Hola Amores! Hoy les traigo el relato de una querida seguidora que me contacto hace unas pocas horas y entre varios intercambios de mensajes me otorgó el honor de compartir su relato lésbico, pero siempre y cuando mantuviera su anonimato para más placer.
AsĂ que a continuaciĂłn les presento el relato desde la perspectiva de nuestra amada protagonista:
đź’‹ CAPĂŤTULO I: La DeontologĂa de la Chupada
Mi relaciĂłn con el Licenciado MartĂnez de DeontologĂa Profesional no era exactamente sana, pero era eficiente. Dos veces por semana, despuĂ©s de su clase de las 18:00, me quedaba "repasando" en su oficina. Él cerraba la puerta con llave, yo me arrodillaba, y salĂa con un 9 o un 10 en el parcial.

No era amor. Era barter. Sexo oral por notas, y las notas valĂan más que mi dignidad en ese momento de mi vida.
Esa tarde de martes, estaba en mi elemento. Rodillas en el piso de frĂo del baño de su oficina —porque ahĂ era donde hacĂamos las "consultas" cuando quedaba el turno de limpieza— con su pene en mi boca, mi mano trabajando la base, mi tĂ©cnica pulida por semestres de práctica. MartĂnez gemĂa con esa manera suya de intentar ser silencioso y fallando miserablemente.
Y entonces sonĂł el celular.
No lo ignoró. Nunca lo ignoraba. Lo atendió con naturalidad, como si no tuviera una estudiante de veintidós años succionándole el alma en el baño de la Facultad de Derecho.
—¿SĂ, amor? —dijo.
Yo me congelĂ©. Literalmente. Mi boca dejĂł de moverse. Mis ojos, que miraban hacia arriba para ver su cara, vieron cĂłmo Ă©l sonreĂa —esa sonrisa de "sĂ, cariño, estoy trabajando tardes"— mientras yo estaba ahĂ, en mis rodillas, con su pene a medio chupar.
Y entonces pasĂł lo inevitable.
Al apartarme, al intentar hablar, al querer gritarle "¿quién es tu amor, hijo de puta?", mi movimiento brusco coincidió con su propio movimiento instintivo, y un chorro de semen caliente me pegó directamente en el ojo izquierdo.

El dolor fue instantáneo. No el dolor fĂsico —aunque ardĂa— sino el dolor existencial de estar ciega de un ojo por el semen de un hombre casado mientras Ă©l hablaba con su esposa sobre la cena.
Me levantĂ© tambaleándome, ciega, buscando algo, anything, para limpiarme. UsĂ© mi propia mano, esparciendo el lĂquido viscoso por mi mejilla, mi nariz, mi ceja. DebĂ parecer una pintura abstracta de la humillaciĂłn.
MartĂnez cortĂł la llamada. Finalmente. Me mirĂł —realmente me miró— y su expresiĂłn no fue de preocupaciĂłn. Fue de... Âżfastidio?
—Lu, por favor —dijo, como si yo fuera el problema—. No hagas escándalo.
—¿Escándalo? —mi voz saliĂł aguda, histĂ©rica—. ÂżQuiĂ©n es "amor", MartĂnez? ÂżQuiĂ©n te llama "amor" mientras yo te chupo el pene?
Se ajustó los pantalones con esa eficiencia de quien está acostumbrado a vestirse rápido después del pecado. Suspiró. Esa clase de suspiro que los hombres hacen cuando creen que las mujeres estamos exagerando.
—Tengo esposa —dijo, como si fuera una novedad—. Cecilia. Llevamos ocho años casados. Queremos tener un hijo.
—¿Y? —escupĂ, todavĂa limpiándome la cara, todavĂa sintiendo su semen secándose en mi piel—. ÂżPor quĂ© me chupas a mĂ? ÂżPor quĂ© me pides que me quede despuĂ©s de clase?
Se quedĂł callado. Por primera vez, pareciĂł avergonzado. No de lo que habĂa hecho, sino de tener que explicarlo.
—Con ella no se me para —dijo, finalmente, mirando al piso sucio del baño—. No... no logro llegar al clĂmax. No como contigo. TĂş eres... diferente.
"Diferente". Esa palabra. Esa maldita palabra que usan para justificar todo. No me amaba. No me respetaba. Solo mi boca funcionaba mejor que la de su esposa.
Me fui. Sin decir nada más. Con su semen todavĂa en mi ceja, con mis rodillas doloridas, con mi dignidad hecha pedazos en el piso de un baño universitario.
Pero mientras caminaba hacia la salida, con el frĂo de la noche golpeando mi rostro humillado, sentĂ algo más fuerte que la vergĂĽenza: la rabia.
Y la rabia, corazĂłn, es el mejor combustible para la venganza.
đź’‹ CAPĂŤTULO II: La Alianza Improbable
Tres dĂas despuĂ©s, le propuse hacer un video.
MartĂnez, ese hombre estĂşpido y arrogante, aceptĂł sin dudar. Claro que aceptĂł. Su ego no le permitĂa imaginar que yo pudiera tener motivos ocultos. En su cabecita, yo era simplemente una estudiante enamorada, o al menos obsesionada, dispuesta a cualquier cosa por su atenciĂłn.
El video era simple: Ă©l me comerĂa el coño. Un cunnilingus. Finalmente, despuĂ©s de meses de yo dando y Ă©l recibiendo, le tocarĂa servir.
Lo hicimos en su oficina, de noche, con la puerta cerrada. Yo estaba arriba de su escritorio, con las piernas abiertas, mi vagina expuesta a la cámara de mi celular que habĂa posicionado estratĂ©gicamente. MartĂnez estaba abajo, entre mis piernas, su lengua trabajando con esa dedicaciĂłn de quien sabe que está siendo filmado y quiere quedar bien.


