
Ella es Claudia, tiene unas pernazas y un culo infernal.
Estaba sentado en mi cama, con la espalda contra el cabecero que ya no cruje porque lo apreté hace dos años y no lo he vuelto a tocar, leyendo un libro que no iba a terminar. Las letras se me pegaban.
El taller se me había quedado en las manos: olor a grasa, a thinner, a metal caliente. Me las había lavado dos veces y todavía sentía el taller metido debajo de las uñas. Así era mi vida. No era una queja. Era un inventario.
El cuarto olía a Cynthia. A esa crema barata que se pone en los codos y al detergente de las sábanas. La lámpara de mesa tiraba una luz amarilla, de esas que no perdonan. En la mesita, el vaso con agua, el celular boca abajo, el control del ventilador. Todo en su sitio. Todo igual que anoche y que el lunes y que el mes pasado. Una vida encerrada entre la rutina del taller y las tareas de esposo. Me iba bien. No una vida de lujos. Bastante bien como para no quejarme. El techo pagado. La camioneta andando. Comida caliente. Una mujer que todavía se acostaba a mi lado sin hacer drama. A los treinta y pico uno aprende a no pedirle poesía a la casa.
La puerta se abrió sin golpear.
Entró Cynthia con su ropa de dormir de seda. El color se le había ido deslavando en los lavados: un vino opaco que se le pegaba a las tetas caídas y al vientre que ya no se escondía. A sus treinta y ocho años, los mejores días de su cuerpo ya habían pasado. Igual que los míos. Se lo vi de un vistazo, como se le ve el desgaste a un motor que todavía prende pero ya no ruge.
Las caderas anchas. Los muslos marcados por la gravedad. El escote de la blusa de seda enseñando la raya entre las tetas, esa raya que antes me encendía y ahora era solo parte del paisaje. Se me acercó descalza. Las uñas de los pies pintadas de hace una semana. El cabello suelto, oscuro, con esas hebras plateadas que se niega a teñir del todo.
Había algo en su mirada. No era el cansancio de siempre. Era otra cosa. Como si buscara valor para contarme o pedirme algo. Se le veía en la forma en que se mordió el interior del cachete. En cómo se quedó un segundo en el umbral, con la mano todavía en el marco, midiendo si el momento era este o si podía esperar a mañana.
Caminó hasta quedar al costado de mi cama. El colchón se hundió un poco cuando apoyó la rodilla. El olor de la seda mezclado con su piel. Calor de cuerpo cercano. Puse el libro boca abajo sobre la sábana, con el dedo todavía metido entre las páginas, como si eso fuera a salvarme de lo que viniera.
—Amor… —dijo, y la palabra le salió baja, rozada—. Hay algo en lo que necesito que me ayudes.
La miré. Cynthia no pide. Cynthia informa. Cuando pide, es porque ya se le acabó el plan B.
Se sentó del todo. La seda se le subió un poco por el muslo. Me explicó, con esa voz que usa cuando no quiere que le corten la frase, que su hija, mi hijastra Claudia, la que vive con el padre, tenía problemas para ir a la universidad desde esa casa. Le quedaba muy lejos. Dos combis. Un paradero de mierda de noche. El padre que no la lleva porque “ella ya es grande”. Que la única opción de solucionar ese problema, sin que ella viva sola —Cynthia dijo sola como se dice desamparada—, era que se viniera a vivir con nosotros.
Lo dijo con unos ojos suplicantes.
Esos ojos que yo conocí cuando todavía nos comíamos en el asiento de atrás de la camioneta. Ahora estaban hinchados de no dormir bien y de ensayar la frase en la cocina antes de entrar.
Claudia. El nombre me cayó en el pecho como una herramienta mal guardada. Hacía tiempo que no lo pronunciábamos en esta cama. La hija de ella. La que se fue con el padre cuando esto se rompió. La que en la última reunión familiar me saludó con un “hola” que no era hola, era un cuchillo puesto de canto.
—Lo voy a pensar —dije.
No fue una mentira limpia. Fue una trinchera. Quería tiempo. Quería que el cuarto volviera a ser solo nuestro. Quería no tener que imaginarme otra puerta cerrándose en el pasillo, otra ducha ocupada, otra voz joven atravesando las paredes que yo ya tenía medidas de memoria.
