La quinta noche.
Si leíste la parte 3 vas a esperar más de lo mismo. No es eso lo que pasó.
Si llegás acá sin leer las partes anteriores, los links:
Parte 1: https://m.poringa.net/posts/relatos/6438969/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-1.html
Parte 2: https://m.poringa.net/posts/relatos/6440313/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-2.html
Parte 2: https://m.poringa.net/posts/relatos/6443296/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-3.html
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El quinto día me desperté tarde y solo. En la mesa de luz había una nota con la letra de María: "Bajé a la playa. Traé aloe, me quemé la espalda". Lo del aloe era cierto: la noche anterior me había dormido con la mano apoyada en su espalda y la tenía caliente como una piedra al sol.
La farmacia del centro abría a las nueve. Fui caminando, compré el aloe, y después hice algo que no tenía planeado: me senté en un bar de la Rua das Pedras a tomar un café mirando pasar gente. No sé cuánto tiempo estuve. Media hora, cuarenta minutos. Tenía la cabeza llena de la noche anterior, de todo lo que habíamos dicho después, y me gustaba estar un rato solo con eso, como se guarda un regalo antes de abrirlo.
Cuando volví a la playa, la sombrilla nuestra estaba vacía. La toalla de María, el libro abierto boca abajo, las ojotas. Ella no.
La encontré con la vista antes de encontrarla con los pies. Venía caminando por la orilla desde las rocas del fondo, con el pelo mojado y el bikini oscuro de agua, y no venía sola. Rafael caminaba a su lado. Ella se reía de algo que él decía, con la cabeza hacia atrás, el mismo gesto de la cena. En un momento él le apoyó la mano en la espalda, en la parte quemada, un segundo, y ella hizo una mueca y le pegó en el brazo, y los dos se rieron.
No fue nada. Lo sé. Lo sabía en ese momento. Una mano, un segundo, en una playa a las diez de la mañana.
María me vio, levantó el brazo y me saludó como siempre, contenta, sin sobresalto. Rafael también levantó la mano, dijo algo que no llegué a oír y siguió de largo hacia su hotel. Ella llegó hasta mí goteando y me besó con los labios salados.
—Tardaste. ¿Trajiste el aloe?
—Traje.
—Rafael apareció y me convenció de ir nadando hasta las rocas. Se ven unos peces increíbles. Mañana vamos los tres.
Le puse el aloe en la espalda ahí mismo, sentada entre mis piernas de espaldas a mí. Tenía la piel fría del agua y caliente del sol, las dos cosas a la vez.
En el almuerzo me contó el resto. Que Rafael era de San Pablo. Que se había separado en marzo, después de nueve años. Que había venido solo a Búzios "para ver si todavía sabía estar solo", y que se reía de eso porque hacía cinco días que no estaba solo un minuto. Que tenía un hijo de seis años que se llamaba Théo.
Me di cuenta, escuchándola, de que todo lo que yo sabía de Rafael me lo estaba contando ella. En dos cenas y una noche, él nunca nos había dicho nada de eso a los dos. Se lo había dicho a ella, nadando hasta las rocas, mientras yo tomaba un café.
—¿Te molesta? —preguntó, y no me preguntaba por el café.
—No —dije.
Fue la primera vez en doce años que le mentí sin saber que le estaba mintiendo.
A la tarde subimos a la habitación a dormir la siesta y no dormimos. María se acostó boca abajo por la espalda y me pidió que le pusiera más aloe, y en algún momento el aloe dejó de ser el tema. Tenía la misma urgencia de la noche de la playa, la de la parte de la fantasía dicha en voz alta, pero con algo distinto que tardé en ubicar: no me pedía que le contara. Me contaba ella.
Ella estaba boca abajo en la cama, con la sábana blanca cubriéndole apenas las piernas. Yo estaba encima, apoyado en los codos para no cargarle el peso, recorriéndole la espalda quemada con los dedos llenos de aloe frío. La piel le temblaba, no sé si por el alivio o por el roce.
—No sabés lo fría que estaba el agua en las rocas —murmuró, con la cara hundida en la almohada. Su voz sonaba distinta, más baja, como si hablara para ella misma.
—Me imagino.
—Rafael me llevó hasta el fondo. Dice que ahí los peces no tienen miedo. Me agarró de la mano para que no me llevara la corriente contra las piedras. —Hizo una pausa y sentí cómo se le tensaban los hombros—. Tenía la mano enorme. Y caliente, a pesar del agua.
