

Tomás llevaba meses sin poder dejar de mirar. La casa era vieja, de paredes delgadas y puertas que nunca cerraban del todo. Su madre, Clara, tenía 34 años, el cuerpo firme, tetas grandes que se marcaban bajo las blusas baratas y una forma de caminar que a él se le iba directo a la entrepierna.

Desde que el padre los abandono, ella traía hombres. No todos los días, pero sí con suficiente frecuencia para que Tomás ya conociera el ritual.
Llegaban de noche. Ella los recibía en la sala con una sonrisa fácil, les servía algo de beber y los llevaba al cuarto del fondo. El que había sido el dormitorio de matrimonio. Tomás esperaba unos minutos, después se colaba en la habitación de al lado, la suya, justamente pegada a esa pared y se sentaba en el suelo, junto a la rendija que había entre las tablas viejas y el marco. Desde ahí lo veía casi todo.
Esa noche el hombre era alto, de unos 40, con una pija gruesa que Clara no tardó en sacar. Tomás se bajó el pantalón en cuanto los escuchó entrar. Se agarró la pija ya dura y se asomó.
Su madre estaba de rodillas en el suelo. Se había quitado la blusa. Las tetas le colgaban pesadas, los pezones oscuros. Tenía la pija del desconocido en la boca y la chupaba con ganas, subiendo y bajando la cabeza, babeando, mirando hacia arriba de vez en cuando. El hombre le sujetaba el pelo y empujaba. Tomás se masturbaba al mismo ritmo, mordiéndose el labio para no hacer ruido.

Después Clara se levantó, se quitó la falda y la tanga y se tiró en la cama. El hombre se acomodó entre sus piernas y se la metió en la concha de un golpe. Empezó a cogerla con fuerza. Las tetas de su madre rebotaban. Ella gemía, las piernas abiertas, agarrándose a los hombros de él. Tomás apretó más fuerte su propia pija, la mano subiendo y bajando rápido, los ojos fijos en cómo esa pija extraña desaparecía dentro de la concha de su madre.
Luego ella se subió encima. Se empaló sola y empezó a cabalgar. Rebotaba con las manos apoyadas en el pecho del hombre, las tetas moviéndose, el culo golpeando contra los muslos ajenos. Tomás se corrió casi en ese momento, pero se contuvo. Quería ver el final.
El hombre gruñó, la levantó un poco y se salió. Clara se recostó y se apretó las tetas con las dos manos. Él se masturbó encima de ella y eyaculo a chorros sobre las tetas de su madre, salpicándole los pezones y el hueco entre las tetas. Clara se rio bajito, se pasó un dedo por el semen y se lo llevó a la boca.
Tomás se vino en silencio, contra su propia mano, temblando detrás del muro, con la imagen de las tetas de su madre cubiertas de leche ajena grabada a fuego.
En la otra habitación, Clara se limpiaba el pecho con una toalla y le decía al hombre que ya podía irse. Tomás se quedó sentado en el suelo, la pija sensible, la respiración agitada, escuchando cómo la puerta de la casa se cerraba.
Su madre era una puta.
Y él no podía dejar de mirarla. Ni de tocarse mientras lo hacía.

Otro Día Tomás abrió la puerta y fingió sorpresa lo mejor que pudo.
Ahi estaba el director de su colegio. Traje oscuro, corbata floja, esa sonrisa cordial que usaba en las reuniones de padres. Tomás sintió un vuelco en el estómago.
—Hola, director… ¿qué hace por aquí?
—Hola, Tomás. Vengo a cog…, se corrigió con una risita breve, vengo a conversar con tu madre. ¿Está?
Antes de que él pudiera responder, Clara apareció detrás, con un vestido corto y el pelo suelto. Sonrió como si nada.
—Pase, director. Qué gusto.
Lo tomó del brazo y lo guió directo al dormitorio del fondo. Tomás se quedó unos segundos en la sala, el corazón acelerado, y después se escabulló a su habitación. Se sentó en el suelo, junto a la rendija de siempre, y se bajó el pantalón. La pija ya se le estaba poniendo dura.
En la otra habitación, el director sacó un fajo de billetes y se lo extendió. Clara lo tomó sin dudar, lo contó por encima y lo guardó en el cajón de la mesita. Después lo agarró de la corbata y lo besó con intensidad, con lengua, apretándose contra él.
Se separó solo para desnudarse. Se quitó el vestido de un tirón y se quedó sin nada.

