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Un amigo se cogio a mi novio en un campamento final

El juego continuó entre las risas y la corriente fresca del lago, pero el ambiente ya estaba completamente enrarecido. La dinamita entre Esteban y Gael era tan evidente que el resto de los chicos empezaron a jugar con una cautela extraña, como si nadie quisiera ser el que hiciera explotar la tensión.

En una jugada rápida cerca de la parte más honda, Esteban recuperó la pelota y se armó de aire para dar un pase largo hacia Mateo, quien ya se acomodaba solo cerca del área para anotar.

Gael, que venía siguiendo la jugada con los ojos encendidos y la respiración agitada, no dudó un segundo: en lugar de meter las manos para desviar el balón, se impulsó desde abajo con fuerza y brincó de frente hacia el cuerpo de Esteban para bloquearlo.

El impacto no fue una simple finta de juego. Gael se le encimó por completo a Esteban, rodeándole la cintura directamente con las piernas por encima del agua.

Esteban reaccionó con una maña tremenda: soltó el balón intencionalmente, fingiendo perder el equilibrio para dejarse ir hacia atrás y sumergir a ambos hasta el pecho. Por debajo de la superficie, las manos de Esteban se encajaron con fuerza en la firmeza de las nalgas de Gael, reacomodándoselo sobre la ingle y restregando la tela del short gris húmedo de lleno contra su miembro sumergido.

En lugar de soltarse o buscar pie en el fondo, Gael cerró los brazos alrededor del cuello de Esteban, inclinó la cabeza hacia atrás y empezó a mover las caderas despacio sobre él, buscando deliberadamente la firmeza del roce en medio del agua.

Cuando Gael brincó encima de Esteban este con las piernas rodeó y buscó sentir con sus nalgas la verga de ese macho que poco a poco iba causando algo de estragos en la cola de Gael

Durante tres segundos eternos, el lago se quedó en un silencio sepulcral.

Aunque el agua amortiguaba parte de los movimientos, la silueta de los dos abrazados, la forma en que Gael se contorneaba sobre Esteban y la manera en que Esteban sostenía esas nalgas por debajo de la superficie quedaron al descubierto ante todos. La mayoría del grupo se quedó completamente helada, con los ojos abiertos sin saber qué decir.

Al salir a la superficie para tomar aire, Gael desenganchó las piernas torpemente, soltando a Esteban con el rostro profundamente encendido y el labio inferior mordido por la excitación que lo traía rebasado.

Camila, que estaba a pocos metros y vio el frote sin el menor filtro, soltó una carcajada nerviosa rompiendo el hielo, aunque sin ocultar el asombro:

—¡Oye, Gael, cálmate! Cálmate un poco porque si no… ¿qué vas a hacer después con semejante monstruo?

Gael se congeló a mitad del agua. Al escuchar la broma directa y saberse descubierto en su propia seducción, se quedó totalmente paralizado, soltando un leve jadeo por la boca, con la cara ardiendo en sonrojo y una expresión de rendición absoluta que lo decía todo sin pronunciar una sola palabra.

 

En medio del juego, Sofía hizo un mal movimiento al pisar el fondo irregular del lago y se dobló el tobillo, soltando un grito de dolor. La dinámica se detuvo de inmediato. Mateo y Lucas reaccionaron rápido para ayudarla, cargándola entre los dos para sacarla del agua, mientras Camila y las demás chicas se adelantaron a toda prisa hacia la zona de campamento para buscar el botiquín de primeros auxilios.

En cuestión de segundos, la orilla quedó prácticamente sola. Únicamente nos quedamos los tres en la parte baja del lago: Gael, Esteban y yo.

El silencio que siguió al alboroto se volvió denso. Gael, aún agitado por el esfuerzo del juego, inclinó la cabeza y fijó la mirada directamente hacia la zona baja de Esteban, sin disimular la curiosidad. Esteban notó el gesto al instante. Con una lentitud calculada, comenzó a caminar hacia la orilla para salir del agua. Al emerger, la tela húmeda de su pantalón dejó al descubierto una firmeza evidente.

Me mordí el labio inferior, entendiendo perfectamente lo que esa reacción significaba en ese momento. Volteé a ver a Gael y descubrí que mi novio no podía desviar los ojos de él, completamente fascinado por la escena.

—Bueno… vámonos encaminando hacia la fogata —dije rompiendo el hielo, comenzando a avanzar unos pasos adelante.

Gael iba apenas un paso detrás de mí y Esteban cerraba la marcha. De pronto, Esteban alargó el brazo y sujetó a Gael con firmeza por la cintura, jalándolo ligeramente hacia atrás como si fuera a perder el equilibrio.

—Cuidado, no te vayas a caer —le murmuró Esteban pegándose a su espalda.

El contacto fue inmediato y directo. Gael se quedó completamente rígido, pero en lugar de hacerse a un lado, arqueó levemente la espalda, acomodando su figura contra el cuerpo de Esteban.

Me giré al sentir que se detenían y los encaré.

—Ya, tranquilo, Esteban… estoy yo aquí presente —intervine marcando la línea.

