Capítulo 14: Vero
Fue un martes cualquiera, a la salida del jardín. Yo llevaba a Clara de la mano, con el guardapolvo manchado de témpera, y acababa de dormir tres horas después de un turno largo. Cruzando la avenida, un auto blanco frenó de golpe frente a mí.
La puerta del acompañante se abrió y bajó una mujer con un vestido largo de seda color crema, lentes de sol enormes y una panza redonda y perfecta. Se sacó los lentes y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Lu?
Me quedé congelada. Conocía esa voz, esa forma de mover las manos cuando se ponía nerviosa, ese lunar al costado de la boca.
—¡Lucía! —Me abrazó antes de que pudiera reaccionar, con el vientre duro entre las dos y un perfume caro que me mareó—. Dios mío, ¡Lucía! Te busqué por todos lados. Fui a tu casa, fui a la policía, pegué carteles. Pensé que…
No terminó la frase. Se le llenaron los ojos de lágrimas y a mí también.
El almuerzo. Insistió en invitarme. Dejé a Clara con Doña Rosa y subí al auto, avergonzada de mis zapatillas gastadas en ese asiento de cuero. Me llevó a su casa: un departamento enorme en un piso alto, con ventanales que daban a la costanera, mármol blanco y un cuarto para el bebé que parecía sacado de una revista, con una cuna de madera clara y un móvil de nubes bordadas.
—Hace un año me casé con Joaquín. ¿Te acordás de que te hablé de él en la facu? Es abogado. Ahora tiene su propio estudio.
Joaquín apareció esa tarde, alto, amable, con una sonrisa tranquila y un apretón de manos firme. Me preguntó por mi trabajo con genuino interés. Yo mentí a medias: "en un local nocturno". Asintió sin juzgar, le sirvió té a Vero con un cuidado que me dio un pinchazo en el pecho.
Vero estaba espléndida. Siete meses de embarazo con la piel luminosa, el pelo brillante, las manos cuidadas, una panza firme y tersa sin una sola estría a la vista. Se la acariciaba con un gesto distraído. Yo la miraba y recordaba mi panza tirante, las estrías violáceas, el charco en el umbral de aquel local. Sentí algo feo y caliente subirme por la garganta: envidia. Y junto a la envidia, una vergüenza tan grande que me dio ganas de salir corriendo.
Lo que no se dice. Después de comer nos quedamos solas en la terraza. Vero me tomó de la mano.
—Lu, ¿qué pasó? Te fuiste y nunca más supe nada de ti. Tus papás… —Se le quebró la voz—. Fui al velorio. Pregunté por vos a todos. Nadie sabía nada.
Le conté lo esencial, sin detalles: que estuve mal, que lo dejé todo, que tuve a Clara, que tuve que reconstruir todo de cero.
—¿Y el papá?
—No hay papá.
No dijo nada. Me miró largo rato, con esa forma suya de entenderlo todo sin preguntar. Después, con cuidado, me preguntó:
—¿Necesitás algo? Lo que sea. Joaquín puede conseguirte un trabajo en el estudio, o puedo ayudarte con el alquiler…
—No —dije, más seco de lo que quería—. Estoy bien. Me las arreglo.
—Lucía…
—De verdad, Vero. Estoy bien.
Bajó la mirada, dolida. Me quedé mirando el mar, sintiendo cómo cada palabra mía abría una distancia que no quería abrir. Éramos dos mujeres que habían compartido todo, y ahora vivíamos en mundos tan distintos que no sabíamos cómo volver a hablar.
La despedida. Al irme me abrazó otra vez, fuerte, apoyando su panza contra la mía. Sentí una patada suave, de su bebé, en mi costado. Me reí entre lágrimas.
—Va a ser un pateador.
—Se llama Mateo —susurró—. Me gustaría que lo conocieras. Que Clara y él fueran amigos.
Asentí sin poder hablar. Me dio una tarjeta con su número y un sobre que no quise abrir hasta estar en el taxi. Adentro había plata, más de lo que ganaba en dos semanas, y una nota con su letra redonda: No es caridad. Es que te extrañé.
Esa noche, frente al espejo del camarín, con el maquillaje a medio hacer, me quedé mirándome un rato largo. La mujer del reflejo tenía el pelo brillante y los pechos caídos, las estrías plateadas, la sonrisa prestada. Mabel me preguntó qué me pasaba.
—Vi a una amiga —dije—. Me hizo acordar de quién era.
—¿Y quién eras?
Me quedé pensando un rato, con el delineador en la mano.
—Alguien que creía que la vida iba a ser distinta.
Mabel me dio un apretón en el hombro y no dijo nada. Del otro lado de la puerta, sonó la música, y salí a bailar.
