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El tributo capitulo 2

La puerta de la casa de los Hale se abrió sin llamar.
Eran tres.
El más alto entró primero. Casi dos metros, hombros anchos, piel oscura brillante bajo la luz amarillenta del pasillo. Llevaba el uniforme gris del Cuerpo de Reparación: pantalón cargo, botas pesadas y una chaqueta abierta que dejaba ver el pecho. En la mano derecha sostenía un dispositivo negro del tamaño de un teléfono.
Detrás de él venían los otros dos. Uno más joven, sonrisa fácil. El tercero, más bajo y robusto, con una cicatriz que le cruzaba la ceja.
Ethan estaba de pie en el centro del salón, entre su madre y su hermano menor. Tenía la camiseta blanca de siempre y los pantalones del chándal que usaba para dormir. Las manos le temblaban.
La madre de Ethan dio un paso adelante.
—Por favor… él acaba de cumplir… todavía es—
El hombre alto ni siquiera la miró. Activó el dispositivo. Un pitido corto.
—Número de registro familiar: Hale-447. Tributo masculino confirmado. Edad: diecinueve años y tres meses. Sin mujeres disponibles en el hogar. Procedemos.
El hermano menor se tapó la boca con las manos. La madre empezó a llorar en silencio.
El hombre alto se acercó a Ethan hasta quedar a menos de un metro. Lo miró de arriba abajo con una calma casi aburrida. Después bajó la vista a la entrepierna del chico.
—Sácate la ropa.
Ethan no se movió.
El segundo hombre, el de la sonrisa, soltó una risa baja.
—Vamos, no nos hagas perder el tiempo. O lo haces tú o lo hacemos nosotros. Y si lo hacemos nosotros, duele más.
Ethan se quitó la camiseta con dedos torpes. Después los pantalones. Se quedó en bóxers grises. El hombre alto señaló con la barbilla.
—Todo.
Cuando el bóxer cayó al suelo, el silencio se densificó.
Ethan no era pequeño para su edad. Pero al lado de lo que se avecinaba, parecía ridículo.
El hombre de la cicatriz silbó.
—Míralo. Parece un dedo meñique. ¿Con eso pensabas satisfacer a alguien algún día, nene?
Ethan apretó los dientes. Las orejas se le pusieron rojas.
El hombre alto se agachó un segundo, tomó el pene flácido de Ethan entre el pulgar y el índice y lo levantó como si examinara una pieza defectuosa.
—SPH de manual —dijo en voz alta, para que toda la familia lo oyera—. Pene de niño blanco. Inútil. Por eso estamos aquí. Para reparar lo que la naturaleza no les dio.
Lo soltó con un movimiento despectivo. Ethan dio un respingo.
—Date la vuelta. Manos en el respaldo del sofá. Piernas abiertas.
Ethan obedeció. Su madre sollozó más fuerte. El hermano menor se había escondido parcialmente detrás de ella, pero no apartaba la vista.
El hombre alto sacó un tubo pequeño de lubricante del bolsillo de la chaqueta. Ni siquiera se molestó en calentarlo. Aplicó una cantidad generosa entre las nalgas de Ethan y empujó dos dedos de golpe.
Ethan gritó.
Fue un sonido agudo, sorprendido, que se quebró a mitad.
—Relájate —ordenó el hombre—. Cuanto más te resistas, más te vas a desgarrar. Y no queremos que el tributo quede inservible la primera noche.
Los dedos se movieron con precisión mecánica. Entraban y salían, abriendo. Cuando sacó la mano, Ethan temblaba de pies a cabeza.
El hombre alto se desabrochó el pantalón.
Lo que salió de allí hizo que la madre de Ethan soltara un gemido de puro horror.
Era grueso, oscuro, con venas marcadas y una cabeza ancha que ya brillaba. Ethan lo vio por el rabillo del ojo y su respiración se aceleró hasta volverse hiperventilación.
—Por favor… no… no cabe…
—Claro que cabe —contestó el hombre con calma absoluta—. Solo hay que empujar.
