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España Gana, Mi Hermana Pierde

Hola, me llamo Emiliano. Actualmente tengo 20 años y vivo en un departamento con mi hermana Sara ya que ella trabaja en la misma ciudad en la que yo entré a la universidad. Nuestra relación es buena, como la de cualquier hermano y hermana. Mi hermana Sara tiene 24 años y es una mujer espectacular. Tiene un cuerpo que quita el aliento: tetas grandes y firmes que siempre se le marcan debajo de la ropa, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo y jugoso que llama la atención con cada paso. Su piel es bronceada, tiene tatuajes sexys en el cuerpo y una cara preciosa con labios carnosos y ojos que vuelven loco a cualquiera.
España Gana, Mi Hermana Pierde


Sé que ella tiene una vida sexual bastante activa. Cada fin de semana, cuando vuelve del trabajo por la madrugada, llega con un chico al departamento. Ella cree que yo estoy dormido, pero no lo estoy. Al principio era incómodo escuchar cómo la follaban, pero después esos gemidos fuertes y desesperados que soltaba mientras la cogían se volvieron algo muy excitante para mí. Hasta el punto que empecé a desear a mi propia hermana.
...

El día domingo, como estaba planeado, era el partido de España vs Argentina, la final del Mundial de fútbol. Yo apoyaba a España, lo había apoyado desde hacía tiempo y tenía fé en que ganarían ese partido. Una media hora antes del partido preparé algunas cervezas, botana y me senté en el sofá de la sala, expectante a que empezara el partido.

Faltando escasos 10 minutos entró mi hermana usando una playera de la selección de Argentina que le quedaba ridículamente ajustada. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sus tetas grandes y redondas, con los pezones ligeramente visibles bajo la camiseta. El corte corto dejaba al descubierto su vientre plano y el piercing que brillaba en su ombligo. Abajo llevaba unos shorts blancos cortísimos que apenas le tapaban la mitad del culo, dejando ver sus piernas gruesas y su culazo firme.
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—Hola, Emi —saludó con una sonrisa arrogante, cerrando la puerta detrás de ella.

—Hola, Sara —respondí, sin poder evitar que mis ojos recorrieran su cuerpo de arriba abajo.

Ella se acercó al sofá, moviendo las caderas más de lo necesario.

—¿Ya estás listo para ver cómo tu España se come el piso? —preguntó riéndose mientras agarraba una cerveza.

—Sí, ya estoy listo —contesté tranquilo—. Aunque dudo que pase lo que tú dices.

Sara soltó una carcajada y se dejó caer en el sofá a mi lado, cruzando las piernas de forma que los shorts se le subieron todavía más.

—Ay, por favor, Argentina es mucho mejor. Tenemos jugadores que son unos dioses, sobre todo uno que está guapísimo… ¿viste qué cara tiene? España no tiene nada que hacer. Vamos a ganar fácil, ya vas a ver.

Me mordí la lengua. Hablaba puras cosas sin relación al futbol, claramente no sabía nada de fútbol, solo repetía lo que veía en TikTok. Pero no dije nada. En cambio, vi la oportunidad perfecta.

—O sea que estás muy segura… —comenté.

—Obvio. Estoy tan segura que aposté 1,000 dólares a que gana Argentina —dijo con orgullo, inflando el pecho y haciendo que sus tetas se movieran dentro de la camiseta.

Me sorprendió el monto, pero no lo demostré. En cambio, sonreí por dentro. Esta era la oportunidad única que estaba esperando.

—Entonces, ¿por qué no hacemos una apuesta entre nosotros? —propuse—. Si gana Argentina, yo hago todo lo que tú me pidas por una semana entera. Y si gana España… es al revés. Tú haces todo lo que yo te diga por una semana.

Sara me miró un segundo, sorprendida, pero enseguida soltó una risa confiada.

—Trato hecho. Prepárate para perder y para hacer todo el aseo del departamento durante una semana —dijo con sorna, extendiendo la mano.

Estrechamos la mano. Su piel estaba caliente. El partido estaba por empezar.

El partido empezó. Las jugadas iban y venían. Durante todo el primer tiempo España parecía estar dominando el encuentro, con más posesión y llegadas claras, aunque todavía no caía el gol. Mi hermana se encontraba cada vez más nerviosa en el sofá. Se movía inquieta, mordiéndose el labio y refunfuñando cada vez que España atacaba.