Esteban soltó una pequeña risa grave, manteniendo su postura dominante.

—Préstamelo un rato, no pasa nada… Déjanos jugar un poco en el agua.

Hice una mueca entre la resignación y la intriga, sabiendo en lo que nos estábamos metiendo.

—Bueno, está bien… nada más no vayan a salir con cosas raras.

 

Esteban no esperó un segundo más. Tomó la mano de Gael con firmeza y la guio directamente hacia la tela de su pantalón, haciéndolo palpar la masa firme de su miembro.

Gael se congeló por un instante, impactado por el volumen y la temperatura que sentía bajo sus dedos. Sin embargo, su timidez inicial duró poco: su mano empezó a explorar con más soltura, delineando la forma y la firmeza del cuerpo de Esteban. Esteban aprovechó para abrazarlo por los hombros desde atrás, rodeándolo y dándole espacio para que continuara tocándolo.

—¿Has pensado en esto? —le preguntó Esteban al oído, con la voz grave resonando frente a mí.

Gael, intentando mantener una distancia fingida, murmuró:

—¿En… en qué?

—Ya sabes… ¿te lo has estado imaginando o recordando después de que te vi en la cascada?

Gael tragó saliva duro, con el rostro encendido, y finalmente soltó:

—Sí.

Lo miré de inmediato con los ojos bien abiertos, arqueando una ceja. Así que sí lo había estado pensando, a pesar de que la otra noche me lo había negado en la tienda.

Esteban sonrió con suficiencia, apretando el abrazo alrededor de la cintura de Gael.

—Sabes… el día que te vi bañándote, juraría que si me hubiera acercado un poco más, te la hubieras comido toda.

Gael bajó la mirada, mordiéndose el labio con fuerza antes de responder en un hilo de voz:

—Tal vez… Si te hubieras acercado, lo habría intentado.

Gael estuvo recorriendo con las yemas de sus dedos aquel miembro tan viril erecto mientras su mirada parecía perdida mientras lo observaba

Esteban no esperó a regresar a las tiendas. Con un movimiento rápido y decidido, se desabrochó la tela del pantalón húmedo y sacó su miembro al aire libre, aún con el agua del lago rodeándoles la cintura.

Al ver el tamaño y la firmeza al descubierto bajo la luz de la tarde, la chica abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba de golpe.

—Oigan, chicos… pero váyanse más a la orilla o tápense —soltó ella en un susurro urgente, mirando de reojo hacia el camino—. Van a venir los demás en cualquier momento, y de por sí allá atrás ya todos andan diciendo que Gael anda de facilota.

Gael volteó a ver a su novia con la cara ardiendo de vergüenza. Aprovechando esa distracción, Esteban alargó una mano y le amoldó los dedos en una de las nalgas a Gael, apretándola con fuerza.

—Es que es imposible no verte, Gael —le murmuró Esteban muy cerca de la oreja, recorriéndolo con la mirada—. Ese short blanco te queda tan ajustado que se te marca absolutamente todo. No sabes cuántas veces me las he imaginado.

—¿Así? —alcanzó a responder Gael con la voz entrecortada—. ¿Cómo?

—Pues sí… brincándome en la cara y en otros lados. Además, tienes una boca muy seductora, dan ganas de metérsela toda.

La chica no pudo contener un leve suspiro y miró a su novio.

—Ya ves, Gael… te lo dije.

Esteban frenó el movimiento de su mano un segundo y alzó las cejas, mirando a la chica con curiosidad dominante.

—¿Cómo? ¿Ustedes dos ya han estado hablando de esto?

—Pues sí —contestó ella cruzándose de brazos, intentando mantener la compostura mientras sentía un calor intenso recorrerle el vientre—. Le estaba diciendo que no te provocara con ese short si no iba a aguantar.

Esteban soltó una sonrisa llena de suficiencia, apretando más el agarre sobre la cadera de Gael.

—Ah… con que ya me lo estabas preparando.

—No exactamente —respondió ella rápido—, pero le dije muy claro en lo que se estaba metiendo. Así que no me estés provocando a mí tampoco o nos vamos de regreso al campamento ahorita mismo.

—No, no, no… espera —pidió Esteban, bajando el tono de voz para volver a centrarse en Gael.

Con el miembro completamente expuesto entre los dos, Gael dejó de lado la duda. Estiró ambas manos para tomarlo, recorriendo la textura, la firmeza y el grosor con movimientos lentos y fascinados, sintiendo cómo Esteban se tensaba y soltaba un aliento caliente sobre su cuello.

La chica observaba la escena fija, sintiendo cómo la temperatura de su cuerpo subía a niveles que no esperaba. Ver a su novio entregado a esa exploración, sumiso y fascinado, terminó por romper sus últimas inhibiciones.

Para romper el estancamiento y acelerar la tensión, ella dio un paso al frente y soltó con voz firme:

—Bueno… ¿y se la vas a chupar de una vez o nos vamos a ir?

Gael se congeló con las manos puestas sobre Esteban y la volteó a ver completamente desconcertado.

—¿Cómo? —alcanzó a balbucear Gael—. ¿Aquí? ¿Ahorita?

