Capítulo9. Pensamientos y placer.
La luzdel lunes entraba a hurtadillas por las persianas medio bajadas de lahabitación principal de la casa de Aracely. No era la luz cruda del mediodía,sino una luz filtrada, amarillenta, polvo de oro suspendido en el aire que olíaa limpio, a jabón de lavanda y a algo más profundo, más animal, que aún adheríalos sábanas de algodón hilado. Humberto abrió los ojos lentamente. El cerebrole trabajaba a máquina de escribir, disparando recuerdos como proyectiles dealta velocidad contra la pared de su realidad inmediata. ¿Sucedió? ¿O fue unsueño húmedo demasiado vívido para ser real?
Seincorporó sobre los codos. La almohada bajo su cabeza aún conservaba el huecode su cráneo, la depresión de su propia presencia. Giró la cabeza hacia la otramitad de la cama matrimonial, amplia, de madera de caoba con cabecero tapizadoen terciopelo gris. Estaba vacía. Las sábanas estaban perfectamente estiradas,sin el caos de la noche anterior, sin los nudos que dejan los cuerpos enlazadosen el éxtasis. Pero el olor... el olor era innegable. Un rastro sutil, casiimperceptible para un olfato no entrenado, pero para él era un estandarteondeando. Olía a ella. A su perfume caro, de notas amaderadas y florales,mezclado con el olor metálico y salado de su propia piel, con ese saborácido-dulce que solo tiene la boca de una mujer después de haber probado laintimidad de otra.
Beto,se pasó una mano por el rostro, sintiendo la barba incipiente que le raspaba lapalma. Llevaba puesto el pantalón de pijama, pero la camisa blanca que solíadormir con ella estaba arrugada en el suelo, junto a sus zapatos. Recordó elpeso de su madre sobre él. Recordó la forma en que Aracely, su madre, la mujerque lo vio nacer, lo había visto a él. Recordó el sonido húmedo, rítmico, elchasquido suave de sus labios contra su glande, la forma en que ella habíasostenido su base con una mano firme, cálida, mientras su boca se abría ycerraba con una devoción casi religiosa. No había sido un acto rápido. Habíasido una exploración. Una reafirmación.
Selevantó. Sus piernas se sentían pesadas, pero su sangre ardía en las venas, untorrente de adrenalina y testosterona que aún no se había disipado. Caminódescalzo por el pasillo. El suelo de madera de pino, barnizado y pulido hastaparecer espejo, le transmitía el frío matutino a través de las plantas de lospies, un contraste eléctrico que lo mantenía alerta. Las paredes de la casaeran de un blanco crema, pintadas hace años, con grietas finas como hilos dearaña cerca del techo, grietas que él solía observar cuando era niño y ahoraobservaba como un hombre que busca defectos en la perfección. El aire olía acafé recién hecho, ese aroma tostado, amargo, que era el latido cardíaco de lacasa.
Bajólas escaleras. El sonido de sus pasos era silencioso, pero podía sentir lavibración de la madera bajo sus pies, la estructura de la casa respondiendo asu peso. Entró a la cocina.
Laescena que se presentó ante sus ojos lo dejó inmóvil en el umbral, con elcorazón latiendo un ritmo irregular contra sus costillas.
Aracelyestaba de espaldas a él, frente a la encimera de mármol blanco, que brillababajo las luces halógenas del techo. Llevaba puesto un vestido de una solapieza, de tela suave, color azul cielo, que le llegaba apenas a la mitad de losmuslos. El tejido se pegaba a su piel húmeda, delineando cada curva con unaprecisión casi topográfica. Y allí, justo donde la tela terminaba y la pielcomenzaba, visible por el movimiento de sus caderas mientras removía algo enuna sartén, estaba la panty de encaje negra.
No erauna panty cualquiera. Era de encaje fino, con un diseño de flores minimalistas,casi transparente en los bordes. El negro del encaje contrastaba violentamentecon el tono bronceado de la piel de sus glúteos, creando una línea de sombraprofunda que Humberto sintió que lo miraba directamente a los ojos. Podía verla textura del encaje, los pequeños nudos de la tela, la forma en que la luzdel sol incidente se colaba por las renduras del tejido, iluminando la piel dedebajo. Era una visión de una crudeza exquisita.
Aracelytarareaba una canción. Era una melodía antigua, de los años cincuenta, unabalada suave que ella solía cantar cuando limpiaba la casa o cuando leía en elsillón. Su voz era un hilo fino, vibrante, que llenaba la cocina, mezclándosecon el sonido de lo que estaba cocinando —huevos revueltos, probablemente, otal vez chorizo— y suave del café en la cafetera eléctrica.
