
**La primera charla**
Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un camino recto y limpio, trazado con las mismas líneas que mi mamá dibujaba en mi cuaderno de la escuela dominical. Nací en una casa donde la Biblia ocupaba el lugar más importante de la mesa del comedor y donde cada noche, antes de dormir, mi padre leía un versículo en voz alta para que todos lo repitiéramos. “Tu cuerpo es templo del Espíritu Santo”, me decía mi mamá mientras me peinaba el cabello castaño largo y liso que me llegaba hasta la mitad de la espalda. Yo tenía cinco años la primera vez que escuché esas palabras, y desde entonces las llevé grabadas como una regla que nunca debía romper. A los ocho años ya sabía que las niñas buenas no se miraban desnudas en el espejo. A los doce, que un beso en la boca era algo que solo se permitía después del altar. A los quince, que cualquier pensamiento que hiciera que mi piel se calentara o que mis piernas se apretaran era pecado, algo sucio que había que confesar y olvidar.
Me vestía siempre con faldas que me llegaban debajo de la rodilla, blusas de algodón holgadas que no marcaban nada, y sostenes deportivos que aplastaban mis pechos grandes y redondos para que nadie notara lo que Dios me había dado. Mis caderas, anchas y pronunciadas, las ocultaba bajo faldas rectas o vestidos sueltos. No quería miradas. No quería que nadie pensara que yo era una chica que despertaba deseo. Porque yo era pura. Virgen. Y esa pureza era mi mayor orgullo, mi ofrenda para el día en que me casara con el hombre que Dios había elegido para mí.
Santiago apareció en mi vida como la respuesta exacta a todas las oraciones que había susurrado de rodillas junto a mi cama. Tenía veintiún años, era alto y delgado, con el cabello negro siempre bien peinado hacia un lado y una sonrisa amable que parecía iluminar todo el salón de la iglesia. Trabajaba desde temprano en la ferretería de su papá, cargando sacos de cemento y herramientas, y llegaba a los cultos con las manos todavía oliendo a madera fresca y metal. Nunca intentaba nada más que tomarme de la mano cuando caminábamos por el pasillo después del servicio. Me abría la puerta de su auto viejo pero limpio, me traía flores silvestres los domingos y me escuchaba hablar de mis sueños de ser maestra de escuela dominical sin interrumpirme. Era atento. Servicial. Un buen chico de la misma iglesia, de la misma tradición. Nuestras familias se conocían desde siempre; nuestros padres habían sido amigos de juventud y cantaban en el mismo coro.
Recuerdo la tarde en que me pidió que fuera su novia. Fue delante de todo el grupo de jóvenes, con el pastor Andrés sonriendo a un lado. Santiago se puso rojo, me tomó las manos con las suyas un poco callosas y dijo: “Valeria, quiero caminar contigo en el camino del Señor”. Yo sentí una paz profunda en el pecho. Era lo correcto. Era seguro. Cuando, seis meses después, me pidió matrimonio en el mismo salón, con un anillo sencillo de oro que había ahorrado durante meses, dije que sí sin dudar ni un segundo. Porque así se hacía. Porque esa era la voluntad de Dios. La boda estaba fijada para dentro de tres semanas. El vestido blanco ya colgaba en mi armario, planchado y esperando. Todos en la congregación hablaban de nuestra unión como de una bendición doble. Yo sonreía cuando me preguntaban, pero por dentro sentía un pequeño vacío, como si me faltara algo que nadie mencionaba nunca en las prédicas del domingo.
Esa tarde, Santiago y yo entramos juntos a la oficina del pastor Andrés. El aire olía a libros viejos, a madera pulida y al incienso suave de lavanda que Ana siempre encendía en un rincón. La luz de la tarde entraba por la ventana alta, dibujando rayos dorados sobre el escritorio de roble oscuro. El pastor estaba sentado allí, con la camisa blanca impecable y las mangas arremangadas hasta los codos, dejando ver antebrazos fuertes y bronceados. Tenía cuarenta años, pero su presencia llenaba la habitación de una forma que me hacía sentir pequeña y protegida al mismo tiempo. Cabello negro con algunas canas en las sienes, ojos marrones profundos que parecían leer el alma. Ana estaba de pie a su lado, con su vestido floral largo hasta los tobillos y esa sonrisa dulce, sumisa, que siempre tenía cuando miraba a su marido. Tenía veinticinco años y se había casado con él siendo casi una niña. Servicial. Callada. Siempre atenta a lo que él necesitaba.
