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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 8

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 8
Capítulo 8: El Retorno de la Inversión



Mi corazón latía a mil por hora, bombeando ácido y adrenalina pura por las venas. No lo podía creer. El aire espeso de la tarde chocaba contra mi pija húmeda y mis muslos desnudos, pero yo estaba prendido fuego, incendiado desde adentro. 

Tenía ese culazo inmenso —el epicentro exacto de todas mis obsesiones más oscuras, la puta razón por la que había vaciado mi cuenta bancaria— ahí, parado, apoyado en el cuero caliente de mi auto, con los pies firmes en el asfalto sucio de la calle. Disponible. Vulnerable. Entregado.

Me paré a un palmo de distancia y empecé a pajearme despacio. La fricción de mi propia mano me sacaba chispas, pero el espectáculo visual era infinitamente superior. Ella, con el torso metido por la puerta del auto, miraba hacia todos lados desde adentro, escaneando los espejos y los vidrios polarizados con paranoia por si aparecía algún vecino. Y entonces, giraba el cuello. Ella miraba hacia atrás con el rabillo del ojo, sus ojos azules estaban encendidos, febriles y dilatados, mientras gemía por lo bajo... "Ay... Sí..." y movía el culazo hacia atrás, buscando mi calor, buscando hacer más fuertes y profundas las punteadas que le estaba dando.

No le bastaba con exhibir esa carne y saber que yo me estaba masturbando detrás de ella. Necesitaba la fricción. Necesitaba el contacto físico sucio que la había vuelto adicta. Vi cómo arqueaba la espalda baja, quebrando la cintura hasta un punto casi doloroso, y empujaba ese culazo monumental milímetro a milímetro hacia mí.

Di un paso al frente, eliminando el aire entre nosotros. Empecé a darle pequeñas punteadas con la cabeza de la pija, apuntando directo a su concha hinchada a través de la tela negra.

Cada vez que el glande chocaba contra la lycra tensa, ella daba un respingo y soltaba un jadeo roto. La punta de mi verga estaba tan cargada de líquido preseminal que, con cada roce, iba dejando manchas circulares y húmedas. El contraste de mi líquido viscoso manchando la negrura mate de los leggins era obsceno, una marca de propiedad.

Al principio fueron punteadas tímidas. Midiendo el terreno. Pero ella reaccionó como una perra en celo: sacaba más el culo, separando los pies, y empujaba con fuerza hacia atrás, chocando la carne blanda de las nalgas contra mis muslos tensos.

Ya está. Está excitadísima. El límite se había roto.

El puto manual de Néstor era una puta biblia. El PDF decía claramente que desde este punto solo tenía que elevar la tensión poco a poco, no apresurar el impacto. Y así fue. Los arrimones fueron subiendo en brutalidad y ritmo. Apunté la cabeza de la verga directamente a la ranura húmeda de su sexo y, por encima del pantalón, le empecé a dar movimientos de mete y saca. La fricción ruda de la tela rasposa contra mi carne hipersensible me enviaba descargas eléctricas hasta el puto cerebro.

Ella empezó a gemir sin control. Sonidos guturales, animales y ahogados que rebotaban dentro del eco del habitáculo del auto. La respiración se le aceleró tanto que abría la boca buscando oxígeno, como si se estuviera ahogando. De pronto, empezó a mover el culo en círculos lentos, arrastrando la tela, moliendo su pubis empapado contra mi erección. Por Dios. Me estaba bailando ese culazo en la cara.

La cabeza me dio vueltas. No aguanté más la barrera de la ropa. Di un paso atrás y la miré. Este culo en esta posición se ve gigante, redondo, hermoso. Una obra de arte obscena reclamando ser destruida. Levanté la mano derecha y descargué el golpe. ¡Plas! Le azoté una nalga con la palma abierta. La marca roja floreció de inmediato sobre la lycra y ella ahogó un grito, temblando.