El director se le fue a las tetas de inmediato: las besó, las chupó, les pasó la lengua por los pezones. Después la recostó en la cama, le abrió las piernas y le comió la concha, lamiéndola despacio, metiendo la lengua. Clara gemía y le agarraba la cabeza.
Luego ella se incorporó, lo desnudó con prisa y le sacó la pija. No era tan gruesa como la del tipo de la otra noche, pero estaba bien dura. Clara se arrodilló y se la metió en la boca hasta las bolas. La chupó babeando, haciendo ruidos húmedos, subiendo y bajando la cabeza mientras le apretaba los huevos con una mano.
Tomás se masturbaba mirándolos, la mano rápida, los ojos fijos en cómo su madre se atragantaba con la pija del director de su colegio.
Clara se subió encima de él. Le agarró la pija y se la metió en su concha y empezó a cabalgarlo con intensidad. Las tetas le rebotaban. El director se las chupaba mientras ella subía y bajaba, el culo golpeando contra sus muslos. Tomás apretó más fuerte su propia pija, conteniendo un gemido.

Después el director la acostó de costado, le levantó una pierna y se la embistió duro y profundo, manoseándole las tetas al mismo tiempo. Clara gemía contra la almohada. Luego la puso en cuatro y la penetró más fuerte, agarrándola de las caderas, mientras la cogía duro, el sonido de la piel contra la piel llegando claro hasta el cuarto de Tomás.
—El culo, dijo el director, ronco.
Clara dudó solo un segundo.
—Está bien… pero despacio.
Él le escupió en el agujero, apoyó la punta y se la metió. Clara soltó un quejido largo cuando se la fue metiendo. El director empezó a cogerla por detrás, nalgueándola, mientras ella se tocaba la concha con una mano. Tomás se corrió en ese momento, contra su puño, temblando, sin poder apartar la vista de cómo esa pija desaparecía en el culo de su madre.
El director aceleró unas cuantas embestidas más, jadeando, se salió de golpe y se masturbó rápido, eyaculando sobre las nalgas de Clara, salpicándole el culo con chorros espesos.
En la habitación de al lado, Tomás se quedó sentado contra la pared, la mano sucia, la respiración descontrolada.
Acababa de ver al director de su colegio coger a su madre por el culo …
y pagarle por eso.
Y lo peor
era que el también, quería metérsela