Seguí bajando con el aloe, despacio, por la curva de la cintura. El relato me estaba pegando en el pecho con una mezcla rara. Me excitaba, claro, la fantasía seguía ahí, pero había algo nuevo, una astilla que se me clavaba con cada detalle que me contaba. Era la primera vez que ella traía la narración, que me ponía a mí en el lugar del que escucha.
—Cuando volvíamos caminando, me dijo que le hacía acordar a la ex mujer. Nueve años estuvieron. Dice que ella también se reía así, con la cabeza para atrás. —Se rio, una risa corta y nerviosa—. Me dio cosa. Como si estuviera ocupando un lugar que no es mío.
Le metí la mano por debajo de la sábana, buscándole el muslo. Estaba mojada. La toqué y soltó un jadeo ahogado contra la almohada.
—Me calienta que me cuentes —le mentí, o me mentí, y le mordí la nuca suavemente.
Ella se arqueó, buscándome. Se dio vuelta rápido, quedando boca arriba, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, igual que la noche del baile. Me agarró de la nuca y me trajo hacia ella con una urgencia salvaje.
—Haceme tuya —me pidió, y no era una pregunta.
La penetré de un solo empujón. Ella cerró los ojos y empezó a gemir, un gemido largo y profundo que me recorrió el cuerpo. Yo la miraba, trataba de encontrar el gesto de siempre, la conexión, pero ella estaba en otro lado. Se movía con un ritmo que yo no reconocía, buscándose a ella misma en el placer.
En un momento me apretó las muñecas con fuerza, como Rafael se las había sujetado a ella la noche anterior, y abrió los ojos. Pero no me miró a mí. Miró hacia la ventana, hacia la terraza vacía, y dijo, en un susurro que casi no escuché:
—Él me miraba así.
Me quedé helado. El mundo se me derrumbó en un segundo. Ella cerró los ojos otra vez y se vino, un orgasmo intenso que la dejó temblando entre mis brazos. Yo me vine después, un orgasmo vacío, amargo, con la sensación de haber estado mirando desde afuera algo que era mío.
Nos quedamos los dos boca arriba, respirando agitados. Ella me agarró la mano, satisfecha, con una sonrisa en los labios. Yo miraba el techo, contando las cosas que sabía de Rafael: San Pablo, marzo, nueve años, Théo. Cuatro cosas que no eran mías.
Después ella durmió. Yo no. Me quedé escuchando el ventilador de techo hasta que la luz de la ventana cambió de color.
Rafael nos esperaba en el bar a las nueve, como se había arreglado en las rocas sin que yo estuviera. Cenamos otra vez los tres. Fue una cena parecida a la anterior en todo menos en una cosa: María y él tenían chistes. Chistes de esa mañana, de los peces, de un cangrejo que la había asustado. Yo me reía un segundo después que ellos.
En un momento él la miró y ella lo miró y hubo algo, una conversación de dos segundos sin palabras, de esas que nosotros tenemos en las reuniones familiares para decidir cuándo irnos. Y después ella me miró a mí y me sonrió, y era una sonrisa de verdad, llena de amor, y no sirvió de nada.
Subimos los tres. Esta vez María no preguntó y yo no asentí; simplemente pasó. En el ascensor ella iba en el medio otra vez, con una mano en la mía y no sé si la otra en la de él.
Serví el vino. Rafael fue a la baranda. Yo al sillón de mimbre. María dejó la copa en la mesa y se acercó a él sin frenarse en ningún centímetro. Le apoyó la mano en el pecho y lo besó, y él la agarró de la cintura, y yo sentí el latigazo de siempre en el estómago y esperé.
Esperé lo de siempre. Que abriera los ojos y me buscara por encima del hombro de él. Era el gesto. Era lo que hacía que todo lo demás fuera nuestro. Lo había hecho en la pista, lo había hecho en esa misma terraza, lo había hecho en la cama con Rafael adentro.
No abrió los ojos.
El beso siguió, y ella le subió la mano a la nuca, y se apretó contra él, y sus ojos siguieron cerrados. El que me miró fue Rafael. Por encima de la cabeza de ella, con los ojos abiertos, buscándome como siempre, pidiéndome permiso. Y me di cuenta de que ahora éramos él y yo los que nos mirábamos, y ella estaba adentro de algo donde yo no estaba.