—A ver, estupidos, ¿Qué les pasa? ¡Defiendan! —gruñía, con las tetas subiendo y bajando agitadas dentro de su camiseta cada vez que se alteraba.

Aun así, se alegró cuando estaba por terminar el tiempo reglamentario. Pero eso duró poco: una tarjeta roja expulsó a un jugador clave de Argentina. Sara explotó.

—¡Hijos de puta! ¡Eso fue falta anormal! ¡El árbitro está comprado! ¡No puede ser, puta madre! —gritaba, roja del enojo, golpeando el almohadón del sofá. Su culo se movía de un lado a otro mientras se quejaba.

Yo también estaba nervioso. Quería que ganara España y, sobre todo, quería ganar la apuesta. Empezó el tiempo extra y parecía que el partido se iba a ir a penales, empatados a cero. Sara respiraba agitada, con las piernas cruzadas y los puños apretados.

Fue al inicio del segundo tiempo extra. En una jugada bastante temeraria, España metió el primer gol. Me levanté del sofá como un loco y celebré, gritando y saltando.

—¡Sí, carajo! ¡Vamos!

Mi hermana solo podía ver con impotencia cómo su equipo, en el que había confiado tanto, estaba a minutos de perder. Se quedó callada, con la mirada fija en la tele y la cara descompuesta.

El partido siguió tenso durante los últimos minutos. Tanto ella como yo estábamos muy nerviosos. Cada segundo parecía eterno. Hasta que finalmente sonó el pitazo final: victoria de España 1-0.

Aplaudí fuerte y celebré con todo. Luego volteé a ver a mi hermana. Ella estaba hundida en el sofá, con los brazos cruzados debajo de sus tetas, empujándolas hacia arriba.

—Al parecer Argentina no era tan bueno… —dije con una sonrisa satisfecha.

Sara se quedó callada unos segundos, claramente molesta. Hizo un puchero con esos labios carnosos y, con voz baja y resignada, murmuró:

—Está bien… Tú ganas. A partir de hoy y hasta dentro de una semana tengo que hacer todo lo que tú me digas… ¿Con qué quieres empezar?

Sonreí aliviado. Había ganado. La adrenalina y la excitación me recorrían el cuerpo entero. Me quité mi playera de España frente a ella y le dije:

—Bueno, empecemos. Quitándote esa fea playera y poniéndote una de un equipo de verdad.

Le ofrecí mi camiseta roja de España. Sara me miró con cara de fastidio.

—Bueno, me voy a cambiar… —dijo, empezando a levantarse.

—No —la interrumpí—. Cámbiate enfrente de mí.

Ella se sonrojó al instante, abriendo mucho los ojos.

—Es que… no estoy usando bra —murmuró avergonzada.

—No importa —respondí firme—. Ahora quiero que te cambies enfrente de mí.

Sara murmuró por lo bajo:

—Pervertido…

Pero obedeció. Con las mejillas rojas, agarró el borde de su camiseta de Argentina y empezó a quitársela lentamente. Cuando la tela pasó por encima de sus tetas, estas saltaron libres, pesadas y perfectas.

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Eran unas tetas hermosas: grandes, redondas y firmes, con una forma natural que se movían con cada movimiento. Sus pezones eran medianos y se pusieron duros al instante por la fricción del aire y la vergüenza. Tenía unos tatuajes que bajaban por su pecho y le daban un toque todavía más puta. Eran exactamente como me las había imaginado tantas noches mientras la escuchaba gemir.

—No me veas tanto… —dijo con voz baja, intentando taparse un poco con el brazo.

Pero era imposible. No podía dejar de mirar ese par de tetas con las que había fantaseado tanto tiempo. Finalmente se quitó del todo la camiseta argentina y se puso la mía de España. Le quedaba grande, pero la tela se le pegaba a las tetas mojadas de sudor, marcando claramente sus pezones duros.

—Tienes unas tetas preciosas —le dije sin filtro, mirándola con deseo.

Ella se sonrojó todavía más, pero con ese tono altanero que tenía, me respondió:

—Míralas bien porque nunca las vas a volver a ver.