Mientras gemĂa —fingiendo más de lo que sentĂa, porque la verdad es que su tĂ©cnica era mediocre— yo alcanzaba su celular, que descansaba en el escritorio junto a su cabeza. Lo desbloqueĂ©. BusquĂ© WhatsApp. EncontrĂ© "Cecilia ❤️". Y le enviĂ© el contacto.
Luego borrĂ© el mensaje. Solo de su pantalla. El mĂo lo conservaba.
Esa noche, desde mi departamento, le escribĂ a Cecilia.
"Hola. Soy Lu. La estudiante con la que tu marido mea el piso del baño de la facultad. Tenemos que hablar."
La respuesta llegĂł a los cinco minutos: "Puta mentirosa. Bloqueada."
Pero yo estaba preparada. TenĂa fotos. Muchas. De perfil, con su pene en mi boca, mostrando claramente su cara de placer. Desde abajo, viendo cĂłmo me miraba mientras chupaba. Con la boca llena de su semen, sonriendo a la cámara.
Se las envié. Una por una.




El teléfono explotó. Mensajes de voz de Cecilia llorando, gritando, pidiendo detalles. Dónde, cuándo, por qué. Yo le conté todo. El acuerdo tácito, los baños, las notas, el "amor" que escuché esa tarde.
Y entonces, algo inesperado pasĂł.
Cecilia me escribiĂł: "Quiero verte. En persona. Necesito saber si eres real."
Quedamos en un jardĂn pĂşblico, lejos de la facultad, lejos de su casa. Cuando la vi, me sorprendiĂł. No era la esposa traicionada de los dramas. Era una mujer de treinta y tantos, pelo castaño, ojos cansados, con una energĂa de "he aguantado demasiado".
—Es más joven de lo que pensĂ© —dijo, sentándose frente a mĂ.
—Es más viejo de lo que aparenta —respondĂ.
Nos miramos. Y de repente, sin razĂłn lĂłgica, ambas nos reĂmos. Una risa amarga, de complicidad, de "quĂ© hijo de puta".
—Quiero divorciarme —dijo Cecilia—. Pero quiero que sufra primero.
—Yo quiero que sepa que no soy su juguete —dije yo.
—Es un animal de costumbres —dijo ella, pensativa—. Todos los jueves va a la misma heladerĂa. Se sienta en la misma mesa. Pide el mismo sabor: dulce de leche granizado.
Nos miramos. Y en esa mirada, sin decirlo en voz alta, naciĂł el plan.
đź’‹ CAPĂŤTULO III: La HeladerĂa del Infierno
El jueves siguiente, a las 19:30, Cecilia y yo entramos a "Grido", la heladerĂa de la esquina de la facultad.
MartĂnez estaba ahĂ. En su mesa. Comiendo su dulce de leche granizado, revisando papeles de la facultad, inconsciente del mundo.
Nos vio entrar juntas.
Su cara... corazón, su cara fue un poema. Primero confusión. Luego reconocimiento. Luego pánico puro, absoluto, animal.
Se levantó tan rápido que tiró el helado. Corrió hacia el fondo, hacia los baños, y se encerró con llave.
Cecilia y yo nos miramos. Y nos reĂmos. Una risa fuerte, liberadora, de mujeres que finalmente tenĂan el poder.
—Vamos —dije.
Corrimos hacia el baño. Él estaba adentro, jadeando, probablemente pensando en escapar por la ventana imposiblemente pequeña.
—¡Sal, cobarde! —gritó Cecilia, golpeando la puerta.
—¡Llámame cuando tu mujer te deje chuparla, MartĂnez! —gritĂ© yo, pateando la madera.
Y entonces hicimos lo inevitable. Agarramos una silla de metal —una de esas incĂłmodas que ponen en las heladerĂas— y la trabamos contra la puerta del baño, encajándola bajo el picaporte. Jurassic Park. El profesor atrapado en el baño de una heladerĂa, con su ex amante y su esposa furiosas afuera.
—¡Están locas! —gritaba Ă©l desde adentro—. ¡Salgan de mi heladerĂa!
—¡Tu heladerĂa! —escupiĂł Cecilia—. ¡Ni siquiera es tuya, pelotudo!
Fue entonces cuando apareciĂł ella.
La empleada. Una chica de veintitantos, pelo teñido de rubio mal hecho, ojeras de turno de tarde, uniforme de poliéster azul con el logo de "Grido" descolorido. Salió de la cocina con una espátula de helado en la mano, viendo la escena: dos mujeres elegantes —yo en jean y remera negra, Cecilia en vestido de oficina— barricando el baño con una silla.
—¿Qué... qué hacen? —tartamudeó la empleada—. ¿Por qué traban el baño?
—Este señor nos debe plata —mentĂ, rápida—. Es una deuda vieja.