—Pues sí —le respondió su novia con una mirada intensa—. ¿O nada más se la ibas a agarrar para quedarte con las ganas?

—Bueno… no creo que quieras dejarlo con las ganas a estas alturas —agregó la chica, dando un paso más cerca—. Se nota a leguas que Esteban ya se ha masturbado pensando en ti.

Esteban soltó una sonrisa cínica, apretando los dedos contra la piel de Gael.

—La verdad, sí… especialmente con el short blanco —confesó Esteban mirándolo fijo a los ojos—. Cuando te vi el otro día quedé bastante mal. Y aparte tú no te ayudabas, me movías las nalgas de más cada vez que pasabas enfrente de mí.

—Tal vez… —murmuró Gael con la voz temblorosa, intentando mantener la mirada.

Esteban no lo dudó y le cruzó la mano en una nalgada firme y sonora que retumbó en el aire húmedo del lago.

—¿Cómo que “tal vez”? —reclamó Esteban con tono dominante.

Gael soltó un jadeo ahogado, arqueando la espalda por el impacto, y volteó a ver a su novia con las mejillas ardiendo.

—Te lo dije —intervino ella con una leve sonrisa de complicidad—. Te dije que él era bastante más salvaje de lo que estabas acostumbrado.

Gael se mordió el labio inferior con fuerza, conteniendo un aliento caliente.

—Ay… —alcanzó a soltar.

—¿Te gustó la nalgada? —le preguntó Esteban al oído, tomándolo del cuello.

—Sí… —admitió Gael en un hilo de voz.

Esteban rodeó la nuca de Gael con la palma de la mano e hizo ademán de agacharlo ahí mismo en la orilla, pero la chica intervino rápido indicando el terreno:

—Sabes qué… mejor vente para acá —dijo señalando hacia una roca plana y alta que sobresalía entre los matorrales, a un par de metros—. Ahí vamos a estar más cómodos.

Esteban guio a Gael hasta la piedra, haciéndolo sentar a la orilla. Se colocó de pie justo frente a él, quedando a la altura perfecta de su rostro.

—A ver, ven… —le ordenó Esteban suavemente—. Preséntame esa boquita de putita que tanto me has presumido.

La chica se colocó a dos metros de distancia, recargada contra el tronco de un pino para observar la escena en privado. Desde su ángulo, vio cómo Gael alzaba la vista con cierta torpeza e inexperiencia, abriendo la boca despacio ante la presencia de Esteban. Esteban se acomodó frente a su rostro y comenzó a guiarlo.

A medida que observaba la escena —ver a su novio sumiso, torpe y totalmente entregado a los movimientos frente a otro hombre—, una ola innegable de calor y excitación empezó a recorrerle el vientre a la chica. Ver la vulnerabilidad de Gael la estimulaba de una manera completamente nueva.

Sin poder contenerse, la chica dio un paso al frente y preguntó en voz baja:

—Bueno… ¿y te está gustando, Esteban?

Esteban ni siquiera volteó a verla; mantuvo la mirada fija hacia abajo, sujetando a Gael firmemente del cabello mientras respiraba agitado.

—Espera… no interrumpas —le respondió Esteban en un murmullo grave—. Apenas está agarrando el ritmo con la lengua.

Gael se acercó con sus labios con su cara roja sus labios lamiéndoselos con la lengua abrió poco a poco la boca para meterse aquella verga tan enorme a comparación de su carita toda delicada abrió y primero se metió la cabeza como pudo con torpeza chupándola si este Esteban mientras Gael lo estaba intentando solo cerraba los ojos al sentir los labios carnosos y suaves de Gael

Gael la recorrió cerrando sus labios poco a poco mientras se la bajaba haciendo que Esteban sintiera toda la textura de sus labios en la cabeza de esa verga enorme este Gael se quedó analizando el sabor que sintió en su boca para volver a la carga con abriendo más la boca intentando utilizar la lengua y de una metió todo lo que pudo sacándola recorriendo con esos labios el tronco de esa enorme verga era fascinante ver como mi novio tan delicado estaba a Merced de este animal después de 3 minutos de seguir así Gael tomó otra actitud y empezó a metérsela a chuparla a olerla sintiendo que ese aroma era penetrante para él y le gustaba mientras Esteban le decía

— te gusta así quería tenerte chupándome la verga con esa boca de putita que tienes yo ya sabía que te ibas a estar comiendo mi verga y pronto tendré ese culo montándome —

Gael no dijo una sola palabra más. Quedó completamente enfocado en lo que estaba haciendo, concentrado en el movimiento y en la respuesta de Esteban. En poco tiempo, empezó a agarrar un ritmo constante y fluido, logrando que Esteban soltara un suspiro profundo y cerrara los ojos, entregándose por completo al disfrute de la sensación.
A dos metros de distancia, la chica observaba la escena sin perderse un solo
detalle, sintiendo un calor denso en el abdomen. Veía cómo su novio intentaba
abarcar lo más posible de esa firmeza imponente, la forma en que la piel
quedaba brillante por la humedad y cómo los pezones de Gael se endurecían por
el contacto constante y la excitación de la escena.



