
Capítulo 6: El Límite del Manual
No podía creerlo. Jodidamente no podía creerlo.
Tenía sus manos suaves y delicadas envueltas en mi pija, moviéndose con una cadencia experta que me estaba derritiendo el cerebro. La lujuria era tan grande que el corazón se me salía del pecho, golpeando las costillas con fuerza de martillo.
La excitación me volvió avaro. Ciego.
Estiré la mano izquierda, crucé el espacio entre los asientos y le toqué una teta. A través de la tela negra y ajustada del top se le marcaban los pezones, duros, en punta, como dos diamantes cortando el algodón. Le apreté la carne a mano llena. Pesada. Perfecta.
Ella dio un respingo, como si la hubiera pinchado con una aguja. Soltó mi verga un microsegundo y me apartó la mano con un manotazo firme.
—Noo… —siseó, frunciendo el ceño, recuperando de golpe un atisbo de decencia—. Yo nomás te toco… dejame.
El pánico me asaltó, pero la memoria me salvó.
La página siete del PDF de Néstor lo decía exactamente, marcado como posibilidad altísima:
«Si pone límites físicos abruptos a tus caricias, respétalos. No la fuerces. Dale la ilusión de que ella tiene el control, al menos por un instante.»
Tragué saliva y bajé la mano a mi propio regazo.
—Está bien… está bien… —susurré, levantando las palmas en señal de rendición.
Ella volvió a aferrar mi erección.
Y mientras me hacía la mejor paja de mi vida, empezó a devorarme… pero solo con la mirada. Los ojos azules estaban clavados en el glande, hipnotizados, en trance. Se excitaba más con cada movimiento de su propia mano. Miraba compulsivamente por los cristales polarizados hacia la calle vacía y, al comprobar que el peligro seguía ahí —latente, invisible—, aceleraba la paja.
El pecho le subía y bajaba rápido. La respiración le silbaba por la nariz.
—Cómo te gusta, ¿no? —le dije, la voz cargada de veneno oscuro.
No respondió. Solo sonrió. Una sonrisa torcida, sucia, sin apartar la vista de mi carne.
Entonces lo vi.
El microgesto que la delató por completo.
Se relamió los labios. Sacó la punta de la lengua rosa y los humedeció, lubricándolos, preparándose instintivamente para la chupada.
A estas alturas era lo único que quería sentir en el mundo.
Esos labios carnosos. Esa lengüita saboreándome. Tragándose todo.
Pero la paja seguía a mil y ella no terminaba de animarse. La barrera mental la frenaba.
Había que ayudarla a romperla. Darle la excusa de la fuerza mayor.
Rompí la regla que ella misma había puesto un minuto atrás. Levanté la mano derecha y la posé suavemente detrás de su cabeza, enterrando los dedos en la nuca, debajo del pelo rubio. Se tensó… pero se dejó tocar.
No me apartó.
Entonces me miró a los ojos.
Fue un contacto visual crudo, eléctrico.
Empecé a meter presión. Lentamente. La fui empujando hacia mi regazo. Ella no peleó. Se fue acomodando, doblando el torso sobre la consola central, acercando la boca entreabierta a mi pija palpitante.
El tiempo se detuvo.
Todo se reprodujo en cámara lenta: ella acercándose, mirándome desde abajo con una lujuria indescriptible en los ojos azules, el aliento caliente chocando contra el glande húmedo…

Hasta que sacó la lengua.
Pasó la punta húmeda y áspera por la hendidura de la corona, saboreando el precum… y después, sin dudarlo más, se la metió entera en la boca.
—Uhhhhhh… —gemí, echando la cabeza contra el apoyacabezas.
Ella suspiró contra mi piel. El sonido vibró en la base de la verga.
Y el silencio del auto fue reemplazado por la sinfonía más sucia y perfecta del universo.
Shhhlorck… glo… glo…

—Ahhh, qué rico, Laura… —suspiré, retorciéndome en el asiento de cuero.
Ella solo seguía chupando. Ujuhmmff… glo glo glo.
Cómo chupaba la hija de puta. Se había desatado. Movía la cabeza con ritmo, usando la mano para masajear la base mientras la boca se encargaba del resto. La saliva le bajaba por la comisura y le caía en el top negro. Cada vez que bajaba hasta el fondo se le escapaba un ahogo suave, pero no se detenía.
De repente la culpa pareció golpearla otra vez.
Sacó la pija de la boca con un pop húmedo, jadeando por aire, y solo me siguió masturbando con la mano, la cabeza todavía agachada.
—Seguí… seguí, que tu boquita hermosa me va a ayudar mucho más… —le exigí, la excitación volviéndome impaciente.
La agarré de la cabeza con más fuerza, enredé los dedos en el cabello y la jalé de nuevo hacia abajo. Ese acto de dominación —ese pequeño uso de la fuerza que la eximía de responsabilidad— la encendió como un lanzallamas. Ahora chupaba como poseída, tragándosela hasta el fondo, ahogándose ligeramente y siguiendo sin importarle nada.
Estaba a un paso de la gloria.

Pero yo quería más.
Había pagado por la experiencia completa. No iba a conformarme con una chupada rápida en el asiento del copiloto. Quería ese culo.
Aprovechando el trance en el que estaba, intenté el golpe maestro.

—Vamos al asiento de atrás, para…
No me dejó terminar la frase.
Se separó de golpe. Escupió mi pija. Se sentó recta en el asiento, cruzó los brazos sobre el top negro y me miró con una frialdad que me congeló la sangre.
—NO.
La voz fue tajante. La respiración agitada, pero la decisión firme.
—Esto es lo máximo que vas a obtener. Ni se te ocurra.
Mierda. Mierda.
Me había chocado contra un muro de concreto armado. La realidad del auto, de la calle, de la situación, le había caído encima de golpe.
El PDF de Néstor había descrito esta “falsa barrera final”. Aseguraba que Laura jugaba al límite, pero que el salto hacia el sexo completo —la penetración— requería un detonador psicológico brutal.
Me quedé paralizado. La pija goteaba saliva sobre mi muslo. La mente escaneaba las páginas mentales del manual a la velocidad de la luz.
Sabía que mis próximas palabras eran vida o muerte.
Un error. Una frase equivocada.
Y todo terminaba acá: ella abriendo la puerta y yo quedándome con las bolas azules y la cuenta bancaria vacía.
Y yo… yo quería ese culazo cueste lo que cueste.
Respiré hondo.
Y recordé la instrucción.
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