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La Puta del equipo 5

La Puta del equipo 5
Capitulo 5
Lo que se sabe sin decirse

La polera estaba sobre la silla cuando me desperté.
Azul, del mismo tono que los días anteriores, con el logo del club en el pecho. Y debajo, una falda plisada corta, también azul. Sin nada más. Ninguna nota, ninguna instrucción adicional. Carlos ya no las necesitaba: el mensaje estaba en lo que no había sobre esa silla.
No había ropa interior.
Me quedé mirando el conjunto un momento largo, con la toalla todavía enrollada alrededor del cuerpo y el espejo del baño empañado a mis espaldas. Luego miré el cajón donde guardaba mi ropa interior.
Carlos ya no lo había vaciado esta vez. La decisión era mía.
Pero los dos sabíamos que no lo era realmente.
Me vestí sin abrir el cajón.
La polera era más fina de lo que había notado al principio, una tela suave que al moverse dejaba adivinar más de lo que cubría cuando la luz daba de frente. La falda se asentó en la cadera con esa ligereza de siempre. Me miré en el espejo y aparté la vista antes de pensar demasiado.
*Hoy es otro día de entrenamiento*, me dije. *Solo eso.*
El desayuno estaba casi terminando cuando bajé. La mayoría de los jugadores ya empujaban las sillas hacia atrás y recogían sus cosas con esa energía contenida de quien sabe que en una hora va a estar corriendo en un campo.
Diego estaba todavía sentado, con un café en la mano y el teléfono sobre la mesa, en esa postura relajada de quien no tiene apuro porque el tiempo siempre termina esperándolo. Levantó la vista cuando me acerqué a la barra a servirme.
—Buenos días —dijo, con una naturalidad que no tenía nada de inocente.
—Buenos días —respondí, sin detenerme.
—Siéntese un momento, si quiere. Todavía hay tiempo antes del entrenamiento.
No era una invitación exactamente. Tenía el tono de algo que ya estaba decidido. Me senté frente a él con la taza en las manos y la espalda recta, como si la postura pudiera protegerme de algo.
Diego no miró la polera de forma obvia. Lo hizo de la misma manera en que hacía todo: con calma, casi de refilón, en ese segundo entre una frase y la siguiente donde uno creería que está mirando hacia otro lado. Pero yo lo noté. Era imposible no notarlo.
—¿Cómo lo está llevando? —preguntó—. El torneo, digo. No es fácil ser la única mujer en un grupo así.
—Bien —dije—. Me he adaptado.
—Se nota. —Una pausa breve, calculada—. El profe parece muy... atento con usted. Se asegura de que tenga todo lo que necesita.
El calor me subió al cuello. Sostuve la taza con más fuerza de la necesaria.
—Es mi trabajo apoyar al equipo en lo que haga falta —respondí, con la voz más neutral que encontré.
Diego asintió despacio, con esa sonrisa suya que no terminaba de abrirse del todo.
—Claro. —Otro sorbo de café—. Hay cosas que es mejor que queden entre pocas personas, ¿no? En un grupo como este, los rumores viajan rápido. Y los rumores complican las cosas. Para todos.
Lo miró fijamente un momento, y en ese momento entendí que no estaba hablando de rumores en general. Estaba hablando de algo concreto que ya tenía en la cabeza y que había decidido, por ahora, no terminar de nombrar.
—Lo entiendo perfectamente —dije.
—Bien. —Se levantó, recogió el teléfono—. Que tenga buen día, Elena.
Se fue sin mirar atrás.
Me quedé con la taza entre las manos, el café ya frío, procesando cada frase de esa conversación que había durado menos de cinco minutos y había dicho más de lo que parecía.
*Sabe algo. No todo. Pero algo.*
El entrenamiento fue largo y bajo un sol que no perdonaba.
