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El despertar sexual de Harry

El calor no era algo nuevo en mi vida, pero este fuego era distinto. No era la calidez de la chimenea en la sala común de Gryffindor ni el vapor sofocante de los baños. Era una pulsación constante, un latido sordo que se había instalado en la base de mi columna y que subía, como una marea espesa, hasta anudarme el estómago y dejarme el pene en un estado de semierección permanente. Me pasaba los días en clase, fingiendo que escuchaba las lecciones de Transformaciones, mientras mi mente vagaba por las curvas de Hermione, el cabello etéreo de Luna o la risa traviesa de Ginny. Me masturbaba en la oscuridad de mi cama, con la respiración agitada y la piel sudorosa, imaginando sus cuerpos bajo mis dedos. Sin embargo, había un vacío, una pieza del rompecabezas que no encajaba, un hambre que ninguna de esas fantasías lograba saciar del todo.
Todo cambió una tarde de octubre, cuando el castillo estaba sumido en ese silencio sepulcral que precede a la cena. Había olvidado mi libro de pociones en el dormitorio y regresé a pasos rápidos, sin hacer ruido. Al abrir la puerta apenas unos centímetros, el aire me golpeó con un aroma denso, una mezcla de sudor masculino y algo más, algo primario y animal. Mis ojos se clavaron en la escena y el mundo se detuvo.
Ron tenía a Neville contra una de las mesas de madera. El pobre Neville estaba en cuatro, con la espalda arqueada y el rostro hundido en las sábanas, soltando gemidos ahogados que llenaban la habitación. Ron, mi mejor amigo, el chico con el que había compartido risas y miedos, se veía transformado. Sus hombros estaban tensos, sus nudillos blancos mientras sujetaba las caderas de Neville con una fuerza brutal. Su polla, una vara gruesa y venosa que nunca imaginé que tuviera, entraba y salía del ano de Neville con una violencia rítmica.
Cada estocada producía un sonido húmedo, un chapoteo visceral de carne chocando contra carne. El sonido del cuero y el roce de los cuerpos me provocaron un chispazo eléctrico que me recorrió la espina dorsal. Me quedé paralizado, oculto tras la puerta, viendo cómo Ron embestía sin piedad, hundiendo su miembro hasta la base, haciendo que el cuerpo de Neville se sacudiera con cada impacto. El deseo me golpeó como un mazo. Mi propia polla saltó contra la tela de mis pantalones, endureciéndose al instante, doliendo de tanta presión. No sentí asco, ni confusión duradera. Sentí una envidia devoradora. Quería ser yo quien estuviera ahí, sometido, sintiendo esa potencia desgarrándome el interior.
Me retiré lentamente, con el corazón martilleando en mis oídos. Una vez en la privacidad de mi baño, me bajé los pantalones y empecé a darme placer con una furia que nunca había experimentado. Cerré los ojos y ya no vi a Ginny ni a Hermione. Vi la espalda ancha de Ron, sus brazos fuertes y la mirada dominante que seguramente tenía mientras follaba a Neville. Mis dedos se movieron rápido, lubricando mi glande con saliva, mientras imaginaba que era Ron quien me penetraba, quien me reclamaba como un objeto de placer. Cuando eyaculé, el semen saltó con fuerza, manchando el suelo de piedra, y me quedé temblando, exhausto y con una claridad aterradora: mi deseo se había desplazado cien ochenta grados.
Durante los días siguientes, la obsesión se convirtió en mi única brújula. No podía dejar de mirar a Ron. Observaba la forma en que se movía, la anchura de sus hombros y la manera en que su voz se volvía más grave cuando estaba molesto. Necesitaba sentirlo dentro de mí, pero sabía que Ron no daría el paso por voluntad propia. Necesitaba un empujón, algo que despertara la bestia que había visto aquella tarde.
Aproveché un permiso para visitar el Callejón Diagon, pero no me detuve en las tiendas habituales. Me adentré en un callejón oscuro, donde el olor a azufre y humedad impregnaba el aire, hasta encontrar una tienda de aspecto decadente, con un cartel que apenas se leía. El vendedor, un hombre con ojos amarillentos y dedos largos, me sonrió con malicia cuando le expliqué lo que buscaba.
Me vendió un tónico espeso, de un color carmesí oscuro que parecía palpitar dentro del frasco. Me aseguró que era un afrodisíaco potente, capaz de convertir al hombre más tímido en un animal insaciable, eliminando cualquier inhibición y multiplicando la libido hasta niveles peligrosos. Junto con la poción, compré un set de dilatadores anales, desde pequeños plugs de silicona hasta dildos de dimensiones intimidantes, y varias tangas de encaje negro y rojo, prendas diminutas que apenas cubrirían lo esencial.
