Desesperada por salvar a su madre, una joven acepta un oscuro pacto con un cirujano, un trato que destruirá su relación para siempre
Lisbeth atravesaba el pasillo del hospital como un alma en pena y, aun así, era imposible no mirarla. En nuestro año y medio de relación jamás habíamos enfrentado una prueba de fuego semejante: la señora Clementina, su madre, se debatía entre la vida y la muerte en la unidad de cuidados intensivos tras una complicación en una cirugía estética.
La urgencia nos había tomado por sorpresa, ya que la intervención inicial no presentaba mayor riesgo. Por otra parte, la familia materna de Lisbeth estaba a siete horas de carretera y ella no tenía padre ni hermanos, lo que me convertía en su único refugio. Mientras ella canalizaba el pánico caminando sin rumbo, yo solo podía contemplarla desde una banca de espera, aplastado por la angustia y una fascinación inevitable.
El entorno no ayudaba a atenuar la tensión. Las paredes del pabellón, cubiertas por un azul verdoso desgastado por los años, devolvían el reflejo enfermo de la iluminación del hospital. En medio de esa atmósfera de desgracia, la presencia de Lisbeth resultaba magnética; era un imán para el morbo ajeno. Noté cómo las miradas del personal de turno se clavaban sin descaro en sus formas a cada paso, alimentándose de esa vulnerabilidad que la hacía lucir ridículamente apetecible.
Mi novia tenía esa belleza de contrastes que paraliza: el rostro dulce de una niña quebrada por el dolor —de piel canela, sedoso cabello negro a los hombros y ojos oscuros empañados por el llanto—, enmarcando la anatomía implacable de un cuerpo que esculpía a diario en el gimnasio. Era la combinación exacta entre inocencia sometida y una tentación carnosa imposible de ignorar.
La emergencia la había tomado desarmada. Llevaba un vestido corto de color vino, zapatos de skate y un abrigo gris de tela ligera elegido a la carrera, al igual que su cartera de piel con cadena dorada. El corte de la prenda era una trampa para la vista: un talle ajustado que se ceñía a su cintura conteniendo el desborde de sus senos en un escote profundo, mientras la falda, corta y ligera, caía libre sobre la firmeza de sus muslos expuestos, agitándose a cada paso. Era un desfile brutal de angustia y provocación.
De pronto, el bucle sonoro de zumbidos y pitidos del entorno se cortó cuando una de las enfermeras superiores emergió del área crítica con el rostro desencajado. Mientras intentaba acomodar su respiración, la mujer explicaba que la situación de mi suegra empeoraba a cada segundo y necesitaban con urgencia al cardiólogo especialista, el doctor Vizcarra; no obstante, este no contestaba las llamadas.
La desesperación de Lisbeth se transformó en una rabia a punto de reventar. El pasillo se volvió una olla de presión cargada con la expectativa morbosa del personal médico y los familiares de otros pacientes, hasta que el crujido metálico del ascensor rasgó la tensión. El alivio en la cara de la enfermera confirmó la identidad de la persona que se nos acercaba. Me volteé impulsado por una corriente de aire frío y reconocí al instante la figura que emergía desde el fondo.
Aquel hombre no encajaba en el molde tradicional de un médico; tenía la estampa de un deportista de élite, alto y macizo, de hombros anchos y complexión imponente, con la mandíbula enmarcada por una barba castaña muy bien cuidada. La textura de su piel revelaba que estaba en sus primeros cuarenta, pero su tupida melena oscura hacía pensar que el cardiólogo rondaba los últimos treinta.
Pese a lo urgente de la situación, su presencia transmitía un control absoluto. Reconocí su rostro porque solía verlo en el gimnasio al que va Lisbeth; sin embargo, no tenía idea de que fuera doctor. Para mí era simplemente “el tipo del Porsche”, el mismo al que más de una vez había pillado mirando a mi novia mientras yo la dejaba en la entrada.
La enfermera se nos adelantó para interceptarlo y explicarle a toda prisa el estado crítico de la señora Clementina. El hombre movía los ojos en silencio, como calculando cada movimiento de una estrategia previa. Finalmente asintió con frialdad profesional y, al llegar a nuestro lado, nos sostuvo la mirada con una educación distante.
