Esa misma semana decidí ponerle fin al juego. Fui a buscar a Juan de frente a nuestro apartamento para cortar las cosas en persona. Tenía que soltarle la bomba antes de empacar mis maletas.
—Juan, tenemos que hablar. Me voy a vivir definitivamente con Ernesto —le dije, mirándolo a los ojos.
—¿En serio, Daniela? —respondió Juan, soltando una risita cínica mientras se cruzaba de brazos—. ¿Ya coronaste al viejito del todo?
—Sí, pero no es solo eso... estoy embarazada, Juan.
—¿Cómo así? ¿En serio? —preguntó Juan, cambiando el tono de un golpe, sorprendido.
—Sí, en serio. Y tú y yo sabemos de sobra de quién es, porque desde que arrancamos este show de la cámara tú y yo no hemos vuelto a tirar —le aclaré firmemente.
A Juan le brillaron los ojos. Se le notaba en la cara el morbo brutal que le producía saber que el "santo" de la cuadra me había dejado preñada.
—¡Uf, qué chimba! —dijo Juan, echándose a reír—. Pues hágale, Daniela, váyase a vivir con él. De todas maneras yo no me iba a poner a criar un chino ajeno. Nos gozamos el show mientras duró.
Antes de cerrar esa puerta para siempre, el morbo del momento nos ganó a los dos. Nos pegamos una última follada salvaje, rápida y sin rodeos ahí mismo sobre el sofá, como una despedida a todo el juego que habíamos armado antes de que yo cruzara la calle para siempre.








Para celebrar mi mudanza oficial a la casa de al lado, le tenía preparada a Ernesto una bienvenida inolvidable. Cuando el viejo llegó de trabajar y entró al cuarto, me encontró esperándolo de pie junto a la cama, vistiendo únicamente un elegante abrigo de piel que su exesposa había dejado olvidado en el clóset.

Ernesto se quedó helado en la puerta, mirándome sin poder reaccionar. Me acerqué despacio, lo tomé de la corbata y dejé caer el abrigo al piso de un solo golpe, dejándole ver un conjunto de lencería roja
—Ahora sí, Ernesto... esta casa y esta cama son completamente mías —le susurré al oído.
—Eres una tentación, Daniela... eres todo lo que siempre soñé —me contestó Ernesto con la voz temblorosa de la excitación.
El viejo perdió la cabeza. Me agarró por las caderas y me tiró de espaldas a la cama. Me rompió la lencería a un lado y se metió en mí con un impulso salvaje. Fue una follada deliciosa , dura y sin afán, en la misma habitación que antes olía a matrimonio fracasado. Cuando terminó, se reventó completo adentro mío, sellando nuestra nueva vida.


A los meses nació nuestro primer hijo. Ernesto estaba que no se cambiaba por nadie; al viejo se le salían las lágrimas de la emoción creyendo que era el hombre más afortunado del mundo. Nos casamos por lo civil, nos fuimos a una casa más grande y hoy en día soy la esposa "devota" de un hombre que me llena de lujos, me consiente y me ama con locura. Ernesto vive convencido de que me conquistó con su astucia, sin sospechar que siempre fue el pez que cayó en la red.
Pero la verdad es una sola: lo perra a una no se le quita nunca. Con el pasar de los años, a Don Ernesto lo que le ha llovido es cacho. Cuando la rutina me aburre o el morbo me pide calle, me escapo a solas a verme con Juan. Nos metemos a cualquier motel y nos pegamos unas culiadas brutales recordando cómo empezó todo.
Por eso, hoy que miro a mi segundo hijo, me río para mis adentros. Ernesto lo abraza orgulloso haciéndose la ilusión de que es su viva imagen, pero la verdad es que ese chino no tiene nada de él... tiene los mismos ojos de Juan.
Este final no habría sido el mismo sin el aporte de @david1000. Gracias a su idea
—Juan, tenemos que hablar. Me voy a vivir definitivamente con Ernesto —le dije, mirándolo a los ojos.
—¿En serio, Daniela? —respondió Juan, soltando una risita cínica mientras se cruzaba de brazos—. ¿Ya coronaste al viejito del todo?
—Sí, pero no es solo eso... estoy embarazada, Juan.
—¿Cómo así? ¿En serio? —preguntó Juan, cambiando el tono de un golpe, sorprendido.
—Sí, en serio. Y tú y yo sabemos de sobra de quién es, porque desde que arrancamos este show de la cámara tú y yo no hemos vuelto a tirar —le aclaré firmemente.
A Juan le brillaron los ojos. Se le notaba en la cara el morbo brutal que le producía saber que el "santo" de la cuadra me había dejado preñada.
—¡Uf, qué chimba! —dijo Juan, echándose a reír—. Pues hágale, Daniela, váyase a vivir con él. De todas maneras yo no me iba a poner a criar un chino ajeno. Nos gozamos el show mientras duró.
Antes de cerrar esa puerta para siempre, el morbo del momento nos ganó a los dos. Nos pegamos una última follada salvaje, rápida y sin rodeos ahí mismo sobre el sofá, como una despedida a todo el juego que habíamos armado antes de que yo cruzara la calle para siempre.








Para celebrar mi mudanza oficial a la casa de al lado, le tenía preparada a Ernesto una bienvenida inolvidable. Cuando el viejo llegó de trabajar y entró al cuarto, me encontró esperándolo de pie junto a la cama, vistiendo únicamente un elegante abrigo de piel que su exesposa había dejado olvidado en el clóset.

Ernesto se quedó helado en la puerta, mirándome sin poder reaccionar. Me acerqué despacio, lo tomé de la corbata y dejé caer el abrigo al piso de un solo golpe, dejándole ver un conjunto de lencería roja
—Ahora sí, Ernesto... esta casa y esta cama son completamente mías —le susurré al oído.
—Eres una tentación, Daniela... eres todo lo que siempre soñé —me contestó Ernesto con la voz temblorosa de la excitación.
El viejo perdió la cabeza. Me agarró por las caderas y me tiró de espaldas a la cama. Me rompió la lencería a un lado y se metió en mí con un impulso salvaje. Fue una follada deliciosa , dura y sin afán, en la misma habitación que antes olía a matrimonio fracasado. Cuando terminó, se reventó completo adentro mío, sellando nuestra nueva vida.


A los meses nació nuestro primer hijo. Ernesto estaba que no se cambiaba por nadie; al viejo se le salían las lágrimas de la emoción creyendo que era el hombre más afortunado del mundo. Nos casamos por lo civil, nos fuimos a una casa más grande y hoy en día soy la esposa "devota" de un hombre que me llena de lujos, me consiente y me ama con locura. Ernesto vive convencido de que me conquistó con su astucia, sin sospechar que siempre fue el pez que cayó en la red.
Pero la verdad es una sola: lo perra a una no se le quita nunca. Con el pasar de los años, a Don Ernesto lo que le ha llovido es cacho. Cuando la rutina me aburre o el morbo me pide calle, me escapo a solas a verme con Juan. Nos metemos a cualquier motel y nos pegamos unas culiadas brutales recordando cómo empezó todo.
Por eso, hoy que miro a mi segundo hijo, me río para mis adentros. Ernesto lo abraza orgulloso haciéndose la ilusión de que es su viva imagen, pero la verdad es que ese chino no tiene nada de él... tiene los mismos ojos de Juan.
Este final no habría sido el mismo sin el aporte de @david1000. Gracias a su idea
0 comentarios - Tentando al vecino serio 6 fin