Llegaron al apartamento en absoluto silencio. Julián tiró las llaves sobre el mesón de la entrada, con la garganta apretada por la rabia de lo ocurrido en el pasillo de Camilo, pero cargando sobre los hombros el peso de las acusaciones de Sofía.
Sofía cerró la puerta con seguro, se quitó las sandalias y lo miró con esa mezcla de lástima y frialdad que siempre lo desarmaba. No le dio espacio para volver a reclamar. Caminó hacia él, le tomó la mano y lo arrastró despacio hacia la habitación.
Sofía: —Ya estuvo bueno de caras largas, Julián. Me tienes cansada con tus shows, pero te voy a quitar esa paranoia de la cabeza a la fuerza para que entiendas quién es tu mujer.
Lo empujó sobre la cama. Sin quitarse la ropa del todo, se le acomodó encima, tomándole el rostro con ambas manos mientras le bajaba los pantalones. Guió la cabeza de Julián directamente hacia su entrepierna acalorada.
Sofía: —Usa la boca, mi amor... Demuéstrame que te da la gana atenderme a mí en vez de estar pensando pendejadas de mi amigo.


Julián, ciego de deseo y desesperado por borrar las imágenes de la tarde, obedeció sin chistar. Le hundió el rostro, besándola y lamiéndola con desesperación.
Sofía echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, dejando escapar suspiros hondos y entrecortados.
Sofía: —Mmmh... ahh... sí, mi amor... ahí...
En su mente no había la más mínima culpa. Sintió un morbo helado y una satisfacción cínica sabiendo que, solo tres horas antes, Camilo la había dejado en ese mismo punto sobre el borde de su cama. En su lógica retorcida, que Julián estuviera allí tragándose la marca caliente de su amigo era el castigo perfecto por haber sido un celoso e inseguro.
Sofía: —Ahh... eso es... Así me gusta que me pidas perdón...


Pasaron tres días. Para "demostrarle" a Julián que sus sospechas eran infundadas, Sofía tomó una decisión que presentó como un acto de madurez: invitar a Camilo a quedarse el fin de semana en el apartamento de ambos.
«Lo hago por tu tranquilidad, mi amor», le dijo al oído antes de que Camilo llegara con su maleta. «Así lo tienes aquí, ves cómo nos tratamos y te das cuenta de que el de la mente enferma eres tú».
El sábado por la tarde, Julián entró a la sala tras salir de la cocina trayendo un par de vasos con agua. Sofía estaba sentada en el sofá al lado de Camilo, riéndose mientras miraban algo en la televisión. De pronto, con absoluta naturalidad y en medio de la conversación casual, Camilo estiró la mano y le metió los dedos por el escote, agarrándole el seno desnudo a Sofía por debajo de la blusa y apretándoselo con firmeza.
Sofía soltó un jadeo suave que disimuló con una risa.
Sofía: —Mmmh... Cami, eres un bobo...

Ni se quitó, no le apartó la mano ni le reclamó; siguió sonriendo mientras él le moldeaba la carne con soltura. A Julián se le cayó el vaso de la mano, estrellándose contra el suelo.
Julián: —¡¿QUÉ PUTAS TE PASA, CAMILO?! ¡Sofía, te está agarrando una teta en mi puta cara!
Sofía volteó a verlo con un suspiro de profundo fastidio, cruzándose de brazos mientras Camilo retiraba la mano despacio.
Sofía: —¡Ay, Julián, qué marea contigo! Me estaba acomodando la tira del brasier y sobando porque me dolía el pecho. ¿Todo en tu mente tiene que ser morbo y perversión? Eres un paranoico enfermo, de verdad. No se puede estar tranquila contigo en la misma casa.
El domingo por la mañana la escena escaló. Julián estaba de pie junto a la barra de la cocina sirviéndose café. Camilo apareció en pantaloneta y, al pasar al lado de Sofía, la tomó por la cintura, pegó su pelvis contra el trasero de ella y le hundió la mano por dentro del pantalón de la pijama, manoseándole la nalga desnuda a fondo.
Sofía: —Ahh... mmmh...