Betono hizo ruido. Se deslizó hacia ella, sus pies descalzos deslizándose sobre elsuelo frío sin emitir el más mínimo crujido. Se colocó detrás de ella, aescasos centímetros de su espalda. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo,una onda térmica palpable que le erizaba la piel del pecho y los brazos. Podíaolerla más fuerte ahora. El perfume se intensificaba, mezclándose con el olor aaceite caliente y huevos.
Ellano se giró. Sabía que él estaba ahí. Siempre lo había sabido, incluso cuando élera pequeño, incluso cuando se había ido a la universidad. Tenía esa intuiciónmaternal, pero también había algo más ahora. Una consciencia de la masculinidadque él proyectaba hacia ella, una gravedad que había cambiado la dinámica de lahabitación.
—Buenosdías, mamá —dijo Beto. Su voz salió ronca, más grave de lo habitual, cargada deuna intención que no estaba segura si ella había captado del todo.
Aracelydetuvo el movimiento del cuchara en la sartén. No se volvió inmediatamente. Sushombros, desnudos bajo el escote del vestido, se tensaron ligeramente, unamicro-reacción que Humberto notó al instante. Luego, lentamente, giró la cabezahacia un lado, mirándolo por el rabillo del ojo. Sus ojos, del color de la mieloscura, brillaban con una mezcla de sorpresa y placer perezoso.
—Buenosdías, cariño —respondió ella, con una sonrisa lenta, lenta, que le curvó loslabios pintados de un rojo intenso. No había vergüenza en su rostro, solo unacalma absoluta, la calma de quien sabe que el secreto compartido es un lazo másfuerte que cualquier vínculo de sangre.
Beto,dio un paso más adelante, hasta que el pecho de él rozó la espalda de ella. Latela del vestido de Aracely era suave, fresca, pero bajo él podía sentir lafirmeza de sus músculos, la calidez de su cuerpo. Ella dejó la cuchara sobre laencimera y apoyó las manos en la superficie fría del mármol, arqueandoligeramente la espalda, ofreciéndole la curvatura de su columna vertebral.
—Huelerico —murmuró él, apoyando la barbilla en su hombro, inhalingandoprofundamente. El olor a cebolla frita, a mantequilla, se mezclaba con el aromainconfundible de su sexo, aún residual de la noche anterior.
Aracelycerró los ojos por un segundo. —Hueles a ti también. A hombre. A sudor y a... adeseo.
Humbertosonrió contra su cuello. Sus labios rozaron la piel sensible de la nuca deella, provocando un escalofrío visible que recorrió la espalda de Aracely.Lentamente, sus manos bajaron desde los hombros de ella, deslizándose por latela del vestido, sintiendo la suavidad del tejido bajo sus dedos, hasta llegara sus caderas. Las agarró con firmeza, los dedos hundiéndose en la carne blandapero firme de sus muslos.
—¿Cómoestás? —preguntó él, no mirándola, sino concentrándose en la sensación de susdedos sobre su piel, en la forma en que su cuerpo respondía a su toque,tensándose ligeramente bajo sus manos.
Aracelyse dejó caer ligeramente hacia atrás, apoyando su peso en él, permitiendo queél la sostuviera. —Bien —susurró. Su voz temblaba ligeramente, una vibracióneléctrica que Humberto podía sentir contra su pecho. —He estado pensando enayer.
—¿Enqué? —preguntó él, mientras sus manos comenzaban a masajear suavemente suscaderas, subiendo y bajando con un ritmo lento, hipnótico.
—Encómo te sentiste —dijo Aracely, girando finalmente la cabeza para mirarlo defrente, aunque sus cuerpos seguían unidos por el contacto. Sus ojos estabanoscurecidos, las pupilas dilatadas. —Porque yo sentí tu calor en mi boca. Sentítu pulso en mi garganta. Fue... fue como si te estuviera alimentando, Humberto.No con comida. Con algo más antiguo.
Humbertosintió un impulso violento de tomarla, de presionarla contra la encimera, deprobar de nuevo esa boca. Pero contuvo el impulso, alimentando la tensión.Sabía que la paciencia era parte del juego ahora.
—¿Y túlo sentiste? —preguntó él, directo, sin rodeos. Su mano izquierda subió desdesu cadera, deslizando la tela del vestido hacia arriba, hasta la cintura, hastaque sus dedos encontraron la tela del encaje negro.
Aracelytragó saliva. —Lo siento todo el tiempo. Cuando me muevo. Cuando respiro. Escomo una marca.
Humbertoapretó el encaje entre sus dedos, sintiendo la textura rugosa del hilo contrasu yema. Lo jaló ligeramente hacia abajo, exponiendo más piel, más curva.Aracely dejó escapar un gemido bajo, casi inaudible, pero que resonó en lapequeña cocina como un trueno.
—Mamá—dijo él, usando el título como una caricia, como una posesión.
—Hijo—respondió ella, y la diferencia en su voz era abismal. Ya no era la madre quelo regaña o lo consuela. Era la mujer que lo quería.