—Pero... pero si rompen algo me lo descuentan del sueldo —dijo la empleada, y su voz tembló genuinamente. Ese miedo al descuento, corazón, es el miedo más argentino que existe.
Cecilia y yo nos miramos. Y algo pasó. Algo en la mirada de la empleada —no era solo miedo, era curiosidad, era el brillo de quien está aburrida de su trabajo y ve una posibilidad de caos— hizo que ambas sonriéramos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—...Marisol —respondió.
—Marisol —dije, acercándome—. No vamos a romper nada. Pero necesitamos que cierres la tienda por diez minutos.
—¿Cerrar? Pero si cierro me despiden...
—No cerrarás oficialmente —interrumpió Cecilia, con una voz autoritaria que seguramente usaba en su trabajo de administrativa—. Solo... no atenderás. Deja el cartel de "vuelvo en cinco minutos". Y ven con nosotras.
Marisol nos mirĂł. Nos mirĂł a la puerta del baño, donde MartĂnez seguĂa gritando. Y algo en ella —quizás el aburrimiento, quizás la envidia de ver a dos mujeres haciendo lo que ella nunca se atrevió— hizo que asintiera.
Fue a la puerta. GirĂł el cartel. CorriĂł las cortinas de metal hasta la mitad, dejando la heladerĂa en penumbra.
Y cuando volviĂł, yo estaba ahĂ, muy cerca, oliendo su perfume a jabĂłn barato y helado de vainilla.
—Gracias —susurré.
Y la besé.

No fue un beso de romance. Fue un beso de guerra. De "estamos juntas en esto". De "el enemigo de mi enemigo es mi amante provisional". Marisol respondiĂł despuĂ©s de dos segundos de shock, y luego respondiĂł bien, apretando su cuerpo contra el mĂo, dejando caer la espátula de helado al piso con un ruido metálico.
Cecilia nos observaba, y vi cómo su mano bajaba a su propia entrepierna, rozándose sobre la tela del vestido.



—Ven —dije a Marisol, rompiendo el beso—. Ven acá.
La llevé hacia el mostrador de helados. La senté en el borde. Y me arrodillé.
—¿Qué... qué haces? —jadeó Marisol.
—Cobrando mi deuda —respondĂ, y le bajĂ© los pantalones del uniforme.
No llevaba bragas. Una chica que trabaja de pie ocho horas no usa bragas con poliĂ©ster. Su vagina estaba hĂşmeda —ya estaba excitada, corazĂłn, desde que vio el caos— y olĂa a jabĂłn, a sudor honesto, a mujer trabajadora.

MetĂ la lengua sin preámbulos. Marisol gritĂł. Un grito que seguramente escuchĂł MartĂnez en su baño de cristal, porque dejĂł de golpear la puerta por un segundo, confundido.

—¡Más fuerte! —gritĂł Marisol, y sus manos agarraron mi pelo, y sus piernas se abrieron más—. ¡Dios, sĂ, asĂ!
Era una puerca de primera, como dijiste. En cinco minutos, estaba desgarrando mi remera negra, rompiendo mis leggings con sus uñas —sĂ, rompiĂ©ndolos, haciendo un agujero justo para acceder— y metiendo su cara en mi vagina mientras yo seguĂa chupándola a ella.