Un gemido ahogado se le escapó a Sofía antes de soltar una risita, mientras Julián lanzaba la poceta de café contra el mesón, dando un paso al frente para encarar a Camilo.
Julián: —¡A MI NOVIA NO LA VUELVES A TOCAR, MALDITO! ¡SOFÍA, DILE ALGO! ¡TE METIÓ LA MANO EN EL PANTALÓN!
Sofía se interpuso de golpe entre los dos, empujando a Julián del pecho con una rabia fría.
Sofía: —¡Julián, no me vuelves a gritar en mi propia casa! Cami tiene toda la confianza conmigo para tocarme o molestarme porque somos como hermanos desde niños. Si a él le da la gana de jugar así conmigo, es un tema entre él y yo. ¡El único que tiene la mente podrida y llena de cochinadas eres tú! Me das vergüenza ajena haciendo estos espectáculos.
Dos días después, Julián llegó temprano del trabajo a su propio apartamento. Al abrir la puerta, escuchó el golpe continuo del agua cayendo en el baño principal y vio denso vapor acumulado por la rendija inferior.
Se acercó despacio al pasillo. Pegó la oreja a la madera y el corazón se le frenó de golpe: por encima del ruido de la ducha se escuchaban las palmadas secas de la piel chocando, acompañadas de los gemidos intensos de Sofía retumbando contra los azulejos.
Sofía: —¡Ahh... ahh... Cami... mmmh... más duro... ahh, eso...!

Camilo: —Te gusta así, ¿no?... Quédate quieta...
Sofía: —¡Mmmh... sí, ahh... mmmh!
A los pocos segundos se escuchó un último jadeo ahogado de ella y el agua cerrándose. Antes de que Julián pudiera reaccionar, la puerta del baño se abrió.
Sofía y Camilo salieron entre la nube de vapor, apenas cubiertos con toallas pequeñas. Sofía venía con el rostro sonrojado, los labios hinchados y el rastro espeso del semen de Camilo mezclándose con las gotas de agua tibia que le chorreaban por la parte interna de los muslos. Camilo venía secándose los hombros, sonriendo con soltura.
Julián los miró fuera de sí, señalando las piernas de su novia.
Julián: —¡¿Qué carajos estaban haciendo allá adentro?! ¡Los escuché gritar y gemir! ¡Mírate los muslos, Sofía, te acaban de llenar en la ducha de mi casa!
Sofía se pasó la punta de la toalla por la pierna para limpiarse con total frescura, soltando un bufido de pereza sin perder el cinismo.
Sofía: —¡Ay, Julián, no empieces con tus visiones y tu morbo cochino! Nos metimos a la ducha a lavarnos porque íbamos tarde para salir a comer algo. Cami me estaba ayudando a enjabonar la espalda y el cuerpo porque no alcanzaba, ¿cuál es el drama? ¿Ahora no me puede pasar el jabón por las piernas mi amigo? Cami me conoce desnuda desde que éramos niños, me ha visto lavar cada rincón mil veces. No hay nada de morbo en bañarme con él. Me da una pereza enorme tu mente tan enferma.
Camilo le dio un palmadazo sonoro en la nalga descubierta a Sofía, haciendo que ella soltara un pequeño brinco con un suspiro («¡Ay, Cami!»), mientras pasaba por un lado de Julián dándole un golpe en el hombro: "Relájate viejo, que no nos estábamos comiendo".
Esa misma madrugada, con el sonido de la respiración pausada de Sofía a su lado, Julián no pudo más. La duda lo estaba matando por dentro. Se levantó con cuidado, tomó el teléfono de ella de la mesa de noche y se encerró en el baño.
Desbloqueó el celular y abrió el chat de Camilo. Al deslizar el historial hacia arriba, el corazón le dio un vuelco.
Apareció una fotografía que ella le había enviado dos días atrás: Sofía parada de espaldas frente al espejo, completamente desnuda, vistiendo únicamente una tanga diminuta que se le hundía entre las nalgas.

Deslizó más arriba y encontró una imagen aún más explícita: Sofía estaba en el sofá de la sala, volteada de espaldas en cuatro patas, con la camiseta levantada sobre la espalda y los pantalones abajo en los tobillos, exhibiendo su trasero completamente expuesto hacia la cámara del celular.