Regresé a Hogwarts y comencé mi preparación en secreto. Durante una semana, me prohibí masturbarme. Quería que la tensión se acumulara, que mi cuerpo se volviera un imán desesperado por el contacto. Cada noche, mientras los demás dormían o estaban distraídos, me dedicaba a preparar mi cuerpo.
La primera vez que introduje el plug más pequeño, solté un gemido de dolor y sorpresa. El anillo de mi ano se resistía, apretando la silicona con fuerza. Pero persistí, usando aceite mágico para lubricar la entrada, empujando lentamente hasta que el bulbo quedó anidado en mi interior. La sensación de plenitud era embriagadora. Con el paso de los días, fui aumentando el tamaño. Pasé a los dildos medianos y, finalmente, al más grande, una pieza robusta que me obligaba a abrirme por completo, estirando las paredes de mi recto hasta que sentía que podía albergar cualquier cosa. Mi ano se volvió flexible, hambriento, acostumbrado a la presión y al estiramiento. Me miraba al espejo, viendo cómo mi piel se tensaba, y sentía una excitación eléctrica recorriéndome el cuerpo.
Llegó la noche elegida. El dormitorio estaba en penumbra, iluminado solo por el tenue resplandor de la luna que se filtraba por las ventanas. Ron y Dean ya estaban en sus camas, pero Ron parecía inquieto, moviéndose entre las sábanas. Me acerqué a él con una botella de jugo de calabaza, habiendo vertido ya la poción carmesí en su vaso.
¿Quieres beber algo, Ron? Te ves tenso.
Ron se incorporó, bostezando, y tomó el vaso sin sospechar nada. Bebió el líquido de un trago, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Gracias, Harry. Me siento un poco raro hoy, como si tuviera fiebre.
Me senté en el borde de mi cama, observándolo. Los minutos pasaron lentamente. De repente, noté cómo la respiración de Ron se volvía pesada. Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el iris y un rubor intenso subió por su cuello hasta sus mejillas. Sus manos empezaron a temblar y sus ojos se clavaron en mí con una intensidad depredadora. Pude ver cómo, bajo la tela de sus pantalones, su polla se erectaba con una fuerza violenta, creando una protuberancia imposible de ignorar.
La poción estaba funcionando.
Me puse de pie lentamente. Mis movimientos eran calculados, sensuales. Me deslicé los pantalones y la ropa interior, dejándome solo con la tanga de encaje negro que había elegido. La prenda era ridícula; una tira fina que se hundía en mis nalgas, dejando mis testículos y mi erección casi al descubierto, mientras el encaje transparente apenas tapaba mi entrada.
Ron soltó un gruñido gutural. Se levantó de la cama como si fuera impulsado por un resorte, su mirada fija en mi trasero. Se acercó a mí, su calor irradiando como un horno. Sin decir palabra, me agarró por los hombros y me giró, obligándome a doblar la espalda sobre el colchón.
Dios, Harry... ¿qué demonios llevas puesto?
Su voz era un rugido bajo, cargado de deseo. Sentí sus manos grandes y rudas apretar mis nalgas, hundiéndose en la carne con una fuerza que me hizo gemir. Ron deslizó un dedo por la tira de la tanga, apartándola con brusquedad para exponer mi ano, que ya palpitaba y segregaba un poco de lubricante por la anticipación. Cuando su dedo entró en mí, solté un alarido de placer. Estaba tan dilatado que el dedo de Ron se hundió sin resistencia, explorando mis paredes internas con una curiosidad agresiva.
No aguanto más.
Ron rompió la tela de la tanga con un tirón violento, dejando que la prenda volara por la habitación. Se bajó los pantalones con torpeza, liberando su miembro. Era magnífico: una columna de carne roja y palpitante, con venas gruesas que recorrían la superficie y un glande ancho que goteaba pre-cum. Ron no perdió tiempo en juegos. Se posicionó detrás de mí, agarró mis caderas con tal fuerza que seguramente dejaría marcas, y empujó.
El impacto fue brutal. Ron entró de una sola estocada, hundiendo toda su longitud en mi interior. Solté un grito que resonó en todo el dormitorio, una mezcla de dolor agudo y un placer tan intenso que me nubló la vista. Sentí cómo mi ano se estiraba al límite, acogiendo la masa caliente de su polla. Ron no se detuvo. Empezó a embestir con una furia animal, sacando su miembro casi por completo para luego volver a hundirlo con un golpe seco que hacía que mis testículos chocaran contra sus huevos.