Sebesaron. No fue un beso suave. Fue un beso hambriento, profundo, con la lenguaexplorando la boca del otro como si fueran territorios por conquistar. El saborde ella era dulce, con un toque salado, y el sonido de sus labios chocando, desus lenguas frotándose, se mezclaba con el sonido del chorizo crepitando en lasartén. Humberto puso sus manos en los senos de ella, apretándolos a través dela tela del vestido, sintiendo la firmeza de las glándulas, la calidez de lasangre que fluía bajo la piel.
Aracely respondió a las caricias empujando sutrasero hacia él, buscando esa presión, buscando esa verga dura que sabía queestaba allí, presente, vibrante.
Losintió. Lo sintió claramente entre sus nalgas, la cabeza dura de su penepresionando contra su base, entre los glúteos. Se movió ligeramente, frotándosecontra él, creando una fricción deliciosa, una promesa de lo que vendríadespués.
—Eldesayuno —murmuró ella contra su boca, separándose apenas lo suficiente parahablar, aunque sus ojos seguían fijos en los de él, profundos, oscuros.
—Eldesayuno puede esperar —respondió Humberto, mordiendo suavemente el lóbulo desu oreja, sintiendo cómo ella se estremecía.
Terminaronde desayunar de pie, apoyados uno contra el otro, comiendo huevos fríosdirectamente de la sartén con tenedor, sus caderas chocando suavemente con cadabocado. Hablaban, sí, pero no tanto del desayuno. Hablaban de la nocheanterior.
—¿Tegustó? —preguntó Aracely mientras él limpiaba un poco de salsa de tomate de lacomisura de su labio con el pulgar.
—Meencantó —respondió él, sin mirarla, concentrado en el rastro de su dedo sobresu piel. —Me sentí... conectado. Como si hubiera vuelto a nacer.
—Yotambién —susurró ella. —Me sentí viva. No como la madre de Humberto. Como lamujer.
Sesentaron finalmente a la mesa, una mesa de madera maciza, gastada por los años,con vetas oscuras que recordaban ríos secos. El café humeaba en sus tazas decerámica blanca. La luz del sol entraba más fuerte ahora, iluminando el polvoque flotaba en el aire, creando un efecto de neblina dorada.
Humbertotomaba sorbos de café, pero sus ojos estaban en ella. Veía cómo la tela delvestido se movía con cada respiración de ella, cómo el encaje negro de su ropainterior se asomaba por la parte inferior, una bandera de rendición, unapromesa de obscenidad contenida. Era una contradicción hermosa: la madrerecatada, la esposa devota, y debajo, la mujer hambrienta, el encaje negro, elolor a sexo.
—Eresmuy lindo cuando te concentras —comentó Aracely, sonriendo mientras servía máscafé en la jarra.
—Y túeres muy peligrosa cuando vistes ese vestido —respondió él, alzando una ceja.
Aracelyse rio, un sonido claro, puro, que llenó la cocina. —Es solo un vestido,Humberto.
—Nopara mí —dijo él, serio de repente. —Es un aviso.
Ellase sentó frente a él. —¿Un aviso de qué?
—Deque ya no eres solo mi madre. Eres una mujer. Y yo soy un hombre. Y eso cambialas reglas.
Aracelyasintió lentamente, comprendiendo. —Sí. Lo hace.
Elsilencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de significados nodichos. Olía a café, a huevos, a perfume, a sexo. Sonaba el tic-tac del relojde pared en el pasillo, un sonido metálico, preciso, marcando el tiempo quecorría para todos excepto para ellos dos.
Depronto, el sonido de la puerta de la entrada abriéndose rompió la burbuja.
—¡Mami!¡Beto! —la voz de Ana resonó en la entrada, fresca, vibrante, llena de energíamatutina. —¡Llegué! Pedro me dejó aquí porque tiene que irse al trabajotemprano.
Humbertoy Aracely se miraron. Fue un instante rápido, un cruce de miradas que conteníaaños de secretos, de culpas, de placer. Aracely recuperó su postura maternal,enderezando la espalda, alisando el vestido con una mano. Humberto seincorporó, recogiendo la jarra de café para servirse más, ocultando unasonrisa.
Anaentró en la cocina. Era una mujer joven, llena de vida, con el cabello castañorecogido en una coleta alta que le dejaba el cuello al descubierto. Llevabapuesto un pantalón vaquero ajustado y una blusa blanca de manga corta. Olía aperfume floral, diferente al de su madre, más joven, más dulce. Llevaba unabolsa de papel en una mano, presumiblemente con algo de comer.
—Hola,mamá —dijo Ana, bosteando. —Hola, Humberto. Huele a rico aquí dentro. ¿Quéestás cocinando?
