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Mi mujer con sus dos novios el mismo día (1ra parte) IA

Hola compañeros de Poringa, continúo modificando los relatos son IA, les dejo el segundo: "Mi mujer con sus dos novios el mismo día (1ra parte)" desde el punto de vista de mi mujer. Espero les guste y lo disfruten!
Mi marido siempre ha tenido una fascinación por mi pasado, un morbo casi académico por el mapa de mis experiencias sexuales. Sabe que soy adicta al sexo anal, que lo prefiero casi a cualquier otra cosa. Una noche, mientras su pija descansaba dentro de mí, todavía tibia y húmeda, me preguntó, con esa curiosidad suave que tanto me conmueve: "¿De dónde viene eso, mi amor? ¿Por qué te encanta tanto?".
Y le conté. Le conté sobre la herida que, paradójicamente, dio a luz a mi mayor placer.
Tenía dieciocho años, recién cumplidos. Era una chica ingenua, con un cuerpo que ya llamaba la atención, pero con una mente que aún no comprendía el poder que ese cuerpo tenía. Ese sábado, mi amiga me invitó a bailar a un boliche en Arroyo Seco. Iba con su hermano mayor, un chico que conocía desde hacía años, una figura de confianza, casi un hermano para mí. Cuando me dijo que lo acompañara en su auto porque tenía que hacer una parada, no sospeché nada. Estaba a salvo con él. O eso creía.
En lugar de ir al boliche, el Peugeot 504 de su hermano tomó un camino oscuro hacia Rosario. Se detuvo en un sendero de tierra cerca de la arenera, en la zona desolada del Parque Vernaza. En ese momento, el silencio se convirtió en un sonido amenazante.
"Estás loca por mí, ¿verdad?", dijo, su voz había cambiado. Ya no era la del hermano de mi amiga. Era la de un extraño.
No supe qué decir. Él no esperó una respuesta. Se abalanzó sobre mí, abrió mi blusa y empezó a chuparme las tetas con una brusquedad que me heló. "No, para, por favor", susurraba, pero mis palabras eran solo combustibles para su fuego. Sus manos me lastimaban.
"Sacate los pantalones", ordenó.
Llevaba un pantalón blanco ajustado, una blusita también blanca y tacones. Me sentía como una novia en una pesadilla. Obedecí, movida por un terror paralizante. Me los bajé hasta los tobillos y él me metió mano en la concha y en el culo, con una fuerza brutal que me hacía daño.
"Sacame la pija y chupala, putita".
No entendía nada. Mi mundo se había vuelto del revés. Estaba tan asustada que mi cuerpo no respondía, solo obedecía. Le bajé el cierre y la agarré con miedo. Era la primera vez que veía una pija, la primera vez que la tocaba. La miré, sin saber qué hacer. Me empujó la cabeza con tanta fuerza que la cabeza de su pija me golpeó la garganta, haciéndome ahogar. Yo era virgen, no tenía idea de cómo hacer eso, y su grosor me impedía respirar. Me agarraba la cabeza con una mano y con la otra seguía manoseándome el culo.
Reclinó los asientos, me sacó una pierna del pantalón, se subió sobre mí y, sin más preámbulos, me la clavó de una. Un grito de dolor puro se escapó de mi garganta. Empecé a llorar, a suplicarle que parara. "Por favor, pará, me duele". Pero él no escuchaba. Mis gritos solo lo excitaban más. Seguía forzándome, y en un momento, me di cuenta de que era inútil. Dejé de gritar, mi cuerpo se relajó, rendido. Cerré los ojos y me dejé llevar. Por unos minutos, algo cambió. Una extraña sensación, una mezcla de dolor y un placer oscuro, se apoderó de mí. Lo abracé con las piernas mientras seguía violándome.
"Estás toda mojada, putita", dijo, convencido de mi excitación. Pero no sabía que esa humedad no era mi flujo. Era sangre. Yo tampoco lo sabía. Solo sentía que algo andaba mal.
Reaccioné de repente. "No me acabes adentro, hijo de puta", le supliqué entre gemidos, el miedo a un embarazo superando al terror.
"Te voy a llenar de leche", respondió, su voz era una sentencia.
Sentí cómo su pija se ponía dura como un palo, cómo palpitaba dentro de mí. Lo apreté con mis piernas mientras él se venía, inundándome. Se quedó quieto unos segundos, y cuando la sacó, sentí cómo algo caliente y espeso se desbordaba de mi concha, mezclado con la sangre. Me encogí en el asiento y me puse a llorar, un llanto desgarrador.
"¡Eras virgen!", dijo, su voz ahora llena de asombro y un arrepentimiento inútil. "Pensé que querías verga por cómo te portabas conmigo".
Salió del auto a fumar un cigarrillo mientras yo me arreglaba lo mejor que pude, mi blusa manchada, mi pantalón empapado de sangre. La confianza se había roto para siempre. El miedo a un embarazo me persiguió durante semanas, una agonía silenciosa que afortunadamente no se hizo realidad. Pero esa noche dejó una cicatriz profunda, un miedo al sexo, a la penetración, que me mantuvo a salvo, pero también vacía.
Pasó casi un año. Tenía diecinueve y estaba estudiando para ser profesora. Empecé a ir al club Provincial a hacer aerobics, y después pasaba por la pileta para refrescarme. No era consciente de ello, pero mi cuerpo buscaba atención. Mis tetas se salían de la maya, mi culo se comía la tanga. Y, como era de esperar, llamé la atención de dos hermanos nadadores. Llamémoslos H, el mayor de 28, y P, el de 24.