No decidí decirlo. Lo escuché.
—Montevideo.
Lo dije bajo, casi como ella lo había dicho en el ascensor. Con la voz que se usa para decir el nombre de una ciudad.
María abrió los ojos. Tardó un segundo en entender qué había pasado y otro en entender quién lo había dicho. Se separó de Rafael despacio, con la boca todavía abierta, y me miró como no me había mirado nunca: sin saber quién era.
Rafael no sabía qué significaba la palabra. No hacía falta. Leyó la cara de ella, leyó la mía, y entendió lo único que había que entender. Dejó la copa en la baranda, agarró su campera del respaldo de la silla y dijo, mirándome a mí:
—Boa noite. Desculpa.
No sé qué me pedía disculpas. Le di la mano en la puerta, como la otra noche. Esta vez no dije "nos vemos por ahí".
Cerré con traba.
María estaba parada en el medio de la terraza, con los brazos caídos, el vestido con los breteles en su lugar. Nadie se había sacado nada. Nadie había hecho nada. La brisa movía la cortina igual que la noche anterior.
—¿Qué pasó? —preguntó, y no era un reproche. Era una pregunta de verdad.
Y yo, que había pasado doce años sabiendo siempre qué contestarle, no supe.
—No abriste los ojos —dije.
Ella se llevó una mano a la boca. No lloró. Se quedó ahí, mirando la puerta cerrada, como si todavía pudiera ver a Rafael bajando por el pasillo, y después me miró a mí.
—Yo no sabía que eso era la regla —dijo.
—Yo tampoco.
No nos acostamos juntos. Ella se quedó en la terraza con la copa que no había tomado, y yo me acosté vestido del lado de la cama que daba a la pared. En algún momento la sentí entrar y acostarse del otro lado, lejos, sin tocarme, y quedarse despierta igual que yo.
Faltaban dos noches y por primera vez no sabía de quién iban a ser.
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Hasta acá la quinta noche. Quedan dos, y la próxima parte es la última.
Si te gustó, o si te enojaste con alguno de los tres, déjame puntos y comentarios; es lo que hace que la serie siga apareciendo. Y la pregunta de esta vez es para vos: ¿hizo bien en decirla, o "Montevideo" era de ella y no tenía que usarla él?
Sigo escribiendo relatos a pedido, con tu fantasía y tus personajes. Si te interesa, mándame un privado.
Si leíste la parte 3 vas a esperar más de lo mismo. No es eso lo que pasó.
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Parte 2: https://m.poringa.net/posts/relatos/6440313/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-2.html
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El quinto día me desperté tarde y solo. En la mesa de luz había una nota con la letra de María: "Bajé a la playa. Traé aloe, me quemé la espalda". Lo del aloe era cierto: la noche anterior me había dormido con la mano apoyada en su espalda y la tenía caliente como una piedra al sol.
La farmacia del centro abría a las nueve. Fui caminando, compré el aloe, y después hice algo que no tenía planeado: me senté en un bar de la Rua das Pedras a tomar un café mirando pasar gente. No sé cuánto tiempo estuve. Media hora, cuarenta minutos. Tenía la cabeza llena de la noche anterior, de todo lo que habíamos dicho después, y me gustaba estar un rato solo con eso, como se guarda un regalo antes de abrirlo.
Cuando volví a la playa, la sombrilla nuestra estaba vacía. La toalla de María, el libro abierto boca abajo, las ojotas. Ella no.
La encontré con la vista antes de encontrarla con los pies. Venía caminando por la orilla desde las rocas del fondo, con el pelo mojado y el bikini oscuro de agua, y no venía sola. Rafael caminaba a su lado. Ella se reía de algo que él decía, con la cabeza hacia atrás, el mismo gesto de la cena. En un momento él le apoyó la mano en la espalda, en la parte quemada, un segundo, y ella hizo una mueca y le pegó en el brazo, y los dos se rieron.
No fue nada. Lo sé. Lo sabía en ese momento. Una mano, un segundo, en una playa a las diez de la mañana.
María me vio, levantó el brazo y me saludó como siempre, contenta, sin sobresalto. Rafael también levantó la mano, dijo algo que no llegué a oír y siguió de largo hacia su hotel. Ella llegó hasta mí goteando y me besó con los labios salados.
—Tardaste. ¿Trajiste el aloe?
—Traje.