Esteban pasó las manos al cabello de Gael, afirmando el agarre en la nuca
para guiar el ritmo y ejercer una ligera presión hacia abajo, exigiendo mayor
profundidad. El roce constante provocó que Gael soltara un par de tosidas
ahogadas por la falta de aire, pero sin retirarse un solo segundo.



—Vas muy bien, mi amor… vas muy bien —lo animó ella en un susurro cargado de
morbo, viendo la sumisión de su pareja.



Mientras Gael continuaba concentrado, Esteban estiró los brazos y le colocó
las palmas sobre la espalda baja. Con una presión constante, hizo que Gael
inclinara el torso hacia adelante y levantara ligeramente las nalgas sobre la
orilla de la roca, exponiéndolas por completo. Sin romper el ritmo de la mamada
que le estaba haciendo Esteban empezó a darle nalgadas firmes abriendo toda la
palma de su mano haciendo que caer se estremeciera y moviera las nalgas y se
arqueara para no más el culo esperando recibir otra mientras no paraba de dar
esa mamada auténtica que estaba dando



 



Esteban comenzó a emitir gemidos ahogados y entrecortados, incapaz de
contener la reacción ante el ritmo que Gael había conseguido. La chica, de pie
a un par de metros, sentía cómo la temperatura de su cuerpo aumentaba
rápidamente; la escena de su novio completamente entregado frente a Esteban le
generaba una excitación intensa que la mantenía paralizada, sin querer
interrumpir la dinámica que se desarrollaba ante sus ojos.



Gael, por su parte, amplió la exploración: manteniendo el ritmo en la
piedra, bajó una de sus manos para tomar suavemente los testículos de Esteban,
mientras con la otra mano se sujetaba con firmeza de la parte trasera de los
muslos, buscando abarcar la mayor cantidad de contacto posible.



Permanecieron en esa misma posición durante unos cinco minutos, marcados
únicamente por el sonido del agua y la respiración agitada de los tres.
Esteban, manteniendo las manos afianzadas sobre la espalda y el cabello de
Gael, soltó un suspiro pesado y le murmuró directamente:



—Qué rico la chupas nena… lo haces increíble, en serio. Lo haces riquísimo



 



Esteban afianzó las manos en el cabello de Gael para acelerar el ritmo de
manera continua y dominante. Gael entendió la señal de inmediato y no se
retiró; su novia, a pocos metros, abrió los ojos de par en par al comprender la
inminencia del momento, sintiendo cómo el impacto visual de la sumisión de su
pareja elevaba la temperatura de la tarde a un punto insostenible.



Fueron unos minutos intensos de respiración agitada y tensión contenida
hasta que Esteban se tensó por completo. Soltando un ahogado gemido mientras
llenaba toda la boca de Gael de leche que llenó la boca haciendo que Gael se
ahogara un poco



Al terminar, Esteban se acomodó la ropa despacio, mirando a Gael con una
mezcla de satisfacción y posesión.



—Me encantó… en serio eres muy bueno —le dijo en tono bajo, regalándole una
sonrisa pesada—. Aunque esto es malo para ti, ¿sabes? Porque ahora que ya probé
esa boquita, no voy a querer dejarte en paz.



Gael se incorporó de la piedra con la mirada completamente perdido, tragando
saliva con dificultad y luciendo un rubor intenso que le cubría hasta el
cuello. Estaba hipnotizado, procesando la magnitud de lo que acababa de hacer.



Los tres regresaron al campamento en silencio. Ella venía con el cuerpo
encendido, perturbada y al mismo tiempo profundamente estimulada por la imagen
de su novio entregado a otro hombre.



El resto de la tarde transcurrió con una calma extraña. La tensión explícita
entre Esteban y Gael pareció disiparse momentáneamente, dando paso a un
entendimiento tácito entre ellos que el resto del grupo notó con curiosidad,
aunque nadie se atrevió a hacer preguntas directas.



 



Al caer la noche, se retiraron a sus respectivas tiendas. A pesar de la
fatiga del viaje, la chica notó que Gael no podía conciliar el sueño; se movía
de un lado a otro en el saco de dormir, inquieto y agitado. Eventualmente, el
cansancio la venció a ella y se quedó dormida.



En medio de la madrugada, las ganas de ir al baño la despertaron. Extendió
la mano en la penumbra para pedirle la linterna a Gael, pero al tantear la tela
del saco descubrió que estaba completamente vacío y frío.



Una corazonada inmediata la hizo incorporarse. Salió de la tienda en
silencio y caminó a paso lento sobre la hierba húmeda directamente hacia la
estructura de Esteban.



Al abrir ligeramente la entrada de la tienda, la luz de la luna reveló la
escena: Gael estaba sobre el colchón inflable en una postura totalmente
entregada y sumisa, estaba con el culo en pompa con la cara recostado sobre la
colchoneta con el culo entregado a la boca de Esteban mientras este le metía la
lengua hasta el fondo y luego se alejaba escupía y volvía a pasar la lengua
intentando introducírsela



La chica se quedó petrificada en la entrada, mirando fijamente la escena
antes de romper el silencio con voz firme:



—¿Cuánto tiempo lleva aquí?