Fue un martes cualquiera, a la salida del jardín. Yo llevaba a Clara de la mano, con el guardapolvo manchado de témpera, y acababa de dormir tres horas después de un turno largo. Cruzando la avenida, un auto blanco frenó de golpe frente a mí.
La puerta del acompañante se abrió y bajó una mujer con un vestido largo de seda color crema, lentes de sol enormes y una panza redonda y perfecta. Se sacó los lentes y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Lu?
Me quedé congelada. Conocía esa voz, esa forma de mover las manos cuando se ponía nerviosa, ese lunar al costado de la boca.
—¡Lucía! —Me abrazó antes de que pudiera reaccionar, con el vientre duro entre las dos y un perfume caro que me mareó—. Dios mío, ¡Lucía! Te busqué por todos lados. Fui a tu casa, fui a la policía, pegué carteles. Pensé que…
No terminó la frase. Se le llenaron los ojos de lágrimas y a mí también.
El almuerzo. Insistió en invitarme. Dejé a Clara con Doña Rosa y subí al auto, avergonzada de mis zapatillas gastadas en ese asiento de cuero. Me llevó a su casa: un departamento enorme en un piso alto, con ventanales que daban a la costanera, mármol blanco y un cuarto para el bebé que parecía sacado de una revista, con una cuna de madera clara y un móvil de nubes bordadas.
—Hace un año me casé con Joaquín. ¿Te acordás de que te hablé de él en la facu? Es abogado. Ahora tiene su propio estudio.
Joaquín apareció esa tarde, alto, amable, con una sonrisa tranquila y un apretón de manos firme. Me preguntó por mi trabajo con genuino interés. Yo mentí a medias: "en un local nocturno". Asintió sin juzgar, le sirvió té a Vero con un cuidado que me dio un pinchazo en el pecho.
Vero estaba espléndida. Siete meses de embarazo con la piel luminosa, el pelo brillante, las manos cuidadas, una panza firme y tersa sin una sola estría a la vista. Se la acariciaba con un gesto distraído. Yo la miraba y recordaba mi panza tirante, las estrías violáceas, el charco en el umbral de aquel local. Sentí algo feo y caliente subirme por la garganta: envidia. Y junto a la envidia, una vergüenza tan grande que me dio ganas de salir corriendo.
Lo que no se dice. Después de comer nos quedamos solas en la terraza. Vero me tomó de la mano.
—Lu, ¿qué pasó? Te fuiste y nunca más supe nada de ti. Tus papás… —Se le quebró la voz—. Fui al velorio. Pregunté por vos a todos. Nadie sabía nada.
Le conté lo esencial, sin detalles: que estuve mal, que lo dejé todo, que tuve a Clara, que tuve que reconstruir todo de cero.
—¿Y el papá?
—No hay papá.
No dijo nada. Me miró largo rato, con esa forma suya de entenderlo todo sin preguntar. Después, con cuidado, me preguntó:
—¿Necesitás algo? Lo que sea. Joaquín puede conseguirte un trabajo en el estudio, o puedo ayudarte con el alquiler…
—No —dije, más seco de lo que quería—. Estoy bien. Me las arreglo.
—Lucía…
—De verdad, Vero. Estoy bien.
Bajó la mirada, dolida. Me quedé mirando el mar, sintiendo cómo cada palabra mía abría una distancia que no quería abrir. Éramos dos mujeres que habían compartido todo, y ahora vivíamos en mundos tan distintos que no sabíamos cómo volver a hablar.
La despedida. Al irme me abrazó otra vez, fuerte, apoyando su panza contra la mía. Sentí una patada suave, de su bebé, en mi costado. Me reí entre lágrimas.
—Va a ser un pateador.
—Se llama Mateo —susurró—. Me gustaría que lo conocieras. Que Clara y él fueran amigos.
Asentí sin poder hablar. Me dio una tarjeta con su número y un sobre que no quise abrir hasta estar en el taxi. Adentro había plata, más de lo que ganaba en dos semanas, y una nota con su letra redonda: No es caridad. Es que te extrañé.
Esa noche, frente al espejo del camarín, con el maquillaje a medio hacer, me quedé mirándome un rato largo. La mujer del reflejo tenía el pelo brillante y los pechos caídos, las estrías plateadas, la sonrisa prestada. Mabel me preguntó qué me pasaba.
—Vi a una amiga —dije—. Me hizo acordar de quién era.
—¿Y quién eras?
Me quedé pensando un rato, con el delineador en la mano.
—Alguien que creía que la vida iba a ser distinta.
Mabel me dio un apretón en el hombro y no dijo nada. Del otro lado de la puerta, sonó la música, y salí a bailar.
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