
Durante mi época como estudiante de medicina, nos tocó rotar por una nueva materia práctica: Cirugía General. Formábamos un grupo de seis compañeros (cuatro hombres y cuatro mujeres) y realizábamos la práctica en un hospital público con un alto volumen de emergencias, donde constantemente ingresaban heridos por accidentes de tránsito, riñas y armas de fuego.
A nuestro profesor, especialista en el área, le gustaba mucho que los estudiantes domináramos los procedimientos básicos: ver las heridas, aprender a suturar e ingresar al quirófano. Sin embargo, durante las mañanas las cosas solían ser bastante tranquilas. Por ello, el profesor nos propuso asistir a un turno de noche, ya que la dinámica era mucho más emocionante y se aprendía bastante más. Por supuesto, esto debía mantenerse en secreto para la universidad, pues se trataba de un acuerdo informal entre nosotros y él. Todos aceptamos encantados.
Programamos la guardia para el viernes siguiente a las 8:00 p.m. Llegado el día, acudimos sumamente entusiasmados. No obstante, noté a una de mis compañeras con una actitud bastante inusual, mucho más cariñosa de lo normal.
A los pocos minutos de iniciar el turno, comenzó a ingresar una gran cantidad de heridos. Pasamos varias horas ocupados: suturando, asistiendo y entrando a quirófano. A pesar de la carga de trabajo, mi compañera continuaba mostrando un comportamiento sugestivo. En una de las intervenciones, entramos al quirófano únicamente a observar cómo operaba el cirujano. Yo me encontraba de pie con los brazos cruzados y, en medio de la cirugía, noté que ella comenzó a rozar sutilmente sus senos contra mi codo. Al principio pensé que se trataba de un roce accidental debido al espacio reducido, pero continuó frotándose cada vez con más firmeza.
A causa de la estimulación, mi miembro se levanto por completo. Ella continuó con el roce constante hasta que cruzamos miradas en medio de la penumbra de la sala. Justo en ese momento, el profesor nos llamó para que observáramos de cerca cómo se realizaba el inicio de la cirugía. Mi compañera y yo nos quedamos mirando fijamente. Ella volvió a presionar sus pechos contra mi codo y pude percibir claramente cómo se le endurecían los pezones a través de la tela del uniforme.
Luego se posicionó justo delante de mí, pegó su culo duro a mi zona genital, se me levanto la verga dura y negra y comenzó a realizar movimientos lentos y pausados. Mientras el resto de nuestros compañeros permanecía absorto en el procedimiento quirúrgico, ella continuaba frotándose contra la firmeza de mi verga. La excitación llegó a tal punto que sentí cómo la lubricación comenzaba a humedecerme. Me acerqué a su oído, le pasé sutilmente la lengua por la oreja y le susurré: «Me tienes loco». De pronto, el profesor nos pidió aproximarnos aún más a la mesa de operaciones; por un instante sentimos que casi nos daba un infarto pensando que nos habían descubierto, pero no fue así, ella continuo realizando movientos en forma circular y gemía un poco parecía una perra en celo.
Al terminar la intervención, ella me picó el ojo y me sacó la lengua en tono cómplice. Luego fuimos a comer algo a la cafetería, lo que ayudó a apaciguar un poco la tensión del momento.
A eso de las 3:00 a.m., el profesor nos comentó que ya habíamos visto suficientes suturas y traumas por esa noche, por lo que podíamos dar por concluida la jornada.
Al salir del hospital tomamos dos taxis: cuatro de mis compañeros abordaron el primero, mientras que los restantes nos fuimos en el segundo. En ese vehículo me tocó ir junto a Verónica. Por casualidad terminamos sentados uno al lado del otro y, aprovechando la penumbra del trayecto, comenzó a tocarme la entrepierna buscando mi pene, sobándome de manera discreta sin que el resto de nuestros compañeros lo notara, se me paro como un torpedo, pero cerraba los ojos y trataba de pensar en algo diferente para que no lo notarán mis otros compañeros.
El taxi fue dejando a los demás en sus casas hasta que solo quedamos los dos. Mi destino era el penúltimo. Al llegar frente a mi casa, Verónica me miró y me dijo que se le habían olvidado las llaves de su departamento y que le daba temor irse sola a esa hora, preguntándome si podía quedarse a dormir en mi casa solo por unas horas. Acepté sin dudarlo... Y así fue como comenzó la historia
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