El sonido era ensordecedor: el shlicking constante de la carne húmeda, el squelching del lubricante mezclándose con el sudor, y el aire siendo expulsado de mi recto en pequeños soplos cada vez que él retrocedía. Me sentía como un juguete, una pieza de carne diseñada para su placer. Ron gruñía en mi oído, palabras sucias que me hacían estremecer, mientras sus manos apretaban mis muslos, dejándome sin escapatoria.
Me sentía lleno, absolutamente invadido. Cada estocada golpeaba mi próstata con una precisión quirúrgica, enviando descargas eléctricas a todo mi sistema nervioso. Mi polla, que colgaba hacia adelante, rozaba las sábanas, goteando semen sin que yo siquiera me tocara. Ron aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más cortas y violentas, sus testículos golpeando mi trasero con un sonido rítmico y sordo.
De repente, Ron soltó un rugido y apretó mis caderas contra él, hundiéndose una última vez con toda su fuerza. Sentí cómo su polla se ensanchaba dentro de mí y, acto seguido, una descarga caliente y espesa empezó a llenar mi interior. El semen de Ron entró a borbotones, inundando mi recto, llenándome hasta el borde. El orgasmo me alcanzó en ese mismo instante, una explosión de placer que me dejó arqueado, temblando en un estado de éxtasis absoluto, con los ojos en blanco.
El silencio que siguió fue roto por un sonido de movimiento. Me giré lentamente, con el cuerpo aún sacudido por espasmos, y vi que Dean se había despertado. Estaba sentado en su cama, observándonos con los ojos muy abiertos y la respiración agitada. Su mirada bajó hacia el lugar donde Ron seguía unido a mí, y luego hacia su propia entrepierna.
¿Qué carajos...?
Dean no parecía horrorizado. Al contrario, su rostro reflejaba una excitación palpable. Se quitó los pantalones con rapidez, revelando una erección que me dejó sin aliento. Era monstruosa, un miembro de unos veintiséis centímetros, grueso y oscuro, que apuntaba hacia nosotros con una arrogancia intimidante.
Dean se acercó al grupo, su polla saltando con cada paso. Yo, todavía bajo el efecto del orgasmo de Ron, sentí que mi hambre no se había saciado; al contrario, la presencia de Dean había encendido una nueva chispa. Me arrastré hacia él, quedando de rodillas. Miré aquel miembro colosal y, sin dudarlo, abrí la boca.
Cuando envolví la cabeza de su polla con mis labios, sentí que apenas podía cerrarla. El sabor era fuerte, salado, la esencia pura de la masculinidad. Empecé a succionar con fuerza, usando mi lengua para recorrer el frenillo y el glande, mientras Dean soltaba gemidos profundos, enterrando sus dedos en mi cabello para guiarme.
Maldito seas, Harry... chúpalo, chúpalo como la perra que eres.
Las obscenidades de Dean me excitaban más. Mientras yo me concentraba en succionar aquel monstruo, sentí la lengua de Ron en mi trasero. Mi amigo se había posicionado detrás de mí y empezaba a lamer mi ano, limpiando el semen que goteaba y estimulando la zona con movimientos circulares y húmedos. Estaba atrapado entre dos fuerzas, siendo devorado por ambos lados.
Dean, sintiendo que estaba cerca de su límite, me apartó bruscamente de su polla. Sus ojos brillaban con una lujuria oscura.
Ahora me toca a mí entrar.
Me acostó en la cama con un movimiento rápido, obligándome a levantar las piernas y apoyarlas sobre sus hombros. Quedé totalmente expuesto, mi ano aún dilatado y brillante por el semen de Ron. Dean no usó lubricante adicional; el interior de mi cuerpo ya era una piscina de fluidos. Se posicionó y empujó.
El grito que solté fue diferente al anterior. La dimensión de la polla de Dean era tal que sentí que mis paredes se rasgaban. Fue una intrusión violenta, un estiramiento extremo que me hizo jadear por aire. Me penetró sin piedad, hundiéndose profundamente, llenando cada milímetro de mi espacio interno. Mientras Dean me embestía con una fuerza bruta, Ron se posicionó frente a mi rostro.
Sin previo aviso, Ron introdujo su polla en mi boca. Me sentí completamente anulado, un objeto sexual siendo usado por mis dos mejores amigos. Tenía a Ron llenando mi garganta, obligándome a tragar y a ahogarme en su sabor, mientras Dean destrozaba mi interior con estocadas que hacían que toda mi pelvis se sacudiera.