Me puse de cuclillas en el asfalto, bajando mi centro de gravedad. Tenía esa montaña de carne directamente frente a mi cara. Levanté las dos manos, agarré esas nalgotas pesadas y las apreté con toda el alma. Amasé la carne firme, la estrujé entre mis dedos hasta que los nudillos me dolieron, y después hundí la cara de lleno entre esos globos calientes.

Le abrí las nalgas con las manos, separándolas todo lo que la tensión de la tela permitía, inhalando profundamente. El olor almizclado, agrio y punzante de su excitación, mezclado con el suavizante dulzón de la ropa, me llenó los pulmones. Ya estaba operando solo por instinto animal.

Agarré la cinturilla del leggin por los costados y tiré hacia abajo con furia. Estaba ajustadísimo, pegado a la piel transpirada como una segunda capa. Lo mejor de todo, lo que me volvió loco, fue que ella no puso ni un gramo de resistencia. Al contrario, separó un poco más las piernas, afirmando las zapatillas en el asfalto, y movió las caderas de lado a lado para ayudarme a desvestirla más rápido.

La calza negra quedó enrollada en sus tobillos.

Lo que vi me quitó el poco aire que me quedaba.

Tenía un hilito. Una bombacha diminuta, un hilo dental negro, húmedo y retorcido, tan fino que casi desaparecía, devorado por la profundidad oscura de la zanja entre sus inmensas nalgas pálidas. Qué puta y absoluta excitación verla así, expuesta a la luz cruda del día, en un callejón cualquiera, ofreciéndome la carne cruda.

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Le hice el hilito a un lado con un dedo, tensando la tira húmeda de tela contra su cadera pálida, y enterré la cara desnuda entre sus nalgas. Sentí la textura suave y caliente de su piel en mis mejillas. Cuando llegué a su centro… Dios mío. Estaba chorreadísima. La concha, hinchada y oscura, supuraba fluidos espesos y dulces que resbalaban por sus muslos.

Saqué la lengua y le pasé el músculo plano por toda la longitud de su sexo empapado, desde la entrada resbaladiza hasta el nudo sensible del clítoris, tragándome todo su jugo salado como un puto muerto de sed.
—¡Hnnnnggg…!

Ella se retorció violentamente, agarrándose con fuerza desesperada del de cuero del asiento delantero para no venirse abajo. Gemía y se mordía el labio hasta sacarse sangre para no gritar, mientras yo me deleitaba metiendo la lengua profunda y sucia en ese culazo.

El sabor a sexo, a sudor y a adrenalina pura me reventó las conexiones nerviosas. No podía más. No podía esperar ni un puto segundo más.

Me puse de pie de un salto. La respiración rasgaba mi garganta. Le hice a un lado el hilito nuevamente con un tirón seco —se había vuelto a acomodar entre las nalgas por sus espasmos—. Agarré mi pija, roja, bombeando venas gruesas, dura como un bate de hierro, la apunté hacia la carne jugosa de su concha y la enterré lentamente, forzando la entrada.

La carne húmeda, hirviendo y apretadísima, cedió milímetro a milímetro, envolviendo el glande con un calor sofocante y húmedo que me hizo cerrar los ojos.
—¡Ahhhhhhh…!
Un gemido larguísimo, intenso y agudo salió de su garganta, ahogándose contra el cuero del asiento.
Fui empujando desde la cadera, sintiendo cómo hundía cada puto centímetro de mi verga en ese santuario estrecho. Estaba apretadísima, un anillo de fuego succionándome hacia adentro.

 Ella arqueó aún más la espalda, quebrando la cintura hasta un ángulo anatómicamente imposible, ofreciéndome, rogándome, hasta el último milímetro de profundidad que su cuerpo podía aguantar.
No podía creer la vista. Un culo de película porno hardcore. El mejor puto culo que había visto en toda mi miserable vida. Y lo tenía ahí, empinado, vulgar, descalzo en el asfalto sucio, abierto y disponible exclusivamente para mí.