Cecilia no se quedó atrás. Se acercó, se subió al mostrador, y se sentó en el borde, abriendo las piernas frente a nosotras.
—A mà también —ordenó, y su voz era la de una mujer que después de ocho años de matrimonio mediocre finalmente reclamaba su placer.
Marisol y yo nos alternamos. Yo chupaba a Cecilia, Marisol me chupaba a mĂ, luego cambiábamos. El helado se derretĂa en los envases cercanos, y en algĂşn momento, Cecilia agarrĂł una bocha de chocolate con la mano y la pasĂł por sus pechos.
—LĂmpienme —ordenĂł.

Lo hicimos. Marisol y yo, juntas, lamiendo el chocolate derretido de los pechos de Cecilia, mientras ella gemĂa mirando al techo, mientras sus manos agarraban nuestras cabezas y nos presionaban contra su piel.






Y entonces vino lo mejor.
Cecilia agarrĂł una bocha de dulce de leche —el sabor favorito de MartĂnez, ese hijo de puta— y la pasĂł por su vagina. La crema del cielo, decĂan en los avisos. Pero en ese momento era crema de vagina, de excitaciĂłn, de venganza.

—Come —me ordenó—. Come el helado que mi marido nunca me compró.
Y me inclinĂ©. Y lamĂ. El dulce de leche mezclado con su humedad, con su rabia, con su liberaciĂłn. Era el sabor más dulce y amargo que habĂa probado.

Marisol, no queriendo quedarse atrás, agarrĂł una bocha de frutilla y hizo lo mismo conmigo. Y asĂ estuvimos, las tres, cubiertas de helado derretido, lamiĂ©ndonos unas a otras, gimiendo, riendo, mientras afuera, en el baño, MartĂnez escuchaba todo.
Escuchaba los gemidos de su esposa, que Ă©l nunca pudo provocar. Escuchaba a su ex amante chupando a una desconocida. Escuchaba la fiesta que se daba en su heladerĂa favorita, sin Ă©l, por culpa de Ă©l.
đź’‹ CAPĂŤTULO IV: El Final Congelado
La seguridad del municipio llegó veinte minutos después.
No llamaron la policĂa —no habĂa delito visible— solo dos tipos con chalecos reflectantes que tocaban la puerta de la heladerĂa cerrada.
—¿Qué pasa ah� —gritó uno.
Nos separamos. Cecilia, Marisol y yo, mirándonos, cubiertas de helado, despeinadas, con la ropa rota, con las caras brillantes por los fluidos de todas.
—Nada —respondiĂł Cecilia, bajando del mostrador con una elegancia que no se correspondĂa con su apariencia—. Solo estábamos probando el producto.
—La puerta estaba cerrada —dijo el guardia, confundido.
—Cerrada para el público —intervino Marisol, improvisando—. Reunión de personal.
Nos vestimos a toda prisa. Bueno, nos cubrimos como pudimos. Yo con los leggings rotos, Cecilia con el vestido manchado de chocolate, Marisol con el uniforme desabrochado.
Y antes de irnos, hicimos lo Ăşltimo.
Liberamos a MartĂnez.
Quitamos la silla. Abrimos la puerta del baño.
Él salió como un animal acorralado, despeinado, con los ojos rojos, oliendo seguramente a sexo en el aire, viendo el desastre: helado derretido en el mostrador, sillas movidas, cortinas corridas, y nosotras tres, juntas, sonriendo.
—Ellas... —empezó a decir a los guardias—. Ellas me encerraron... me hicieron... me obligaron...
Pero no habĂa pruebas. No habĂa video. Las cámaras de seguridad de "Grido" no funcionaban desde hacĂa meses —Marisol nos lo habĂa dicho mientras nos vestĂamos, entre risas—.
Y cuando los guardias preguntaron a Marisol quĂ© pasaba, ella —mi puerca de primera, mi heroĂna— dijo:
—Este señor entrĂł al baño y no querĂa salir. DecĂa que le Ăbamos a robar el helado. Cuando salimos a llamar ayuda, se encerrĂł solo. Creo que está... enfermo.
MartĂnez fue declarado "autor de hurto de helado" —porque habĂa comido su dulce de leche sin pagar antes de correr al baño— y se le prohibiĂł la entrada al local.
Marisol renunciĂł dos dĂas despuĂ©s. "Para evitar el despido justificado", dijo, aunque en realidad fue porque Cecilia y yo le propusimos algo mejor: un trĂo permanente, en un departamento que pagarĂamos entre las tres, donde ella podĂa estudiar de noche y nosotras podĂamos vengarnos de otros hombres infieles.
Nunca supimos quĂ© fue de MartĂnez. EscuchĂ© que Cecilia se divorciĂł, se quedĂł con la casa, y que Ă©l tuvo que mudarse con su madre.
Y yo, corazĂłn, saquĂ© un 10 en DeontologĂa Profesional.
Porque al final, aprendà la lección más importante: la ética es subjetiva, pero el placer de la venganza es absoluto.
FIN. đź’‹
AsĂ que a continuaciĂłn les presento el relato desde la perspectiva de nuestra amada protagonista:
đź’‹ CAPĂŤTULO I: La DeontologĂa de la Chupada
Mi relaciĂłn con el Licenciado MartĂnez de DeontologĂa Profesional no era exactamente sana, pero era eficiente. Dos veces por semana, despuĂ©s de su clase de las 18:00, me quedaba "repasando" en su oficina. Él cerraba la puerta con llave, yo me arrodillaba, y salĂa con un 9 o un 10 en el parcial.