P fue el que se me acercó. Charlamos. Empezamos a salir. Y, como es de suponer, el flaco la quería poner a toda costa. Pero yo estaba rota. El fantasma de esa noche me impedía sentir cualquier deseo. La rutina se convirtió en una farsa: un poco de franeleo y una buena chupada de pija para mantenerlo contento. Yo estaba segura de que nunca más podría dejar que un hombre me tocara ahí abajo.
Una noche, estábamos en el auto, en el asiento trasero. Le estaba chupando la pija, haciendo mi trabajo como siempre, cuando me dijo algo que me tomó por sorpresa.
"Nena, si no me dejas cogerte, déjame que te la ponga por el culo".
Me quedé quieta, su pija todavía en mi mano. Miré su pija, gorda y erecta, y luego miré su cara, esperando ver una broma. Pero no, era en serio. Una extraña mezcla de miedo y curiosidad me recorrió. El culo... no había ´pensado hacerlo por ahí. No había riesgo de embarazo. Era una zona prohibida, desconocida, pero quizás... segura.
"¡Probemos!", dije, mi voz era un susurro.
Me saqué la tanga y me puse en cuatro sobre el asiento, levantando mi mini. Con ambas manos, me separé los cachetes del culo, ofreciéndoselo. "¿Así está bien?", pregunté, mi voz temblaba un poco. "Suavecito, mirá que sos el primero que me la mete por ahí y es muy gorda".
P no aguantó más. Se lanzó sobre mí, empezando a chuparme el culo, su lengua húmeda y caliente explorando un territorio virgen para ambos. Se pajeaba frenéticamente mientras lo hacía. Después de un rato, sentí que su lengua se retiró. Me preparé, separando más los cachetes. Escuché cómo escupía en su mano, cómo me ensalivaba el culo. Sentí la cabeza de su pija, caliente y gorda, arrimándose a mi ano. Empezó a empujar despacio.
Sentí como me entraba, una presión intensa que se transformó en una sensación de plenitud extraña y maravillosa. Me dilataba, abriéndome para él. P la sacó hasta la cabeza y empujó con fuerza hasta el fondo. Un gemido fuerte escapó de mis labios. No era un grito de dolor. Era un grito de placer puro.
Era el comienzo de mi adicción.
Nunca pensé que una pija tan gorda podría entrar tan fácilmente. Nunca imaginé que lo disfrutaría tanto. P siguió bombeándome con fuerza, y yo no hacía más que pedirle que me diera más duro, que me rompiera el culo. Durante unos diez minutos, él me folló con una furia que me hizo temblar, cada embestida era un recordatorio de que estaba viva, de que podía sentir placer, de que no estaba rota.
"Te voy a llenar el culo de leche", dijo, su voz ronca de deseo.
Al escucharlo, empujé mis caderas con fuerza contra él, recibiéndolo, deseándolo. Sentí cómo se venía dentro de mí, una explosión caliente que me hizo gritar de placer. Me encantó esa nueva sensación, la calidez de su leche llenándome por dentro. Era diferente, limpio, sin el miedo a un embarazo.
Después de devorarme el culo, seguimos abrazados. Yo estaba recaliente, mi cuerpo ardiendo de deseo. Le pedí que me la volviera a poner por el culo. Y él, con una sonrisa, accedió.
Me la estuvo dando por el orto como dos horas en el auto. Exploramos todas las posiciones, todos los ritmos. Descubrí que me gustaba cuando me agarraba del pelo, cuando me hablaba sucio, cuando me trataba como su perra. Descubrí que mi cuerpo era capaz de sentir placeres que nunca había imaginado. Esa noche, en el asiento trasero de ese auto, renací.
Después de esa experiencia reveladora, siempre tuvimos sexo anal. Se convirtió en nuestro lenguaje, en nuestro ritual. Pasó más de un año, y un par de novios más, antes de que me atreviera a coger por la concha de nuevo. Pero el sexo anal se había convertido en mi primer amor, mi adicción, mi redención.
Cuando terminé de contarle todo esto a mi marido, él estaba en silencio. Su pija, que estaba dentro de mí, estaba más dura que nunca. Me giró, me puso en cuatro, y sin decir una palabra, me la clavó en el culo.
Entendió. Entendió que mi amor por el sexo anal no era solo una preferencia, era una necesidad. Era la forma en que había sanado mi herida, la forma en que había reclamado mi cuerpo, mi placer.
Mientras me follaba, pensé en el hermano de mi amiga, en esa noche terrible en el Peugeot 504. Y por primera vez, no sentí rabia ni miedo. Sentí una especie de gratitud extraña y retorcida. Porque si no hubiera sido por él, por esa violación, quizás nunca habría descubierto este placer, esta parte de mí que tanto me gusta.
Mi marido me follaba con una fuerza y una ternura que me hicieron temblar. Me agarraba del pelo, me hablaba al oído, me decía que era su perra, su zorra, su reina. Y yo le creía. Porque esa noche, en sus brazos, con su pija en mi culo, me sentía completa.
Él se vino dentro de mí, una explosión caliente que me hizo gritar de placer. Nos quedamos así un rato, unidos, sudando.
"Gracias", le susurré.
"Por qué", me preguntó.
"Por entenderme", dije.
Y él me besó, un beso profundo y lleno de amor. Y supe que, a pesar de todo, había sido afortunada. Había sobrevivido a la oscuridad, y había encontrado la luz. O, al menos, una forma de brillar en la oscuridad. Y esa forma era una pija gorda en mi culo.

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