Me deleité con la imagen de mi carne penetrándola un segundo y después me ensañé. Retiré las caderas casi por completo —la carne se separó con un schlick húmedo y obsceno que resonó en el callejón— y volví a entrar con una embestida brutal, desde el fondo.

¡PLAS!
El choque violento de mi pelvis contra sus nalgas resonó como un latigazo. Le estaba reventando la concha a estocadas puras, sin piedad, sin ritmo, solo pura fuerza bruta.

Laura se aguantaba todo lo que podía para no gritar a todo pulmón. Me encantó, me volvió loco de poder, ver cómo esas nalgas gigantescas, pálidas y suaves temblaban, rebotando caótica y pesadamente tras cada embestida animal. La fricción, el calor, la estrechez me estaban volviendo loco.

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Le jalé el cabello rubio desde la nuca, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse más, y le gruñí en el oído: —¡Qué rico, culona, tomá... tomá...! —mientras mi cabeza giraba a mil por hora, pensando en cuánta maldita plata había gastado por comprar este puto culazo, y dándome cuenta de que valía cada centavo.

—¡Tomá, cómo te gusta que te cojan en la puta calle, perra!

Le reventaba las nalgas a punta de pijazos salvajes, hondos y sin el más mínimo control. La excitación vertiginosa de estar al aire libre, el riesgo inminente y el descontrol físico eran absolutos. Ella se sostenía como podía de los respaldos, los nudillos blancos, y con la otra mano libre se tapaba la boca con desesperación, amordazándose a sí misma para no gritar como una loca y alertar a todo el barrio.
Plas. Plas. Plas. El ritmo era frenético, sucio, húmedo.

No sé cuánto tiempo le estuve reventando el culo así. Seguro fue un rato largo, los músculos de mis piernas ardían, pero perdí la noción del espacio y del tiempo. Solo existía el peso de su culo rebotando contra mi pelvis, mi pija ardiendo por la fricción constante y el olor denso a sexo crudo inundando el callejón.
El orgasmo me subió desde la base de la espina dorsal como una locomotora sin frenos, quemándome por dentro.

—¡Me vengo… me vengo adentro, Laura, la puta madre! —rugí, perdiendo cualquier filtro.
No aguanté más. En el último segundo, impulsado por el instinto de supervivencia, le di una estocada final y profunda, la saqué de golpe y la leche me saltó como un puto géiser a presión.

Le dejé el culazo lleno, bañado. Disparé chorros espesos, pesados, blancos y abundantes por todas partes. Había estado tan enfermo de excitación —reteniendo esta maldita carga durante toda la puta semana, maquinando, obsesionándome desde que hice la transferencia— que la pinté por completo. El semen caliente, hirviendo, manchó la profundidad de la zanja de su culo, le resbaló en hilos gruesos por la curva de las nalgas pálidas, goteó sobre el asfalto y salpicó la piel transpirada de la espalda baja y el maldito hilito negro.

Me quedé jadeando, con los pulmones ardiendo, apoyando la frente sudada contra el marco de la puerta del auto. Veía con fascinación morbosa cómo la última gota espesa caía de mi verga ya flácida y palpitante, resbalando perezosamente sobre el muslo tembloroso de ella.

Laura solo se quedó en esa posición, encorvada, congelada, respirando con una dificultad extrema, el pecho subiendo y bajando violentamente. Las piernas le temblaban de forma incontrolable desde las pantorrillas hasta la base de los muslos. Literalmente le costaba mantenerse en pie después de la paliza física que le acababa de dar.

—Ahhh… qué rico. Y qué puto culazo que tenés, Laura… —le dije en un susurro ronco, apenas recuperando el aliento. Levanté la mano, pesada, y le di una última nalgada suave, posesiva, sobre la piel húmeda y manchada de mi semen. Plas.

El golpe seco pareció romper el hechizo. Como si saliera de un trance hipnótico profundo, de una psicosis temporal inducida, Laura parpadeó. Sacudió la cabeza, y la cruda realidad del callejón, el semen en su piel y el peligro se le estrellaron en la cara.