—Quiero que estén tranquilos —dijo, con una serenidad firme que apagó de golpe la histeria del ambiente—. Los he visto en el gimnasio, sé quiénes son. Dejen todo en mis manos.
Lisbeth estaba al borde del llanto, así que juntó las manos para suplicarle que salvara a su madre. Mientras tanto, la enfermera apuraba al médico hacia la puerta de la UCI. Ahí noté que no me quedaba mucho tiempo para reaccionar, así que aproveché el último segundo para dar un paso al frente y respaldar a mi novia:
—Doctor, mi novia haría lo que fuera por salvar a su madre. Honre ese deseo.
El médico se detuvo un instante. Me sostuvo la mirada con una leve e inexpresiva inclinación de cabeza, como procesando mis palabras, y se volteó para desaparecer tras las puertas dobles. Al quedarnos solos en el pasillo, Lisbeth me buscó y me rodeó con un abrazo cálido y desesperado. Le devolví el gesto apretándola contra mi pecho, sin sospechar que esa falsa tranquilidad era solo la calma antes de la tormenta.
Pasó el tiempo y de pronto la atmósfera espesa del lugar se vio interrumpida cuando el doctor Vizcarra salió de cuidados intensivos luego de evaluar a mi suegra. Cruzó el pasillo a paso firme, con el rostro convertido en una máscara de piedra, indescifrable. Para él, yo no era más que un fantasma; toda su energía y su presencia se concentraron de lleno en Lisbeth. Sin dar explicaciones y con una orden seca, le pidió que lo acompañara a su despacho.
La joven se puso de pie casi por reflejo, se quitó el abrigo como asfixiada por el contexto y finalmente siguió al médico como si estuviera hipnotizada. Antes de perderse por el fondo del pasillo, Lisbeth volteó a mirarme con ojos de pánico, pero yo solo me limité a asentir para darle apoyo, incapaz de intervenir, paralizado por la imponencia del médico y el peso de la situación.
Cuando me quedé solo, di una calada profunda a aquel aire estéril, sintiendo que la angustia me oprimía el pecho. En las pausas del silencio solo se escuchaba el rítmico pitido lejano de un monitor cardíaco y el zumbido constante de las turbinas del aire acondicionado enfriando la sala. Sin darme cuenta, me puse de pie y adopté el mismo patrón de Lisbeth, recorriendo el piso de un lado a otro.
Apenas comenzaba a asimilar la espera, mientras mis dedos recorrían cada hebra de la tela del abrigo gris que Lisbeth había dejado, pero ella reapareció de pronto en un estado desgarrador. Corrí a su encuentro para sostenerla, pero, al sentir mis manos, se apartó en un arranque brusco, rechazando mi tacto. El movimiento violento de su cuerpo agitó el escote del vestido, haciendo rebotar sus senos desbocados por el llanto sofocado mientras retrocedía.
Un nudo de cobardía y respeto me impidió presionarla; temía lo peor. Su llanto era incontenible, cargado de una mezcla viscosa entre pánico y una especie de culpa extraña que no encajaba en el ambiente. Con las manos temblorosas la joven sacó el celular de su cartera de piel y redactó una breve nota que me puso frente a los ojos:
Ve al departamento ahora mismo.
Trae un sobre amarillo que dejé en mi maleta de ropa.
El doctor lo necesita para entrar a quirófano.
En lugar de exigir explicaciones, me enfoqué en la misión que me acababa de asignar. Le aseguré en un murmullo que volvería lo antes posible y ella solo atinó a bajar la mirada, temblando en su sitio.
Caminé a toda prisa hacia el ascensor. Mientras esperaba que las puertas se abrieran, eché una última mirada hacia el corredor de la UCI y vi al doctor Vizcarra salir de su consultorio personal. A diferencia de la devastación emocional de Lisbeth, el hombre lucía sereno. Antes de cruzar el pasillo, sus ojos se cruzaron con los míos a lo lejos; juraría haber detectado un matiz dominante en su gesto, una expresión perversa que descarté de inmediato por parecerme ilógica en medio de una emergencia médica.