No era amor. Era barter. Sexo oral por notas, y las notas valĂan más que mi dignidad en ese momento de mi vida.
Esa tarde de martes, estaba en mi elemento. Rodillas en el piso de frĂo del baño de su oficina —porque ahĂ era donde hacĂamos las "consultas" cuando quedaba el turno de limpieza— con su pene en mi boca, mi mano trabajando la base, mi tĂ©cnica pulida por semestres de práctica. MartĂnez gemĂa con esa manera suya de intentar ser silencioso y fallando miserablemente.
Y entonces sonĂł el celular.
No lo ignoró. Nunca lo ignoraba. Lo atendió con naturalidad, como si no tuviera una estudiante de veintidós años succionándole el alma en el baño de la Facultad de Derecho.
—¿SĂ, amor? —dijo.
Yo me congelĂ©. Literalmente. Mi boca dejĂł de moverse. Mis ojos, que miraban hacia arriba para ver su cara, vieron cĂłmo Ă©l sonreĂa —esa sonrisa de "sĂ, cariño, estoy trabajando tardes"— mientras yo estaba ahĂ, en mis rodillas, con su pene a medio chupar.
Y entonces pasĂł lo inevitable.
Al apartarme, al intentar hablar, al querer gritarle "¿quién es tu amor, hijo de puta?", mi movimiento brusco coincidió con su propio movimiento instintivo, y un chorro de semen caliente me pegó directamente en el ojo izquierdo.

El dolor fue instantáneo. No el dolor fĂsico —aunque ardĂa— sino el dolor existencial de estar ciega de un ojo por el semen de un hombre casado mientras Ă©l hablaba con su esposa sobre la cena.
Me levantĂ© tambaleándome, ciega, buscando algo, anything, para limpiarme. UsĂ© mi propia mano, esparciendo el lĂquido viscoso por mi mejilla, mi nariz, mi ceja. DebĂ parecer una pintura abstracta de la humillaciĂłn.
MartĂnez cortĂł la llamada. Finalmente. Me mirĂł —realmente me miró— y su expresiĂłn no fue de preocupaciĂłn. Fue de... Âżfastidio?
—Lu, por favor —dijo, como si yo fuera el problema—. No hagas escándalo.
—¿Escándalo? —mi voz saliĂł aguda, histĂ©rica—. ÂżQuiĂ©n es "amor", MartĂnez? ÂżQuiĂ©n te llama "amor" mientras yo te chupo el pene?
Se ajustó los pantalones con esa eficiencia de quien está acostumbrado a vestirse rápido después del pecado. Suspiró. Esa clase de suspiro que los hombres hacen cuando creen que las mujeres estamos exagerando.
—Tengo esposa —dijo, como si fuera una novedad—. Cecilia. Llevamos ocho años casados. Queremos tener un hijo.
—¿Y? —escupĂ, todavĂa limpiándome la cara, todavĂa sintiendo su semen secándose en mi piel—. ÂżPor quĂ© me chupas a mĂ? ÂżPor quĂ© me pides que me quede despuĂ©s de clase?
Se quedĂł callado. Por primera vez, pareciĂł avergonzado. No de lo que habĂa hecho, sino de tener que explicarlo.
—Con ella no se me para —dijo, finalmente, mirando al piso sucio del baño—. No... no logro llegar al clĂmax. No como contigo. TĂş eres... diferente.
"Diferente". Esa palabra. Esa maldita palabra que usan para justificar todo. No me amaba. No me respetaba. Solo mi boca funcionaba mejor que la de su esposa.
Me fui. Sin decir nada más. Con su semen todavĂa en mi ceja, con mis rodillas doloridas, con mi dignidad hecha pedazos en el piso de un baño universitario.
Pero mientras caminaba hacia la salida, con el frĂo de la noche golpeando mi rostro humillado, sentĂ algo más fuerte que la vergĂĽenza: la rabia.
Y la rabia, corazĂłn, es el mejor combustible para la venganza.
đź’‹ CAPĂŤTULO II: La Alianza Improbable
Tres dĂas despuĂ©s, le propuse hacer un video.
MartĂnez, ese hombre estĂşpido y arrogante, aceptĂł sin dudar. Claro que aceptĂł. Su ego no le permitĂa imaginar que yo pudiera tener motivos ocultos. En su cabecita, yo era simplemente una estudiante enamorada, o al menos obsesionada, dispuesta a cualquier cosa por su atenciĂłn.
El video era simple: Ă©l me comerĂa el coño. Un cunnilingus. Finalmente, despuĂ©s de meses de yo dando y Ă©l recibiendo, le tocarĂa servir.
Lo hicimos en su oficina, de noche, con la puerta cerrada. Yo estaba arriba de su escritorio, con las piernas abiertas, mi vagina expuesta a la cámara de mi celular que habĂa posicionado estratĂ©gicamente. MartĂnez estaba abajo, entre mis piernas, su lengua trabajando con esa dedicaciĂłn de quien sabe que está siendo filmado y quiere quedar bien.