—Solohuevos y café —respondió Aracely con una voz normal, maternal, perfecta.—Siéntate, hija. Estaba justo terminando.
Anadejó la bolsa en la mesa y se sentó. —Gracias. Estoy muerta de hambre. Pedro seolvidó de desayunar también. Es una historia larga, pero básicamente, eltráfico en la autopista era una pesadilla y tuvo que hacer una llamadaimportante.
—¿Cómoestás, Ana? —preguntó Humberto, sirviéndose más café. Su voz era tranquila,normal. Pero debajo de la superficie, sus nervios estaban al rojo vivo. Cadavez que ella se sentaba, cada vez que se movía, él podía sentir la energía desu madre en el aire, una tensión invisible que conectaba a los tres.
—Bien,bien. Estresada, pero bien. ¿Y tú? ¿Listo para la escuela?
—Yaestoy listo —respondió él. —Exámenes finales pronto.
—Claro,siempre estudiando —dijo Ana, sirviéndose huevos. —Tú siempre has sido elbrillante. Yo soy la que se casó joven y tiene que mantener a Pedro.
Aracelysirvió a Ana y luego a sí misma. —No digas eso, hija. Tienes un buen trabajo. YPedro te quiere mucho.
—Sí,claro —dijo Ana, mordiendo un trozo de pan tostado. Miró a su madre con unasonrisa. —¿Cómo estás, mamá? Te ves... fresca hoy.
Aracelysonrió, tocándose el cabello. —Solo dormí bien.
—Esoes bueno —dijo Ana, sin prestarle más importancia.
Elsonido de la cuchara contra la taza de cerámica era metálico, seco. El olor apan tostado se mezclaba con el aroma residual del sexo matinal. Era una escenadoméstica, normal, ordinaria. Y sin embargo, para Humberto, era la escena máserótica del mundo.
—Beto—dijo Ana, interrumpiendo su observación. —¿Estás bien? Estás muy callado.
Humbertoparpadeó, recuperando la consciencia. —¿Qué? No, estoy bien. Solo... pensando.
Aracelylo miró. Sus ojos eran profundos, tranquilos. —Déjame ayudar, mijo. Yo he leídoalgunos contratos. Puedo darte mi opinión.
—Gracias,mamá —dijo Humberto, sintiendo una oleada de gratificación pura.
Lasrisas de las dos mujeres llenaron la cocina. Humberto las miraba, sintiendo unamezcla de amor y posesión. Eran suyas. Su madre, su hermana. Pero él era elhombre de la casa ahora. El que había tomado lo que era suyo.
—Oye,mamá —dijo Ana, de repente, con un tono más serio. —¿Seguro que estás bien?Últimamente pareces... diferente. Más... relajada.
Aracelyse encogió de hombros, pero sus ojos se clavaron en Humberto. —Solo estoydisfrutando de la vida, hija. Es importante.
—Claro—dijo Ana, sin convencer del todo, pero dejando el tema. —Oye, Humberto,¿quieres venir a ver la casa de la playa este fin de semana? Pedro y yoqueremos ver si hace falta hacer reparaciones antes de la temporada alta.
—Lovoy a pensar—respondió Humberto. —Será genial.
Eldesayuno continuó. Hablaron de cosas triviales. Del clima, de los amigos encomún, de un programa de televisión que a Ana le gustaba. Pero debajo de lasuperficie, el agua bullía. Humberto podía sentir la mirada de su madre sobreél cuando creía que no la estaba mirando. Podía sentir la tensión en su cuerpo,la forma en que se movía, la forma en que su vestido se ajustaba a sus caderas.
Cuandoterminaron, Ana se levantó para ayudar a recoger la mesa. Humberto se quedósentado, observando. Aracely se acercó a él, como si fuera a recoger algo, y seinclinó. Su vestido se subió ligeramente, exponiendo más de la panty negra. Elolor a su cuerpo se intensificó, un aroma a humedad, a calor, a mujer.
Ana sefue.
Aracelyestaba allí, de espaldas, lavando los platos. El agua corría por sus manos,brillante. El vestido azul cielo se pegaba a su cuerpo, mojándose ligeramentepor la humedad. Y debajo, el encaje negro. Era una visión perfecta. Una obra dearte.
Sonriópara sí mismo. El juego había comenzado. Y él estaba listo para jugar.
Elsonido de sus cuerpos chocando era suave, húmedo. El olor a sexo seintensificó, mezclándose con el olor a sudor, a perfume, a vida.
—Hijo—susurró ella, arqueando la espalda.
—Mamá—respondió él, moviéndose dentro de ella.
Y asícontinuaron, en un bucle de placer y de dolor, de amor y de posesión, de madree hijo, de hombre y mujer. Hasta que el cansancio los venció, y se quedaronabrazados, respirando al mismo ritmo, unidos por un secreto que ahora era suyo,y de nadie más.
