida en sus brazos. No era ligera, pero laexcitación le daba fuerzas.
“Llegárápido...ohhh...por favor... ¡llegá rápido!”
Unas cuatro ocinco embestidas más fuertes y sintió esa descarga eléctrica que comenzó en susmuslos y se extendió por todo su cuerpo.

Al sentir que descargabael primer chorro se semen en el apretado culo de Penélope, y a pesar deresistirse a retirarse, finalmente, la obligó a arrodillarse apresuradamente.Siempre controlando el resultado, la agarró por la nuca y la obligó a enterrarel rostro entre sus piernas de nuevo. La chica era astuta.
Comenzó a lamersus testículos con la lengua, envolviéndolos, para luego tragarlos y despuésliberarlos.
Dantas se apoyóen la mesa y eyaculó con gusto.
Si hubierahabido alguien en el pasillo, sin duda habrían oído esos aullidos y gemidosprolongados que no podía contener.
Grandes vetasde una sustancia blanca y viscosa corrían por el cabello negro y el rostro dePenélope, mientras ella continuaba masturbándose y lamiendo hasta que cesó laerupción.
Soltó la vergahinchada, pero ahora medio flácido, que cayó pesadamente sobre su cara,mientras ella daba los toques finales con su atrevida lengua entre las piernasdel marido de su amiga. Justo a tiempo, los dos se vistieron de nuevo. Tanpronto como Penélope entró en su departamento, el ascensor sonó. Virginia yDoña Lucinda salieron al mismo tiempo, entablando conversación, y continuaronsu charla durante unos minutos más en el pasillo, hasta que Dantas abrió lapuerta como si sintiera curiosidad por la charla, y casi simultáneamentePenélope también asomó la cabeza por la otra puerta, en perfecta sincroníaentre vecinos. Quizás esa historia podría haber continuado, quizás habríaterminado ahí mismo.
Dantas no podíaasegurarlo. Lo que sí sabía era que a veces es muy bueno no saberlo todo,porque siempre se pueden aprender cosas nuevas de las personas menos esperadas.

FIN
Esto puso aDantas de mal humor porque tenía que ir a casa de su suegra con más frecuenciay cargar constantemente cajas que parecían interminables. Su esposa era profesorade matemáticas y estaba fuera de casa todo el día, mientras que él estaba devacaciones y, al contrario de lo que había imaginado, no había podido descansarni un solo día.
En una de susvisitas a casa de su suegra, la pareja se topó con Doña Lucinda en el ascensor.Lucinda era una de esas mujeres religiosas, algo desconfiadas y un tantofanáticas, y Penélope, su hija adolescente, rebosaba de personalidad. En cuantoDantas las vio, se imaginó lo curioso que debía ser para una mujer evangélicavivir en la misma casa que una hija que vestía con ropa tan corta.
Simplemente lassaludó y permaneció en silencio, mientras su esposa entablaba conversación conlas dos mujeres durante el trayecto en ascensor. Sin embargo, por mucho que lointentara, no pudo evitar mirar de reojo a la joven.

Casualmente,ambos vivían en el mismo piso que Dantas y Virginia, concretamente en el departamentode al lado. Esto les dio pie para prolongar un poco más la conversación, ymientras charlaban, Dantas pudo deleitarse discretamente con la belleza y lajuventud de Penélope.
Mientras suesposa y doña Lucinda charlaban trivialidades afuera, él observaba las curvasde la muchacha siempre que podía, y parecía que ella lo notaba y siempre se lasarreglaba para mantenerse a la vista. Dantas pensó que había cierta malicia enesa muchacha, aunque intentara ocultarla.
Mientras sumadre insinuaba temas bíblicos a la pareja recién conocida, Penélope observabatodo con aire de “Ya vi esta película muchas veces” y le dirigió a Dantas unamirada sonriente, creando cierta complicidad entre ambos. Entonces, al darsecuenta de que la conversación estaba llegando a su fin, con su madre yadespidiéndose de Virginia, se agachó para ajustarse el zapato, justo delante deDantas, quien casi sufre un infarto. Los ajustados pantalones cortos quellevaba se encogieron aún más, revelando casi todo lo que él quería ver en esemomento. Su primera reacción fue abrir los ojos de par en par, la segunda fueapartar la mirada hacia su esposa, tratando de evitar ser descubierto, peroella no notó nada, tan absorta estaba con Doña Lucinda.

