

Mi abuela Lucrecia tenía 58 años y llevaba más de dos meses de luto.
El marido se le había muerto de un infarto en la cama, de madrugada, sin avisar. Ella lo había llorado, había usado el vestido negro, había recibido a la familia, había rezado. A los 90 días se miró en el espejo del dormitorio, suspiro y se cansó.
Se depiló, se puso una lencería amarilla que no usaba desde hacía años: corpiño de encaje, tanga, portaligas. Se miró de perfil, las tetas todavía se le sostenían, el culo, más blando que a los cuarenta, pero en su lugar, redondo.

Se puso un vestido blanco, corto, escotado, y unos tacos. Se pintó la boca y se perfumó.
— Ya está, se dijo.
— Dos meses ya es suficiente. Y salió decidida a cazar.
No fue a un lugar de jovenes. Fue a un bar de la avenida, de esos con mesas afuera y música no tan alta.
Pidió un trago, se sentó de forma que el vestido se le subiera. A los veinte minutos un tipo de 30 y algo se le acercó. No era un joven, tampoco era un viejo.
—¿Está sola?
—Ahora sí, le dijo ella, y lo miró de arriba abajo.
— ¿Y vos?
Se llamaba Mauro, trabajaba en una inmobiliaria, Lucrecia no le preguntó el apellido, Le preguntó si tenía auto. Y tenía.
Le dijo que no quería ir a un hotel de la avenida, que quería ir a su casa, que estaba sola, que el marido ya no estaba y quería un poco de compañía masculina.
En el living no perdió tiempo. Se sacó el vestido blanco, se quedó en la lencería amarilla.

Mauro se quedó mirándole las tetas, la tanga, las medias.
—Señora!!…
— Lucrecia, no me digas señora cuando me la vas a meter.
Se arrodilló, le bajó el cierre y le sacó la pija, no era enorme, era dura.
Se la chupó con ganas, con la boca de quien hacía meses que no tenía nada, Mauro le agarró el pelo y gruñó.
La acostó en el sofá, le bajó la tanga amarilla, la concha estaba mojada, recortada, caliente.
Cuando la penetró, Lucrecia soltó un gemido largo, de viuda que se había aguantado demasiado.
—Eso… cogeme. No tengas miedo.
Mauro se la dio con ganas con estocadas rápidas. Ella le pedía más. Le puso las piernas en la cintura, y se la clavó hasta el fondo.
Después la puso en cuatro en el sofá y se la cogió desde atrás, nalgueándole el culo que el vestido blanco había estado tapando toda la noche.

Le terminó adentro, Lucrecia se quedó temblando, con la cara contra el almohadón y la lencería amarilla hecha un desastre.
Cuando Mauro se vistió, ella le sirvió un vaso de agua como si nada.
— Si querés volver, le dijo.
— tocá el timbre. No llames antes, no me gusta que me avisen.
Cerró la puerta, se miró en el espejo del pasillo: el rímel corrido, las tetas afuera del corpiño, el semen bajándole por el muslo.
Doña Lucrecia sonrió, su luto se había terminado y la cacería recién empezaba.
El encuentro con Mauro no la había calmado. La había dejado peor.
A la noche siguiente Doña Lucrecia se puso otra vez la lencería amarilla (era la más sexy que tenía), el vestido blanco y los tacos.
Fue a otro bar, se sentó en la barra y no tardó en enganchar conversación con un hombre de unos 45.
Divorciado, decía. La mujer lo había dejado por infiel. Le gustaban las señoras, las de verdad, no las jovenes que no sabían qué hacer con un hombre.
Lucrecia no perdió el tiempo. Bajo la barra le manoteó el bulto y se lo apretó.
— Estás de suerte, yo estoy libre, no te voy a hacer dramas. Y estoy caliente....
Se llamaba Raúl, La llevó a su departamento. En el living le sacó el vestido, el corpiño amarillo y la tanga, la dejó solo en medias y portaligas.
Se le fue primero a las tetas, se las chupó, se las apretó, le mordió los pezones, bajó y le comió la concha. Lucrecia gemía con la cabeza echada atrás, las manos en su pelo.

Después ella se arrodilló. La pija de Raúl era de buen tamaño, gruesa, dura, se la chupó con ganas, lo lamia, se lo mamaba, chupándole hasta los testículos, saboreándolos, mirándolo desde abajo.
— Qué buena milf!!... gruñó él, agarrándole la nuca.
La acostó en el sofá y le metió la pija en la concha, se la cogió duro . Se la dio duro, Lucrecia se arqueaba, clavándole las uñas en su espalda.
Después la hizo cabalgar, ella se empaló su pija en su concha y empezó a rebotar, las tetas saltándole, gimiendo como en su mejor época, disfrutando de un buen pedazo.
—Eso… así…qué rico!!
Raúl la bajó, la puso en cuatro y se la cogió duro desde atrás, azotándole las nalgas. Ella gemía pidiendo más pedía más y mas.

Él se la sacó, le apoyó la punta en el culo y se la metió de una. Doña Lucrecia soltó un grito que llenó la habitación.
—¡Eso! ¡Rompele el culo a la calentona!
Él la embistió con furia, una mano en la cadera y la otra tocándole la concha. Lucrecia gemía, empujaba hacia atrás, pedía que no parara de clavarsela.
Cuando estuvo al borde se la sacó, la giró y eyaculo sobre la boca y en las tetas, chorros calientes en la lengua, en las tetas.
Ella se relamió, todavía de rodillas, y lo miró.
—Qué buen semental eres.
Raúl se rio, sin aliento, y le pasó el pulgar por el labio manchado.
—Y tú una una tremenda putona.
Lucrecia se vistió con el vestido blanco encima de la lencería hecha un desastre. En la puerta le dejó el número.
— Si querés repetir, llámame. Pero no me vengas con cuentos de tu ex.
Bajó al taxi con el culo sensible y una sonrisa, el luto seguía enterrado.
Y mi abuela Lucrecia todavía tenía hambre.


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