La luzdel lunes entraba a hurtadillas por las persianas medio bajadas de lahabitación principal de la casa de Aracely. No era la luz cruda del mediodía,sino una luz filtrada, amarillenta, polvo de oro suspendido en el aire que olíaa limpio, a jabón de lavanda y a algo más profundo, más animal, que aún adheríalos sábanas de algodón hilado. Humberto abrió los ojos lentamente. El cerebrole trabajaba a máquina de escribir, disparando recuerdos como proyectiles dealta velocidad contra la pared de su realidad inmediata. ¿Sucedió? ¿O fue unsueño húmedo demasiado vívido para ser real?
Seincorporó sobre los codos. La almohada bajo su cabeza aún conservaba el huecode su cráneo, la depresión de su propia presencia. Giró la cabeza hacia la otramitad de la cama matrimonial, amplia, de madera de caoba con cabecero tapizadoen terciopelo gris. Estaba vacía. Las sábanas estaban perfectamente estiradas,sin el caos de la noche anterior, sin los nudos que dejan los cuerpos enlazadosen el éxtasis. Pero el olor... el olor era innegable. Un rastro sutil, casiimperceptible para un olfato no entrenado, pero para él era un estandarteondeando. Olía a ella. A su perfume caro, de notas amaderadas y florales,mezclado con el olor metálico y salado de su propia piel, con ese saborácido-dulce que solo tiene la boca de una mujer después de haber probado laintimidad de otra.
Beto,se pasó una mano por el rostro, sintiendo la barba incipiente que le raspaba lapalma. Llevaba puesto el pantalón de pijama, pero la camisa blanca que solíadormir con ella estaba arrugada en el suelo, junto a sus zapatos. Recordó elpeso de su madre sobre él. Recordó la forma en que Aracely, su madre, la mujerque lo vio nacer, lo había visto a él. Recordó el sonido húmedo, rítmico, elchasquido suave de sus labios contra su glande, la forma en que ella habíasostenido su base con una mano firme, cálida, mientras su boca se abría ycerraba con una devoción casi religiosa. No había sido un acto rápido. Habíasido una exploración. Una reafirmación.
Selevantó. Sus piernas se sentían pesadas, pero su sangre ardía en las venas, untorrente de adrenalina y testosterona que aún no se había disipado. Caminódescalzo por el pasillo. El suelo de madera de pino, barnizado y pulido hastaparecer espejo, le transmitía el frío matutino a través de las plantas de lospies, un contraste eléctrico que lo mantenía alerta. Las paredes de la casaeran de un blanco crema, pintadas hace años, con grietas finas como hilos dearaña cerca del techo, grietas que él solía observar cuando era niño y ahoraobservaba como un hombre que busca defectos en la perfección. El aire olía acafé recién hecho, ese aroma tostado, amargo, que era el latido cardíaco de lacasa.
Bajólas escaleras. El sonido de sus pasos era silencioso, pero podía sentir lavibración de la madera bajo sus pies, la estructura de la casa respondiendo asu peso. Entró a la cocina.
Laescena que se presentó ante sus ojos lo dejó inmóvil en el umbral, con elcorazón latiendo un ritmo irregular contra sus costillas.
Aracelyestaba de espaldas a él, frente a la encimera de mármol blanco, que brillababajo las luces halógenas del techo. Llevaba puesto un vestido de una solapieza, de tela suave, color azul cielo, que le llegaba apenas a la mitad de losmuslos. El tejido se pegaba a su piel húmeda, delineando cada curva con unaprecisión casi topográfica. Y allí, justo donde la tela terminaba y la pielcomenzaba, visible por el movimiento de sus caderas mientras removía algo enuna sartén, estaba la panty de encaje negra.
No erauna panty cualquiera. Era de encaje fino, con un diseño de flores minimalistas,casi transparente en los bordes. El negro del encaje contrastaba violentamentecon el tono bronceado de la piel de sus glúteos, creando una línea de sombraprofunda que Humberto sintió que lo miraba directamente a los ojos. Podía verla textura del encaje, los pequeños nudos de la tela, la forma en que la luzdel sol incidente se colaba por las renduras del tejido, iluminando la piel dedebajo. Era una visión de una crudeza exquisita.
Aracelytarareaba una canción. Era una melodía antigua, de los años cincuenta, unabalada suave que ella solía cantar cuando limpiaba la casa o cuando leía en elsillón. Su voz era un hilo fino, vibrante, que llenaba la cocina, mezclándosecon el sonido de lo que estaba cocinando —huevos revueltos, probablemente, otal vez chorizo— y suave del café en la cafetera eléctrica.
Betono hizo ruido. Se deslizó hacia ella, sus pies descalzos deslizándose sobre elsuelo frío sin emitir el más mínimo crujido. Se colocó detrás de ella, aescasos centímetros de su espalda. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo,una onda térmica palpable que le erizaba la piel del pecho y los brazos. Podíaolerla más fuerte ahora. El perfume se intensificaba, mezclándose con el olor aaceite caliente y huevos.