Dantas disimulósus sentimientos lo mejor que pudo, como exige la ocasión. Virginia comentó quedoña Lucinda intentaba parecer razonable, pero en el fondo era una de esaspersonas religiosas intransigentes, y en un momento dado mencionó a Penélope.
“Se necesitavalor para usar un atuendo así frente a una madre evangélica, ¿no crees?”
“Oh, no lo sé.Los adolescentes son así.”
“Cómo esposible, ¿verdad? Aunque, con un cuerpo así, debería lucirlo sin duda, al fin yal cabo, el tiempo vuela.”
Apuesto a quesu ropa debe provocar muchas peleas entre ellas dos. Parece que su padre novive con ellas, o solo aparece de vez en cuando, no lo entendí del todo.
“Cariño, no tengonada en contra de hacerme amigo de los vecinos, pero ¿podemos cenar pronto? Memuero de hambre.”
Con ese final,intentaba fingir desinterés. Por dentro, ardía de rabia, y por eso queríacambiar de tema urgentemente, para no contradecirse.
Pero entonces,después de cenar, sonó el timbre y Penélope apareció en la puerta con un trozode pastel.
Parecía que elpastel debía de estar delicioso, pero francamente, ella era mucho másatractiva, con esa dulce sonrisa y ese cuerpo maravilloso envuelto de forma tandivina en esas telas escasas.

“No me hagancaso, pero mi madre pensó que debía darles la bienvenida y me pidió que trajeraeste trozo de pastel. En realidad, le gusta saber todo lo que pasa con losvecinos y usa estos pasteles como pretexto, pero cocina muy bien, pueden estarseguro. Está delicioso.”
"Vos sosla que está deliciosa", pensó Dantas para sí mismo. Se mantuvo a ciertadistancia mientras los dos mantenían una larga conversación en el sofá de lasala. Penélope llevaba puestos los mismos shorts deliciosos de hacía unashoras. A Virginia no pareció importarle, porque ese gesto de traer el pastel yser tan abierta sobre las intenciones de su madre la hizo simpatizar con lachica incondicionalmente. Además, Penélope sí que sabía cómo hacer amigos yexpresarse. Dantas pasó por la sala un par de veces con el pretexto de ir abuscar algo y pudo deleitarse con la vista de esas piernas maravillosas. En unade esas ocasiones, Penélope se dio cuenta de la maniobra, pues seguramenteestaba acostumbrada a las miradas lujuriosas que despertaba en los hombres.Cruzó las piernas de una manera que le aceleró el pulso.
Ella eraatractiva y lo sabía. Uno de los momentos más cruciales fue cuando Virginiasalió de la habitación por unos instantes solo para vaciar el plato del pastel,y los dos se miraron de una manera que le hizo estar seguro de que algo iba asuceder.

Dos nochesdespués, Virginia le pidió a su marido que fuera a la panadería a comprar pan yleche, pues tenía hambre pero no quería cenar. Él notó que ella había empezadoa cuidarse más, quizás influenciada por la juventud de Penélope, quién sabe.Era una mujer hermosa y atractiva, sin duda, pero el tiempo no perdona a nadie.Y ver a una adolescente tan atractiva le hizo querer recuperar su figura.
Dantas aún noconocía bien el barrio y tardó un rato en encontrar la panadería, pero noimportaba; al fin y al cabo, no tenía prisa. Aprovechaba sus paseos parafamiliarizarse un poco más con el vecindario. Se tomaba una cerveza, pensandosiempre en Penélope. Ella ya no iba a su casa, y Dantas pensaba que quizásaquel coqueteo de la primera vez lo había interpretado como una simpledistracción pasajera. ¿A qué mujer no le gusta sentirse admirada? Pero, siendocompletamente sincero consigo mismo, cada vez que tenía que salir, esperabaencontrarla en el pasillo, en el ascensor o por el barrio. Con estospensamientos rondando por su cabeza, emprendió el camino de vuelta a casa, y encuanto entró en el edificio y pasó el parque infantil, vio a unas personas enla parte más oscura, ocultas entre los árboles. Eran Penélope y su novio. Éltenía la mano dentro de sus pantalones, y ella le permitía explorarla sinninguna vergüenza. Dantas aminoró el paso y casi se detuvo frente a ellos. Elchico ni se dio cuenta, estaba tan distraído, pero ella sí. En lugar deintentar esconderse, le sonrió a su vecino. Una sonrisa leve y traviesa, comodiciendo: "¿Lo estás pasando bien?".