—Rafael apareció y me convenció de ir nadando hasta las rocas. Se ven unos peces increíbles. Mañana vamos los tres.
Le puse el aloe en la espalda ahí mismo, sentada entre mis piernas de espaldas a mí. Tenía la piel fría del agua y caliente del sol, las dos cosas a la vez.
En el almuerzo me contó el resto. Que Rafael era de San Pablo. Que se había separado en marzo, después de nueve años. Que había venido solo a Búzios "para ver si todavía sabía estar solo", y que se reía de eso porque hacía cinco días que no estaba solo un minuto. Que tenía un hijo de seis años que se llamaba Théo.
Me di cuenta, escuchándola, de que todo lo que yo sabía de Rafael me lo estaba contando ella. En dos cenas y una noche, él nunca nos había dicho nada de eso a los dos. Se lo había dicho a ella, nadando hasta las rocas, mientras yo tomaba un café.
—¿Te molesta? —preguntó, y no me preguntaba por el café.
—No —dije.
Fue la primera vez en doce años que le mentí sin saber que le estaba mintiendo.
A la tarde subimos a la habitación a dormir la siesta y no dormimos. María se acostó boca abajo por la espalda y me pidió que le pusiera más aloe, y en algún momento el aloe dejó de ser el tema. Tenía la misma urgencia de la noche de la playa, la de la parte de la fantasía dicha en voz alta, pero con algo distinto que tardé en ubicar: no me pedía que le contara. Me contaba ella.
Ella estaba boca abajo en la cama, con la sábana blanca cubriéndole apenas las piernas. Yo estaba encima, apoyado en los codos para no cargarle el peso, recorriéndole la espalda quemada con los dedos llenos de aloe frío. La piel le temblaba, no sé si por el alivio o por el roce.
—No sabés lo fría que estaba el agua en las rocas —murmuró, con la cara hundida en la almohada. Su voz sonaba distinta, más baja, como si hablara para ella misma.
—Me imagino.
—Rafael me llevó hasta el fondo. Dice que ahí los peces no tienen miedo. Me agarró de la mano para que no me llevara la corriente contra las piedras. —Hizo una pausa y sentí cómo se le tensaban los hombros—. Tenía la mano enorme. Y caliente, a pesar del agua.
Seguí bajando con el aloe, despacio, por la curva de la cintura. El relato me estaba pegando en el pecho con una mezcla rara. Me excitaba, claro, la fantasía seguía ahí, pero había algo nuevo, una astilla que se me clavaba con cada detalle que me contaba. Era la primera vez que ella traía la narración, que me ponía a mí en el lugar del que escucha.
—Cuando volvíamos caminando, me dijo que le hacía acordar a la ex mujer. Nueve años estuvieron. Dice que ella también se reía así, con la cabeza para atrás. —Se rio, una risa corta y nerviosa—. Me dio cosa. Como si estuviera ocupando un lugar que no es mío.
Le metí la mano por debajo de la sábana, buscándole el muslo. Estaba mojada. La toqué y soltó un jadeo ahogado contra la almohada.
—Me calienta que me cuentes —le mentí, o me mentí, y le mordí la nuca suavemente.
Ella se arqueó, buscándome. Se dio vuelta rápido, quedando boca arriba, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, igual que la noche del baile. Me agarró de la nuca y me trajo hacia ella con una urgencia salvaje.
—Haceme tuya —me pidió, y no era una pregunta.
La penetré de un solo empujón. Ella cerró los ojos y empezó a gemir, un gemido largo y profundo que me recorrió el cuerpo. Yo la miraba, trataba de encontrar el gesto de siempre, la conexión, pero ella estaba en otro lado. Se movía con un ritmo que yo no reconocía, buscándose a ella misma en el placer.
En un momento me apretó las muñecas con fuerza, como Rafael se las había sujetado a ella la noche anterior, y abrió los ojos. Pero no me miró a mí. Miró hacia la ventana, hacia la terraza vacía, y dijo, en un susurro que casi no escuché:
—Él me miraba así.
Me quedé helado. El mundo se me derrumbó en un segundo. Ella cerró los ojos otra vez y se vino, un orgasmo intenso que la dejó temblando entre mis brazos. Yo me vine después, un orgasmo vacío, amargo, con la sensación de haber estado mirando desde afuera algo que era mío.
