

Ramiro tenía 43 años y el taxi como única casa decente.
Todas las mañanas paraba en el mismo semáforo de la avenida, el de la gomería y el puente. Ahí estaba ella.
Morena, flaca, ojos grises que no combinaban con el polvo de la calle. Trapo en una mano, botella de detergente en la otra. Le golpeaba el parabrisas con dos toques y sonreía apenas, como disculpándose por existir. Ramiro le bajaba el vidrio y le dejaba monedas en la palma. Siempre. Aunque el cristal ya estuviera limpio.
—Gracias, jefe.
—Cuidate, nena.
No sabía cómo se llamaba. Ella tampoco preguntaba el suyo. Eso duró meses. A veces llovía y igual estaba. A veces tenía un moretón. A veces le hacía un gesto obsceno a un auto que no le daba nada y después se reía, cansada. Ramiro se iba con esa risa en la cabeza y se la imaginaba en su cama, lavada, sin el trapo.
Un viernes, tarde, el semáforo se puso en rojo y ella no se acercó a limpiar. Se le plantó en la ventanilla.
—Hoy no quiero monedas, dijo.
—Quiero algo mejor.
Si me llevás contigo hago lo que quieras, me bajo donde sea. Si me das de comer. No te cobro nada.
Ramiro miró el espejo. Atrás no había pasajeros. Los ojos grises lo esperaban sin lástima.
—Subí.
Se llamaba Yesica. 19 recién cumplidos, dijo, y Ramiro le pidió que se lo confirmara dos veces. 19. Adulta. Se sentó adelante, el trapo entre las rodillas, oliendo a sol y a jabón barato.
En el departamento de él se duchó largo. Salió con una toalla y el pelo mojado, más morena bajo la luz de la cocina, los ojos grises más claros.
—¿Dónde pagó lo de algo mejor?, preguntó, directa.
Ramiro le pasó un plato de comida. Ella comió primero y le acarició. Después dejó caer la toalla.

El cuerpo era flaco, tetas pequeñas, vello negro y espeso entre las piernas. La concha peluda se le veía oscura, cerrada, real. Ramiro se le acercó y le pasó la mano por ahí, enredándole los dedos. Yesica abrió un poco las piernas y lo dejó.
— Siempre me mirabas como si quisieras esto, le dijo.
— Ahora ya me tenés.
Lo besó con gusto a cebolla y a pasta. Ramiro la levantó, la sentó en la mesada y bajó la boca al vello. Le lamió la raja entre el pelo, le chupó el clítoris, se le mojó la barba. Yesica le apretó la cabeza y soltó un quejido ronco, de quien no finge mucho.
Después se arrodilló en el piso de la cocina, le sacó la pija del pantalón y se la chupó. Sin adornos, profunda, mirándolo con esos ojos grises. Ramiro le agarró el pelo mojado y gruñó. Cuando lo tuvo duro del todo, ella se recostó en el sofá, se abrió de piernas y se tocó por encima del vello.
—Metemela.
Ramiro se la clavó de un empujón. La concha peluda se le cerró caliente alrededor. Empezó a cogerla hondo, el sofá rechinando, las tetas pequeñas temblándole. Yesica gemía bajito, las uñas en su espalda.