Una grieta de sospecha se abrió en mi estómago. Me aferré al abrigo gris de mi novia y sentí que algo no cuadraba entre la humillación implícita en el llanto de Lisbeth y la mirada del doctor. Las puertas del elevador se abrieron, entré a toda prisa intentando buscar una explicación lógica, pero en cuanto el metal se cerró, mis pensamientos descendieron tan profundo como el subsuelo hacia donde se dirigía la cabina.
Subí a mi viejo sedán, cuya pintura en el capó lleva años carcomida por el sol. El tablero se encendió con su tenue luz naranja y el aire acondicionado comenzó a congelarme la frente sudorosa, a la par que mi corazón empezaba a retumbar como un sonoro bombo.
No dejaba de pensar en la señora Clementina, en cómo quizá en ese preciso momento ya no estaba con nosotros. No dejaba de pensar en el extraño comportamiento de Lisbeth ni en la calma que emanaba el doctor Vizcarra. A mitad de camino, el vaivén de la paranoia se vio interrumpido por la llegada de una nota de voz de mi novia. La reproduje y el altavoz del auto golpeó mi pecho con la seca violencia de un trueno:
—Amor… —Lisbeth hizo una pausa pesada, recuperando el aliento con un hilo de voz, ahogada por el llanto—. Lamento si no pude hablarte hace un momento… Eh… El doctor sí va a operar a mi mamá… Ahora están preparando el quirófano de nuevo… Dentro del sobre que te pedí hay dinero para costear eso… El resto lo cubrirá el doctor… Esto es una pesadilla… El sobre amarillo está en mi maleta, en el clóset.
Escuchar su voz, aunque fuese llorosa y entrecortada, me trajo una calidez engañosa; un placebo para convencerme de que todo caminaba bajo control. No me di cuenta de la trampa. Un bombo seco empezó a retumbar en mi pecho, volviéndose constante, más pesado, transformándose en la banda sonora de lo que sea que estuviera ocurriendo a mis espaldas.
Al llegar al departamento, con las manos temblorosas, revolví el clóset de pies a cabeza. El sobre amarillo no aparecía por ninguna parte. Desbordado, llamé a Lisbeth. Nada. Le envié notas de voz preguntando dónde estaba exactamente el dinero, pero mis mensajes quedaban intactos, sin ser escuchados ni ser vistos. Entre la desesperación, iba de la habitación a la cocina sirviéndome tragos de whisky que bajaban raspando mi garganta sin que pudiera saborearlos.
Me desabotoné los dos primeros botones de la camisa y me la saqué del pantalón; el calor de la paranoia me sofocaba y sentía que la tela prácticamente me agarraba del cuello. No sé cuánto tiempo pasó. Estaba a punto de perder el juicio cuando la pantalla se encendió con un texto extenso enviado por Lisbeth:
Amor, perdóname.
El sobre estaba en mi bolso, aquí conmigo.
Mil disculpas, tengo la cabeza en otras cosas.
El doctor acaba de entrar a quirófano.
Dios quiera que todo salga bien.
Si quieres puedes venir.
Te mantendré informado de todo.
Tragué saliva intentando contener la furia; había perdido tiempo por nada. Además, Lisbeth se estaba comportando de forma inexplicable. “¿Si quieres puedes venir?” Mi suegra se debatía entre la vida y la muerte; por supuesto que quería estar ahí. Tenía impulsos de llamarla para reclamarle, pero el alcohol y el cansancio diluían mi carácter.
Pese a lo tenso del momento, respiré hondo y logré ordenar mis pensamientos. Me convencí de que estaba siendo un egocéntrico, que Lisbeth atravesaba un infierno y que yo simplemente estaba uniendo puntos aleatorios donde no había nada. Con la mente anestesiada por esa falsa tranquilidad, encendí el auto de vuelta al hospital.
Al regresar al pasillo de cuidados intensivos, el lugar lucía mucho menos concurrido que a mi partida. Lisbeth estaba sentada en una de las bancas, encorvada, con el busto ofrecido a plena vista de cualquiera que pasara delante de ella. Mi intento por mantener la compostura se desmoronó en un segundo: al acercarme, ni siquiera levantó la cabeza para saludarme.
