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El Roomie de mi Novio

El Roomie de mi Novio


Este fin de semana, como cada sábado, mi novio Luis pasó por mí después del trabajo. Acostumbrábamos ir por algo de comer, unas cervezas para mí y un whisky para él. Después nos íbamos a su casa a ver películas y a sacarnos el estrés de la semana de la forma más rica posible. Eso pasaba… hasta hace unas dos semanas. Él empezó a tener problemas para mantenerse duro. Se le complicaba, se le ablandaba a mitad de todo. Yo sospechaba que era el alcohol. Últimamente bebía más de lo normal.
Esa tarde estábamos en la sala viendo películas. Carlos, su roomie, había salido a casa de su novia. Carlos era más atlético que Luis: moreno, casi 1.80, piernas gruesas y peludas, el tipo de cuerpo que me hacía apretar las piernas sin querer. Luis también tenía vello, pero era blanco y un poco rellenito. A mí me gustaba como era… pero mi cuerpo pedía otra cosa.
Con la cerveza ya me sentía caliente. Me había puesto un mini short de pijama y una blusita de tirantes sin brasier. Mido 1.52, pero mis piernas están firmes por el baile. Mis tetas son pequeñas, pero se notan. Sobre todo sin ropa interior. Cuando bajé a la sala, Luis abrió los ojos.
—No mames, Daniela… —susurró, mirándome de arriba abajo—. Ese short te hace lucir un Culo divino, está pidiendo ser comido ya!
Me eché sobre sus piernas y empecé a acariciar el bulto que ya se marcaba en sus pantalones. Él me acariciaba la cabeza mientras yo le ponía las manos en las nalgas para que me las apretara.
—Así… apriétamelo más —le pedí en voz baja—. Quiero sentir tus manos amor.
Se la saqué del bóxer. Todavía estaba algo flácida, pero ya se notaba la sangre subiendo. La metí en mi boca y empecé a chuparla despacio, saboreando cómo se iba poniendo dura, cómo las venas se marcaban contra mi lengua. Los gemidos de Luis me calentaban más.
—Así, mi putita… me la estás chupando tan rico…
Pero no duró casi nada. Apenas me estaba tocando yo misma, apenas empezaba a mojarme de verdad, cuando me agarró fuerte de la cabeza y de la nuca y me clavó la verga hasta la garganta de un solo empujón. No me avisó. Me obligó a tomármela entera. Y en ese mismo instante se le murió. Se ablandó dentro de mi boca.
Me levanté, tosí y lo miré bastante enojada.
—¿En serio, Luis? Ni siquiera me dejaste acabar. Tuve que tocarme yo sola y encima me la clavas a la fuerza y se te muere.
Él se puso a la defensiva, se hizo el ofendido y se subió a su cuarto sin decir nada más. Me quedé sola en la sala, recostada en el sofá, con el short subido y las piernas entreabiertas, todavía mojada y frustrada.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertó el sonido de la televisión… y el clic de una cámara. Entre sueños pensé que era Luis y, sin abrir los ojos del todo, arquée más el culo, ofreciéndoselo en primer plano, solo cubierto por el short. Quería que me desease.
Entonces se abrió la puerta del cuarto de Luis.
Abrí los ojos de golpe.
Carlos estaba sentado en el sillón de enfrente, el móvil en la mano, fingiendo que mandaba mensajes. Cuando me vio despertar, me saludó como si nada.
—Hola, Daniela.
Bajó Luis poco después. Se notaba la tensión. Dijo que iba a comprar más de beber y se fue sin casi mirarme.
Cuando la puerta se cerró, Carlos se recostó y me miró con una sonrisa lenta.
—Se nota que estás molesta. ¿Es porque no te coge bien, verdad?
Me tensé.
—¿Qué mierda te hace preguntar eso?
—Vivo aquí, Daniela. Llevo semanas oyendo cosas. Sé que el alcohol y los cigarros le están matando la verga a mi compañero. Y tú… tú te estás muriendo de ganas.
Tragué saliva. Ya no tenía sentido mentir.
—Lo amo… pero sí, necesito que me la metan bien. Que me usen. Que me dejen temblando de placer.
Carlos sonrió más ancho. Se recostó del todo y el bulto grueso y evidente se marcó en su pants deportivo.
