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"Desde que fui Mamá"

Capítulo 12: Dos años después
Me despierta el peso de una manito sobre la cara.
—Mami. Mami. Ya es de día.
Abro los ojos y Clara está ahí, sentada sobre mi pecho, con el pelo enrulado revuelto y una sonrisa enorme con todos sus dientitos. Tiene dos años. Habla sin parar, corre por todos lados y ya sabe decir "no" con la misma firmeza que yo.
Vivimos en un departamento chiquito, alquilado con mi sueldo, en el segundo piso de un edificio sin ascensor. La cocina y el cuarto comparten pared, el agua caliente tarda en salir y las cañerías hacen ruido de noche. Es lo más hermoso que tuve en mi vida.
Tengo 20 años. Hace dos que no pruebo alcohol, y aunque hubo recaídas en el camino, una noche especialmente mala en el hogar y una semana en que casi me voy con Clara sin rumbo, hoy puedo decir "dos años" sin que me tiemble la voz. Trabajo en la cocina de un comedor comunitario, de lunes a sábado, y de noche curso la secundaria que dejé a medias. Es la primera vez que me levanto con un plan.
Frente al espejo. Me miro mientras me lavo los dientes. Los que perdí los reemplazó una prótesis que me pagó un programa del hospital, y la sonrisa, aunque distinta, es mía otra vez. La piel recuperó color. El pelo, que se me caía en mechones, volvió a crecer largo y brillante. Estoy mucho más flaca que antes, pero fuerte, con los músculos que me dejaron los turnos de cocina y las escaleras.
El cuerpo guarda las huellas de todo. Las estrías, antes violáceas, ahora son líneas plateadas que me cruzan la panza, las caderas y los costados de los pechos. Los pechos son lo que más cambió. Después de tanta pérdida de peso y de un año entero de darle de mamar a Clara, bajaron a 90C, pero ya no se sostienen solos: quedaron blandos, vacíos, con la piel floja. Sin el corpiño cuelgan largos y pesados, apuntando hacia abajo, con las areolas anchas y los pezones de un marrón oscuro que nunca se aclaró. Los levanto con las manos frente al espejo y compruebo que la piel ya no vuelve a su lugar. Al principio me daba vergüenza mirarlos. Ahora los miro y pienso en cada noche que alimentaron a Clara.
La casa. Durante estos dos años escribí la carta de la servilleta tres veces y rompí las tres. Me decía que todavía no, que primero tenía que estar bien, que después iba a volver. Cuando cumplí dos años de sobriedad, dejé de postergarlo. Un sábado subí a un colectivo con Clara en brazos y me bajé en la esquina de mi casa de infancia.
Toqué el timbre con el corazón en la garganta. Abrió una mujer que no conocía.
—¿Sí?
—Busco a los Ferrer. Soy su hija.
Se le cambió la cara. Miró a Clara, miró mi cara, y se quedó un rato sin hablar. Después me hizo pasar al zaguán y me dijo, muy despacio, con las manos juntas:
—Ay, nena. Lo siento muchísimo. Yo compré la casa hace un año. Tus papás… tuvieron un accidente en la ruta, a poco de que te fueras. Volvían de hacer la denuncia por tu desaparición.
Sentí que el suelo se abría. Me agarré del marco de la puerta. Clara me tiraba de la blusa y preguntaba "¿mami, qué pasa?", y yo no podía contestar.
—Hace casi dos años —siguió la mujer, con los ojos húmedos—. Los vecinos dicen que te buscaron todos los días, hasta el final. Nadie supo dónde encontrarte.
Me senté en el escalón de la entrada, con Clara en el regazo, y lloré como no lloraba desde el parto. Lloré por el cuaderno de nombres, por la cuna que mi papá había lijado, por la servilleta doblada en cuatro que nunca llegó a nadie. Lloré por haber querido volver "cuando pudiera mirarlos sin bajar la cabeza", y por no haber entendido que a ellos nunca les había importado cómo me vieran.
El cementerio. Un vecino me indicó dónde estaban. Es una tumba chica, con las dos placas juntas y unas flores de plástico que alguien cambió hace poco. Me paré delante con Clara de la mano, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué decir.
—Ma, pa —murmuré al fin—. Estoy viva. Estoy bien. Tengo una nena. Se llama Clara.
Saqué del bolsillo la servilleta, la última versión de la carta, arrugada, y se la leí en voz baja a las placas. Después la dejé al pie, bajo una piedra.
Clara miró las fotos de los dos, con la cabeza inclinada.
—¿Quiénes son, mami?
Me agaché, le acomodé el pelo, y sentí que el dolor y algo parecido a la paz se mezclaban en el pecho.
—Son tus abuelos, mi amor. Te estuvieron esperando mucho.
Se quedó mirando un rato. Después apoyó la manito sobre la piedra fría y dijo, muy bajito:
—Hola.

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