Tuve que llamarla tres veces por su nombre:
—Lisbeth… Lisbeth… ¡Lisbeth!
Solo para que apenas me soltara un frío «¿Qué pasa?». En un esfuerzo titánico por no alzar la voz, le exigí explicaciones:
—¿Por qué demonios me hiciste ir hasta el departamento a buscar un sobre que siempre estuvo en tu bolso?
Pese a la poca gente en el corredor, sentí cómo las miradas de un par de curiosos comenzaban a clavarse en nosotros. Lisbeth, lejos de buscar calma, me encaró con amargura, al tiempo que noté un desorden extraño en su aspecto: los mechones pegados a la frente por un sudor frío, el cuello del vestido sutilmente desviado y esa mirada perdida que esquivaba la mía.
La joven me recriminó una falta total de empatía, usando la tragedia de su madre para victimizarse. Mientras me hablaba, no podía dejar de sentir que había algo más que no encajaba en su rostro, un detalle disparejo que mis sentidos saturados no lograban descifrar en ese momento.
—¡Eres un egoísta! —me reclamó Lisbeth con rabia contenida—, mi mamá se está muriendo en ese quirófano y tú solo piensas en tu ego y en que te rinda cuentas de cómo me siento —la joven se aferró con fuerza a su cartera de piel como si fuera el ancla que le daba la valentía para acusarme de esa forma y darle vuelta a la discusión.
Estaba a punto de responderle con la misma agresividad, pero el aire áspero de pronto se cortó. El crujido metálico de las puertas dobles anunció la salida del doctor Vizcarra. Venía con la cabeza en alto, con la caminata firme y dominadora de quien sabe que tiene el control absoluto del escenario. Con solo ver su semblante, no hacía falta preguntar el resultado de la cirugía.
El doctor Vizcarra se acercó a nosotros y se quitó la mascarilla. Una sonrisa de suficiencia desarticuló de inmediato la tensión en la escena: la intervención había sido un éxito. La señora Clementina respondía de forma favorable y en cuestión de horas saldría de la unidad de cuidados intensivos.
Lisbeth, que se había ido poniendo de pie lentamente, se abalanzó sobre el doctor en un impulso de gratitud desbordada. Se estrechó contra el musculoso cuerpo del especialista con una soltura tan íntima que el vestido se le subió, dejando al descubierto el contorno carnoso de su trasero por un instante.
Fue un abrazo incómodamente largo. Al separarse de ella, el doctor fijó su atención en mí. Su mirada cambió, adoptando una frialdad severa, como reprochándome en silencio por la escena bochornosa que acababa de desmontar. Sin dar lugar a réplicas, me puso una mano firme en el hombro y, con una voz baja y dominante, me pidió que lo acompañara a su oficina.
Lo seguí en silencio, aturdido. Volteé a buscar a mi novia en un gesto desesperado, pero Lisbeth clavó la mirada en el piso. Su rostro reflejaba una culpa pesada; esperaba que me sostuviera la vista, pero terminó por darme la espalda, alejándose.
Mientras caminaba detrás del doctor por el pasillo, su monumental figura, enmarcada en la bata blanca, me resultaba asfixiante. Un pensamiento descabellado intentó darme refugio en medio del pánico: me pregunté si de verdad la cirugía había sido un éxito o si el doctor le había mentido a Lisbeth y me llevaba a su despacho para darme la peor de las noticias en privado.
Al llegar al espacio personal del doctor Vizcarra, el aire era distinto: se percibía una mezcla densa entre el olor estéril y antiséptico del hospital, perfume de diseñador con notas de madera costosa y, muy al fondo, el rastro dulce del splash de vainilla que Lisbeth solía ponerse en el cuello.
La oficina reflejaba el estatus de su dueño: paredes revestidas en un elegante tapiz color miel, repisas de madera cargadas de tomos médicos empastados y, por si fuera poco, un muro entero exhibiendo títulos, medallas y diplomas universitarios.