Nos quedamos los dos boca arriba, respirando agitados. Ella me agarró la mano, satisfecha, con una sonrisa en los labios. Yo miraba el techo, contando las cosas que sabía de Rafael: San Pablo, marzo, nueve años, Théo. Cuatro cosas que no eran mías.
Después ella durmió. Yo no. Me quedé escuchando el ventilador de techo hasta que la luz de la ventana cambió de color.
Rafael nos esperaba en el bar a las nueve, como se había arreglado en las rocas sin que yo estuviera. Cenamos otra vez los tres. Fue una cena parecida a la anterior en todo menos en una cosa: María y él tenían chistes. Chistes de esa mañana, de los peces, de un cangrejo que la había asustado. Yo me reía un segundo después que ellos.
En un momento él la miró y ella lo miró y hubo algo, una conversación de dos segundos sin palabras, de esas que nosotros tenemos en las reuniones familiares para decidir cuándo irnos. Y después ella me miró a mí y me sonrió, y era una sonrisa de verdad, llena de amor, y no sirvió de nada.
Subimos los tres. Esta vez María no preguntó y yo no asentí; simplemente pasó. En el ascensor ella iba en el medio otra vez, con una mano en la mía y no sé si la otra en la de él.
Serví el vino. Rafael fue a la baranda. Yo al sillón de mimbre. María dejó la copa en la mesa y se acercó a él sin frenarse en ningún centímetro. Le apoyó la mano en el pecho y lo besó, y él la agarró de la cintura, y yo sentí el latigazo de siempre en el estómago y esperé.
Esperé lo de siempre. Que abriera los ojos y me buscara por encima del hombro de él. Era el gesto. Era lo que hacía que todo lo demás fuera nuestro. Lo había hecho en la pista, lo había hecho en esa misma terraza, lo había hecho en la cama con Rafael adentro.
No abrió los ojos.
El beso siguió, y ella le subió la mano a la nuca, y se apretó contra él, y sus ojos siguieron cerrados. El que me miró fue Rafael. Por encima de la cabeza de ella, con los ojos abiertos, buscándome como siempre, pidiéndome permiso. Y me di cuenta de que ahora éramos él y yo los que nos mirábamos, y ella estaba adentro de algo donde yo no estaba.
No decidí decirlo. Lo escuché.
—Montevideo.
Lo dije bajo, casi como ella lo había dicho en el ascensor. Con la voz que se usa para decir el nombre de una ciudad.
María abrió los ojos. Tardó un segundo en entender qué había pasado y otro en entender quién lo había dicho. Se separó de Rafael despacio, con la boca todavía abierta, y me miró como no me había mirado nunca: sin saber quién era.
Rafael no sabía qué significaba la palabra. No hacía falta. Leyó la cara de ella, leyó la mía, y entendió lo único que había que entender. Dejó la copa en la baranda, agarró su campera del respaldo de la silla y dijo, mirándome a mí:
—Boa noite. Desculpa.
No sé qué me pedía disculpas. Le di la mano en la puerta, como la otra noche. Esta vez no dije "nos vemos por ahí".
Cerré con traba.
María estaba parada en el medio de la terraza, con los brazos caídos, el vestido con los breteles en su lugar. Nadie se había sacado nada. Nadie había hecho nada. La brisa movía la cortina igual que la noche anterior.
—¿Qué pasó? —preguntó, y no era un reproche. Era una pregunta de verdad.
Y yo, que había pasado doce años sabiendo siempre qué contestarle, no supe.
—No abriste los ojos —dije.
Ella se llevó una mano a la boca. No lloró. Se quedó ahí, mirando la puerta cerrada, como si todavía pudiera ver a Rafael bajando por el pasillo, y después me miró a mí.
—Yo no sabía que eso era la regla —dijo.
—Yo tampoco.
No nos acostamos juntos. Ella se quedó en la terraza con la copa que no había tomado, y yo me acosté vestido del lado de la cama que daba a la pared. En algún momento la sentí entrar y acostarse del otro lado, lejos, sin tocarme, y quedarse despierta igual que yo.
Faltaban dos noches y por primera vez no sabía de quién iban a ser.
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Hasta acá la quinta noche. Quedan dos, y la próxima parte es la última.
Si te gustó, o si te enojaste con alguno de los tres, déjame puntos y comentarios; es lo que hace que la serie siga apareciendo. Y la pregunta de esta vez es para vos: ¿hizo bien en decirla, o "Montevideo" era de ella y no tenía que usarla él?
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