La puso de costado, mientras le acariciaba las tetas, después en cuatro, y se la metió en la concha más más fuerte mirando cómo el culo moreno se le movía y el vello se le marcaba abajo, mojado, oscuro.
Se terminó adentro, apretándole las caderas, con un gruñido de meses contenidos. Yesica se quedó un rato así, respirando, y después se rio contra el almohadón.
—Esto sí que es mejor que las monedas.
Ramiro se dejó caer a su lado, el corazón todavía acelerado.
No sabía si la había sacado del semáforo
o solo era por esa vez.
Yesica se quedó dormida en su sofá, desnuda, con los ojos grises cerrados
y las monedas de esa mañana
todavía en el bolsillo del pantalón sucio, tirado en el piso.
A la mañana Yesica estaba en la cocina, con una remera de él y el pelo todavía revuelto. Ramiro la miró un rato antes de hablar.
—Quedate. No solo esta vez.
No hace falta que vuelvas al semáforo. Yo te mantengo.
Ella se rio, sirviéndose agua.
—¿Eso es porque te gusto yo… o porque te gusta coger conmigo?
Ramiro se le acercó. Se le había parado de solo verle las piernas desnudas y el vello oscuro asomando bajo la remera. Se lo notaba en el pantalón.
—Sí. Me gustás.
Y más me gusta cogerte.
Yesica lo miró con esos ojos grises, se mordió el labio y asintió.
—Bueno. Entonces vas a tener el combo completo.
Se le arrodilló ahí mismo. Le bajó el pantalón, le sacó la pija dura y se la metió en la boca. La chupó con ganas, profunda, la mano en la base, la lengua en la cabeza, esos ojos grises clavados en él. Ramiro le agarró el pelo y gruñó. Yesica se la mamó hasta dejarlo brillante, babeado, al borde.
Después lo empujó a la silla, se sacó la remera y lo montó, guió su pija entre el vello espeso y se lo metió en la concha de un golpe. Empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando, las tetas pequeñas frente a la cara de él. Ramiro se las chupó, una y otra vez, apretándoselas, lamiéndole los pezones mientras ella rebotaba.
—Así, jefe… disfruta.

Yesica aceleró. Cuando lo sintió tensarse, se levantó de golpe, se arrodilló otra vez y se la metió en la boca por última vez. Lo chupó rápido, sucio, hasta que Ramiro eyaculo. Le salpicó la cara, la boca y las tetas. Yesica cerró los ojos un segundo, se relamió el semen de los labios y se rio, con un hilo blanco cayéndole por el mentón.
—Prometo sacarte más leche que dinero.
Ramiro se quedó hundido en la silla, jadeando, mirándola de rodillas, morena, manchada, con los ojos grises brillándole.
El semáforo seguía allá lejos, en rojo y verde.
Yesica, por ahora, se había quedado a cobrárselo de otra forma.
Ramiro la llevó a un local del centro. Le compró pantalones, remeras, un par de zapatillas… y, al final, una tanguita negra, chiquita, de tira. Yesica la miró entre los dedos, se rio y la guardó como si fuera un lujo de verdad.
Esa noche salió del baño en corpiño y tanga. El pelo mojado, la piel morena marcada por la tela nueva. Se detuvo frente a él, que estaba sentado en la cama.
—Gracias, jefe. Por todo esto.
—La tanga te queda muy bien.
Yesica se rio, se dio media vuelta y se bajó la tira con los dos pulgares.
—Es por esto.
Se la bajó del todo. Ya no tenía el vello espeso. Se había depilado. La concha morena, lisa, oscura, se le veía nítida entre los muslos. A Ramiro se le paró de golpe, dura, apretándole el pantalón.
No aguantó. Se le acercó de rodillas, le abrió las piernas y se la chupó. Le pasó la lengua por los labios lisos, le succionó el clítoris, le metió la punta dentro. Yesica jadeó, le agarró la cabeza y abrió más las piernas.