Julián salió del baño fuera de sí. Entró al cuarto, encendió la luz de golpe y le puso la pantalla encendida a milímetros del rostro a Sofía, despertándola bruscamente.
Julián: —¡MIRA ESTO! ¡DIME QUE ESTO TAMBIÉN ES MI IMAGINACIÓN! ¡DIME QUE ES MI MENTE ENFERMA, SOFÍA! ¡LE MANDAS FOTOS EN CUATRO Y MOSTRÁNDOLE TODO A TU AMIGO!
Sofía se incorporó de un salto. Arrebató el teléfono de un manotazo, mirándolo con rabia feroz.
Sofía: —¡¿Tú me estás revisando el teléfono, pedazo de enfermo?! ¡¿Con qué derecho te metes a mi privacidad, Julián?!
Julián: —¡¡ESTÁS EN CUATRO EN MI SOFÁ PARA ÉL!!
Sofía soltó una carcajada seca, llena de desprecio y frialdad, mirándolo desde arriba con una soltura que le heló la sangre a Julián.
Sofía: —¡¿Y qué tiene, pedazo de paranoico?! ¡Esas fotos se las mandé para que me dijera si la ropa me quedaba bien! ¡Camilo me ha visto desnuda, abierta y de todas las formas desde que éramos adolescentes! Él me conoce todo, no hay ni un solo milímetro de mi cuerpo que él no se sepa de memoria. A él no le importa ver mi cuerpo así porque es mi amigo de verdad y no tiene tu mente podrida. El único cochino que ve sexo y degeneración en una foto de confianza eres tú. De verdad das pena con tus celos de niño chiquito.
Julián la miró paralizado, sintiendo que la realidad se le deshacía entre las manos.
Julián: —Sofía... te abrió las nalgas la cámara...
Sofía: —¡Y es mi amigo! —sentenció ella, señalando la puerta del cuarto—. Te me sales de mi habitación ya mismo. No voy a dormir con un tipo violador de privacidad y enfermo mental. Te me vas a la sala a pensar en la estupidez que acabas de hacer.
Sofía le cerró la puerta en la cara con un portazo violento.
Julián se quedó parado en el pasillo a oscuras, cayendo de rodillas sobre el suelo, destruido, humillado y preguntándose en el fondo si realmente el único loco de esa casa era él.
Sofía cerró la puerta con seguro, se quitó las sandalias y lo miró con esa mezcla de lástima y frialdad que siempre lo desarmaba. No le dio espacio para volver a reclamar. Caminó hacia él, le tomó la mano y lo arrastró despacio hacia la habitación.
Sofía: —Ya estuvo bueno de caras largas, Julián. Me tienes cansada con tus shows, pero te voy a quitar esa paranoia de la cabeza a la fuerza para que entiendas quién es tu mujer.
Lo empujó sobre la cama. Sin quitarse la ropa del todo, se le acomodó encima, tomándole el rostro con ambas manos mientras le bajaba los pantalones. Guió la cabeza de Julián directamente hacia su entrepierna acalorada.
Sofía: —Usa la boca, mi amor... Demuéstrame que te da la gana atenderme a mí en vez de estar pensando pendejadas de mi amigo.


Julián, ciego de deseo y desesperado por borrar las imágenes de la tarde, obedeció sin chistar. Le hundió el rostro, besándola y lamiéndola con desesperación.
Sofía echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, dejando escapar suspiros hondos y entrecortados.
Sofía: —Mmmh... ahh... sí, mi amor... ahí...
En su mente no había la más mínima culpa. Sintió un morbo helado y una satisfacción cínica sabiendo que, solo tres horas antes, Camilo la había dejado en ese mismo punto sobre el borde de su cama. En su lógica retorcida, que Julián estuviera allí tragándose la marca caliente de su amigo era el castigo perfecto por haber sido un celoso e inseguro.
Sofía: —Ahh... eso es... Así me gusta que me pidas perdón...