Mientras gemĂa —fingiendo más de lo que sentĂa, porque la verdad es que su tĂ©cnica era mediocre— yo alcanzaba su celular, que descansaba en el escritorio junto a su cabeza. Lo desbloqueĂ©. BusquĂ© WhatsApp. EncontrĂ© "Cecilia ❤️". Y le enviĂ© el contacto.
Luego borrĂ© el mensaje. Solo de su pantalla. El mĂo lo conservaba.
Esa noche, desde mi departamento, le escribĂ a Cecilia.
"Hola. Soy Lu. La estudiante con la que tu marido mea el piso del baño de la facultad. Tenemos que hablar."
La respuesta llegĂł a los cinco minutos: "Puta mentirosa. Bloqueada."
Pero yo estaba preparada. TenĂa fotos. Muchas. De perfil, con su pene en mi boca, mostrando claramente su cara de placer. Desde abajo, viendo cĂłmo me miraba mientras chupaba. Con la boca llena de su semen, sonriendo a la cámara.
Se las envié. Una por una.




El teléfono explotó. Mensajes de voz de Cecilia llorando, gritando, pidiendo detalles. Dónde, cuándo, por qué. Yo le conté todo. El acuerdo tácito, los baños, las notas, el "amor" que escuché esa tarde.
Y entonces, algo inesperado pasĂł.
Cecilia me escribiĂł: "Quiero verte. En persona. Necesito saber si eres real."
Quedamos en un jardĂn pĂşblico, lejos de la facultad, lejos de su casa. Cuando la vi, me sorprendiĂł. No era la esposa traicionada de los dramas. Era una mujer de treinta y tantos, pelo castaño, ojos cansados, con una energĂa de "he aguantado demasiado".
—Es más joven de lo que pensĂ© —dijo, sentándose frente a mĂ.
—Es más viejo de lo que aparenta —respondĂ.
Nos miramos. Y de repente, sin razĂłn lĂłgica, ambas nos reĂmos. Una risa amarga, de complicidad, de "quĂ© hijo de puta".
—Quiero divorciarme —dijo Cecilia—. Pero quiero que sufra primero.
—Yo quiero que sepa que no soy su juguete —dije yo.
—Es un animal de costumbres —dijo ella, pensativa—. Todos los jueves va a la misma heladerĂa. Se sienta en la misma mesa. Pide el mismo sabor: dulce de leche granizado.
Nos miramos. Y en esa mirada, sin decirlo en voz alta, naciĂł el plan.
đź’‹ CAPĂŤTULO III: La HeladerĂa del Infierno
El jueves siguiente, a las 19:30, Cecilia y yo entramos a "Grido", la heladerĂa de la esquina de la facultad.
MartĂnez estaba ahĂ. En su mesa. Comiendo su dulce de leche granizado, revisando papeles de la facultad, inconsciente del mundo.
Nos vio entrar juntas.
Su cara... corazón, su cara fue un poema. Primero confusión. Luego reconocimiento. Luego pánico puro, absoluto, animal.
Se levantó tan rápido que tiró el helado. Corrió hacia el fondo, hacia los baños, y se encerró con llave.
Cecilia y yo nos miramos. Y nos reĂmos. Una risa fuerte, liberadora, de mujeres que finalmente tenĂan el poder.
—Vamos —dije.
Corrimos hacia el baño. Él estaba adentro, jadeando, probablemente pensando en escapar por la ventana imposiblemente pequeña.
—¡Sal, cobarde! —gritó Cecilia, golpeando la puerta.
—¡Llámame cuando tu mujer te deje chuparla, MartĂnez! —gritĂ© yo, pateando la madera.
Y entonces hicimos lo inevitable. Agarramos una silla de metal —una de esas incĂłmodas que ponen en las heladerĂas— y la trabamos contra la puerta del baño, encajándola bajo el picaporte. Jurassic Park. El profesor atrapado en el baño de una heladerĂa, con su ex amante y su esposa furiosas afuera.
—¡Están locas! —gritaba Ă©l desde adentro—. ¡Salgan de mi heladerĂa!
—¡Tu heladerĂa! —escupiĂł Cecilia—. ¡Ni siquiera es tuya, pelotudo!
Fue entonces cuando apareciĂł ella.
La empleada. Una chica de veintitantos, pelo teñido de rubio mal hecho, ojeras de turno de tarde, uniforme de poliéster azul con el logo de "Grido" descolorido. Salió de la cocina con una espátula de helado en la mano, viendo la escena: dos mujeres elegantes —yo en jean y remera negra, Cecilia en vestido de oficina— barricando el baño con una silla.
—¿Qué... qué hacen? —tartamudeó la empleada—. ¿Por qué traban el baño?
—Este señor nos debe plata —mentĂ, rápida—. Es una deuda vieja.