—Ayyy… jefe…
Después ella lo empujó hacia atrás, le sacó la pija y se la chupó con ganas, bajando hasta casi el fondo, los ojos grises humedecidos. Cuando lo tuvo bien duro, se dio la vuelta, se le montó de espaldas, sin sacarse el corpiño, y se lo metió en la concha. Empezó a cabalgarlo al revés, el culo subiéndole y bajándole en la cara de Ramiro. Él la embistió desde abajo, agarrándole las caderas, mirando la tanga tirada en el piso y esa concha depilada tragándose su pija.
Luego la bajó, la puso en cuatro sobre la cama y se la metió de un golpe. La cogió profundo y duro, nalgueándola, el sonido de la mano en el culo moreno llenando la pieza. Yesica gemía contra la sábana, el corpiño todavía puesto, las pequeñas tetas apretadas en la tela.
—Dámela… así…
Ramiro aceleró, le clavó los dedos en las caderas y terminó dentro, llenándola, con un gruñido largo. Se quedó pegado a su culo unos segundos, pulsando.
Yesica se dejó caer de lado, la tanga nueva hecha un hilo en el suelo, la concha depilada brillante de él.
Sonrió, cansada, con esos ojos grises entrecerrados.
—Si vas a seguirme comprando ropa…
avisame, así me la saco más seguido.
Ramiro se rio, todavía adentro de la resaca del orgasmo.

Así convivían. Yesica dormía en su cama, le guardaba comida, se ponía la tanga nueva para recibirlo y se dejaba coger cuando Ramiro volvía con olor a taxi y a calle. Él se acostumbró demasiado rápido a esos ojos grises en su cocina.
Hasta un jueves, a las cuatro de la tarde.
Llevaba una pareja atrás, rumbo al centro. El semáforo de siempre se puso en rojo. El de la gomería y el puente. Ramiro frenó por costumbre… y la vio.
Yesica no tenía el trapo. Tenía la remera que él le había comprado. Estaba contra la pared de la gomería, de puntas, besándose con otro limpia vidrios: un tipo moreno, flaco, la gorra para atrás y las manos metidas bajo la tela, agarrándole el culo. Ella le reía en la boca. Le devolvía el beso. No parecía obligada. Parecía entretenida.
A Ramiro se le subió la sangre a la cara. Quiso abrir la puerta, bajarse, agarrar al tipo del cuello y preguntarle a ella qué carajo estaba haciendo. La mano ya estaba en el picaporte.
—Señor, ¿puede avanzar? —dijo el pasajero de atrás.
— Ya está en verde.
El auto de atrás tocó bocina. Ramiro apretó el volante hasta dolerle. Tragó la rabia. Pisotó el acelerador. En el espejo lateral todavía alcanzó a verlos: Yesica de espaldas, el otro pegado a ella, el semáforo pasando otra vez a amarillo.
Llegó a destino casi sin hablar. La pareja pagó y se bajó. Él se quedó solo en el taxi, con una mezcla de enojo y decepcion.
No volvió por ahí. Pegó una vuelta larga. Llegó al departamento al anochecer, se sentó en la cama sin prender la luz y esperó.
Cuando escuchó la llave, ya tenía la mandíbula trabada.
Yesica entró con una bolsa de pan y esa sonrisa de ojos grises.
—Jefe, traje…
Se le cortó la voz al verlo.
Ramiro la miró desde la cama, sin levantarse.
—Estuve en el semáforo.
Vi todo.
Yesica se quedó en la puerta, la bolsa colgándole de los dedos,
y por primera vez desde que había subido al taxi
no supo qué cara poner.
—Es mi ex, dijo Yesica, todavía en la puerta.
—Pedía otra oportunidad.
—¿Y yo qué?
Ella levantó la barbilla, altanera, los ojos grises fríos.
—Vos ya estás mayor para mí. Es mejor así.
Ramiro se quedó callado un segundo. La rabia le pesaba en la garganta, y más abajo también.
—Entonces déjame cogerte una última vez.
Yesica lo miró. Se pasó la lengua por el diente. Asintió.
—Una. Y me voy.
Se quitó la remera y el pantalón sin teatro. Se arrodilló entre sus piernas, le sacó la pija, ya dura de la rabia y se la metió en la boca. La chupó con ganas, profunda, como pegándole por todo. Ramiro le agarró el pelo y gruñó, mirándola. Yesica lo sacó de la boca, un hilo de saliva pegado al labio, y se le montó.