El especialista me ofreció café, té y agua, pero lo rechacé todo; lo único que deseaba era calmar la ansiedad. Al notarme impaciente, dejó su bata en un perchero, se acomodó en su gigantesca silla giratoria y sacó su MacBook de una mochila para colocarla frente a él.
Ahí me convencí de que mi sospecha seguramente era cierta: el médico había omitido algún detalle sobre el estado de la señora Clementina, quería hablarme de hombre a hombre sobre las secuelas de la intervención y por eso buscaba el archivo en su laptop.
A la par que tecleaba en la computadora, el doctor recitaba un discurso sobre los sacrificios y cómo a veces son necesarios para sobreponerse a los momentos difíciles. Abrumado por sus palabras, clavé la mirada en el piso para esconder mi molestia. Fue entonces cuando vi un objeto particular: la pieza clave que faltaba en el rompecabezas.
Sobre la alfombra había un arete de plata con un pequeño colgante que simulaba una perla. Lo reconocí de inmediato. Era el detalle que hacía lucir incompleta a Lisbeth apenas unos minutos atrás. Una heladez me recorrió el cuerpo, incapaz de procesar qué hacía eso allí.
Intenté refugiarme en la lógica, recordándome que mi novia había estado en este mismo lugar poco antes. Sin embargo, ese leve alivio duró un suspiro. Al verme disperso, el doctor Vizcarra me trajo de vuelta al preguntarme si estaba consciente de lo afortunada que había sido la señora Clementina.
—No —respondí con la voz opaca y hundida—, pero supongo que estoy aquí para que me lo explique.
El doctor asintió. En un gesto instintivo, se relamió los labios, como quien contempla un manjar frente a sí. Con una confianza aplastante, sentenció:
—La señora no solo es afortunada porque los tiempos permitieron que siga con nosotros. Es afortunada, además, por tener una hija dispuesta a todo con tal de salvarla.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me acomodé en el asiento, sintiendo cómo el cuerpo se me iba encogiendo. Las palabras del médico pesaban de una forma extraña, pero no se comparaban con el impacto de lo que soltó a continuación:
—Le ofrecí a Lisbeth un trato para salvar la vida de su madre. Ella estaba muy nerviosa y no quería decirte, pero para mí era parte fundamental del acuerdo que tú lo supieras todo.
El retumbar del bombo regresó a mis oídos y se regó por mi cuerpo con la violencia de un golpe seco. Paralizado en la silla, apenas pude pedirle en un murmullo que fuera directo, sintiéndome aplastado por la tensión del ambiente.
—El procedimiento era costoso —prosiguió Vizcarra con frialdad ejecutiva—, así que le propuse un acuerdo de pago. Un deseo a cambio de un deseo. Ella deseaba que su madre viviera muchos años más… Y, con todo respeto, amigo, yo deseaba a Lisbeth.
El tiempo verbal de sus palabras me cayó encima como una losa, obligándome a agachar la cabeza. La perla del arete brilló bajo la luz sobre la alfombra. Un nuevo golpe de bombo retumbó en mi pecho y me remeció con tal fuerza que sentí que perdería el conocimiento allí mismo. En el fondo, habría deseado que así fuera.
La verdad se había abierto paso frente a mis ojos, pero mi mente se negaba a aceptarla. Lo más sensato habría sido asimilar el shock de inmediato, pero me aferré a la idea absurda de que debía tratarse de un error.
Intenté defender a Lisbeth, improvisando un argumento descabellado:
—Es imposible que ella haya aceptado algo así. Podrá ser su mamá, pero no se entregaría de esa forma…
El doctor me observó en silencio. La sola pesadez de su presencia hizo que mi voz se fuera apagando hasta dejar la frase a la mitad. Desbordado, volví a la carga buscando cualquier fisura matemática o temporal:
—Además, no le dan los tiempos, doctor. Cuando ella vino con usted después de que evaluó a la señora Clementina solo pasaron unos minutos. Es imposible.
Caí tan bajo como para defender la fidelidad de mi novia basándome en las manecillas del reloj. El especialista, sin perder la calma, se limitó a precisar la cronología:
—Cuando tu novia entró a mi despacho la primera vez, le ofrecí el pacto. Al principio se negó y se rompió en llanto, pero rápidamente ella entendió la importancia de los sacrificios en estos contextos.