—Valeria, Santiago, bienvenidos —dijo el pastor con esa voz profunda y cálida que hacía que todo pareciera más fácil, más natural—. Siéntense, por favor. Hoy vamos a hablar de lo más hermoso del matrimonio: entregarse el uno al otro.
Santiago me tomó de la mano con suavidad y nos sentamos frente al escritorio. Yo sentía el corazón latiendo un poco más rápido, pero pensé que era solo nervios por la boda. El pastor empezó hablando de amor, de apoyo mutuo, de construir una vida sobre la roca de Cristo. Habló de cómo un matrimonio cristiano se sostiene en la confianza y en la obediencia. Santiago asentía, apretando mis dedos de vez en cuando, orgulloso de estar allí. Pero luego el tono del pastor cambió. Se volvió más íntimo, más bajo, como si nos estuviera contando un secreto sagrado.
—Y entregarse —continuó, mirándome directamente a los ojos— significa abrirse por completo. No solo el corazón. También el cuerpo. Dios nos creó con deseos, hijos míos. Deseos que no son malos. Deseos que deben florecer dentro del matrimonio, bajo la guía del esposo. Santiago, tú vas a ser la cabeza. Vas a guiar a Valeria con amor y paciencia. Vas a enseñarle a confiar, a entregarse sin miedo, a recibir todo lo que un marido tiene para dar. Valeria… —sus ojos se clavaron en los míos con una suavidad que me hizo tragar saliva— tú vas a aprender a dejarte guiar. A recibir esa guía con todo tu ser. A abrirte, a permitir que tu marido entre en tu vida… en todos los sentidos. A entregarte por completo, sin reservas, dejando que él te muestre el camino del placer que Dios bendice.
Las palabras eran bonitas, bíblicas. Pero la forma en que las dijo, lenta, profunda, casi acariciando cada sílaba, hizo que algo se removiera en mi vientre. Un cosquilleo cálido, suave, que bajó despacio hasta ese lugar secreto entre mis piernas. Sentí que mis mejillas se calentaban. Me removí un poco en la silla, apretando los muslos sin darme cuenta. El pastor siguió hablando, pero cada vez que pronunciaba “entregarse”, “abrirte”, “recibir”, “guiar”, yo sentía ese calor extenderse un poco más. Era como si su voz tocara algo dentro de mí que nadie había tocado antes. Santiago seguía asintiendo, ajeno a todo, con esa sonrisa tranquila que tanto me gustaba.
El pastor habló durante casi una hora. Nos contó historias de parejas que habían llegado al matrimonio con miedo y cómo, al entregarse de verdad, habían encontrado una unión hermosa y plena. Cada ejemplo parecía dirigido a mí. Cada mirada suya, aunque amable, me hacía sentir vista de una forma nueva. Ana permanecía en silencio, observándonos con esa expresión serena y devota, como si ya supiera exactamente de qué hablaba su marido.
—Las sesiones conjuntas con Santiago terminan aquí —anunció al final, sonriendo con calidez—. Él ya sabe lo que necesita saber para ser un buen esposo. Pero Valeria… creo que a ti te vendría bien unas sesiones más en casa. Para que conozcas mejor a Ana, para que veas cómo una esposa se entrega de verdad en la vida diaria. ¿Qué te parece? Mañana por la tarde, si quieres. Solo tú y nosotros. Será algo privado, íntimo, para prepararte mejor.
Santiago aceptó enseguida, feliz y aliviado.
—Claro, pastor. Lo que sea mejor para Valeria. Yo confío plenamente en usted.
Yo solo pude murmurar, con la voz un poco ronca:
—Sí… gracias, Pastor Andrés. Iré.
Terminamos con una oración corta. Nos pusimos de pie. Santiago recibió un abrazo fuerte del pastor, palmadas en la espalda y un “felicidades, hijo, vas a ser un gran marido. Cuida bien de ella”.
Luego fue mi turno.