Se lo empaló en la concha de un golpe y empezó a cabalgarlo. Subía y bajaba, las tetas pequeñas moviéndose, la concha depilada tragándose su pija. Ramiro le chupó los pezones, le apretó el culo, la embistió desde abajo. Yesica jadeaba, una mano en su hombro, sin decirle que la quería: solo que lo sentía.
— Nunca me diste el culo, le dijo él, ronco.
Ella se detuvo un segundo, lo miró, y asintió otra vez.
— Está bien, pero despacio.

Se puso en cuatro sobre la cama. Ramiro le escupió en la mano, se lo pasó por el agujero y le fue metiendo la pija en el culo. Yesica apretó la sábana y soltó un quejido largo, entre ardor y entrega. Cuando la tuvo adentro, él empezó a moverse: profundo, constante. Ella gemía contra el colchón, tocándose la concha.
Ramiro se la cogió así hasta el final. Descargado la rabia. Se la clavó hondo y terminó dentro del culo, con un gruñido, las manos en sus caderas. Se quedó un momento pegado a ella, pulsando.
Yesica se adelantó, se separó y se sentó al borde de la cama. Respiraba agitada. Se limpió entre las piernas con la remera vieja, se vistió y juntó lo poco que tenía: la ropa, las zapatillas, una bolsa.
En la puerta se giró. Tenía los ojos brillosos, pero la voz firme.
—Eso fue la última. Gracias por todo, jefe.
Y Se fue.
Ramiro se quedó en la cama, solo, oliendo a ella, con la tanga negra todavía en el piso.
La había sacado del semáforo.
La había vestido. La había cogido.
Y Yesica,
igual que la primera vez,
eligió el semáforo y al que no la iba a mantener.
Ramiro evitó ese cruce durante meses. Pegaba la vuelta por la avenida de atrás, aunque tardara más. Aunque perdiera carreras. No quería ver los ojos grises ni el trapo contra el vidrio. Tampoco quería encontrársela con el otro. Aun así, de noche, a veces se le paraba acordándose de la tanga negra, de la concha depilada, de la última vez en cuatro.
Un martes no tuvo opción. Un pasajero le pidió que lo dejara justo en frente de la gomería. El semáforo estaba en rojo. Ramiro frenó, apretó el volante y no miró hacia la vereda.
Hasta que alguien le golpeó el vidrio.
Yesica.
Más flaca de la cara, más hinchada de abajo. Una panza grande, tensa, empujándole una remera que ya no era la que él le había comprado. Los ojos grises estaban hinchados de llorar. El trapo le colgaba de la mano, inútil.
—Jefe… la voz se le quebró.
—Dame otra oportunidad.
Él me dejó. Dijo que no era suyo. Me dejó acá otra vez.
Yo te limpio. me quedo. Te hago de comer. Lo que sea.
Ramiro bajó el vidrio. Miró la panza. Se le hizo un nudo en la garganta, una mezcla fea de pena, bronca y un resto de deseo que ahora no tenía a dónde ir. Detrás, el pasajero se movió incómodo.
—Ya no, le dijo Ramiro, bajo, sin subirla
— Ya no puedo.
Yesica se tapó la boca. Las lágrimas le cayeron derechas sobre el bulto de la panza.
Él metió la mano en el recaudo, sacó unas monedas, las mismas de siempre, las del principio y se las dejó en la palma.
—Cuidate, nena.
El semáforo se puso en verde. Ramiro aceleró. En el espejo la vio quedarse en la esquina, la mano cerrada sobre las monedas, la panza grande, sola otra vez junto a la gomería.
No volvió a pasar por ese cruce.
A veces, al cerrar el turno, pensaba en ella. En los ojos grises. En lo que había sido “algo mejor” durante unas semanas. Y en que el semáforo, al final,
se había quedado con los dos:
ella abajo, pidiendo,
y él adentro del taxi,
dando monedas, sin detenerse.


9 comentarios - La Putipobre del Semáforo