Tragué saliva. La verdad pesaba cada vez más, pero mi negación buscaba cualquier salida. Cuando intenté ofrecer otra forma de pago para alterar los hechos, Vizcarra me disparó una frase que terminó por desarmarme:
—Otra mujer no te habría cuidado tanto como ella. Lisbeth no quiso que estuvieras aquí en el hospital mientras yo estaba con ella. Admiro la valentía que tuvo para pedirte que vayas a casa por alguna razón que inventó.
Ahí comprendí la verdadera y cruel función del sobre amarillo. Fue una maniobra sucia para sacarme del hospital y tener tiempo para entregarse a Vizcarra. La humillación me ahogaba y estuve a punto de ponerme de pie para conservar algo de dignidad, pero justo en ese instante el doctor giró la pantalla de su MacBook hacia mí.
—Por si todavía necesitas convencerte —dijo.
En el monitor cargaba la interfaz de un sistema de vigilancia. Al levantar la mirada, descubrí la lente discreta de una pequeña cámara incrustada cerca del marco de un estante, lo suficientemente disimulada para no ser notada por un paciente enfocado en su dolor, pero evidente para cualquiera que supiera dónde buscar. Volví los ojos al monitor justo cuando la imagen cobraba nitidez.
Ahí estaban los dos, de pie frente al escritorio. La toma en picado amplificaba el contraste entre el llanto y el escote de Lisbeth. El doctor Vizcarra aparecía en el encuadre tras dejar su bata a un lado, acercándose a ella para ofrecerle un consuelo fingido. La abrazó con una compostura profesional y ella, deshecha en angustia, le devolvió el gesto. Sin embargo, la fachada profesional del médico se desmoronó en segundos.
Sus manos bajaron lentamente por la espalda de mi novia, recorriendo sus muslos hasta acomodarse en sus carnosas nalgas. Vizcarra comenzó a amasarlas con un deseo voraz. El lenguaje corporal de Lisbeth revelaba un asco profundo hacia sí misma, una mezcla de sometimiento y rechazo en la que intentaba apartarse sin romper el pacto.
Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Un impulso ciego me ordenaba saltar sobre la mesa y moler a golpes la cara de Vizcarra, pero la vergüenza y el shock me mantenían soldado a la silla, incapaz de mover un solo músculo.
El hombre le levantó el vestido sin rodeos para masajear su culo a mano desnuda. Al saciarse, continuó subiendo la tela de la prenda hasta dejar a Lisbeth en ropa interior. La joven llevaba un brasier de color beige y una tanga de encaje negro.
El cuerpo de Lisbeth lucía majestuoso en su semidesnudez; la misma anatomía que exhibía con orgullo en el gimnasio proyectaba ahora una fragilidad absoluta. La joven intentó cubrirse el busto en vano, pues los dedos de Vizcarra ya desabrochaban su brasier.
Al quedar en libertad, sus senos desafiaron la gravedad, mostrándose firmes y apetecibles. Vizcarra no tardó en inclinarse para devorarlos con avidez mientras dejaba caer el sostén al suelo. El rostro de mi novia reflejaba una incomodidad lacerante. El doctor se despegó de su pecho y, de un tirón, se despojó de la parte superior del uniforme médico.
Su físico era imponente. Los músculos de su espalda se marcaban bajo una fina capa de vello que le otorgaba un aura salvaje, contrastando con la tersura canela de Lisbeth. Su postura corporal dejaba ver la impaciencia de su deseo; al punto que se frotó la verga por encima del pantalón y buscó besar a mi novia en los labios, pero ella le giró la cara bruscamente, aferrándose a ese último límite como para no sentirse del todo infiel.
El gesto del doctor mutó en fastidio. Por la tensión de sus hombros era evidente que no toleraba el rechazo. En un movimiento brusco, giró a Lisbeth de cara a la cámara. Se ubicó a sus espaldas y le bajó la tanga negra hasta los muslos. Consciente del encuadre, la inclinó sobre el escritorio y se desabrochó el pantalón para liberar su miembro.