Cynthia no me dejó el tiempo. Al parecer ella tenía otros planes. Se me adelantó con la mandíbula apretada, como cuando discute el recibo de la luz.
—También es tu hija, Robert —dijo—. Puedes no haberla parido. Puedes no llevarla en el apellido. Pero cuando te casaste conmigo aceptaste eso. Debes velar por su bienestar. Por su mejora. No voy a dejar que se mate dos horas en la calle para llegar a una clase.
No voy a dejar que se meta a un cuarto alquilado con cualquiera. Aquí hay espacio. Aquí hay comida. Aquí estás tú.
Me apuntó con la mirada cuando dijo tú. Como si yo fuera un recurso. Como si el taller y la casa y mi costumbre de llegar, bañarme y sentarme a leer fueran una infraestructura que ella podía asignar.
No pude rebatirle mucho. Tenía razón en la parte fea, la parte que no se discute sin quedar como un hijo de puta. Una muchacha de veinte años recorriendo la ciudad de noche. Un padre que ya se lavó las manos. Una madre que se planta en tu cama con seda barata y te pide que no seas el hombre que se hace el idiota.
Tragué saliva. El libro se me resbaló un poco de los dedos.
—Está bien —dije—. Que se venga.
Cynthia se le aflojó la cara de un golpe. Se le llenaron los ojos y no lloró. Me agarró la mano, esa mano todavía con el taller adentro, y me la apretó contra la seda de su muslo.
—Gracias, amor. La próxima semana. El viernes. Ya le dije que sí. Bueno… le dije que te lo iba a pedir.
Sonrió chiquito, culpable. Ya lo había negociado con la muchacha antes de entrar a este cuarto. Yo era el último en enterarme, como siempre. Le di un beso en la frente porque era lo que tocaba. La frente le olía a crema. La besé y sentí el matrimonio entero en esa piel: costumbre, deuda, cariño gastado, la decisión de no pelear lo que no tiene pelea.
Se acostó a mi lado un rato. Habló de la universidad, del horario, de si el cuarto de visitas tenía clóset suficiente. Yo asentía. Dentro de la cabeza se me había empezado a hacer un ruido sordo, como un motor en ralentí. Alguien más en la casa. Alguien más en el baño.
Alguien más en la mesa del desayuno. La casa era mía y de Cynthia en un sentido casi animal. Sabíamos cuándo el otro respiraba distinto. Meter a una tercera persona era abrir una ventana en invierno.
Cynthia se durmió primero, como siempre. Se le fue la tensión y se quedó de lado, con la boca entreabierta y un brazo tirado sobre mi cintura. La seda se le había subido hasta la cadera. Le vi el calzón. Algodón.
Flores chicas. El culo de Cynthia es un culo de mujer de treinta y ocho que parió y que ya no se esconde ni se ofrece: está ahí, ancho, conocido, mío por contrato y por costumbre. Lo miré un segundo y no sentí nada. Eso también era parte de la rutina. El deseo entre nosotros se había vuelto un trámite de sábados, cuando había cerveza y no dolía la espalda.
Me zafé con cuidado. Fui al baño. Me eché agua en la cara. En el espejo estaba yo: la barba de tres días, las ojeras del taller, el pecho que ya no es el de los veinticinco. Robert. Roberto cuando hay que firmar. El tipo que aceptó que la hijastra se mudara porque no supo decir que no.
Volví a la cama. Cynthia roncaba suave. El celular seguía boca abajo en la mesita, como un animal dormido.
Me senté en el borde. Pensaba en lo difícil que iba a ser vivir con alguien más en una casa a la que estoy acostumbrado a estar solo yo y mi esposa.
El pasillo. El refrigerador a las once de la noche. El sonido de otra ducha. La toalla ajena en el perchero. Cosas pequeñas que a un hombre de costumbre se le vuelven piedras en el zapato.
Y entonces se me cruzó por la mente. Una idea tonta. Inofensiva, me dije. Revisar el Instagram de Claudia.
No lo había abierto en años. Ni siquiera estaba seguro de si me tenía bloqueado. Busqué el nombre.