Después de aquella noche con el director, Tomás ya no podía fingir que solo era curiosidad.
Quería metérsela a su madre.
Por las noches, solo en su cama, se masturbaba pensando en ella. En las tetas que le había visto rebotar. En la forma en que abría la boca para chupar pijas ajenas. En el culo que le habían cogido en cuatro. Cerraba los ojos, se agarraba la pija con fuerza y se imaginaba que era él quien la tenía debajo, quien se la metia, quien se corría sobre sus tetas. Se venía mordiendo la almohada, susurrando “mamá” contra la tela.
Clara lo notó.
Lo notó en las miradas que le duraban de más. En cómo se le marcaba el bulto cuando ella salía en bata. En el silencio raro que se hacía cuando se cruzaban en el pasillo. Una mañana, al servirle el desayuno, lo pilló bajando los ojos a su escote y se le quedó mirando un segundo. Tomás se puso rojo. Ella no dijo nada. Solo apartó la vista y siguió como si no hubiera pasado.
Tampoco le hizo caso.
Siguió trayendo hombres extraños a la casa. Unos más jóvenes, otros más viejos. Los metía al cuarto del fondo y Tomás, aunque ya no siempre se escondía para mirar, los escuchaba igual. Cada gemido de ella le ardía por dentro. Cada vez que un desconocido se corría, él se tocaba en su habitación pensando que debería ser él.
Hasta que un sábado por la tarde.
Clara se había metido a bañar. La puerta del baño no cerraba bien; el pasador estaba flojo desde hacía meses. Tomás pasó por el pasillo y escuchó el agua. Se detuvo. El corazón le golpeaba las costillas. Empujó un poco la puerta con la yema de los dedos.
Ella estaba de espaldas, bajo la ducha. El agua le corría por el pelo oscuro, por la espalda, por el culo redondo. Se giró un poco para enjabonarse los pechos y Tomás vio las tetas mojadas, los pezones duros, la concha entreabierta cuando levantó una pierna para lavarse.
Se quedó congelado, con la pija dura dentro del pantalón, sin poder apartar la vista.
Clara abrió los ojos y lo vio.
No gritó. No se tapó de inmediato. Se quedó mirándolo a través del vapor, el agua cayéndole por el cuerpo, con una expresión difícil de leer: sorpresa, molestia… y algo más oscuro.
—¿Qué haces ahí, Tomás?, preguntó con la voz baja, casi cansada.
Él no pudo contestar. Solo tragó saliva, rojo hasta las orejas, con la erección imposible de disimular.
Clara cerró la llave, agarró la toalla y se la puso alrededor del cuerpo sin prisa. Caminó hasta la puerta, lo miró de arriba abajo y le habló muy cerca, lo bastante como para que él oliera su jabón.
—Si vas a espiarme…
al menos aprende a no dejarte descubrir tan fácil.
Le cerró la puerta en la cara.
Tomás se quedó en el pasillo, temblando, con la pija palpitándole y una certeza que ya no podía negar:
Su madre sabía. Sabía que la miraba.
Sabía que se la quería coger.
Y aun así,
no le decía nada.

Era el cumpleaños 18 de Tomás. En la mesa de la cocina había una torta sencilla y un par de velas. Clara lo miró un rato en silencio, con esa expresión seria que él ya no sabía cómo interpretar.
—Hijo… sé lo que te pasa conmigo.
Sé que me espías mientras… trabajo.
Entiendo que te he provocado una excitación por mí y que me deseas.
Tomás se quedó quieto, rojo, sin saber dónde meter las manos.
Clara se levantó, se acercó y le acarició la mejilla.
—Ahora que ya eres todo un hombre, te voy a cumplir tu deseo.
Se quitó la blusa. Después el sostén. Las tetas que él había visto tantas veces a través de la rendija quedaron frente a su cara, pesadas, de pezones oscuros. Se bajó la falda y la tanga. Se quedó desnuda en medio de la cocina.
—Te voy a quitar la virginidad. Y voy a coger contigo.
Le puso la mano encima del pantalón y le acarició la pija, ya dura, marcándose contra la tela. Tomás tragó saliva, la voz temblándole.
—Mamá… no sé qué decir.
—No digas nada. Solo disfruta.
Le bajó el pantalón y el bóxer. La pija de Tomás saltó libre, tensa, goteando un poco. Clara se arrodilló y se la metió en la boca. Lo chupó despacio, profunda, subiendo y bajando, usando la lengua, mientras él se aferraba a la orilla de la mesa para no doblarse. Nunca había sentido algo así. El calor, la humedad, la vista de su madre con la boca llena de su pija.
Después ella se levantó, le tomó la cabeza y le puso las tetas en la cara.
—Chúpalas.
Tomás obedeció. Le agarró los pechos con las dos manos y le chupó los pezones con hambre torpe, de virgen, lamiendo, mordisqueando un poco. Clara gemía bajito y le acariciaba el pelo.
Luego lo llevó a su habitación, la del fondo, la misma donde él la había espiado tantas veces, y se acostó en la cama. Abriéndose de piernas.