Ellano se giró. Sabía que él estaba ahí. Siempre lo había sabido, incluso cuando élera pequeño, incluso cuando se había ido a la universidad. Tenía esa intuiciónmaternal, pero también había algo más ahora. Una consciencia de la masculinidadque él proyectaba hacia ella, una gravedad que había cambiado la dinámica de lahabitación.
—Buenosdías, mamá —dijo Beto. Su voz salió ronca, más grave de lo habitual, cargada deuna intención que no estaba segura si ella había captado del todo.
Aracelydetuvo el movimiento del cuchara en la sartén. No se volvió inmediatamente. Sushombros, desnudos bajo el escote del vestido, se tensaron ligeramente, unamicro-reacción que Humberto notó al instante. Luego, lentamente, giró la cabezahacia un lado, mirándolo por el rabillo del ojo. Sus ojos, del color de la mieloscura, brillaban con una mezcla de sorpresa y placer perezoso.
—Buenosdías, cariño —respondió ella, con una sonrisa lenta, lenta, que le curvó loslabios pintados de un rojo intenso. No había vergüenza en su rostro, solo unacalma absoluta, la calma de quien sabe que el secreto compartido es un lazo másfuerte que cualquier vínculo de sangre.
Beto,dio un paso más adelante, hasta que el pecho de él rozó la espalda de ella. Latela del vestido de Aracely era suave, fresca, pero bajo él podía sentir lafirmeza de sus músculos, la calidez de su cuerpo. Ella dejó la cuchara sobre laencimera y apoyó las manos en la superficie fría del mármol, arqueandoligeramente la espalda, ofreciéndole la curvatura de su columna vertebral.
—Huelerico —murmuró él, apoyando la barbilla en su hombro, inhalingandoprofundamente. El olor a cebolla frita, a mantequilla, se mezclaba con el aromainconfundible de su sexo, aún residual de la noche anterior.
Aracelycerró los ojos por un segundo. —Hueles a ti también. A hombre. A sudor y a... adeseo.
Humbertosonrió contra su cuello. Sus labios rozaron la piel sensible de la nuca deella, provocando un escalofrío visible que recorrió la espalda de Aracely.Lentamente, sus manos bajaron desde los hombros de ella, deslizándose por latela del vestido, sintiendo la suavidad del tejido bajo sus dedos, hasta llegara sus caderas. Las agarró con firmeza, los dedos hundiéndose en la carne blandapero firme de sus muslos.
—¿Cómoestás? —preguntó él, no mirándola, sino concentrándose en la sensación de susdedos sobre su piel, en la forma en que su cuerpo respondía a su toque,tensándose ligeramente bajo sus manos.
Aracelyse dejó caer ligeramente hacia atrás, apoyando su peso en él, permitiendo queél la sostuviera. —Bien —susurró. Su voz temblaba ligeramente, una vibracióneléctrica que Humberto podía sentir contra su pecho. —He estado pensando enayer.
—¿Enqué? —preguntó él, mientras sus manos comenzaban a masajear suavemente suscaderas, subiendo y bajando con un ritmo lento, hipnótico.
—Encómo te sentiste —dijo Aracely, girando finalmente la cabeza para mirarlo defrente, aunque sus cuerpos seguían unidos por el contacto. Sus ojos estabanoscurecidos, las pupilas dilatadas. —Porque yo sentí tu calor en mi boca. Sentítu pulso en mi garganta. Fue... fue como si te estuviera alimentando, Humberto.No con comida. Con algo más antiguo.
Humbertosintió un impulso violento de tomarla, de presionarla contra la encimera, deprobar de nuevo esa boca. Pero contuvo el impulso, alimentando la tensión.Sabía que la paciencia era parte del juego ahora.
—¿Y túlo sentiste? —preguntó él, directo, sin rodeos. Su mano izquierda subió desdesu cadera, deslizando la tela del vestido hacia arriba, hasta la cintura, hastaque sus dedos encontraron la tela del encaje negro.
Aracelytragó saliva. —Lo siento todo el tiempo. Cuando me muevo. Cuando respiro. Escomo una marca.
Humbertoapretó el encaje entre sus dedos, sintiendo la textura rugosa del hilo contrasu yema. Lo jaló ligeramente hacia abajo, exponiendo más piel, más curva.Aracely dejó escapar un gemido bajo, casi inaudible, pero que resonó en lapequeña cocina como un trueno.
—Mamá—dijo él, usando el título como una caricia, como una posesión.
—Hijo—respondió ella, y la diferencia en su voz era abismal. Ya no era la madre quelo regaña o lo consuela. Era la mujer que lo quería.