Me quedé en el borde del campo con la carpeta de planillas, anotando los tiempos que Carlos pedía, trayendo agua cuando hacía falta, moviendo conos de un lado al otro entre ejercicio y ejercicio. El trabajo físico ayudaba a no pensar, o al menos a pensar en otra cosa.
Noté que algunas miradas del grupo caían sobre mí con más frecuencia que los días anteriores. Nada exagerado, nada que pudiera señalarse directamente. Solo esa atención periférica que se siente en la piel antes de verla con los ojos.
Carlos dirigía desde el centro del campo sin mirarme más de lo necesario, con esa eficiencia suya de siempre. Pero en un momento, cuando pasé cerca de él para dejarle la botella de agua, su mano rozó la mía al tomarla, y en voz muy baja, sin cambiar la expresión, dijo:
—Bien.
Una sola palabra. Pero el tono lo convertía en otra cosa.
Cuando sonó el silbato final, Mateo y Ramiro vinieron juntos hacia donde yo estaba recogiendo los primeros conos. Llegaron todavía con la respiración agitada, con ese brillo de quien acaba de hacer algo bien y todavía lo tiene encima.
—¿Lo viste, ma? —dijo Mateo, sin poder contenerse del todo—. El tercer ejercicio lo hicimos perfecto.
—Lo vi —dije, y esta vez no tuve que forzar la sonrisa—. Estabas muy bien.
—Ramiro me ayudó a leer la jugada antes de que saliera —añadió Mateo, dándole un golpe en el hombro a su amigo.
—Él hubiera llegado igual —respondió Ramiro, con esa modestia suya que no parecía actuada—. Solo le recordé lo que ya sabía.
Los miré a los dos, a Mateo con esa ilusión pura que me había traído hasta aquí, a Ramiro con esa facilidad para hacer sentir bien a la gente que lo rodeaba. Algo en el pecho se me apretó con una ternura que hacía días no sentía tan limpia.
En ese momento Carlos llamó a Mateo desde el otro extremo del campo.
—Vargas. Un momento.
Mateo me miró, luego a Ramiro, y salió corriendo sin más. Nos dejó solos.
Ramiro empezó a ayudarme a recoger el material sin que nadie se lo pidiera. Levantaba los conos, los apilaba, agarraba los bolsos con esa eficiencia natural de quien está acostumbrado a hacer las cosas sin esperar reconocimiento.
Trabajamos en silencio un momento. Un silencio cómodo, sin el peso que tenían casi todos los silencios de estos días.
—¿Está bien? —preguntó, mientras enrollaba una de las sogas de los ejercicios.
—Sí —dije—. ¿Por qué?
—No sé. —Se encogió de hombros—. A veces la veo sola en las gradas o esperando en el pasillo y me pregunto si no se aburre mucho.
—El trabajo me mantiene ocupada.
—Sí, pero ocupada no es lo mismo que bien.
Lo miré. Tenía los ojos fijos en la soga que estaba enrollando, con esa concentración de quien dice algo importante y prefiere no mirar mientras lo dice. Era joven, demasiado joven, con esa forma de preocuparse por los demás que todavía no había aprendido a disimular.
Cuando levantó la vista, sus ojos bajaron un segundo, apenas un segundo, hacia la polera, hacia la falda. Y subieron de inmediato, con un rubor que le apareció en las mejillas antes de que pudiera evitarlo.
No fue la mirada de Carlos. No fue la de Saúl ni la de Diego.
Fue algo distinto: más espontáneo, más incómodo para él que para mí, la mirada de alguien que nota algo que no esperaba notar y no sabe muy bien qué hacer con eso.
Me resultó más difícil de manejar que todas las otras.
—Gracias por ayudar —dije, para romper el momento.
—No hay de qué. —Recogió el último bolso—. Mateo habla mucho de usted, ¿sabe? Dice que es la persona que más lo apoya.
No supe qué responder a eso. La ternura y la culpa llegaron juntas, revueltas, en una combinación que se me instaló en el pecho sin permiso.