—Ven. Pasa la lengua así… despacio… ahora el clítoris… sí, ahí.
Tomás se arrodilló entre sus muslos y la lamió como ella le iba indicando. El sabor, el olor, el calor de la concha de su madre contra su boca lo tenían al borde. Clara se retorcía y le apretaba la cabeza con los muslos.
Cuando la tuvo bien mojada, lo jaló hacia arriba.
—Métemela. Despacio.
Tomás se acomodó entre sus piernas, apoyó la punta en la entrada de su concha y se la metió. Entró con dificultad, apretado, caliente. Soltó un gemido largo. Empezó a bombear, primero torpe, después más duro, más rápido, perdido en la sensación.
—Despacio…, le advirtió ella, acariciándole la espalda. O te vas a correr pronto.
Lo hizo detenerse, lo acostó de espaldas y se subió encima. Guió su pija hasta su concha y se la metió de un movimiento. Tomás arqueó la espalda. Clara empezó a cabalgarlo con un ritmo creciente: lento al principio, después más intenso. Él le acariciaba las tetas, las apretaba, las miraba rebotar mientras su madre lo cogia.
—Mírame, le dijo ella. Disfruta.

Tomás no podía hacer otra cosa. Tenía a su madre encima, su concha tragándose su pija una y otra vez, las tetas en sus manos, el mismo cuarto donde la había visto con otros hombres. El placer le subió de golpe. Clara lo notó y rebotó más rápido, más fuerte, apretándolo.
Tomás se eyaculo dentro de ella con un gemido ronco, abrazándola con fuerza, las caderas levantándose solas mientras se vaciaba. Clara se quedó sentada sobre él unos segundos, sintiendo las pulsaciones, y después se inclinó a besarle la frente.
—Qué rico fue…
Felicidades. Ya no eres virgen.
Eres todo un hombre.
Tomás se quedó debajo de ella, todavía dentro, temblando, con la cara enterrada entre las tetas de su madre y una sola idea dándole vueltas en la cabeza:
Ya no tenía que espiar.
Ahora se la cogió de verdad.
Todavía estaban en la cama, sudados, cuando Tomás habló, la voz baja y un poco avergonzada:
—Mamá… olvidé pedirte por detrás.
Clara soltó una carcajada y pícaramente satisfecha.
—¿Con que eso también quieres? No eres nada tonto, Tomás.
Le agarró la pija, todavía sensible, y se la masturbó despacio hasta que volvió a responder. Después se inclinó y se la metió otra vez en la boca. La chupó con calma, profunda, usando la lengua, hasta dejarla completamente dura otra vez. Tomás echó la cabeza hacia atrás y gimió.

Clara se puso en cuatro sobre la cama y lo miró por encima del hombro.
—Métemela despacio. Y con cuidado.
Tomás se colocó detrás, le abrió un poco las nalgas y apoyó la punta en su culo. Metiéndole la pija poco a poco. Clara apretó las sábanas y soltó un gemido largo mientras él iba abriéndola. Centímetro a centímetro, hasta que se la metió toda. Se quedó quieto un momento y después empezó a embestirla.
Ella gemía, tocándose la concha con una mano mientras su hijo se la cogía por el culo. Tomás le agarraba las caderas, cada vez un poco más seguro, más hondo. El sonido húmedo llenaba la habitación.
—Mamá… me voy a correr…
Clara se giró de inmediato, le agarró la pija con las dos manos. Lo masturbó rápido, apuntándo al pecho. Tomás eyaculo a chorros sobre las tetas de su madre, salpicándole los pezones y el hueco entre los pechos. Ella miró el semen, se inclinó y le lamió la punta para limpiarle las últimas gotas.
Lo miró desde abajo, con una media sonrisa.
—Espero que no te moleste a qué me dedico.
Tomás, todavía jadeando, le acarició el pelo.
—No, mamá. Eres la mejor. Y estoy orgulloso de ti.
Clara rio bajito, se pasó un dedo por el semen de sus tetas y se encogió de hombros.
—Qué bueno.
Sabía que era un hijo de puta. Pero no le importó.
Se la había cogido. Le había metido la pija por la concha y por el culo. Había eyaculado dentro de ella y encima de ella.
Ya no sentía celos de los hombres que ella traía a casa. Porque después, cuando se iban, su madre también cumplía con él.
En esa casa vieja de paredes delgadas, Clara seguía trabajando.
Y Tomás, el verdadero hijo de puta,
ya no necesitaba espiar detrás del muro.


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