—Antes de que salgas a buscar a alguien… puedo ayudarte. No desperdicies ese outfit tan rico. Se nota que tienes muchas ganas de algo como ésto.
Me quedé mirando ese bulto. No podía apartar los ojos.
—¿Crees que es más grande que la de tu novio? —preguntó bajito—. ¿Quieres que la saque aquí… o prefieres ir a mi cuarto?
—No… a tu cuarto no.
Él se bajó el pants y el bóxer de un tirón. Su pene moreno y gordo saltó libre. Casi igual de largo que el de Luis, pero mucho más grueso. Velludo arriba, con unos huevos pesados y depilados que colgaban.
—Ven. Siéntate aquí conmigo. No vamos a hacer nada que no quieras… todavía.
Me moví como hipnotizada. Me senté a su lado.
—Tócalo —ordenó en voz baja.
Obedecí. Lo envolví con la mano y sentí el calor, el peso, lo grueso que era.
—No tenemos mucho tiempo, Daniela. Pruébalo. Ahora.
Me agarró de la nuca con firmeza y me bajó de un tirón hasta su vientre. Abrí la boca por reflejo. Él frotó la cabeza gruesa contra mis labios.
—Prueba, putita… prueba a lo que debe saber un macho de verdad.
Quise levantarme al oír eso, pero me volvió a agarrar de la cabeza y me obligó a metérmela. Era demasiado gruesa. Me llenó la boca por completo. Casi me ahogo. Un hilo de saliva, precum y sudor unía su glande a mis labios cuando me soltó un segundo.
No pude resistirme. Antes de que me volviera a forzar, me la tragué yo sola hasta el fondo.
—¡Ahhh… qué puta tan hambrienta! —gruñó, agarrándome con las dos manos y empezando a follarme la boca.
Me quité la blusa y el short. Me acomodé en el sillón para que pudiera tocarme mientras yo le chupaba. Carlos no perdió tiempo: me pellizcó los pezones, me apretó las nalgas con fuerza y después me metió dos dedos en la boca.
—Chúpalos bien… ahora te los voy a meter donde más te arda.
Uno me lo clavó en la vagina. El otro… sin avisar, sin pedir permiso, me lo empujó dentro del culo. El ardor fue inmediato, intenso, casi doloroso. Nadie había tocado ese agujero antes. Quise quejarme, pero en vez de eso chupé más fuerte. Él lo notó y empezó a embestir mi boca con más fuerza mientras me follaba el culo con el dedo.
—Mira cómo te abres… qué putita más sucia. Te voy a llenar la boca, ¿oyes? Te la voy a llenar de leche caliente.
Su pene se puso todavía más grueso. Gruñía como un animal. Me mantuvo clavada mientras descargaba: uno, dos, tres, cuatro chorros espesos y calientes que me llenaron la garganta. Un poco se me escapó por los labios. Cuando saqué la lengua para limpiarlo, otro chorro me pegó en el ojo.
Carlos se rio bajito mientras me manoseaba las tetas y las piernas.
—Déjame cogerte. Todavía estoy duro. Quiero metértela hasta el fondo… y después por el culo. Así cuando vengas a ver a tu novio, yo te culeo a ti. Te dejo bien usada y te devuelvo.
—Eres un hijo de puta… —susurré, pero ya estaba de rodillas otra vez, chupándosela de nuevo.
Me agarró del brazo y me tiró de espaldas en el sillón. Me abrió las piernas y me enterró la cara entre ellas. Su lengua caliente bajó desde el clítoris hasta mi culo, lamiendo todo.
—Qué apretadita estás… te voy a llenar toda.
Me estaba chupando y lamiendo con tanta fuerza que empecé a acabar. Las piernas me temblaban. Grité sin poder controlarme:
—¡Cógeme, Carlos! ¡Quiero sentirte! ¡Métela!
En ese preciso instante mi celular vibró. Era Luis. Había pasado a la tienda de la esquina a comprar hielo y quería que abriera el garaje.
Nos quedamos congelados. Carlos se lamió los labios, todavía con mi sabor, y se subió los pantalones con dificultad. Su pene seguía duro. Me manoseó el culo una última vez, apretando fuerte.
—La próxima vez no te escapas, putita. La próxima vez te la meto entera.
Me quedé temblando, con la boca sabiendo a él, el culo ardiendo y el coño chorreando. Cuando Luis entró, me preguntó por el aliento. Cambié de tema. No pude confesarle que acababa de tragar la leche de su compañero de piso… ni que ya estaba deseando la próxima vez que se quedara solo en casa.

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