El pastor me abrazó. Sus brazos eran fuertes, cálidos, envolventes. Su pecho ancho presionó suavemente contra el mío por un instante. Olía a jabón limpio y a algo más, algo masculino y seguro. Cuando ya iba a separarse, su mano derecha bajó despacio por mi espalda, recorriendo la curva de mi columna, y se detuvo justo en la parte baja, donde la cintura se une con las caderas. La palma abierta, grande, caliente, presionó apenas un segundo más de lo normal. Un roce inocente. Nada que alguien pudiera notar. Pero yo lo sentí todo. Ese calor se metió bajo la tela de mi vestido, bajó por mi piel como una caricia lenta y se instaló entre mis piernas, latiendo suave pero insistente.
—Que Dios te bendiga, Valeria —susurró cerca de mi oído, tan bajo que solo yo lo escuché—. Mañana te esperamos en casa. Vas a aprender mucho.
Me soltó. Me quedé un segundo quieta, con el cuerpo vibrando por dentro. Santiago no se dio cuenta de nada. Salimos de la oficina. Caminamos hasta el auto hablando de los detalles de la boda: las flores, la música, quién se sentaría dónde. Yo respondía, sonreía, pero mi mente seguía en esa mano. En esa presión exacta en mi espalda baja. En el calor que no se iba.
El camino a casa fue corto. Santiago me dejó en la puerta, me dio un beso suave en la mejilla y me dijo que me amaba. Entré. Mamá estaba en la cocina preparando la cena. Le conté que la charla había ido bien, que el pastor era muy sabio y que mañana iría a su casa para seguir preparándome. Ella sonrió, orgullosa. Cenamos en familia, como siempre. Hablamos de la boda. Yo reía en los momentos correctos, pero por dentro sentía ese calor latiendo todavía, como un secreto que solo yo conocía.
Cuando por fin subí a mi habitación y cerré la puerta con llave, el sol ya se había puesto. La luz de la lámpara de noche era suave, amarilla. Me quedé de pie frente al espejo de cuerpo entero que había en la pared. Empecé a desvestirme despacio, como hacía cada noche. Me quité el vestido por la cabeza. Quedé en sostén y bragas blancas de algodón simple. Me miré.
Mis pechos eran grandes, redondos, pesados. Siempre los había ocultado bajo ropa holgada para que nadie los notara. Ahora, sola, los miré de verdad. La tela del sostén los contenía apenas. Los pezones se marcaban, rosados y un poco duros. Sentí un calor nuevo en ellos. Mis caderas eran pronunciadas, anchas, femeninas. La cintura estrecha, pero las caderas se abrían de una forma que siempre intentaba disimular. Pasé las manos por los costados, sintiendo la curva suave y caliente bajo mis palmas.
Me giré un poco para verme la espalda. Ahí estaba el lugar exacto donde el pastor me había tocado. Deslicé mi propia mano por esa zona, reproduciendo el roce. La palma abierta, los dedos extendidos. Presioné suavemente. Un escalofrío me recorrió toda la columna y bajó directo entre mis piernas. El calor que había sentido en la oficina volvió, más vivo, más profundo.
Me quité el sostén. Los pechos saltaron libres, moviéndose pesados con cada respiración. Eran suaves, calientes al tacto. Me bajé las bragas despacio. Quedé completamente desnuda. Mi cuerpo era joven, curvilíneo, intacto. El triángulo de vello castaño suave entre mis piernas brillaba un poco, húmedo sin que yo entendiera por qué.
Me senté en el borde de la cama, todavía frente al espejo. Abrí las piernas solo un poco. El aire fresco rozó mi intimidad y me hizo temblar. Empecé a acariciarme los brazos, desde los hombros hasta las muñecas, despacio. La piel se erizaba bajo mis dedos. Bajé a los muslos. Los acaricié por fuera, sintiendo la carne firme y suave. Subí un poco más, hacia adentro. El calor crecía, natural, dulce.
Y entonces, sin forzarlo, mi mente fue a Santiago.
Pensé en él. En sus manos callosas pero gentiles. En cómo me abría las puertas. En cómo me miraba cuando creía que yo no lo veía. Imaginé que eran sus manos las que me tocaban ahora. Sus dedos recorriendo mis brazos. Sus palmas subiendo por mis muslos. El calor se hizo más intenso, más agradable. No era culpa. Era algo natural, como si mi cuerpo por fin estuviera despertando para él, para el hombre con quien me casaría en tres semanas.