A través de la nitidez del video, la herramienta del médico impresionaba por su grosor. La piel lo envolvía apretada, dejando ver las venas marcadas como raíces hasta una cabeza imponente de color rosado intenso. Antes de poseerla, Vizcarra fijó la mirada directamente en la cámara, clavándome un aguijón de aire helado en el pecho. Agarró su miembro y lo estrelló con fuerza contra las nalgas de Lisbeth a modo de castigo.
Una punzada de amargura me atravesó al ver cómo mi novia estaba entregándose sin protección ante un desconocido, cuando a mí, tras un año y medio de relación, siempre me exigía usar preservativo.
El doctor le acercó la mano a la boca y le ordenó escupir para humedecer su mástil con saliva. Con dificultad, el hombre comenzó a abrirse paso entre sus muslos. Tras un movimiento lento y sostenido, logró penetrar las entrañas de Lisbeth. El rostro de ella, que al inicio era pura mueca de dolor y asco, comenzó a transformarse a medida que las embestidas ganaban ritmo.
Al notar que la estimulación física empezaba a nublarle la mente a mi novia, el doctor intentó nuevamente buscar la intimidad de su cuello y orejas. Lisbeth, atrapada en la culpa de esa reacción involuntaria de su propio cuerpo, volvió a apartarlo. Al comprender que ella no le concedería ningún afecto, Vizcarra decidió tratarla con la frialdad de quien usa a una prostituta.
La dobló de lleno sobre la madera del escritorio, le sujetó el cabello en una cola improvisada con una mano, con la otra le dio una fuerte nalgada y luego se afianzó en su cadera para comenzar a embestirla con una violencia salvaje. En la pantalla vi cómo la fuerza de las sacudidas hacía salir volando uno de sus aretes por el aire.
El rostro de mi novia se transformó por completo, desencajándose en una expresión de placer desbordado que jamás le había visto. En nuestro tiempo juntos habíamos tenido sesiones de sexo increíbles, pero nunca la había contemplado así: totalmente sometida al goce de un extraño.
La imagen mostraba cómo el doctor llevaba su mano al cuello de Lisbeth y dominante la agarraba con fuerza para luego darle una cachetada. La desesperación me sobrepasó, dándome un impulso rabioso para intentar defenderme a mí y a la honra de Lisbeth:
—¡Usted se aprovechó de ella! —le lancé al doctor, alzando la voz—. Iré a la prensa, a la policía… ¡Usted no volverá a pisar un hospital en su vida!
Sin inmutarse, Vizcarra ni siquiera me miró. Deslizó con calma los dedos sobre el touchpad de la MacBook para adelantar la línea de tiempo. Un terror helado me recorrió al pensar en todo el metraje que aún quedaba por ver; sin embargo, el médico hizo clic en un punto cercano al final y dio play.
La escena había cambiado por completo, el doctor estaba sentado en la misma silla en la que yo me encontraba ahora y Lisbeth estaba montada sobre él, cabalgando con ligereza salvaje sobre su carnosa verga mientras el especialista le devoraba los firmes senos con la lengua, deteniéndose especialmente en los erectos pezones morenos de la joven.
La nitidez del video permitía ver cada detalle: una fina capa de sudor hacía brillar la piel de los pechos de Lisbeth y los mechones de cabello negro se le pegaban a la espalda desnuda, mientras la melena del doctor le cubría el rostro por momentos, y mi novia ayudaba a acomodársela. Fue allí donde mi teoría del abuso se desmoronó en segundos. En un movimiento fluido e impulsivo, los labios de Lisbeth buscaron con urgencia los del doctor. Ver a mi novia entregada a ese beso, enlazando su boca y su lengua con las de él, me liquidó.
Al fijarme en la marca de tiempo en la esquina de la pantalla, descubrí con horror que la hora de la grabación coincidía con el momento en que yo, con el corazón saliéndose de mi pecho en el departamento, intentaba ubicar el sobre amarillo.