El apellido de ella, el del padre. El perfil apareció de inmediato. Foto de portada: una playa. Foto de perfil: ella de lado, riendo, el cabello rubio castaño cayéndole sobre la cara. La última vez que la vi en persona tenía dieciséis y me miraba como se mira una mancha en la pared. Esta no era esa muchacha.
Claudia se había desarrollado. Muy bien. A sus veinte añitos tenía un cuerpo de diosa y el celular me lo puso en la cara sin pedirme permiso.

Bajé el brillo para que la luz no le pegara a Cynthia. El pulgar se me empezó a mover solo.

La primera foto era un espejo.Crop top blanco. Jeans cortados arriba del muslo. La cintura delgada como unreclamo.
Los pechos pequeños, casi inexistentes, dos bultitos apenas marcadosbajo la tela, lo que hacía que toda la atención se fuera hacia abajo, hacia esacurva que el jean no podía contener. El culo le reventaba la costura. No era unculo de gimnasio de revista. Era otra cosa. Un monumento.
Cualquiera diría quees una deformación de la naturaleza. Cómo se puede tener una parte alta tandelgada, una espalda de niña, unos hombros finos, y después, de la cintura paraabajo, unas piernas de yegua y un culo de actriz porno operada. Nadie le habíapuesto silicona a eso. Se le veía el peso real. Se le veía la carne. Se le veíacómo le pesaba al caminar aunque en la foto estuviera quieta.
Tragué. Se me había secado laboca.
Seguí.
Otra foto: de espaldas, en unpasillo de departamento, mirando el teléfono, con un short tan corto que se leescapaba el pliegue de abajo. El short le comía el culo. Las dos nalgas, altas,duras, separadas por esa tira de tela que no tapaba un carajo. El muslo grueso,terso, de una muchacha que todavía no sabe lo que tiene o que lo sabedemasiado.
Otra: en la cocina de la casa delpadre, de puntillas, buscando algo en el estante de arriba. La camiseta se lehabía subido. La tanga negra le partía el culo en dos hemisferios obscenos.Alguien le había tomado esa foto. Un amigo. Una amiga.
El padre no. Imposible.Esa foto era una trampa tendida al que la mirara.
Y entonces llegó la de lapiscina.
De noche. El agua azul, iluminadadesde abajo, temblando. Ella dentro, hasta la mitad del muslo, el cuerpovolteado hacia la cámara, la cara sonriente por encima del hombro. Bikininegro. El de arriba apenas un triangulito sobre esos pechos chicos.
El deabajo… una tanga que se le perdía entre las nalgas. El culo fuera del agua,mojado, brillante, enorme, redondo, imposible. La luz de la piscina le lamió lacurva de abajo, esa media luna donde el muslo nace del culo, y yo sentí que seme iba el aire. Detrás, una casa, unas luces cálidas, una palmera. Adelante,ese monstruo hermoso de carne. Claudia. Veinte años. Mi hijastra.
Pensé en el viernes. En la maletaen el pasillo. En Claudia cruzando la puerta con ese cuerpo y esa cara de “túno me caés”. En tener que abrazarla porque Cynthia lo iba a exigir. En sentirleel culo cerca sin tocarlo. En olerle el shampoo. En verla descalza en micocina. En el baño con la puerta mal cerrada. En una toalla corta. En el culosaliendo del agua de mi propia ducha, igual que en la piscina, igual deinfernal, igual de prohibido.
Me quedé mirando el techo.
La próxima semana ella se muda.Claudia. Veinte años. Cintura de nada. Pechos chicos. Un culo infernal. Unamirada que me culpa. Una cama en el cuarto de visitas, a ocho pasos de esta. Unbaño para compartir. Una casa que ya no va a ser solo mía y de Cynthia.
Pensé si realmente había tomadola decisión correcta o si había cometido un grave error.
Cerré los ojos.
El error, me dije, ya estabahecho. Y el error tenía un nombre, un Instagram y un viernes de llegada.
El culo de esa muchacha ya se mehabía metido en la casa.
Continuara...
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0 comentarios - No me Resisto a mi Hijastra Culona - CAP 1