Y para provocarme, se levantó la playera de España con una mano, dejándome ver de nuevo sus tetas completas, pesadas y con los pezones bien parados.

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Me puse nervioso al instante. Ver las tetas desnudas de mi hermana tan cerca, tan perfectas y con los pezones duros, hizo que se me secara la boca y que mi verga se me empezara a poner dura dentro del pantalón. Tragué saliva y traté de disimular.

—Ve a la cocina —le ordené con voz ronca—. Cocina algo y limpia todo después.

Sara me miró con fastidio, pero sabía que tenía que obedecer.

—Está bien… —refunfuñó.

Se fue hacia la cocina, aunque desde el living se veía casi todo. Mientras ella lavaba los trastes de espaldas a mí, yo suspiré y me acomodé la erección que ya se marcaba claramente en mi pantalón. La verga me palpitaba. Decidí llevar las cosas aún más al límite.

Me levanté y fui hasta la cocina. Sara estaba lavando, inclinada sobre la pileta, con la camiseta de España apenas tapándole el culo.

—Sabes cómo le dicen al equipo español, ¿no? —le pregunté.

Ella respondió molesta, sin mirarme:

—El equipo paella…

Me reí.

—Jajá, no. Le dicen “La Furia Roja”. ¿Qué tal si haces honor a ese nombre y te cambias de ropa? Estaba pensando… no sé, tal vez lencería roja.

Sara se quedó inmóvil. Dejó de lavar los trastes y se quedó pensando unos segundos, procesando lo que le acababa de pedir. Finalmente, sin mirarme a la cara, murmuró:

—Si es lo que quieres… tengo que obedecer. Te recuerdo que perdí la apuesta.

Dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. Hasta que escuché su voz llamándome desde la puerta de su cuarto:

—Emiliano… ya estoy lista.

Entré y ahí estaba ella.

Sara llevaba un conjunto de dos piezas rojo, nuevo y provocador. El corpiño era un push-up de encaje semitransparente que le levantaba las tetas de forma escandalosa, dejando ver el contorno de sus pezones oscuros a través de la tela. La tanga roja era mínima, apenas un triángulo de encaje que se perdía entre sus nalgas grandes y redondas, con tiras finas que se clavaban en sus caderas. El conjunto contrastaba perfecto con su piel bronceada y sus tatuajes.

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Se veía increíblemente puta y sexy.

—Qué buena estás… —dije sin poder ocultar la excitación en mi voz, recorriéndola de arriba abajo con la mirada.

Sara se sonrojó, pero intentó mantener un poco de orgullo.

—Este conjunto es nuevo… —dijo, girando un poco para que lo viera mejor—. Así que será mejor que lo aproveches… para no habérmelo puesto en vano.

—Entonces hagamos que valga la pena —le dije con la voz cargada de deseo.

En un acto pasional, me desabroché el pantalón, me lo bajé junto con el bóxer de un tirón y liberé mi verga. Ya estaba completamente dura, gruesa y palpitando, apuntando hacia ella.

Sara abrió los ojos con sorpresa y una sonrisa pícara se dibujó en su cara.

—Wow, hermanito… qué bien escondido te lo tenías —murmuró mirando mi pija con hambre—. Ven, te voy a ayudar con eso.

Me llamó con el dedo. Me acerqué con el corazón latiendo fuerte. Cuando sentí su mano suave envolviendo el tronco de mi gruesa verga, di un respingo. Empezó a masturbarme despacio, apretando justo como me gustaba.

—Joder… —gemí sin poder evitarlo.

Después de unos segundos, Sara se acomodó mejor de rodillas frente a mí, con mi verga justo delante de su cara. Me miró desde abajo con ojos de puta y abrió la boca.

Empezó a chupármela con ganas. Primero lamió toda la cabeza, dejando hilos gruesos de saliva, y luego se la metió hasta la mitad. La boca de mi hermana estaba caliente y mojada. Chupaba con fuerza, haciendo ruidos obscenos mientras movía la cabeza de adelante hacia atrás.

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—Gghh… gluck… gluck —sonaban las arcadas cada vez que intentaba metérsela más profundo.

Saliva le caía por la barbilla, chorreando sobre sus tetas. Me miraba con los ojos llorosos mientras me la mamaba como una verdadera zorra.