Dantas tomó elascensor, consternado por lo que acababa de presenciar. Le hervía la sangre ysentía que todo su cuerpo ardía. Dos días sin verla, y cuando finalmente lavio, fue así. Hacía mucho tiempo que no sentía una emoción semejante. Era unhombre tranquilo, nunca había coqueteado con nadie después de casarse, y ahorauna chica que acababa de conocer lo estaba volviendo loco.
Al llegar acasa, dejó el pan y la leche sobre la mesada y fue a donde estaba su esposa, enel salón, corrigiendo algunos exámenes.
Se quedócompletamente sorprendida cuando su marido, ya desnudo de la cintura para abajoy con una erección envidiable, la agarró por detrás, le bajó la ropa y lapenetró de un solo movimiento.
Esa repentinalibido era incomprensible.
Antes de quepudiera comprender lo que sucedía, sintió a su marido penetrándola con furia,esparciendo los papeles por el suelo y creando un desastre terrible. Intentódiscutir, preguntar qué pasaba, pero él la besó con voracidad, impidiendocualquier diálogo. Cuando finalmente logró un respiro, preguntó con dificultad:
“¿Qué es esto,amor?...Hmmmmm...¿qué pasó?”
Ni siquiera seinmutó y continuó penetrándola desesperadamente.

A la mañanasiguiente, Penélope apareció de nuevo. Virginia abrió la puerta y, una vez más,charlaron animadamente durante media hora, como si fueran viejas amigas. Lecontó que aprovechaba que su madre iba a la iglesia para no darle motivos para interrogarla,aunque, “para ser sincera, no para de animarme a venir acá para oír chismessobre ustedes dos, ¿sabés?”. Ambas soltaron una carcajada. Virginia miró sureloj y se sobresaltó.
Había perdidola noción del tiempo y tenía que irse corriendo a dar clase. Se preparó a todaprisa, se disculpó y se marchó.
“No tenés queirte. Podés quedarte acá, Dantas no tendrá problemas, ¿verdad, cariño?”
Resultabaextraño que su esposa mostrara tanto liberalismo, por muy unidos queestuvieran.
¿Acaso no sedaba cuenta del peligro de dejar a una chica vestida así en el mismo lugar queun hombre, casado o no? En fin, él no iba a quejarse, y de hecho, en los díassiguientes Penélope empezó a visitarlos constantemente. Al principio, veníacuando Virginia todavía estaba en casa y se iba con ella, pero después empezó avolver también por la tarde, cuando Dantas estaba solo. Y siempre conminifaldas o pantalones cortos ajustados. Incluso tenía un sitio favorito en elsofá, y un día, mientras hablaban, preguntó si podía recostarse. ¿Cómo iba anegarse? Los dos se quedaron en silencio unos diez minutos.
Simplementemantuvieron la mirada fija el uno en el otro hasta que el ascensor anunció lallegada de su madre y ella salió.