—Cuídenlo —dije finalmente—. Los dos en la cancha se ven bien juntos.
Ramiro sonrió. Una sonrisa limpia, sin segunda intención.
—Lo vamos a hacer bien —dijo—. Se lo prometo.
Antes de que pudiera pensarlo, le di un abrazo. Breve, de esos que salen solos antes de que la cabeza tenga tiempo de opinar. Él respondió con una suavidad sorprendente para alguien de su tamaño, los brazos apoyados en mi espalda con cuidado, como quien abraza algo frágil.
Cuando nos separamos, levanté la vista.
Carlos estaba a quince metros, caminando hacia nosotros con la planilla bajo el brazo. Nos había visto.
Se detuvo a pocos pasos. Miró a Ramiro primero, que recogió su bolso con una naturalidad admirable y se despidió con un gesto antes de alejarse hacia el vestuario. Luego me miró a mí.
—Veo que te llevas bien con los chicos —dijo, con esa voz baja que no subía de tono aunque dijera lo que dijera.
—Ramiro me ayudó a recoger el material —respondí.
—Ya vi. —Una pausa—. Ten cuidado, Elena. No con él en particular. Con todo. —Sus ojos me recorrieron un momento, la polera, la falda, y volvieron a mi cara—. Un equipo es un grupo muy pequeño. Las cosas se notan. Y si algo se nota demasiado, se complica el trabajo para todos. ¿Entiendés lo que te digo?
—Entiendo —dije.
—Bien. —Tomó uno de los bolsos del suelo—. Esta noche necesito que estés descansada. Tenemos cosas pendientes.
Se fue sin esperar respuesta.
Me quedé sola en el borde del campo vacío, con el sol bajando y el eco de esa última frase instalándose en algún lugar entre el miedo y otra cosa que ya no me sorprendía encontrar ahí.
*Las cosas se notan.*
*Si Carlos supiera cuánto ya se habían notado.*
Cuando entré a la habitación esa noche, Carlos ya estaba sentado en el borde de la cama, todavía con la ropa del día. Me miró cerrar la puerta y echó el pestillo sin decir nada.
puta

—Ven aquí —ordenó con voz baja.
Me acerqué. La falda seguía puesta, tal como él me había indicado. Sentía la tela rozando mis muslos con cada paso, recordándome todo el día.
Carlos me observó un momento en silencio. No había prisa en su mirada, solo esa calma calculadora.
—Hoy levantaste muchas miradas —dijo finalmente—. Los chicos te miraban. Saúl. Ramiro. Hasta Diego te prestó atención. Se nota cuando una mujer como tú camina con una falda así.
Bajé la vista. El calor me subió a la cara.
—No fue mi intención —murmuré.
—No importa si fue tu intención o no. Lo importante es que no se convierta en un problema. —Se recostó un poco hacia atrás, apoyando las manos en la cama—. A mí me interesa que esto siga siendo discreto. Tengo un trabajo que mantener. Una reputación. Si los muchachos empiezan a sospechar y a hablar, todo se complica. Para mí… y para Mateo.
Tragué saliva. La mención de mi hijo siempre me golpeaba en el estómago.
Carlos continuó con el mismo tono práctico:
—Así que vamos a hacer algo simple. Quiero que te bajes la tanga, te sientes en esa silla frente a mí y te masturbes. Ahora.
Lo miré, sorprendida.
—Carlos… no…
—No es una sugerencia —dijo, sin levantar la voz—. Es una orden. Quiero verte. Quiero que entiendas que tu cuerpo, y lo que haces con él, debe estar bajo control. Si te excitan las miradas de los chicos, vas a aprender a canalizar eso aquí, donde yo pueda vigilarlo. Para que no cometas errores afuera.
Me temblaban las manos cuando me bajé la tanga y la dejé caer al suelo. Me senté en la silla frente a él, con las piernas juntas al principio, avergonzada.