Después, mi mirada viajó a la otra esquina del encuadre, donde en el interior de la cartera de piel de Lisbeth se veía el brillo de su celular recibiendo mis llamadas. Mis intentos de contacto cesaron y en la imagen de vigilancia se observó cómo, tras una serie de embestidas violentas y profundas, el doctor liberaba su orgasmo dentro de Lisbeth.
Mi novia y el médico se fundieron en un abrazo final, exhaustos, sin que sus manos ni sus bocas parecieran dar abasto para recorrer la piel del otro. La anatomía fornida del hombre y lo refinado de las curvas de Lisbeth le daban al acto un contraste grotesco, morboso y extrañamente íntimo.
Al separarse del beso, pareció romperse un hechizo. Vizcarra ayudó a Lisbeth a ponerse de pie y reasumió su postura profesional de inmediato, empezando por buscar su uniforme para vestirse. Lisbeth, en cambio, asimiló de golpe lo sucedido: gotas de llanto le corrían por las mejillas mientras un hilo espeso de semen se le escurría lentamente por la parte interna de los muslos.
El doctor cerró la laptop de un tirón seco, rompiendo la imagen. De inmediato retomó su discurso ensayado sobre los sacrificios y la templanza necesaria para superar los momentos difíciles, mientras mi mente no dejaba de pensar en los restos de este hombre fecundando las entrañas de mi novia.
Incapaz de sostener la mirada, volví a agachar la cabeza hacia la alfombra. Busqué el arete de perla, pero esta vez mi atención se fijó a pocos centímetros: justo al lado de mi zapato derecho había una pequeña mancha cristalizada sobre la tela.
Alcé la vista hacia la cámara en la esquina y estudié el espacio de la oficina. Inequívocamente, aquello en el suelo eran los restos del semen del doctor Vizcarra, vaciándose del interior de mi novia tras la faena.
Una parálisis absoluta me congeló por dentro. La voz del doctor continuaba resonando como un murmullo de fondo contra las paredes del despacho. Sin pronunciar una sola palabra, con la mente completamente en blanco, me puse de pie y me encaminé hacia la salida, dejándolo con la frase a medio terminar.
Salí del consultorio con el cuerpo entumecido y recorrí el pabellón por última vez. Las enfermeras, los médicos de turno y los familiares en las bancas no eran más que sombras, bultos sin cara que mi mente nublaba a medida que avanzaba hacia el ascensor. Sentí la tentación de girar la cabeza hacia la banca donde quizá Lisbeth me estaría esperando, pero no me lo permití. Mirar atrás habría sido destruirme del todo.
Abordé el elevador y una punzada de culpa me apretó la garganta al pensar en la señora Clementina, una mujer que siempre me había tratado como a un hijo y que ahora despertaría en una cama de hospital sin saber nada de lo ocurrido.
En cuanto las puertas de metal se sellaron aislando el pasillo, el discurso de Vizcarra volvió a retumbar en mi mente. Fue ahí, en el descenso en esa cacerola de hojalata, donde comprendí el verdadero significado de sus palabras sobre los sacrificios.
Lisbeth había entregado su dignidad para salvar la vida de su madre. Ahora, para salvar mi propia cordura, me tocaba hacer el mío: sacrificar nuestro año y medio de historia, borrar su rostro, su piel, sus senos redondos y sus nalgas carnosas; en definitiva, olvidar nuestro vínculo para siempre. Sabía que no era prudente tomar decisiones definitivas bajo emociones pasajeras, pero de algo estaba completamente seguro: lo que acababa de presenciar era una marca a fuego que jamás lograría borrar.
Las puertas del ascensor se abrieron hacia un diminuto lobby. Crucé el umbral del hospital y el aire caliente y ahumado del parqueadero me golpeó la cara, sacándome bruscamente del aletargamiento. Saqué el celular del bolsillo; en la pantalla brillaba un mensaje reciente de Lisbeth.
Sin dudarlo un segundo, deslicé el dedo, borré la notificación sin leerla, bloqueé su número y eliminé el chat por completo. Subí al auto, encendí el motor y me incorporé a la avenida vacía. La carretera se abría frente a mí en la oscuridad y, por primera vez en toda la noche, el retumbar del bombo en mi pecho dejó de sonar.

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