Al díasiguiente de aquella mirada mutua, Dantas esperó ansiosamente su llegadatemprano por la mañana, como ella había estado haciendo regularmente en losúltimos días, pero llegó la hora de la partida de Virginia y Penélope no estabapor ningún lado. Una vez más, se sintió inseguro, preguntándose si tal vezhabía malinterpretado la mirada de aquella chica que definitivamente le habíarobado la paz. Incluso pensó que tal vez había exagerado, pero luego concluyóque no. "Para nada". Esas poses, esas sonrisas sugerentes, y especialmenteesa ropa que revelaba casi todo, era la medida justa entre la locura y elescalofrío que le recorría la espalda. No era un tipo coqueto, pero sabíacuándo una mujer mostraba interés. Fue entonces cuando se dio cuenta:"¿Una mujer? ¿Qué estoy diciendo? ¡Es solo una jovencita recién salida dela secundaria!". Llevaba media hora con este dilema cuando sonó el timbrey, finalmente, le estalló la cabeza. Penélope apareció en su puerta, con elpelo mojado, envuelta en una toalla, dejando ver una parte de su bombacha.
“¿Puedoterminar de ducharme acá? ¿Podés creer que mi ducha se rompió justo cuandoestaba a punto de enjabonarme?”
Dantaspermaneció inmóvil, sin reacción, con los ojos bien abiertos.
“Entonces,¿puedo o no puedo? Decidite rápido, solo llevo puesta una toalla.”
No dijo nada,solo abrió un poco más la puerta y se hizo a un lado, dejándola pasar yobservándola. Cerró la puerta apresuradamente. Dos vueltas de la llave, más lacadena. Por si acaso.

Penélope sesentía tan a gusto en la casa que fue directamente al baño. Ni siquiera cerróla puerta con llave. Dantas estaba en la sala, decidiendo qué hacer, cuando oyóel sonido de la ducha al abrirse. Miró el reloj. Debía tener al menos una horaantes de que Virginia volviera del trabajo. Normalmente, a esa hora Penélope yaestaría saliendo de casa, dando por terminada la visita, no empezándola. ¿Quéhacer? ¿Qué hacer?
"¿Me podéshacer un favor?" Escuchó la voz que venía del baño. Era justo lo que másdeseaba oír, y también lo que más temía.
Cuando llegó, lapuerta estaba abierta, estaba cerrando la ducha y... Penélope estabacompletamente desnuda frente a él. Desnuda. Preciosa. Sexy. Excitada. Justocomo había querido verla durante mucho tiempo.
“¿Vamos acontinuar con este jueguito o me vas a enseñar cómo lo hace un hombre con másexperiencia?”
Directo almentón. Un disparo a quemarropa. No había lugar a dudas. Esa chica, desnudafrente a él, buscando pelea.
Quería seguiradelante, pero en el último momento miró la hora. "Me encontré conVirginia esta mañana en la puerta. Me dijo que llegaría más tarde y que se lehabía olvidado avisarte".
Eso bastó para continuar.Él entró al baño. Ella dejó caer su ropa al suelo y, con el pelo aún húmedo, ledio un largo beso en el cuello que le provocó escalofríos. Mientras él serecuperaba de aquel primer encuentro, Penélope, con su mano suave y delicada,bajó la cremallera de sus pantalones con cierta dificultad, debido a loajustada que estaba por la presión.
“Apuesto a que latenés más grande que mi novio”.

Era increíble.Todos sus sentidos estaban en alerta máxima. Su pulso se aceleraba, surespiración era agitada. Aquella mano había traspasado cada capa de tela. Ahoraestaba en contacto directo con su verga. El contraste era embriagador. Elmúsculo caliente y duro contra la mano fría y suave. El pulso contra lasuavidad.
Y entonces,comenzó a frotar de un lado a otro, con la ternura y delicadeza que solo lamano de una mujer puede brindar, y cuando él pensó que había alcanzado elclímax, ella lo sorprendió con un beso en cámara lenta. Ah, así era el paraíso.Ella masajeó suavemente su miembro erecto, sin prisa, demostrando el conocimientoque tenía.
“Mmmmmmm... losabía. Es mucho más grande.”
Su mano ahoramasajeaba las bolas, que estaban rojas y a punto de reventar, como globosllenos de agua.
Penélope dejócaer la toalla al suelo y lo masajeó con ambas manos, sin dejar de besarlo. Esecabello perfumado, esa boca suave... esa lengua atrevida. Sin darse cuenta, élmovía las caderas de un lado a otro, apoyándose en su mano.
Deseabapenetrarla. La vacilación inicial había dado paso a un apetito enorme.
Necesitabadevorar a esa criatura. Demostrarle cómo lo hace un hombre experimentado. Yentonces él también empezó a actuar.
Le tocó lacara, el cuello y bajó hasta la cintura. Qué piel tan suave. El aroma delchampú, el perfume natural. “Qué hermosa concha”, pensó. Decidió que lo mejorera contenerse en ese momento. Le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia sí,mostrándole lo que deseaba.