Sebesaron. No fue un beso suave. Fue un beso hambriento, profundo, con la lenguaexplorando la boca del otro como si fueran territorios por conquistar. El saborde ella era dulce, con un toque salado, y el sonido de sus labios chocando, desus lenguas frotándose, se mezclaba con el sonido del chorizo crepitando en lasartén. Humberto puso sus manos en los senos de ella, apretándolos a través dela tela del vestido, sintiendo la firmeza de las glándulas, la calidez de lasangre que fluía bajo la piel.
Aracely respondió a las caricias empujando sutrasero hacia él, buscando esa presión, buscando esa verga dura que sabía queestaba allí, presente, vibrante.
Losintió. Lo sintió claramente entre sus nalgas, la cabeza dura de su penepresionando contra su base, entre los glúteos. Se movió ligeramente, frotándosecontra él, creando una fricción deliciosa, una promesa de lo que vendríadespués.
—Eldesayuno —murmuró ella contra su boca, separándose apenas lo suficiente parahablar, aunque sus ojos seguían fijos en los de él, profundos, oscuros.
—Eldesayuno puede esperar —respondió Humberto, mordiendo suavemente el lóbulo desu oreja, sintiendo cómo ella se estremecía.
Terminaronde desayunar de pie, apoyados uno contra el otro, comiendo huevos fríosdirectamente de la sartén con tenedor, sus caderas chocando suavemente con cadabocado. Hablaban, sí, pero no tanto del desayuno. Hablaban de la nocheanterior.
—¿Tegustó? —preguntó Aracely mientras él limpiaba un poco de salsa de tomate de lacomisura de su labio con el pulgar.
—Meencantó —respondió él, sin mirarla, concentrado en el rastro de su dedo sobresu piel. —Me sentí... conectado. Como si hubiera vuelto a nacer.
—Yotambién —susurró ella. —Me sentí viva. No como la madre de Humberto. Como lamujer.
Sesentaron finalmente a la mesa, una mesa de madera maciza, gastada por los años,con vetas oscuras que recordaban ríos secos. El café humeaba en sus tazas decerámica blanca. La luz del sol entraba más fuerte ahora, iluminando el polvoque flotaba en el aire, creando un efecto de neblina dorada.
Humbertotomaba sorbos de café, pero sus ojos estaban en ella. Veía cómo la tela delvestido se movía con cada respiración de ella, cómo el encaje negro de su ropainterior se asomaba por la parte inferior, una bandera de rendición, unapromesa de obscenidad contenida. Era una contradicción hermosa: la madrerecatada, la esposa devota, y debajo, la mujer hambrienta, el encaje negro, elolor a sexo.
—Eresmuy lindo cuando te concentras —comentó Aracely, sonriendo mientras servía máscafé en la jarra.
—Y túeres muy peligrosa cuando vistes ese vestido —respondió él, alzando una ceja.
Aracelyse rio, un sonido claro, puro, que llenó la cocina. —Es solo un vestido,Humberto.
—Nopara mí —dijo él, serio de repente. —Es un aviso.
Ellase sentó frente a él. —¿Un aviso de qué?
—Deque ya no eres solo mi madre. Eres una mujer. Y yo soy un hombre. Y eso cambialas reglas.
Aracelyasintió lentamente, comprendiendo. —Sí. Lo hace.
Elsilencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de significados nodichos. Olía a café, a huevos, a perfume, a sexo. Sonaba el tic-tac del relojde pared en el pasillo, un sonido metálico, preciso, marcando el tiempo quecorría para todos excepto para ellos dos.
Depronto, el sonido de la puerta de la entrada abriéndose rompió la burbuja.
—¡Mami!¡Beto! —la voz de Ana resonó en la entrada, fresca, vibrante, llena de energíamatutina. —¡Llegué! Pedro me dejó aquí porque tiene que irse al trabajotemprano.
Humbertoy Aracely se miraron. Fue un instante rápido, un cruce de miradas que conteníaaños de secretos, de culpas, de placer. Aracely recuperó su postura maternal,enderezando la espalda, alisando el vestido con una mano. Humberto seincorporó, recogiendo la jarra de café para servirse más, ocultando unasonrisa.
Anaentró en la cocina. Era una mujer joven, llena de vida, con el cabello castañorecogido en una coleta alta que le dejaba el cuello al descubierto. Llevabapuesto un pantalón vaquero ajustado y una blusa blanca de manga corta. Olía aperfume floral, diferente al de su madre, más joven, más dulce. Llevaba unabolsa de papel en una mano, presumiblemente con algo de comer.
—Hola,mamá —dijo Ana, bosteando. —Hola, Humberto. Huele a rico aquí dentro. ¿Quéestás cocinando?
—Solohuevos y café —respondió Aracely con una voz normal, maternal, perfecta.—Siéntate, hija. Estaba justo terminando.