Esteban ni siquiera se detuvo. Alzó la vista en la penumbra con una sonrisa
tranquila y desafiante mientras mantenía a Gael sujeto contra la superficie.



—Como una hora… —respondió Esteban con la voz pausada—. Me vino a buscar y
me despertó con esa boquita tan rica que tiene. Yo solo le estoy regresando el
favor, mi amor.



 



Gael retiró las manos de su rostro en cuanto Esteban detuvo el movimiento,
dejando al descubierto sus mejillas encendidas y los labios húmedos. Aún en esa
posición de cuclillas, inclinado hacia adelante en una postura de sumisión
absoluta sobre el colchón, volvió la cabeza hacia la entrada de la tienda para
mirar a su novia.



—Perdón, mi amor… —alcanzó a decir Gael con la voz entrecortada y la
respiración agitada—. Es que no podía dormir… me quedé con el sabor en la boca
y vine a buscar más. Pero él me puso así.



Esteban mantenía las manos firmes sobre las nalgas de Gael, sujetándolo con
fuerza y manteniendo la postura expuesta que tanto lo inquietaba, con el rostro
brillando por la humedad por la comida de culo que le estaba dando a Gael



Ella observó la escena desde la entrada, sintiendo el calor del momento pero
intentando marcar un límite con voz firme:



—Bueno, cálmate, Esteban… él todavía no está listo para esto.



Esteban soltó una risa baja y confiada, sin soltar a Gael.



—¿Cómo que no? Si ya se comió cuatro dedos enteros sin poner un solo pero.



—Sí, pero esa cosa tuya no mide cuatro dedos, Esteban —le respondió ella,
mirándolo directo a los ojos antes de dirigirse a su novio—. A ver, Gael… ¿de
verdad quieres esto? Dímelo sinvergüenza, por favor. Si quieres que Esteban te
coja aquí mismo, quiero que me lo digas de frente. A ver si de verdad tienes
tantas ganas de verga



Gael se quedó mudo por un instante. Tenía la mirada perdida, la piel erizada
y la mente totalmente entregada a la excitación y al dominio de la situación.



—Sí quiero… —murmuró Gael en un hilo de voz, apenas audible.



—No, quiero que me lo digas completo —exigió ella, dando un paso hacia el
interior de la tienda y cruzándose de brazos—. Anda, dímelo… andas aquí de
facilongo. ¿Quieres que te meta esa verga que tiene? ¿En serio es eso lo que
quieres?



Gael tragó saliva, alzó levemente la vista hacia ella y, con una convicción
cada vez más clara y descarada en los ojos, respondió:



—Sí… sí quiero. Quiero sentirlo dentro de mí quiero sentir esa sensación de
tener ese pedazo caliente de carne en mí



Ella miró a Esteban de arriba abajo, manteniendo esa postura
desafiante pero con el vientre ardiendo por la tensión de la escena.



—¿De dónde sacas tanta vitalidad? —le preguntó, alzando las
cejas—. Si ya te exprimieron toda la tarde… ¿En serio le vas a dar más?



Gael, todavía inclinado y entregado en la superficie del
colchón, alzó la vista hacia ella con las mejillas encendidas.



—Ya lo exprimí ahorita otra vez y mira cómo lo tiene…
—confesó Gael en un susurro sin vergüenza—. Me hizo sentir ahorita cosas que ni
sabía que se sentían.



—Esteban, ¿en serio quieres hacer esto aquí y ahora?
—insistió ella, buscando la mirada del hombre.



—Me muero por hacerlo —respondió Esteban con la voz grave,
ajustando el agarre sobre la cadera de Gael—. Me muero por esto desde que
veníamos en la camioneta.



Gael giró el rostro hacia Esteban y le dedicó una mirada
coqueta y rendida. Esteban no tardó en responderle cruzándole una palmada firme
y sonora sobre la piel de la nalga, haciendo que Gael soltara un leve respingo.



Ella suspiró, sintiendo que el calor de la habitación la
superaba por completo.



—Bueno… si de verdad estás listo, entonces aquí quédate.
Pero ven acá, bésame primero.



—Pero… hace poco me lleno la boca —alcanzó a advertir Gael.



—Me importa un carajo —contestó ella acercándose.



Se tomaron del rostro y se dieron un beso largo y profundo
de lengua, compartiendo la humedad y el rastro de todo lo que había ocurrido
minutos antes. Mientras ambos se besaban frente a la entrada, Esteban no perdió
el tiempo y reanudó el trabajo con la boca en la parte trasera de Gael,
manteniendo el ritmo sin importar la presencia de ella.



Al separarse del beso, agitada y con el cuerpo completamente
encendido, ella dio media vuelta y caminó de regreso a su tienda para dejarlos
a solas.



 



Ya dentro de su tienda, recostada en la oscuridad pero con
la mente fija en lo que estaba pasando a unos metros, los sonidos del
campamento en penumbra empezaron a filtrar todo.



—Espera… espérame, duele —se escuchó la voz ahogada de Gael
a lo lejos.