Era una cacofonía de sonidos: el choque de los cuerpos, los gemidos ahogados por la polla de Ron, el sonido húmedo y ruidoso de Dean entrando y saliendo de mi culo. Me sentía fragmentado, perdido en una marea de placer y dolor. La presión en mi recto era insoportable pero deliciosa, y la sensación de tener a Ron en mi boca me hacía sentir sumiso, reclamado.
Después de unos minutos de una intensidad frenética, ambos alcanzaron el clímax. Dean dio una última estocada profunda, clavándose en mí con un gemido ronco, y eyaculó una cantidad masiva de semen que sentí llenar mis entrañas. Al mismo tiempo, Ron terminó dentro de mi boca, llenando mi garganta de un líquido espeso y caliente que me obligó a tragar repetidamente para no asfixiarme.
Me quedé allí, tendido, jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor y fluidos. Sin embargo, sentía que faltaba algo. Mi polla seguía dura, palpitando, y el vacío que dejaban al salir me resultaba insoportable.
No ha sido suficiente... quiero más. Quiero los dos a la vez.
Mis palabras fueron como un detonante. Ron y Dean se miraron, y una sonrisa depredadora apareció en sus rostros. Ambos se erigieron nuevamente con una rapidez sobrenatural, impulsados quizás por el resto de la poción que flotaba en el aire o por la simple lujuria del momento.
Ron se acostó en la cama y me hizo sentar sobre él. Me guié con cuidado, bajando lentamente hasta que su polla desapareció por completo dentro de mi ano. Solté un suspiro de satisfacción, sintiendo la plenitud regresar. Pero entonces, Dean se acercó por detrás.
Se posicionó y, sin previo aviso, empujó su miembro también hacia mi entrada.
Solté un alarido que probablemente despertó a medio castillo. Fue un choque de sensaciones. Dos pollas, una tras otra, luchando por el mismo espacio, estirando mi ano hasta un punto que creía imposible. Sentí que me partía en dos, pero el dolor fue inmediatamente eclipsado por un placer eléctrico y abrumador. Estaba siendo llenado totalmente, no quedaba un solo espacio vacío en mi interior.
En esa posición, Ron y Dean empezaron a coordinarse. Se movían en un ritmo sincrónico, empujando y tirando de mí, convirtiéndome en el puente de su placer. Yo me movía sobre Ron, bajando y subiendo, mientras Dean me empujaba desde atrás, creando un efecto de fricción constante que me hacía delirar.
El mundo desapareció. Solo existía el roce de la piel, el olor a sexo y la sensación de ser poseído por completo. Mis gemidos se convirtieron en sollozos de placer. La fricción interna era tan intensa que sentía que mi interior estaba ardiendo.
Finalmente, el clímax llegó para los tres. Ron y Dean eyacularon simultáneamente dentro de mí, una inundación de semen que me hizo arquear la espalda y soltar un grito final de éxtasis. Mi propio orgasmo fue el más potente de mi vida; sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo mientras mi polla disparaba chorros de semen contra el pecho de Ron.
Quedamos los tres entrelazados, respirando agitadamente, el silencio regresando lentamente al dormitorio, aunque ahora cargado de una tensión diferente.
Necesitamos limpiarnos.
La sugerencia de Dean fue la señal. Nos dirigimos a las duchas, caminando como pudieran, con las piernas temblorosas. El vapor llenó el espacio, y el sonido del agua cayendo sobre los azulejos creó una atmósfera íntima y húmeda. Pero la limpieza fue solo un pretexto.
En cuanto el agua caliente nos envolvió, la lujuria regresó. Entre el jabón y el vapor, volvimos a caer uno sobre otro. Ron me pegó contra la pared fría de la ducha mientras Dean se encargaba de mis testículos y mi polla. El agua ayudaba a que todo deslizara más rápido. Me follaron una y otra vez, cambiando de posición, usando las paredes y los bancos de piedra, hasta que el cansancio físico fue mayor que el deseo.
Cuando finalmente salimos, exhaustos y vacíos, me sentí diferente. El fuego que me había atormentado durante meses se había transformado en una brasa cálida y satisfecha. Mientras regresaba a mi cama, sentía el rastro del semen de mis amigos deslizándose lentamente por mis muslos, un recordatorio físico de mi despertar. Ya no había espacio para fantasías infantiles; había descubierto el placer de la entrega total, la oscuridad del deseo compartido y la gloriosa agonía de ser poseído. Me dormí con una sonrisa, sabiendo que el calor en mi vientre nunca volvería a ser el mismo.

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