Mateo y Lucas, 19 años, los dos. Primer laburo en una estación de servicio de ruta, turno noche. El encargado se fue a las once y los dejó solos. “No jodan y cobren todo”, les dijo. Se fue.
La oficina atrás del mostrador era un basureo: una mesa llena de facturas, dos sillas de plástico, un caloventor que tiraba humo y olía a quemado. Afuera el viento y ni un auto.
Lucas se sentó y estiró las piernas. El bulto se le marcaba como si tuviera una banana adentro del pantalón de trabajo. Mateo ya lo había notado varias veces. Esa noche no aguantó.
—Che… se te marca una banda —dijo, mirándolo directo.
Lucas se tocó la entrepierna sin pensar y se sonrojó.
—Sí. Es una cagada con este pantalon.
Mateo se levantó y se acercó. Se detuvo frente a él.
—¿Puedo… verlo?
Lucas bajó el cierre. El pito le saltó apenas se bajó el boxer. Era grueso, largo, venoso, la cabeza ya medio hinchada y brillosa de pre. Parecía que no podía ser de un pibe de 19. Mateo se quedó mirándolo con la boca abierta.
—La concha de tu madre…
Se arrodilló. Agarró el pito con las dos manos y apenas le cerraban los dedos. Estaba pesado y caliente. Le pasó la lengua por la punta, saboreó el gusto salado y se lo metió en la boca. Le costó una banda. La cabeza ya le llenaba la boca y cuando intentó bajar más le hizo arco. Babeó, le saltaron lágrimas, se le escapó un ruido de garganta. Lucas soltó un gemido ronco y le agarró el pelo, sin fuerza, solo para tener algo de qué agarrarse.
—Tranquilo… no tenés que…
Mateo no se detuvo. Bajó más, salivando, forzando la boca, sintiendo cómo le llenaba la garganta. Los ojos se le humedecieron. El gusto era salado, masculino, nuevo. Cada vez que subía y bajaba, Lucas temblaba en la silla.
Después de un rato Lucas lo paró.
—Pará… si seguís así me vengo.
Se pararon los dos. Se bajaron los pantalones hasta las rodillas. Mateo estaba duro también, pero al lado del de Lucas parecía normal. Se besaron mal: dientes, saliva, respiración de nervios. Lucas lo dio vuelta y lo apoyó contra la mesa, empujándole la espalda para que se agachara.
Mateo se abrió las nalgas con las manos. Estaba cagado de miedo.
—Dale, pero despacio…
Lucas se escupió en la mano, se untó el pito y le metió dos dedos primero. Mateo apretó los dientes. Dolía. Los dedos de Lucas no eran finos. Cuando sintió que estaba un poco más abierto, apuntó la cabeza del pito contra el agujero y empujó.
Mateo soltó un quejido largo, casi un grito ahogado.
—Ahhh, la puta madre… duele…
—Aguantá… estoy entrando…
Entró lento, a los empujones. La cabeza ya le costó. Mateo tenía los ojos cerrados, la frente apoyada en los papeles de la mesa, respirando por la boca. Cada centímetro que avanzaba le quemaba y le estiraba. Se le escapaban lágrimas. Lucas tenía la frente contra su espalda, temblando de ganas y de nervios, aguantando las ganas de embestir de una.
Cuando estuvo casi todo adentro, se quedaron quietos. Mateo respiraba como si hubiera corrido una maratón. Se sentía lleno hasta el límite, como si le fueran a partir el culo.
—Movete… pero lento —pidió.
Lucas empezó a sacar y meter. Al principio era puro dolor. Después, con cada embestida, el dolor se mezclaba con otra cosa. La pija le rozaba puntos que Mateo ni sabía que tenía. Empezó a gemir más bajo, más sucio. Lucas agarró más ritmo. El sonido era obsceno: el golpe húmedo de las bolas contra el culo, el chapoteo de la saliva y el pre, los gemidos de los dos.
La mesa se movía. Un vaso de plástico se cayó al piso. Mateo se corrió primero, sin tocarse, chorreando sobre los papeles y el piso. El culo se le apretó alrededor de la chota de Lucas y eso lo mandó al carajo. Lucas se hundió hasta el fondo, se quedó temblando y se vino adentro, a chorros gruesos, gimiendo contra la espalda de Mateo. Se sintió el calor y la cantidad. Cuando sacó el pene, el semen le empezó a salir del culo a Mateo y le bajó por el muslo hasta el pantalón bajado.
Se quedaron ahí un rato, jadeando, sudados, con el olor a sexo y a semen llenando la oficina chica. Mateo tenía las piernas temblando. Lucas le pasó una mano por la espalda, todavía adentro de la cabeza.
—¿Estás bien?
—Me duele el culo como la mierda… pero sí.
Se limpiaron con papel de cocina de la estación. Quedó todo manchado: el piso, la mesa, los pantalones. Afuera sono la bocina de un auto.
Antes de salir a atender, Mateo miró a Lucas.
—La próxima traé lubricante. Porque si me la volvés a meter así en seco me vas a partir al medio.
Lucas se rió, todavía colorado y con el pito medio duro colgándole.
—Trato hecho.
Salieron a cobrar el auto con el olor a sexo todavía pegado a la ropa y la certeza de que esa noche se habían cogido de verdad, sin poesía ni romanticismo. Solo dos pibes de 19 años, virgenes hasta hace veinte minutos, con el culo y el pito todavía latiendo.