—Tranquilo, ahorita se te pasa… —le respondió la voz baja de
Esteban.



Ella apretó las sábanas, soltando un leve “shh…” al aire por
temor a que el resto del grupo se despertara con el murmullo.



—Espera, ya casi entra todo… —agregó Esteban.



Un pequeño quejido rasgó el silencio, seguido del sonido
sordo de las uñas de Gael arañando la tela de la tienda para contener el
impacto, aunque rápidamente se tapó la boca para no gritar. Pocos segundos
después, el ritmo constante y sordo de los cuerpos chocando empezó a resonar en
la noche. Primero fue un movimiento lento, medido y pesado.



A los pocos minutos, el sonido se detuvo por completo.
Durante unos quince minutos reinó un silencio absoluto en el bosque, donde solo
se escuchaba el viento entre los árboles.



De pronto, la voz rasposa de Gael rompió la calma al
susurrar un “ya…” impaciente desde la otra tienda.



El ritmo volvió a comenzar, esta vez mucho más firme y
acelerado. El choque constante entre los dos se volvió continuo, mientras los
jadeos de Gael subían de tono, pasando de la queja a pedir más con
desesperación, ahogándose en sus propios gemidos mientras Esteban mantenía el
control absoluto de la noche.



Se escuchaba el golpeteo de los cuerpos y con gritos
ahogados escuchaba que Gael hacía —Ah ah ah despacio papito—



Y Esteban le respondía — si bien que estés parando las
nalgas Porque la quiere sentir más al fondo No te hagas la santa que a partir
de hoy vas a ser mi putita me escuchaste?
— a lo que Gael solo atinaba a decir — sí sí sí sí — con la voz entrecortada



Al pasar de la mera sumisión física a una cercanía donde
empieza a surgir la afectividad (como el beso explícito en la camioneta), la
protagonista pasa de ser la “directora” de una fantasía puramente sexual al
temor real de estar perdiendo el control de la relación.



 



Las noches siguientes en el bosque siguieron el mismo
patrón. Gael se escapaba en silencio a la tienda de Esteban apenas el
campamento quedaba a oscuras, y durante horas la noche se llenaba con el sonido
constante de los cuerpos chocando en el acto, cada vez más brusco, más
prolongado y con menos disimulo por parte de ambos.



Durante el día, la actitud del grupo cambió por completo. La
complicidad y las miradas cargadas de indirectas eran evidentes, pero la
dinamita entre Esteban y Gael simplemente ya no se podía ocultar. Salían,
jugaban en la orilla, bebían y bailaban alrededor de la fogata. En más de una
ocasión, al calor de la música y el alcohol, Esteban tomaba a Gael por la
cintura frente a todos, y Gael, lejos de inhibirse o buscar refugio en mí, se
dejaba llevar por la música, perreándole pegado a él con una soltura que nunca
antes le había visto.



Yo me quedaba a un par de metros, con el vaso en la mano y
el cuerpo encendido, observando cómo mi novio se transformaba en alguien
completamente distinto bajo el dominio de Esteban.



 



Llegó un punto hacia la octava noche donde los límites
desaparecieron por completo. Ya ni siquiera esperaban a que el resto se
durmiera o a que cayera la madrugada.



A mitad de una tarde calurosa, mientras la mayoría estaba
reunida cerca de la orilla, noté la ausencia de los dos. Caminé despacio hacia
la zona de las tiendas y encontré la de Esteban a medio cerrar, con la tela
agitándose levemente.



Al acercarme, los vi a plena luz del día: Gael estaba
entregado a él, dándole sexo oral con una destreza y una sumisión que no
dejaban rastro del chico tímido con el que había llegado al viaje. Esteban,
recargado hacia atrás con absoluta dominancia, lo sujetaba del cabello
exigiendo más, guiando la profundidad y soltando comentarios pesados sobre la
magia que hacía esa boca.



Me quedé en la penumbra de los árboles mirando la escena por
varios minutos, sintiendo cómo el morbo y la excitación me superaban por
completo al ver la naturalidad con la que Gael aceptaba cada orden.



 



El día del regreso empaquetamos todo en el campamento. El
viaje de vuelta en la camioneta ya no tenía la tensión incómoda ni la torpeza
del primer día. Gael ya no intentaba disimular ni se acomodaba con miedo en la
parte trasera junto a Esteban; se dejaba hacer, recostándose con soltura y
disfrutando del contacto físico a la vista de todos.



En un tramo del viaje, mientras manejaban en la carretera,
volteé desde el asiento del copiloto para mirar hacia la parte trasera a través
del retrovisor.



En medio de la penumbra de los asientos traseros, vi a
Esteban tomar a Gael del mentón. Esperaba ver la típica maniobra física o el
manoseo cotidiano, pero esta vez Gael inclinó la cabeza hacia él y se unieron
en un beso profundo, lento y genuinamente afectivo en la boca. No era solo un
juego de dominación o un impulso del momento; era un gesto de complicidad que
traspasaba lo puramente sexual.