Sin prisaalguna, ella extendió la toalla en el suelo con mucho orden. ¿Quién tenía elcontrol? ¿Quién tenía la experiencia? Dantas deseaba tumbarla y hundir su vergaen esa tierna y deliciosa vagina, pero se contuvo. Ella se arrodilló ante él y,sin restricciones, comenzó a lamerle la punta de la verga. Recorrió con lalengua toda su longitud, provocándole suspiros y gemidos que resonaban en lasparedes del baño. Dantas le puso la mano en la cabeza y le dejó claro lo quequería, y ella lo tomó en su boca. Sostuvo la punta entera entre sus labios ydejó que su lengua la rodeara justo en el pliegue de la piel.
“¡Mierda...!”
Para entonces, elcalor de sus cuerpos le había secado el pelo por completo. Ni siquiera parecíaque acababa de ducharse. Abrió un poco más la cremallera y se metió bajo suescroto con la lengua. Él se sujetó la verga con una mano y dejó que ellacorriera con la boca por debajo, lamiendo todo lo que encontraba delante.Dantas bajó la mirada de vez en cuando, hasta ver cómo la cabeza de su vergadesaparecía por completo.
Ella salivabaprofusamente. La baba goteaba literalmente, empapando el suelo. Él le sujetó lacabeza con ambas manos y comenzó a domarla, guiando sus movimientos, y de vezen cuando oía el sonido de una botella descorchándose cuando su verga seescapaba de la succión de esa boca incomparable. Para alcanzar ese nivel deperfección, se necesita mucha práctica. Ni siquiera su esposa lo hacía tanbien.
"Vamos alsalón, me empiezan a doler las rodillas", dijo ella.

El trayecto delbaño al sofá fue rapidísimo, casi como por teletransportación. Dantas vio unaventana abierta y se puso nervioso. Estaba acostumbrado a vivir toda su vida enuna planta baja. Ahora estaban en el decimosexto piso. Alguien podría verlos,pero sería imposible identificarlos. Sin darse cuenta, se encontró sentado enel sofá del salón, donde la había visto tantas veces charlando animadamente consu esposa y anhelando lo que estaba sucediendo en ese momento. Penélope seacercó y se sentó lentamente en su regazo. Estaba tan mojada y a la vez tanapretada. Bajó lentamente, controlando la penetración. Él solo le sostuvosuavemente las caderas y disfrutó del instante.
Recostado en elsofá, no podía cerrar los ojos. No quería perderse ni un segundo. Queríaguardar cada instante de aquel momento en su memoria. Ella comenzó a moversecon más ímpetu, con las manos apoyadas en sus hombros, y en cuestión de minutossu respiración empezó a cambiar. Temblaba ligeramente, apretaba, presionaba. Élnotó las señales. Penélope estaba a punto de llegar al clímax. Entonces sonó elteléfono.
Sin inmutarse,le hizo un gesto para que continuara, y mientras Dantas la penetraba desdeabajo, ella contestó el teléfono.
“Hola,Virginia. Estoy acá... eh... vine a entregar... el mensaje... para Dantas... lohabía olvidado... No es nada. Estaba a punto de estornudar, eso es todo. Dantasestá en el baño. ¿Querés que lo llame? De acuerdo. Le diré que llamaste.”
Luego de unossegundos de consternación, mientras apretaba los dientes, Dantas eyaculó.
“Ahhhhhhhnnnnnn...uuuhhhhhhhhhhhnnn...hhhaaannnn...”
Ella colgó elteléfono y llegó casi al mismo tiempo.