—Ábrelas —indicó con calma—. Quiero ver todo.
Separé las piernas lentamente. El aire fresco rozó mi sexo expuesto. Sentía el pulso latiendo ahí, caliente y húmedo. Carlos me miraba con atención, sin prisa, como si estuviera evaluando un entrenamiento.
—Ahora tócate. Despacio al principio.
Mi mano bajó con duda. Rozé mi clítoris con las yemas de los dedos y solté un suspiro entrecortado. Estaba empapada. El simple roce me provocó un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Empecé a mover los dedos en círculos lentos, sintiendo cómo el placer se extendía desde ese punto hacia mi vientre.
—No te detengas —dijo—. Y mírame mientras lo haces.
Lo miré. Sus ojos no se apartaban de mi mano, de mi sexo abierto y brillante. Eso me descolocaba más que cualquier cosa. No era solo deseo en su mirada, era control. Cálculo. Me sentía expuesta de una forma que nunca había experimentado. Como si estuviera mostrándole algo que ni siquiera yo misma quería ver.
—Más firme —ordenó—. Quiero ver cómo te tocas de verdad. No te escondas.
Apreté un poco más, acelerando los movimientos. Un gemido bajo se me escapó.
—Mmmm…
El placer subía rápido, demasiado rápido. Sentía mis propios dedos resbaladizos, el calor húmedo que se extendía por mis muslos. Mi cuerpo respondía con una intensidad que me avergonzaba. *Esto no soy yo*, pensé. *No puedo estar tan mojada solo porque me está mirando…*
—Más rápido —indicó—. Introduce un dedo. Quiero verte penetrarte.
Obedecí. Deslicé un dedo dentro de mí y solté un gemido más fuerte.
—Haaa…
Estaba resbaladiza, caliente, sensible. Lo moví adentro y afuera mientras mi pulgar seguía sobre el clítoris. El placer era casi insoportable. Sentía cada movimiento, cada contracción de mis paredes alrededor de mi propio dedo. La vergüenza me quemaba las mejillas, pero no podía parar. Mi cuerpo pedía más.
—Así… buena chica —dijo con aprobación—. Mírate. Tan desesperada. Tan dispuesta. Sigue. Quiero verte correrte.
Mis movimientos se volvieron más urgentes. El dedo entraba y salía con facilidad, el clítoris hinchado y sensible bajo mi pulgar. Sentía la tensión creciendo en mi vientre, en mis piernas, en cada músculo. Estaba cerca. Muy cerca.
—Carlos… voy a… haaa… haaa… —gemí, con la voz rota.
—Córrete —ordenó con voz firme—. Córrete mirándome. Quiero ver cómo te deshaces.
El orgasmo me golpeó con fuerza. Todo mi cuerpo se tensó violentamente.
—Haaa… mmmm… ¡ahh! —gemí ahogado, apretando los dientes mientras olas intensas de placer me recorrían una tras otra. Mis piernas temblaban sin control, mis paredes se contrajeron alrededor de mi dedo y sentí cómo me mojaba todavía más, empapando la silla y mis muslos. Fue largo, intenso, casi abrumador.
Cuando por fin bajé, me quedé ahí, respirando agitada, con la mano todavía entre las piernas y el cuerpo temblando.
Carlos se levantó, se acercó y me acarició el cabello con una calma casi paternal.
—Buena chica. Esto es lo que necesitamos. Discreción. Control. —Hizo una pausa y añadió, casi como si pensara en voz alta—: Y si en algún momento hace falta… bueno, siempre hay formas de mantener a los chicos callados.
No dijo más. Solo me dio un último vistazo y se dirigió al baño.
Me quedé sentada en la silla, con las piernas abiertas y el corazón latiendo desbocado, procesando sus palabras y el peso que cargaban.

Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de esta entrega de "La Puta del equipo". Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon. Apoya el proyecto FUEGO EN LA PIEL para acceder a todo el catálogo exclusivo.

Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]

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