Al ver ese beso por el espejo, un frío repentino me recorrió
la espalda. La excitación voyerista que me había acompañado durante todos esos
días se transformó de golpe en un vuelco de preocupación en el estómago. Me di
cuenta de que el juego que yo misma había orquestado y permitido ya no estaba
bajo mi control, y que lo que había comenzado como una simple fantasía en el
bosque estaba empezando a cambiar a Gael para siempre.



 



Al llegar a la ciudad, la camioneta se detuvo frente a la
casa de Sofía, donde todos decidimos bajar para dejar las maletas, tomar algo
frío y despedir el viaje antes de que cada quien regresara a su rutina.
Desde que aparcamos, la tensión entre Gael y Esteban era
casi palpable, densa e incómoda. Noté la mirada perdida de mi novio y la manera
en que Esteban no dejaba de rozarle la espalda baja mientras bajaban el
equipaje. Consciente de que necesitaban un momento a solas tras horas de
encierro en la camioneta, decidí no interponerme y les di espacio, fingiendo
estar ocupada platicando con las chicas en la sala.



Los demás también intuyeron el ambiente y los dejaron a
solas en una de las habitaciones del fondo, asumiendo con naturalidad que solo
se despedirían con un beso o un abrazo rápido.



Pasaron apenas diez minutos. De pronto, los murmullos de la
sala se apagaron de golpe cuando del pasillo comenzó a filtrarse un sonido
inconfundible: el golpe seco, rítmico y pesado de dos cuerpos chocando con
fuerza brutal contra la pared, seguido de los alaridos, quejidos y gemidos
agudos de Gael resonando sin el menor disimulo por toda la casa.



Plaz plaz plaz 



–        
ahhhhh si si así por favor sigue plaz una
nalgada sacudió el ambiente –



 



Todos en la sala se congelaron. Las chicas intercambiaron
miradas de asombro y luego voltearon a verme a mí de inmediato, esperando una
reacción, una escena de celos o un reclamo.



Yo me limité a sostener mi vaso con ambas manos, sintiendo
cómo una ola conocida de calor me recorría el vientre. No dije una sola
palabra. Simplemente miré hacia el pasillo y murmuré para mis adentros:



—Vaya que ese cabrón de Esteban puede hacer absolutamente lo
que quiera con Gael…



 



Cada vez que pasaba a buscar a Gael a su departamento sin
avisar, el escenario era siempre el mismo: la camioneta de Esteban aparcada
afuera y, al subir las escaleras, el sonido de los golpes y los quejidos de mi
novio atravesando la puerta de madera.



Una tarde de viernes, decidí entrar directamente con mi
copia de la llave. El departamento estaba a oscuras, salvo por la luz de la
recámara principal. Al asomarme por el marco de la puerta, me quedé petrificada
con lo que vi:



Gael estaba de pie a la orilla de la cama, llevando puesta
una minifalda negra ajustada que apenas le cubría las nalgas y unos tacones
altos que acentuaban la finura de sus piernas. Esteban estaba sentado frente a
él, recorriéndolo con la mirada con total autoridad.



Me quedé perdida unos segundos, parpadeando sin poder creer
la imagen.



—¿Traes… traes eso puesto, Gael? —alcancé a preguntar.



Gael se puso rojo al instante, mordiéndose el labio y
ajustando la tela sin saber dónde meter la cara.



—Pues… es que Esteban me dijo que me los pusiera —murmuró
Gael en un hilo de voz, buscando mi aprobación con la mirada.



Esteban soltó una sonrisa cínica, recargándose hacia atrás
en la cabecera sin el menor pudor.



—A ver, mi amor… danos privacidad un momento, porque ahorita
voy a estrenar algo nuevo con tu novio —me dijo Esteban con tono helado y
dominante.



—Pues yo vine a visitarlo a él —le respondi cruzándome de
brazos, sintiendo que la excitación y la molestia se mezclaban en mi pecho—. No
me voy a ir así nada más.



Esteban soltó una carcajada baja y clavó la vista en Gael,
tomándolo con firmeza por el dobladillo de la minifalda para jalarlo hacia su
rostro.



—Bueno… si no te vas a ir, entonces te sientas ahí y
escuchas todo —dijo Esteban mirándome fijamente antes de voltear a ver a Gael a
los ojos—. A ver, perra… ponte de espaldas, levántate esa falda y prepárate esa
boquita, porque hoy no te voy a tener ni un poquito de consideración. Y le vas
a agradecer a tu novia que se quedó a ver cómo te dejo abierto.



Gael tragó saliva, soltó un jadeo tembloroso y, sin dudar un
solo segundo, se giró sobre los tacones para obedecer la orden de Esteban al
instante.