Anadejó la bolsa en la mesa y se sentó. —Gracias. Estoy muerta de hambre. Pedro seolvidó de desayunar también. Es una historia larga, pero básicamente, eltráfico en la autopista era una pesadilla y tuvo que hacer una llamadaimportante.
—¿Cómoestás, Ana? —preguntó Humberto, sirviéndose más café. Su voz era tranquila,normal. Pero debajo de la superficie, sus nervios estaban al rojo vivo. Cadavez que ella se sentaba, cada vez que se movía, él podía sentir la energía desu madre en el aire, una tensión invisible que conectaba a los tres.
—Bien,bien. Estresada, pero bien. ¿Y tú? ¿Listo para la escuela?
—Yaestoy listo —respondió él. —Exámenes finales pronto.
—Claro,siempre estudiando —dijo Ana, sirviéndose huevos. —Tú siempre has sido elbrillante. Yo soy la que se casó joven y tiene que mantener a Pedro.
Aracelysirvió a Ana y luego a sí misma. —No digas eso, hija. Tienes un buen trabajo. YPedro te quiere mucho.
—Sí,claro —dijo Ana, mordiendo un trozo de pan tostado. Miró a su madre con unasonrisa. —¿Cómo estás, mamá? Te ves... fresca hoy.
Aracelysonrió, tocándose el cabello. —Solo dormí bien.
—Esoes bueno —dijo Ana, sin prestarle más importancia.
Elsonido de la cuchara contra la taza de cerámica era metálico, seco. El olor apan tostado se mezclaba con el aroma residual del sexo matinal. Era una escenadoméstica, normal, ordinaria. Y sin embargo, para Humberto, era la escena máserótica del mundo.
—Beto—dijo Ana, interrumpiendo su observación. —¿Estás bien? Estás muy callado.
Humbertoparpadeó, recuperando la consciencia. —¿Qué? No, estoy bien. Solo... pensando.
Aracelylo miró. Sus ojos eran profundos, tranquilos. —Déjame ayudar, mijo. Yo he leídoalgunos contratos. Puedo darte mi opinión.
—Gracias,mamá —dijo Humberto, sintiendo una oleada de gratificación pura.
Lasrisas de las dos mujeres llenaron la cocina. Humberto las miraba, sintiendo unamezcla de amor y posesión. Eran suyas. Su madre, su hermana. Pero él era elhombre de la casa ahora. El que había tomado lo que era suyo.
—Oye,mamá —dijo Ana, de repente, con un tono más serio. —¿Seguro que estás bien?Últimamente pareces... diferente. Más... relajada.
Aracelyse encogió de hombros, pero sus ojos se clavaron en Humberto. —Solo estoydisfrutando de la vida, hija. Es importante.
—Claro—dijo Ana, sin convencer del todo, pero dejando el tema. —Oye, Humberto,¿quieres venir a ver la casa de la playa este fin de semana? Pedro y yoqueremos ver si hace falta hacer reparaciones antes de la temporada alta.
—Lovoy a pensar—respondió Humberto. —Será genial.
Eldesayuno continuó. Hablaron de cosas triviales. Del clima, de los amigos encomún, de un programa de televisión que a Ana le gustaba. Pero debajo de lasuperficie, el agua bullía. Humberto podía sentir la mirada de su madre sobreél cuando creía que no la estaba mirando. Podía sentir la tensión en su cuerpo,la forma en que se movía, la forma en que su vestido se ajustaba a sus caderas.
Cuandoterminaron, Ana se levantó para ayudar a recoger la mesa. Humberto se quedósentado, observando. Aracely se acercó a él, como si fuera a recoger algo, y seinclinó. Su vestido se subió ligeramente, exponiendo más de la panty negra. Elolor a su cuerpo se intensificó, un aroma a humedad, a calor, a mujer.
Ana sefue.
Aracelyestaba allí, de espaldas, lavando los platos. El agua corría por sus manos,brillante. El vestido azul cielo se pegaba a su cuerpo, mojándose ligeramentepor la humedad. Y debajo, el encaje negro. Era una visión perfecta. Una obra dearte.
Sonriópara sí mismo. El juego había comenzado. Y él estaba listo para jugar.
Elsonido de sus cuerpos chocando era suave, húmedo. El olor a sexo seintensificó, mezclándose con el olor a sudor, a perfume, a vida.
—Hijo—susurró ella, arqueando la espalda.
—Mamá—respondió él, moviéndose dentro de ella.
Y asícontinuaron, en un bucle de placer y de dolor, de amor y de posesión, de madree hijo, de hombre y mujer. Hasta que el cansancio los venció, y se quedaronabrazados, respirando al mismo ritmo, unidos por un secreto que ahora era suyo,y de nadie más.
1 comentarios - Amor Prohibido Pt. 9