—Pero... pero si rompen algo me lo descuentan del sueldo —dijo la empleada, y su voz tembló genuinamente. Ese miedo al descuento, corazón, es el miedo más argentino que existe.
Cecilia y yo nos miramos. Y algo pasó. Algo en la mirada de la empleada —no era solo miedo, era curiosidad, era el brillo de quien está aburrida de su trabajo y ve una posibilidad de caos— hizo que ambas sonriéramos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—...Marisol —respondió.
—Marisol —dije, acercándome—. No vamos a romper nada. Pero necesitamos que cierres la tienda por diez minutos.
—¿Cerrar? Pero si cierro me despiden...
—No cerrarás oficialmente —interrumpió Cecilia, con una voz autoritaria que seguramente usaba en su trabajo de administrativa—. Solo... no atenderás. Deja el cartel de "vuelvo en cinco minutos". Y ven con nosotras.
Marisol nos mirĂł. Nos mirĂł a la puerta del baño, donde MartĂnez seguĂa gritando. Y algo en ella —quizás el aburrimiento, quizás la envidia de ver a dos mujeres haciendo lo que ella nunca se atrevió— hizo que asintiera.
Fue a la puerta. GirĂł el cartel. CorriĂł las cortinas de metal hasta la mitad, dejando la heladerĂa en penumbra.
Y cuando volviĂł, yo estaba ahĂ, muy cerca, oliendo su perfume a jabĂłn barato y helado de vainilla.
—Gracias —susurré.
Y la besé.

No fue un beso de romance. Fue un beso de guerra. De "estamos juntas en esto". De "el enemigo de mi enemigo es mi amante provisional". Marisol respondiĂł despuĂ©s de dos segundos de shock, y luego respondiĂł bien, apretando su cuerpo contra el mĂo, dejando caer la espátula de helado al piso con un ruido metálico.
Cecilia nos observaba, y vi cómo su mano bajaba a su propia entrepierna, rozándose sobre la tela del vestido.



—Ven —dije a Marisol, rompiendo el beso—. Ven acá.
La llevé hacia el mostrador de helados. La senté en el borde. Y me arrodillé.
—¿Qué... qué haces? —jadeó Marisol.
—Cobrando mi deuda —respondĂ, y le bajĂ© los pantalones del uniforme.
No llevaba bragas. Una chica que trabaja de pie ocho horas no usa bragas con poliĂ©ster. Su vagina estaba hĂşmeda —ya estaba excitada, corazĂłn, desde que vio el caos— y olĂa a jabĂłn, a sudor honesto, a mujer trabajadora.

MetĂ la lengua sin preámbulos. Marisol gritĂł. Un grito que seguramente escuchĂł MartĂnez en su baño de cristal, porque dejĂł de golpear la puerta por un segundo, confundido.

—¡Más fuerte! —gritĂł Marisol, y sus manos agarraron mi pelo, y sus piernas se abrieron más—. ¡Dios, sĂ, asĂ!
Era una puerca de primera, como dijiste. En cinco minutos, estaba desgarrando mi remera negra, rompiendo mis leggings con sus uñas —sĂ, rompiĂ©ndolos, haciendo un agujero justo para acceder— y metiendo su cara en mi vagina mientras yo seguĂa chupándola a ella.


Cecilia no se quedó atrás. Se acercó, se subió al mostrador, y se sentó en el borde, abriendo las piernas frente a nosotras.
—A mà también —ordenó, y su voz era la de una mujer que después de ocho años de matrimonio mediocre finalmente reclamaba su placer.
Marisol y yo nos alternamos. Yo chupaba a Cecilia, Marisol me chupaba a mĂ, luego cambiábamos. El helado se derretĂa en los envases cercanos, y en algĂşn momento, Cecilia agarrĂł una bocha de chocolate con la mano y la pasĂł por sus pechos.
—LĂmpienme —ordenĂł.