—Qué rica verga tienes, hermanito… —dijo sacándosela un segundo, jadeando y escupiendo saliva sobre mi verga—. Está tan gruesa… me llena toda la boca.

Volvió a metérsela, esta vez más profundo. Empezó a hacer arcadas fuertes, con la garganta contrayéndose alrededor de mi glande. Lágrimas le corrían por las mejillas, pero no paraba. Me chupaba con saliva espesa, moviendo la lengua alrededor del tronco mientras me apretaba las bolas con una mano.
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—Así, Sara… mámame la verga, putita —gemí, agarrándola del pelo.

Ella sacó la verga un momento, toda baboseada, y me miró con una sonrisa sucia:

—No te corras todavía… quiero que me uses bien.

Se quitó el corpiño rojo y dejó sus tetas grandes al aire, luego se bajó la tanga de un tirón, quedando completamente desnuda frente a mí. Su concha estaba depilada y ya se le veía brillosa de excitación.

—Recuerda que puedo hacer todo lo que tú quieras —dijo con voz sensual y me guiñó un ojo.

Ella se acostó en la cama, boca arriba, y abrió sus piernas sin vergüenza. Completamente desnuda, me dejó ver su vagina perfectamente depilada. Sus labios mayores estaban hinchados y rosados, ligeramente abiertos, dejando ver el interior brillante y rosado. Ya estaba escurriendo de fluidos; un hilo espeso de jugos le bajaba por su vagina y le mojaba el culo. Su clítoris estaba hinchado y palpitante, claramente excitada a pesar de la vergüenza inicial.

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Me coloqué encima de ella con lentitud, apoyando mis manos a los lados de su cabeza. Acerqué la cabeza gruesa de mi pene a su entrada y la froté un par de veces entre sus labios mojados, cubriéndola de sus propios fluidos.

—Ahh… —gimió Sara cuando sintió la presión.

Con un movimiento lento pero firme, introduje primero la cabeza de mi pene en su apretado y mojado coño. Estaba caliente, resbaladizo y muy estrecho. Empujé poco a poco, sintiendo cómo sus paredes me apretaban.

—Fuuuuck… hermanito… —gimió ella, arqueando la espalda.

Introduje toda mi verga de una sola vez, llegando hasta el fondo, rozando su útero. Sara soltó un gemido largo y entrecortado, clavándome las uñas en la espalda.

Empecé a bombear dentro de ella. Sacaba casi toda mi verga, brillante de sus jugos, y volvía a metérsela con fuerza hasta el fondo. El sonido de mis testículos golpeando contra su culo mojado llenaba la habitación.
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—Así… ¡ay, mierda! Más fuerte… —gemía Sara sin control, con las tetas saltando con cada embestida—. Métemela toda, Emiliano… rómpeme el coño…

Aumenté el ritmo, follándola con ganas. Su concha estaba empapada, apretándome la verga con cada metida. Ella movía las caderas hacia arriba, pidiendo más como una desesperada.

—No pares… sigue cogiéndome… ¡ahh, sí! Bien profundo…

Seguí bombeando con fuerza dentro de su concha apretada, cada vez más rápido y más profundo. Sara estaba fuera de control: gemía como una puta, con la boca abierta y los ojos en blanco.

—¡Sí, así! ¡No pares, hermanito! ¡Me estás rompiendo toda! —gritaba entre gemidos.

De repente su cuerpo se tensó. Sus paredes vaginales empezaron a contraerse violentamente alrededor de mi verga, apretándome como si quisiera ordeñarme. Sara arqueó la espalda con fuerza, clavándome las uñas en los hombros y soltó un grito largo y gutural:

—¡Me vengo! ¡Me vengo, carajo! ¡Aaaahhh!

Tuvo un orgasmo brutal. Su coño empezó a squirtear, soltando chorros calientes que me mojaron la verga, los huevos y hasta la sábana. Todo su cuerpo temblaba sin control mientras seguía corriéndose, apretándome la verga con espasmos fuertes. Sus tetas se sacudían y su cara era de puro placer.

No aguanté más. Empujé hasta el fondo una última vez, sintiendo cómo mi verga palpitaba dentro de ella.

—Voy a llenarte, Sara… —gruñí.