La oficina atrás del mostrador era un basureo: una mesa llena de facturas, dos sillas de plástico, un caloventor que tiraba humo y olía a quemado. Afuera el viento y ni un auto.
Lucas se sentó y estiró las piernas. El bulto se le marcaba como si tuviera una banana adentro del pantalón de trabajo. Mateo ya lo había notado varias veces. Esa noche no aguantó.
—Che… se te marca una banda —dijo, mirándolo directo.
Lucas se tocó la entrepierna sin pensar y se sonrojó.
—Sí. Es una cagada con este pantalon.
Mateo se levantó y se acercó. Se detuvo frente a él.
—¿Puedo… verlo?
Lucas bajó el cierre. El pito le saltó apenas se bajó el boxer. Era grueso, largo, venoso, la cabeza ya medio hinchada y brillosa de pre. Parecía que no podía ser de un pibe de 19. Mateo se quedó mirándolo con la boca abierta.
—La concha de tu madre…
Se arrodilló. Agarró el pito con las dos manos y apenas le cerraban los dedos. Estaba pesado y caliente. Le pasó la lengua por la punta, saboreó el gusto salado y se lo metió en la boca. Le costó una banda. La cabeza ya le llenaba la boca y cuando intentó bajar más le hizo arco. Babeó, le saltaron lágrimas, se le escapó un ruido de garganta. Lucas soltó un gemido ronco y le agarró el pelo, sin fuerza, solo para tener algo de qué agarrarse.
—Tranquilo… no tenés que…
Mateo no se detuvo. Bajó más, salivando, forzando la boca, sintiendo cómo le llenaba la garganta. Los ojos se le humedecieron. El gusto era salado, masculino, nuevo. Cada vez que subía y bajaba, Lucas temblaba en la silla.
Después de un rato Lucas lo paró.
—Pará… si seguís así me vengo.
Se pararon los dos. Se bajaron los pantalones hasta las rodillas. Mateo estaba duro también, pero al lado del de Lucas parecía normal. Se besaron mal: dientes, saliva, respiración de nervios. Lucas lo dio vuelta y lo apoyó contra la mesa, empujándole la espalda para que se agachara.
Mateo se abrió las nalgas con las manos. Estaba cagado de miedo.
—Dale, pero despacio…
Lucas se escupió en la mano, se untó el pito y le metió dos dedos primero. Mateo apretó los dientes. Dolía. Los dedos de Lucas no eran finos. Cuando sintió que estaba un poco más abierto, apuntó la cabeza del pito contra el agujero y empujó.
Mateo soltó un quejido largo, casi un grito ahogado.
—Ahhh, la puta madre… duele…
—Aguantá… estoy entrando…
Entró lento, a los empujones. La cabeza ya le costó. Mateo tenía los ojos cerrados, la frente apoyada en los papeles de la mesa, respirando por la boca. Cada centímetro que avanzaba le quemaba y le estiraba. Se le escapaban lágrimas. Lucas tenía la frente contra su espalda, temblando de ganas y de nervios, aguantando las ganas de embestir de una.
Cuando estuvo casi todo adentro, se quedaron quietos. Mateo respiraba como si hubiera corrido una maratón. Se sentía lleno hasta el límite, como si le fueran a partir el culo.
—Movete… pero lento —pidió.
Lucas empezó a sacar y meter. Al principio era puro dolor. Después, con cada embestida, el dolor se mezclaba con otra cosa. La pija le rozaba puntos que Mateo ni sabía que tenía. Empezó a gemir más bajo, más sucio. Lucas agarró más ritmo. El sonido era obsceno: el golpe húmedo de las bolas contra el culo, el chapoteo de la saliva y el pre, los gemidos de los dos.
La mesa se movía. Un vaso de plástico se cayó al piso. Mateo se corrió primero, sin tocarse, chorreando sobre los papeles y el piso. El culo se le apretó alrededor de la chota de Lucas y eso lo mandó al carajo. Lucas se hundió hasta el fondo, se quedó temblando y se vino adentro, a chorros gruesos, gimiendo contra la espalda de Mateo. Se sintió el calor y la cantidad. Cuando sacó el pene, el semen le empezó a salir del culo a Mateo y le bajó por el muslo hasta el pantalón bajado.
Se quedaron ahí un rato, jadeando, sudados, con el olor a sexo y a semen llenando la oficina chica. Mateo tenía las piernas temblando. Lucas le pasó una mano por la espalda, todavía adentro de la cabeza.
—¿Estás bien?
—Me duele el culo como la mierda… pero sí.
Se limpiaron con papel de cocina de la estación. Quedó todo manchado: el piso, la mesa, los pantalones. Afuera sono la bocina de un auto.
Antes de salir a atender, Mateo miró a Lucas.
—La próxima traé lubricante. Porque si me la volvés a meter así en seco me vas a partir al medio.
Lucas se rió, todavía colorado y con el pito medio duro colgándole.
—Trato hecho.
Salieron a cobrar el auto con el olor a sexo todavía pegado a la ropa y la certeza de que esa noche se habían cogido de verdad, sin poesía ni romanticismo. Solo dos pibes de 19 años, virgenes hasta hace veinte minutos, con el culo y el pito todavía latiendo.
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