Lo hicimos. Marisol y yo, juntas, lamiendo el chocolate derretido de los pechos de Cecilia, mientras ella gemĂa mirando al techo, mientras sus manos agarraban nuestras cabezas y nos presionaban contra su piel.






Y entonces vino lo mejor.
Cecilia agarrĂł una bocha de dulce de leche —el sabor favorito de MartĂnez, ese hijo de puta— y la pasĂł por su vagina. La crema del cielo, decĂan en los avisos. Pero en ese momento era crema de vagina, de excitaciĂłn, de venganza.

—Come —me ordenó—. Come el helado que mi marido nunca me compró.
Y me inclinĂ©. Y lamĂ. El dulce de leche mezclado con su humedad, con su rabia, con su liberaciĂłn. Era el sabor más dulce y amargo que habĂa probado.

Marisol, no queriendo quedarse atrás, agarrĂł una bocha de frutilla y hizo lo mismo conmigo. Y asĂ estuvimos, las tres, cubiertas de helado derretido, lamiĂ©ndonos unas a otras, gimiendo, riendo, mientras afuera, en el baño, MartĂnez escuchaba todo.
Escuchaba los gemidos de su esposa, que Ă©l nunca pudo provocar. Escuchaba a su ex amante chupando a una desconocida. Escuchaba la fiesta que se daba en su heladerĂa favorita, sin Ă©l, por culpa de Ă©l.
đź’‹ CAPĂŤTULO IV: El Final Congelado
La seguridad del municipio llegó veinte minutos después.
No llamaron la policĂa —no habĂa delito visible— solo dos tipos con chalecos reflectantes que tocaban la puerta de la heladerĂa cerrada.
—¿Qué pasa ah� —gritó uno.
Nos separamos. Cecilia, Marisol y yo, mirándonos, cubiertas de helado, despeinadas, con la ropa rota, con las caras brillantes por los fluidos de todas.
—Nada —respondiĂł Cecilia, bajando del mostrador con una elegancia que no se correspondĂa con su apariencia—. Solo estábamos probando el producto.
—La puerta estaba cerrada —dijo el guardia, confundido.
—Cerrada para el público —intervino Marisol, improvisando—. Reunión de personal.
Nos vestimos a toda prisa. Bueno, nos cubrimos como pudimos. Yo con los leggings rotos, Cecilia con el vestido manchado de chocolate, Marisol con el uniforme desabrochado.
Y antes de irnos, hicimos lo Ăşltimo.
Liberamos a MartĂnez.
Quitamos la silla. Abrimos la puerta del baño.
Él salió como un animal acorralado, despeinado, con los ojos rojos, oliendo seguramente a sexo en el aire, viendo el desastre: helado derretido en el mostrador, sillas movidas, cortinas corridas, y nosotras tres, juntas, sonriendo.
—Ellas... —empezó a decir a los guardias—. Ellas me encerraron... me hicieron... me obligaron...
Pero no habĂa pruebas. No habĂa video. Las cámaras de seguridad de "Grido" no funcionaban desde hacĂa meses —Marisol nos lo habĂa dicho mientras nos vestĂamos, entre risas—.
Y cuando los guardias preguntaron a Marisol quĂ© pasaba, ella —mi puerca de primera, mi heroĂna— dijo:
—Este señor entrĂł al baño y no querĂa salir. DecĂa que le Ăbamos a robar el helado. Cuando salimos a llamar ayuda, se encerrĂł solo. Creo que está... enfermo.
MartĂnez fue declarado "autor de hurto de helado" —porque habĂa comido su dulce de leche sin pagar antes de correr al baño— y se le prohibiĂł la entrada al local.
Marisol renunciĂł dos dĂas despuĂ©s. "Para evitar el despido justificado", dijo, aunque en realidad fue porque Cecilia y yo le propusimos algo mejor: un trĂo permanente, en un departamento que pagarĂamos entre las tres, donde ella podĂa estudiar de noche y nosotras podĂamos vengarnos de otros hombres infieles.
Nunca supimos quĂ© fue de MartĂnez. EscuchĂ© que Cecilia se divorciĂł, se quedĂł con la casa, y que Ă©l tuvo que mudarse con su madre.
Y yo, corazĂłn, saquĂ© un 10 en DeontologĂa Profesional.
Porque al final, aprendà la lección más importante: la ética es subjetiva, pero el placer de la venganza es absoluto.
FIN. đź’‹
0 comentarios - Querida Nare: Cornudas Heladas 🍦👄