Se apresuró a enderezarse, chocando contra el marco de la puerta. Con movimientos robóticos, espasmódicos y rápidos, se subió la calza negra —atrapando mi leche espesa directamente contra su piel, ensuciando la tela por dentro—, se acomodó el hilo dental sin importarle la suciedad pegajosa y gateó torpemente hacia el interior del Audi. Buscó en el asiento de atrás como un animal acorralado, encontró el top negro arrugado y se lo pasó por la cabeza a tirones, ocultando las tetas pesadas y transpiradas.
Salió del auto de un salto, se calzó las zapatillas pisando los talones, sin atarse los cordones, y se acomodó el pelo rubio, enmarañado y húmedo, con manos temblorosas. Su actitud había dado un giro violento de ciento ochenta grados. El animal sumiso había desaparecido.

—Ey… tranquila —le dije, subiéndome el short con una mano, todavía respirando pesado—. Hay tiempo. Subite que te alcanzo, te dejo a un par de cuadras de tu casa y…

Pero ella se detuvo en seco. Giró el cuello y me clavó una mirada. Fría. Muerta. Vacía. Absolutamente distante. Como si de pronto toda su excitación sucia, los gemidos y la entrega incondicional se hubiesen evaporado en el aire espeso, reemplazadas instantáneamente por el asco puritano y la culpa aplastante del post-orgasmo.

El puto Néstor lo había advertido, letra por letra: cuando el límite se cruza y la calentura baja, la ilusión se rompe. Ella te vuelve a ver exactamente como lo que sos. Un pervertido asqueroso. Un intruso.
—No —me cortó en seco. Su voz ya no era un murmullo roto; era seria, cortante, dura como el hielo—. Esto fue cosa de una sola vez. No se volverá a repetir jamás. Olvidate de mi puta cara.

No esperó respuesta. No me dio tiempo de abrir la boca. Dio media vuelta, casi tropezando con sus propios pies, y empezó a caminar rápido, casi corriendo, hacia la esquina, huyendo del callejón para perderse.
Me quedé ahí, apoyado contra el Audi. El olor dulzón a su vainilla rancia y el olor acre a mi propio semen estaban pegados en mi piel, en el aire, en el puto auto. Solo pude quedarme mirando, embobado y exhausto, cómo esa culonaza monumental se alejaba. Veía las nalgas gigantescas rebotando hipnóticamente bajo la tela negra apresurada, sabiendo con una certeza retorcida que la tela estaba empapada por dentro con mi leche. Aceptando el golpe de que, tal como decía el manual, nunca más la iba a volver a ver.

La fantasía era perfecta precisamente porque tenía fecha de caducidad.

La vi irse, llevándose esas nalgotas inmensas con ella a paso rápido, y mientras su silueta desaparecía en la esquina, me quedé masticando una pregunta oscura, casi celosa...

 ¿Cuántos más habrán pagado esa cantidad salvaje de dinero por ella? ¿Cuántos otros tipos habrán seguido el puto manual, habrán visto esa cara de falsa inocencia, y habrán llegado hasta el final, ensuciándola en un callejón, exactamente como yo?

Mientras cerraba de un portazo la puerta trasera del auto y encendía el motor, el rugido del motor ahogó mis pensamientos, y una sonrisa lenta, torcida y enferma se me dibujó en la cara.

El PDF de Néstor costaba una jodida fortuna, sí. Me había dejado la cuenta bancaria temblando en rojo. Pero, hundido en el asiento de cuero con el olor a sexo llenando mis pulmones, me quedé con la absoluta y retorcida satisfacción de haber hecho la mejor transacción financiera de mi puta vida.

Había comprado el mapa del tesoro exacto. El código fuente de su cerebro. Me había llevado directo al mejor culo que tendré jamás… y a la mejor, más enferma, depravada y espectacular experiencia sexual de toda mi existencia.

FIN.

Esta es solo una pequeña historia de un muchas otras, conoce a Laura y su Esposo Matías en la Sombra de la Duda 1. Descubre como inicia todo: 

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