Se colocó detrás de él. Apoyó la cabeza del pene contra el agujero aún semicerrado. Una mano le sujetó la cadera. La otra le apartó una nalga.
Empujó.
Ethan gritó de verdad esta vez. Un alarido largo, desgarrado, que hizo que el hermano menor se tapara los oídos. La madre se dejó caer de rodillas.
El hombre no se detuvo. Siguió empujando centímetro a centímetro, con una paciencia brutal, hasta que las caderas chocaron contra el culo de Ethan. Se quedó embutido hasta la base, respirando hondo.
—Ahí está… todo adentro. Ya eres un tributo de verdad.
Empezó a moverse.
Las embestidas fueron lentas al principio, profundas, sacando casi todo para volver a entrar de un solo golpe. Cada embestida arrancaba un sonido distinto de Ethan: gemidos, sollozos, súplicas entrecortadas. El sofá crujía. La carne golpeaba carne con un sonido húmedo y obsceno.
El segundo hombre se había acercado al frente. Se sacó el pene —casi tan horrible como el del primero— y se lo puso delante de la cara a Ethan.
—Abre la boca. Si muerdes, te rompo los dientes.
Ethan abrió. El pene le llenó la boca de inmediato, empujando hasta la garganta. Se atragantó. Lágrimas le corrían por la cara mientras lo follaban por los dos extremos.
El tercero se había quedado observando, masturbándose con calma, disfrutando del espectáculo.
Desde la ventana entreabierta del pasillo, Claire lo veía todo.
Estaba de pie en la oscuridad de su propia casa, asomada apenas, sin atreverse a respirar. Veía cómo el cuerpo de Ethan se sacudía entre los dos hombres. Veía la expresión de dolor puro en su cara cuando el de atrás aceleraba. Veía cómo la saliva y las lágrimas le caían de la barbilla mientras lo usaban la boca.
El manifiesto seguía sonando de fondo en ambas casas, como una nana distorsionada:
«…enseñando que son muy grandes, de hecho más grandes que cualquier persona, pero sin sentir vergüenza…»
El hombre de atrás gruñó. Sus embestidas se volvieron irregulares, más profundas. Se enterró hasta el fondo y se quedó quieto, eyaculando dentro de Ethan con un gemido grave. Cuando se retira, un hilo espeso de semen blanco le resbaló por el muslo interno al chico.
No le dieron tiempo a recuperarse.
El segundo hombre lo giró, lo empujó de espaldas sobre el sofá y le levantó las piernas. Entró de un solo empujón en el agujero ya abierto y lleno. Ethan soltó un quejido ronco, casi sin voz.
Lo follaron así otros diez minutos. Cuando terminó el segundo, también se corrió dentro.
El tercero fue el último. Lo puso de rodillas en el suelo, le sujetó el pelo y le siguió la boca hasta corrersele en la lengua. Ethan tragó porque no le dejó otra opción.
Cuando terminaron, Ethan estaba hecho un ovillo en el suelo del salón, temblando, con el semen escurriéndole del culo y de la comisura de los labios. El collar negro ya estaba cerrado alrededor de su cuello. El LED rojo parpadeaba suavemente.
El hombre alto abrió el pantalón, miró el dispositivo y se acercó.
—Tributo Hale-447 marcado y usado. Registro completo.
Se giró hacia la madre, que seguía de rodillas.
—Los beneficios de este mes se acreditarán en cuarenta y ocho horas. Comida extra y aumento del veinte por ciento en la asignación. Felicidades.
Después miró hacia el pasillo, como si pudiera sentir la presencia de Claire al otro lado de la pared.
—Siguiente domicilio: unidad 12-B. Tributo femenino. Diecinueve años. Cumpleaños reciente.
Sonrió por primera vez en toda la noche.
—Vamos.
Los tres hombres salen de la casa de los Hale sin mirar atrás.
El sonido de sus botas se acercaba por el pasillo.
Claire retrocedió de la ventana.
El reloj digital marcaba las 23:47.
El tiempo se había acabado.

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