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El. Nuevo vecino 2

El paquete llegó en una caja discreta, pero su contenido era todo menos modesto. Delia lo abrió con manos temblorosas en su apartamento, y cuando desenrolló el envoltorio de burbujas, su boca se secó. Treinta centímetros de silicona negra, gruesa como su muñeca, con venas prominentes que recorrían su longitud imposible y una cabeza bulbosa que parecía desafiar la física.

La había elegido específicamente buscando las medidas que imaginaba para Isaiah. Casi dos metros de hombre musculoso debían llevar consigo una herramienta proporcional, y Delia había pasado noches enteras calculando, fantasizando, comparando con las sombras que proyectaba su cuerpo contra las cortinas del apartamento contiguo.
El. Nuevo vecino 2

Esa primera noche, se preparó como ritual. Se bañó con agua casi hirviendo, dejando que el vapor abriera sus poros y suavizara su piel recién adquirida. Se miró en el espejo del baño, observando cómo sus pechos —ahora más pesados, con pezones del color del vino tinto— respondían al aire frío de la habitación. Se tocó a sí misma, pellizcándose, imaginando que eran aquellas manos enormes las que la manipulaban.

Puso música en su habitación, no para disimular, sino para establecer el ritmo. Algo con bajos profundos que vibraban en el pecho. Se acostó sobre toallas dispuestas deliberadamente —sabía que sería un desastre— y lubricó el consolador con cantidades generosas de gel, observando cómo la silicona brillaba bajo la luz tenue de su lámpara.

Cuando lo presionó contra su entrada, el estiramiento la hizo gritar. Era demasiado, demasiado grueso, demasiado real. Pero esa era la idea. Quería sentirse invadida, conquistada, usada. Empujó con determinación, sintiendo cómo su cuerpo cedía, se adaptaba, la quemaba de la manera correcta.
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Y entonces escuchó la puerta del apartamento contiguo. Isaiah había llegado, y no estaba solo. Risas femeninas, el sonido de tacones cayendo al suelo.

Delia comenzó a mover el consolador, lenta al principio, estableciendo un ritmo que coincidía con los golpes sordos que comenzaban a provenir de la pared. Esta vez no se contuvo. Cada embestida que ella se daba, la acompañaba con un gemido alto, sin mordaza, sin vergüenza.

—Mierda, sí —gritó, sabiendo que la pared era de papel, que él podía escucharla, que probablemente la mujer que estaba con él también lo hacía.

Del otro lado, los ritmos se sincronizaron como si fuera una coreografía. Cuando Isaiah embestía fuerte contra su acompañante, Delia clavaba el consolador hasta el fondo, sintiendo cómo golpeaba su cuello uterino con una mezcla de dolor y éxtasis que la hacía ver estrellas. Cuando la mujer del otro lado gemía "más duro", Delia obedecía para sí misma, aumentando la velocidad hasta que el sonido de sus propios fluidos se mezclaba con el de la música.

—Fóllame, fóllame como a esa puta —susurraba Delia al techo, sin filtro, sin restricciones.

Su cama se movía, chirriaba, golpeaba contra la misma pared donde la cabecera de Isaiah marcaba el ritmo. Era como si estuvieran follando juntos, separados solo por unos centímetros de yeso y pintura. Delia se imagenó que Isaiah podía sentir las vibraciones, que sabía exactamente lo que ella estaba haciendo, que se excitaba pensando en ella mientras se hundía en otra.

La segunda noche fue peor, o mejor, dependiendo de la perspectiva. Isaiah trajo a dos mujeres. Delia escuchó las voces, la risa, el champán haciendo *pop*. Y cuando comenzaron los sonidos —esta vez más complejos, intercalados, dos mujeres gemiendo en diferentes tonos— Delia subió la apuesta.

Se puse de rodillas frente a la pared, apoyando las manos contra el yeso, y se penetró desde atrás con el consolador, empujando su rostro contra la superficie fría mientras se follaba a sí misma con furia animal. Sus gritos eran deliberados, performativos, una competencia que nadie había declarado pero ambos entendían.
gender bender

—Ahí, ahí, más profundo —gritó, sabiendo que la acústica del edificio traicionaba todo.

Escuchó una pausa del otro lado. Luego, una risa masculina, baja, seguida de unos golpes más fuertes, más intencionados. Isaiah había entendido el mensaje. Estaban follando juntos, a través de la pared, una orgía de dos personas que nunca se habían tocado pero que se conocían intimamente en el lenguaje del sexo desenfrenado.

Delia se corrió con un alarido que seguramente despertó a todo el piso, su cuerpo convulsionando alrededor del consolador que seguía enterrado en ella, palpitando con las contracciones de su orgasmo. Cuando pudo moverse de nuevo, se desplomó sobre el suelo, jadeante, mirando la pared como si pudiera ver a través de ella.

Al tercer día, encontró una nota debajo de su puerta. Solo un número de teléfono escrito en papel negro con tinta dorada. Sin nombre. Sin explicación.

Delia lo guardó en el cajón de su mesita de noche, junto al consolador ahora pegajoso y usado, y sonrió por primera vez en semanas con verdadera anticipación.

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