Pasaron tres días. Para "demostrarle" a Julián que sus sospechas eran infundadas, Sofía tomó una decisión que presentó como un acto de madurez: invitar a Camilo a quedarse el fin de semana en el apartamento de ambos.
«Lo hago por tu tranquilidad, mi amor», le dijo al oído antes de que Camilo llegara con su maleta. «Así lo tienes aquí, ves cómo nos tratamos y te das cuenta de que el de la mente enferma eres tú».
El sábado por la tarde, Julián entró a la sala tras salir de la cocina trayendo un par de vasos con agua. Sofía estaba sentada en el sofá al lado de Camilo, riéndose mientras miraban algo en la televisión. De pronto, con absoluta naturalidad y en medio de la conversación casual, Camilo estiró la mano y le metió los dedos por el escote, agarrándole el seno desnudo a Sofía por debajo de la blusa y apretándoselo con firmeza.
Sofía soltó un jadeo suave que disimuló con una risa.
Sofía: —Mmmh... Cami, eres un bobo...

Ni se quitó, no le apartó la mano ni le reclamó; siguió sonriendo mientras él le moldeaba la carne con soltura. A Julián se le cayó el vaso de la mano, estrellándose contra el suelo.
Julián: —¡¿QUÉ PUTAS TE PASA, CAMILO?! ¡Sofía, te está agarrando una teta en mi puta cara!
Sofía volteó a verlo con un suspiro de profundo fastidio, cruzándose de brazos mientras Camilo retiraba la mano despacio.
Sofía: —¡Ay, Julián, qué marea contigo! Me estaba acomodando la tira del brasier y sobando porque me dolía el pecho. ¿Todo en tu mente tiene que ser morbo y perversión? Eres un paranoico enfermo, de verdad. No se puede estar tranquila contigo en la misma casa.
El domingo por la mañana la escena escaló. Julián estaba de pie junto a la barra de la cocina sirviéndose café. Camilo apareció en pantaloneta y, al pasar al lado de Sofía, la tomó por la cintura, pegó su pelvis contra el trasero de ella y le hundió la mano por dentro del pantalón de la pijama, manoseándole la nalga desnuda a fondo.
Sofía: —Ahh... mmmh...

Un gemido ahogado se le escapó a Sofía antes de soltar una risita, mientras Julián lanzaba la poceta de café contra el mesón, dando un paso al frente para encarar a Camilo.
Julián: —¡A MI NOVIA NO LA VUELVES A TOCAR, MALDITO! ¡SOFÍA, DILE ALGO! ¡TE METIÓ LA MANO EN EL PANTALÓN!
Sofía se interpuso de golpe entre los dos, empujando a Julián del pecho con una rabia fría.
Sofía: —¡Julián, no me vuelves a gritar en mi propia casa! Cami tiene toda la confianza conmigo para tocarme o molestarme porque somos como hermanos desde niños. Si a él le da la gana de jugar así conmigo, es un tema entre él y yo. ¡El único que tiene la mente podrida y llena de cochinadas eres tú! Me das vergüenza ajena haciendo estos espectáculos.
Dos días después, Julián llegó temprano del trabajo a su propio apartamento. Al abrir la puerta, escuchó el golpe continuo del agua cayendo en el baño principal y vio denso vapor acumulado por la rendija inferior.
Se acercó despacio al pasillo. Pegó la oreja a la madera y el corazón se le frenó de golpe: por encima del ruido de la ducha se escuchaban las palmadas secas de la piel chocando, acompañadas de los gemidos intensos de Sofía retumbando contra los azulejos.
Sofía: —¡Ahh... ahh... Cami... mmmh... más duro... ahh, eso...!