Volví a tocarme la espalda baja, recordando la mano del pastor solo como el momento que había encendido la chispa. Pero el fuego que ardía ahora era para Santiago. Me imaginé la noche de bodas. Él quitándome el vestido blanco con cuidado. Sus manos grandes y seguras en mis caderas. Sus labios en mi cuello. Mis pechos desnudos contra su pecho. Mis dedos subieron solos hasta uno de mis pechos. Lo sostuve. Era pesado, lleno. El pezón se endureció contra mi palma y un gemido suave se me escapó de la garganta. No era miedo. Era placer. Placer pensando en Santiago.
Mis dedos bajaron por mi vientre plano, temblando un poco de emoción. Llegaron al borde del vello. Me detuve un segundo, respirando profundo. Luego seguí. Toqué con la yema de un dedo ese botón pequeño y sensible que nunca había explorado. Un rayo de placer dulce y profundo me atravesó. Mis caderas se movieron solas, buscando más. El calor entre mis piernas se volvió humedad, tibia y resbaladiza. Me acaricié despacio, con curiosidad, imaginando que era Santiago quien me tocaba allí por primera vez. “Así será”, pensé. “Cuando seamos marido y mujer. Él me guiará. Me abriré para él. Me entregaré por completo”.
Me recosté un poco más en la cama, sin dejar de mirarme en el espejo. Mis pechos subían y bajaban con cada respiración acelerada. Mis muslos se abrían más. Mis dedos se movían en círculos suaves, explorando, descubriendo. Cada caricia enviaba olas de calor por todo mi cuerpo. Pensaba en Santiago besándome más profundo. En sus manos en mis caderas, atrayéndome hacia él. En cómo me sentiría cuando por fin me llenara. El placer crecía, lento y natural, como algo que mi cuerpo había estado esperando todo este tiempo.
De pronto, una ola de culpa me golpeó con fuerza.
“¿Qué estoy haciendo?”, pensé, y mi mano se detuvo en seco. El placer seguía latiendo entre mis piernas, insistente, pero ahora me parecía sucio, prohibido. “Esto es pecado. Aún no estamos casados. No debo tocarme así. No debo sentir esto antes de la boda”. El corazón me latía desbocado, pero ya no solo de excitación, sino de miedo. Sentí que estaba manchando mi pureza, que estaba traicionando todo lo que me habían enseñado desde niña.
Cerré las piernas con fuerza y crucé los brazos sobre mis pechos, cubriéndolos como si alguien pudiera verme. La humedad entre mis muslos seguía allí, caliente y traicionera. Intenté calmar la respiración. “Señor, perdóname”, susurré. “Perdóname por este deseo prematuro”.
Me levanté temblando y tomé la Biblia que estaba sobre mi mesita de noche. La abrí en el Salmo 51, uno de los que más me sabía de memoria. Leí en voz baja, casi suplicando:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí…
Lávame más y más de mi maldad,
y límpiame de mi pecado…”
Repetí el versículo varias veces, cerrando los ojos, dejando que las palabras sagradas lavaran el calor que aún palpitaba en mi cuerpo. Poco a poco, la culpa se fue calmando. El fuego entre mis piernas se convirtió en un latido más suave, más controlable. Ya no era placer prohibido. Era solo… un recordatorio de que debía esperar. De que todo sería hermoso y bendecido cuando llegara el momento correcto, dentro del matrimonio.
Dejé la Biblia abierta sobre mi pecho y me acosté. Apagué la luz. Todavía sentía el cuerpo caliente, pero ahora era un calor más tranquilo, más resignado. “Mañana aprenderé cómo hacerlo bien”, pensé. “El pastor me enseñará a entregarme como Dios manda. Y todo será para Santiago”.
Con esa oración en los labios y el versículo aún resonando en mi mente, por fin concilié el sueño. Mi último pensamiento fue una mezcla dulce y culpable: el rostro amable de Santiago y, muy al fondo, el eco de la voz profunda del pastor Andrés diciendo “vas a aprender a dejarte guiar”.
---
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de esta entrega de Mi pastor me prepara para el matrimonio. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el próximo capítulo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí:
https://www.patreon.com/FUEGOENLAPIEL
0 comentarios - Mi Pastor Me Prepara para el Matrimonio