¿Disfrutandoasí mientras hablaba por teléfono con Virginia? ¿Quién era esa chica? ¿Cómopodía tener tanta seguridad en sí misma? Dantas finalmente empezó a comprenderla situación. Toda su modestia, sus dudas y vacilaciones eran innecesarias.Penélope era mucho más de lo que aparentaba.
Era hermosa ymuy segura de sí misma.
Observó cómoreaccionaría ella después de llegar y se dio cuenta de que Penélope insinuabaque podía hacer lo que quisiera, que ya no le interesaba controlar nada. “Eshora de hacer mi parte”, pensó. La condujo a la mesa y la hizo arrodillarse enel taburete donde había tenido relaciones sexuales con su esposa días antes, enun arrebato de rabia tras presenciar la escena en el parque infantil. Comenzó arozar suavemente la punta de su verga contra la entrada de su ano.
“N-no... nuncahice eso...”
Esas palabraseran mágicas para él.
La sujetó porla cintura con ambas manos, inmovilizándola, y comenzó a penetrarla a lafuerza. Sintió cómo sus músculos se contraían, intentando evitar lapenetración, pero él los ignoró por completo. Penélope dejó escapar un suavegemido al principio, seguido de un gemido prolongado. Dantas la penetró pordetrás, introduciendo su verga y deteniéndose justo después de la punta, paraenterrarla luego casi hasta la mitad. Permaneció inmóvil por un instante,sintiendo las palpitaciones del ano de Penélope y sus contraccionesinvoluntarias.
Obviamente,ella no lo había planeado.

Tras penetrarlapor detrás durante unos minutos, y al darse cuenta de que finalmente se habíarendido y aceptado la situación, tomó el control total y le practicó sexo analdel mismo modo que lo hacía con su esposa de vez en cuando, con un poco más deprecaución, pues sabía que era su primera vez. Penélope exhaló lentamente, comopequeñas descargas controladas entre sus labios casi sellados.
El sudor legoteaba por la frente, y en esos momentos Dantas hundía su verga aún más. Ellaarqueó la espalda, separó las piernas y, a pesar del dolor y la angustia quereflejaba su rostro, no se rendía.
“¡Malditoseas...! ¡Lo hiciste antes que mi novio!”
Al oír esto,Dantas casi eyaculó. Había marcado su territorio. Había dejado su huella. Elplacer se acercaba. Podía sentirlo. Entonces, hizo lo que había deseado hacerdurante mucho tiempo. Se sentó y la colocó sobre su regazo.
“Vení acá, nena.Voy a abrirte el culo como lo merecés. ¡Sentate acá!”
La penetródesde abajo, manteniéndola suspendida en sus brazos. No era ligera, pero laexcitación le daba fuerzas.
“Llegárápido...ohhh...por favor... ¡llegá rápido!”
Unas cuatro ocinco embestidas más fuertes y sintió esa descarga eléctrica que comenzó en susmuslos y se extendió por todo su cuerpo.

Al sentir que descargabael primer chorro se semen en el apretado culo de Penélope, y a pesar deresistirse a retirarse, finalmente, la obligó a arrodillarse apresuradamente.Siempre controlando el resultado, la agarró por la nuca y la obligó a enterrarel rostro entre sus piernas de nuevo. La chica era astuta.
Comenzó a lamersus testículos con la lengua, envolviéndolos, para luego tragarlos y despuésliberarlos.
Dantas se apoyóen la mesa y eyaculó con gusto.
Si hubierahabido alguien en el pasillo, sin duda habrían oído esos aullidos y gemidosprolongados que no podía contener.
Grandes vetasde una sustancia blanca y viscosa corrían por el cabello negro y el rostro dePenélope, mientras ella continuaba masturbándose y lamiendo hasta que cesó laerupción.
Soltó la vergahinchada, pero ahora medio flácido, que cayó pesadamente sobre su cara,mientras ella daba los toques finales con su atrevida lengua entre las piernasdel marido de su amiga. Justo a tiempo, los dos se vistieron de nuevo. Tanpronto como Penélope entró en su departamento, el ascensor sonó. Virginia yDoña Lucinda salieron al mismo tiempo, entablando conversación, y continuaronsu charla durante unos minutos más en el pasillo, hasta que Dantas abrió lapuerta como si sintiera curiosidad por la charla, y casi simultáneamentePenélope también asomó la cabeza por la otra puerta, en perfecta sincroníaentre vecinos. Quizás esa historia podría haber continuado, quizás habríaterminado ahí mismo.
Dantas no podíaasegurarlo. Lo que sí sabía era que a veces es muy bueno no saberlo todo,porque siempre se pueden aprender cosas nuevas de las personas menos esperadas.

FIN
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