Camilo: —Te gusta así, ¿no?... Quédate quieta...
Sofía: —¡Mmmh... sí, ahh... mmmh!
A los pocos segundos se escuchó un último jadeo ahogado de ella y el agua cerrándose. Antes de que Julián pudiera reaccionar, la puerta del baño se abrió.
Sofía y Camilo salieron entre la nube de vapor, apenas cubiertos con toallas pequeñas. Sofía venía con el rostro sonrojado, los labios hinchados y el rastro espeso del semen de Camilo mezclándose con las gotas de agua tibia que le chorreaban por la parte interna de los muslos. Camilo venía secándose los hombros, sonriendo con soltura.
Julián los miró fuera de sí, señalando las piernas de su novia.
Julián: —¡¿Qué carajos estaban haciendo allá adentro?! ¡Los escuché gritar y gemir! ¡Mírate los muslos, Sofía, te acaban de llenar en la ducha de mi casa!
Sofía se pasó la punta de la toalla por la pierna para limpiarse con total frescura, soltando un bufido de pereza sin perder el cinismo.
Sofía: —¡Ay, Julián, no empieces con tus visiones y tu morbo cochino! Nos metimos a la ducha a lavarnos porque íbamos tarde para salir a comer algo. Cami me estaba ayudando a enjabonar la espalda y el cuerpo porque no alcanzaba, ¿cuál es el drama? ¿Ahora no me puede pasar el jabón por las piernas mi amigo? Cami me conoce desnuda desde que éramos niños, me ha visto lavar cada rincón mil veces. No hay nada de morbo en bañarme con él. Me da una pereza enorme tu mente tan enferma.
Camilo le dio un palmadazo sonoro en la nalga descubierta a Sofía, haciendo que ella soltara un pequeño brinco con un suspiro («¡Ay, Cami!»), mientras pasaba por un lado de Julián dándole un golpe en el hombro: "Relájate viejo, que no nos estábamos comiendo".
Esa misma madrugada, con el sonido de la respiración pausada de Sofía a su lado, Julián no pudo más. La duda lo estaba matando por dentro. Se levantó con cuidado, tomó el teléfono de ella de la mesa de noche y se encerró en el baño.
Desbloqueó el celular y abrió el chat de Camilo. Al deslizar el historial hacia arriba, el corazón le dio un vuelco.
Apareció una fotografía que ella le había enviado dos días atrás: Sofía parada de espaldas frente al espejo, completamente desnuda, vistiendo únicamente una tanga diminuta que se le hundía entre las nalgas.

Deslizó más arriba y encontró una imagen aún más explícita: Sofía estaba en el sofá de la sala, volteada de espaldas en cuatro patas, con la camiseta levantada sobre la espalda y los pantalones abajo en los tobillos, exhibiendo su trasero completamente expuesto hacia la cámara del celular.

Julián salió del baño fuera de sí. Entró al cuarto, encendió la luz de golpe y le puso la pantalla encendida a milímetros del rostro a Sofía, despertándola bruscamente.
Julián: —¡MIRA ESTO! ¡DIME QUE ESTO TAMBIÉN ES MI IMAGINACIÓN! ¡DIME QUE ES MI MENTE ENFERMA, SOFÍA! ¡LE MANDAS FOTOS EN CUATRO Y MOSTRÁNDOLE TODO A TU AMIGO!
Sofía se incorporó de un salto. Arrebató el teléfono de un manotazo, mirándolo con rabia feroz.
Sofía: —¡¿Tú me estás revisando el teléfono, pedazo de enfermo?! ¡¿Con qué derecho te metes a mi privacidad, Julián?!
Julián: —¡¡ESTÁS EN CUATRO EN MI SOFÁ PARA ÉL!!
Sofía soltó una carcajada seca, llena de desprecio y frialdad, mirándolo desde arriba con una soltura que le heló la sangre a Julián.
Sofía: —¡¿Y qué tiene, pedazo de paranoico?! ¡Esas fotos se las mandé para que me dijera si la ropa me quedaba bien! ¡Camilo me ha visto desnuda, abierta y de todas las formas desde que éramos adolescentes! Él me conoce todo, no hay ni un solo milímetro de mi cuerpo que él no se sepa de memoria. A él no le importa ver mi cuerpo así porque es mi amigo de verdad y no tiene tu mente podrida. El único cochino que ve sexo y degeneración en una foto de confianza eres tú. De verdad das pena con tus celos de niño chiquito.
Julián la miró paralizado, sintiendo que la realidad se le deshacía entre las manos.
Julián: —Sofía... te abrió las nalgas la cámara...
Sofía: —¡Y es mi amigo! —sentenció ella, señalando la puerta del cuarto—. Te me sales de mi habitación ya mismo. No voy a dormir con un tipo violador de privacidad y enfermo mental. Te me vas a la sala a pensar en la estupidez que acabas de hacer.
Sofía le cerró la puerta en la cara con un portazo violento.
Julián se quedó parado en el pasillo a oscuras, cayendo de rodillas sobre el suelo, destruido, humillado y preguntándose en el fondo si realmente el único loco de esa casa era él.
0 comentarios - Juego psicológico 4