Con un gemido ronco empecé a correrme. Descargué chorros gruesos y calientes de leche directamente contra su útero. La llené completamente, inyectándole todo mi semen mientras su coño seguía contrayéndose alrededor de mi verga. El creampie era tan abundante que cuando empecé a sacarla lentamente, un hilo espeso de mi leche mezclada con sus jugos le chorreaba del coño abierto, bajando por su culo y manchando la cama.
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Sara respiraba agitada, todavía con las piernas abiertas y mi semen saliendo de su concha recién follada. Mientras seguía enterrado hasta el fondo dentro de ella, con mi verga todavía palpitando y mi semen llenándole el coño, me incliné y la besé. Sara me devolvió el beso con ganas, metiendo su lengua en mi boca mientras sus piernas seguían rodeándome la cintura.

—Mierda, hermanito… —susurró contra mis labios, todavía jadeando—. Hacía mucho que no me sentía así de bien… ya tenía mucho que nadie me cogía de esta forma.

La miré a los ojos, todavía conectado a ella.

—¿Y todos los chicos que traes a casa casi todas las semanas? —le pregunté.

Sara soltó una risita suave y avergonzada, mordiéndose el labio.

—Sabía que no estabas dormido… —dijo riendo—. Escuchaba cuando te masturbabas escuchándome. Pero no… nadie me había hecho sentir así. Ninguno me había llenado tan rico ni me había hecho correrme de esa manera.

Volvimos a besarnos, esta vez más lento y profundo, mientras mi verga seguía semi-dura dentro de su concha llena de leche.

Nos dimos cuenta de que ya era bastante tarde, así que nos levantamos. Sara caminaba con las piernas temblorosas, con mi semen chorreándole por los muslos. Comimos algo rápido en la cocina y volvimos a la habitación.

Esa misma noche tuvimos otra sesión de sexo duro y pasional. La follé en cuatro, agarrándola fuerte de las caderas mientras le metía la verga hasta el fondo. Después la puse contra la pared, levantándole una pierna y cogiéndomela con fuerza mientras le chupaba las tetas. Sara gemía como loca, pidiéndome que no pare y que la llenara de nuevo. Terminamos con ella arriba, cabalgándome salvajemente hasta que se corrió otra vez squirteando y yo le descargué otro creampie profundo.

culonaAgotados, nos quedamos dormidos abrazados, con mi semen todavía dentro de ella y su cabeza apoyada en mi pecho.

Al día siguiente me desperté solo en la cama. Sara ya no estaba a mi lado. Me levanté, me puse un bóxer y salí de la habitación. Al llegar a la cocina me quedé congelado.

Ahí estaba ella, vestida como la puta más provocadora del mundo. Llevaba un conjunto negro de sirvienta sexy: un corpiño negro que apenas le sostenía las tetas grandes y redondas, casi a punto de salirse, y una micro falda negra con volados de encaje blanco que apenas le tapaba la mitad del culo. Por debajo no llevaba nada. Cada vez que se movía se le veía entero el culo redondo, firme y bronceado, y hasta un poco de su concha rosada. El encaje blanco contrastaba con su piel bronceada y sus tatuajes, dándole un aspecto increíblemente guarro y delicioso.

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Me acerqué por detrás en silencio, le di una fuerte nalgada que resonó en la cocina y luego la agarré de la cintura, pegándola contra mí.

—Mierda, Sara… ¿por qué estás vestida así? —le pregunté mordiéndole el cuello.

Ella soltó un gemidito y se frotó el culo contra mi verga, que ya estaba dura.

—Quiero tomar la iniciativa —dijo con voz juguetona y sensual—. Ya que perdí la apuesta, quiero ser tu puta personal durante toda la semana… y más allá si quieres. Puedes usarme cuando quieras, donde quieras y como quieras.

Me miró por encima del hombro con una sonrisa bien puta y añadió:

—Soy toda tuya, hermanito.

Ese día la cogí como un animal: en la cocina, en el sillón, contra la ventana y en la ducha. Y desde ese día no hemos parado de tener sexo. Cada mañana, cada tarde y cada noche la uso como mi puta personal, llenándola de leche una y otra vez. Y nunca vamos a parar.

...

FIN

2 comentarios - España Gana, Mi Hermana Pierde

megak_0
seguiras con la saga d ela puta del rancho?