Este Esteban bruscamente levantó el vestido de minifalda que
le compró a Gael y comenzó a comerle el culo mientras con las manos le separaba
las nalgas extendiendo las palmas y le daban nalgadas fuertes a lo que Israel
solamente se estremecía Después de 4 minutos de estar así Esteban se paró y se
sacó la verga enorme que tenía totalmente erecta y se la empezó a poner en la
punta del culo mientras Gael solamente se quedaba quieto esperando que aquel
monstruo entrara por completo dentro de él gritando en un ligero —ahhhh Ay
espera—



 y Esteban le
respondiera cuál espera putita y ya eres mía y se la dejó vestir de todo golpe
a lo que solamente Gael pudo agarrarse del sillón mientras sentía cómo le
metían toda esa enorme verga Esteban sin ninguna Piedad empezó a clavar la plas
plas plas Plaza se escuchaba por toda la casa y los gemidos y murmullos
ahogados de este Gael inundaban la habitación y todo el departamento estuvieron
así media hora mientras Esteban medicaba miradas victoriosas mientras se cogía
sin ningún tipo de reparo el culo de mi novio esas nalgas carnosas que tanto
deseo en todo este viaje



Al terminar el encuentro en el departamento, mientras
recuperaban el aliento entre las sábanas, Esteban soltó la pregunta con total
descaro, como si estuviera sugiriendo un plan cualquiera:



—Oye, Gael… si yo te pagara la cirugía, ¿te pondrías pechos?
Con la figura que tienes y esas nalgas, es literalmente lo único que te falta
para estar perfecto.



Gael se quedó helado en la cama, mirándolo con los ojos
abiertos sin saber qué responder.



Durante las semanas siguientes, mi novio entró en un duelo
interno sofocante. Por un lado, la idea le causaba pánico y confusión; por el
otro, el deseo enfermizo de complacer a Esteban y de mantenerlo amarrado a él
terminaba por nublarle el juicio. En más de una ocasión lo vi llorar en mi
departamento, atrapado entre la culpa y la adicción hacia lo que Esteban lo
hacía sentir. Yo intenté hacerle entender la gravedad del asunto, pero era
inútil: la sumisión de Gael ya no era un juego, se había convertido en su nueva
identidad.



Meses después, el límite se rompió definitivamente. Gael
aceptó el dinero de Esteban, agendó la cita y tomó la decisión sin dar marcha
atrás. Ese fue el punto de quiebre final entre nosotros: me di cuenta de que el
chico andrógino e inocente con el que había compartido diez años de mi vida
había desaparecido por completo. Rompimos la relación, no con una discusión
violenta, sino con la amarga certeza de que yo había orquestado una fantasía
que terminó devorándolo a él y destruyéndonos a nosotros.



 



Tiempo después de la cirugía, las reuniones del grupo de
amigos continuaron, pero la dinámica era irreconocible.



En la primera junta a la que asistieron juntos como pareja
oficial, Esteban llegó de la mano de Gael. Sin necesidad de haber tomado
hormonas, el cambio físico era impactante: Gael se estaba dejando crecer el
cabello —que por naturaleza era sumamente lacio y suave—, peinado con una
delicadeza que le enmarcaba las facciones finas. Llevaba puesta una minifalda
ajustada, un top que dejaba al descubierto su figura y unos pechos firmes y
proporcionales que Esteban le había mandado esculpir a medida.



Pasaba por una chica a simple vista. El grupo de amigos,
aunque al principio no sabía cómo reaccionar, terminó asumiendo la situación
con una mezcla de morbo y normalidad. Ver a Gael perreándole a Esteban en medio
de las fiestas, vestido de mujer, completamente complaciente y respondiendo a
cada orden que Esteban le daba frente a todos, se volvió la nueva rutina.



 



Yo me quedaba en los rincones de las fiestas con un vaso en
la mano, observando a la criatura en la que se había convertido mi exnovio. Ver
a Esteban lucirlo como un trofeo y ver a Gael disfrutando de esa dominación me
generaba una mezcla viscosa de excitación arruinada, nostalgia y un vacío
profundo en el estómago.



Entendí que ya no había lugar para mí en ese círculo. No
podía seguir siendo la espectadora de una obra que se me había salido de las
manos.



Poco a poco, dejé de responder las llamadas del grupo,
inventé excusas para no ir a las salidas de fin de semana y me fui alejando de
todos en silencio. La última imagen que conservo de ellos dos es a través de
una foto en redes sociales: Esteban tomándolo con fuerza por la cintura en un
bar, y Gael, con el cabello largo cayéndole sobre los hombros y vistiendo un
escote pronunciado, mirándolo hacia arriba con la misma devoción ciega con la
que empezó aquel viaje en el lago.



 



Han pasado dos años desde aquella última reunión. Mi vida
tomó un rumbo completamente distinto y, después de mucho tiempo procesando todo
lo que ocurrió en aquel viaje y lo que vino después, por fin volví a darme una
oportunidad.



Ahora estoy empezando a salir con alguien nuevo. Un hombre
que conocí en el trabajo que, de entrada, no tiene absolutamente nada de
femenino. Definitivamente aprendí la lección y no pienso volver a cometer el
mismo error de jugarle a la mentora con la masculinidad de nadie.



De Gael y Esteban sé muy poco, solo lo que llega a filtrarse
por un par de conocidos en común. Según me contaron la semana pasada, creo que
ya viven juntos oficialmente en un departamento nuevo; me imagino que con el
clóset repleto de minifaldas y tacones a la medida. Al final, cada quien
encontró exactamente lo que estaba buscando en esa historia.



Nos vemos. Y bueno… esta ha sido mi experiencia.



 



 



 



 

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