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El esposo de mi hermana

Ya había había pasado bastante desde la última vez que mi marido me había tocado, siempre había una excusa para cada ocasión en la que intentaba acercarme a él íntimamente, cansancio, trabajo, no estaba de humor. Su actitud hacia mí me desesperaba mucho, era como si yo no existiera en su vida, nuestro matrimonio se había vuelto aburrido sin amor, lleno de peleas y reclamos, en esa etapa estábamos sufriendo económicamente lo que nunca ahí estábamos apretados en cuestión de dinero. Problemas siempre me dejaba la manera de satisfacer mi deseo sexual con otros hombres y con lo puta que soy y que me encanta la verga no me costaba trabajo jajaja, me sentía increíblemente desesperada muchas veces, mis hijos no me dejaban casi nada de tiempo para mí misma tampoco y estaba al borde del colapso mental hasta que un día el esposo de mi hermana mayor llego a darme una mano de vez en cuando con tareas del hogar y dinero.
Un verano toda la familia decidió ir a un viaje a la playa donde rentamos una cabaña grande para compartir todos en un complejo de hotel y albercas. A este viaje fue la mayor parte de nuestra familia, varios primos, algunos tíos, mis padres, mi hermana menor y mi hermana mayor con su esposo.

El primer día fue normal, me mantuve ocupada cuidando a mis hijos que jugaban en una de las pequeñas albercas mientras la mayoría de la familia se divertía, bromeaba y tomaba en una alberca más grande, mi esposo con ellos. El sentimiento de abandono me abrumaba, pero no quería demostrar esa tristeza no era tristeza por que ya no me cogía más bien era porque ya era muy distante a mi, sin embargo, era más y más difícil ocultarla día a día últimamente.

Durante todo el día me la pase con mis responsabilidades de mama sin que prácticamente nadie me hiciera caso excepto el esposo de mi hermana de vez en cuando preguntándome si ocupaba ayuda o si quería alguna bebida o botana, él era muy amable conmigo a veces sentía que demasiado amable, pero la verdad me hacia falta esa amabilidad y estaba feliz de recibirla al menos de alguien, aunque no fuera mi esposo.

La noche del primer día en la playa llego y yo prepare a mis hijos a dormir, no era tan tarde eran apenas las 10 de la noche, me sentía exhausta, olvidada, abrumada y con unas ganas de llorar que prácticamente no podía contener. Todos los demás estaban en el bar del complejo y yo era la única en cabaña que habíamos rentado para las vacaciones, yo estaba en el cuarto más grande que todos habían acordado era el mejor para mí y mi familia, pero me sentía completamente sola.

Decidí bajar a la sala para prender la tv y distraerme con algo sino la tristeza me abrumaría.

Después de media hora viendo tv, Alejandro, el esposo de mi hermana mayor entro a la cabaña y me vio sentada en la sala, él menciono algo de sentirse cansado de estar en la alberca y playa todo el día y necesitaba relajarse. Yo estaba en pijama, me gusta usar pijamas cortas y bastante pequeñas y más por el calor que hacía.
El esposo de mi hermana



Él se sentó a mi lado y empezamos a platicar, primero de cosas mundanas como trabajo y familia, de repente se levantó y me trajo una bebida. Seguimos hablando por al menos media hora antes de que él me empezara a preguntar por mí, era la primera vez desde hace mucho tiempo que alguien se interesaba tanto acerca de cómo estaba yo y de mi vida.
Seguimos platicando por al menos una hora, los dos solos sentados y tomando mientras me preguntaba más y más acerca de mí. No pude evitar contarle toda la verdad acerca de mis frustraciones con mi vida en general y particularmente de mis frustraciones emocionales y sexuales con mi esposo obviamente no le dije que cuando quería me cogía a cualquiera o que le ponía los cuernos a mi esposo sólo que ya no tenía sexo con el. Él escuchaba atentamente mientras seguíamos tomando, me escuchaba a pesar de mis interminables quejas. Después de unos minutos me arrepentí de todo lo que le había dicho y empecé a disculparme, pidiéndole que olvidara todo lo que le dije, pero él me detuvo y empezó a decirme la maravillosa persona que yo era.

Al principio no le creí ninguna palabra que me decía, me sentía completamente invisible e inútil en la vida de todos, pero de repente el me abrazo y me dijo que era una mujer bella que no debería sentirme así, él me abrazaba y continuaba diciéndome que era una bella mujer y gran madre, que mi esposo debería sentirse afortunado de tenerme, el calor de su abrazo se sentía tan bien que no pude evitar abrazarlo y agradecerle.

El abrazo se prolongó más de lo que debía, y algo dentro de mí se derritió. Su pecho ancho contra mi cuerpo, sus manos cálidas en mi espalda... era el primer contacto íntimo que tenía en algo de tiempo pero aquí noté que no sólo era atracción sexual era algo distinto me gustaba mi cuñado. No quise separarme. Empecé a notar cómo su respiración se hacía más lenta, más intencional, y entonces lo sentí: el leve roce de sus labios contra mi sien. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que me hizo estremecer. "Alejandro, no deberíamos…", murmuré, pero las palabras se ahogaron en mi garganta cuando sus dedos se entrelazaron con los míos.
Nos abrazamos por un rato y al momento de separarnos voltee a verlo a los ojos, tal vez fue el alcohol, tal vez fue mi necesidad de sentirme querida, aun en estos días no puedo descifrarlo bien, pero por alguna razón lo bese. Él no se alejó, al contario respondió a mi beso, el beso fue gentil y largo, sin sentimiento de culpa, me abrazo fuerte mientras nos besábamos hasta que de repente después de unos minutos él se detuvo y dio un paso atrás disculpándose.

Me quedé paralizada frente a él, el sabor de su boca aún fresco en mis labios. Mis pulmones ardían como si hubiera corrido kilómetros. "No... no tienes que disculparte", logré decir mientras mis dedos jugueteaban con el borde de mi pijama, arrugando la tela húmeda de sudor.

El silencio entre nosotros pesaba más que todos los meses de soledad acumulados. Hasta que de pronto, como si alguien más moviera mi cuerpo, me lancé hacia él. Esta vez no fue un beso tímido, mis dientes chocaron contra los suyos al principio, mis manos se aferraron a sus hombros como anclas. Podía sentir el latido de su corazón a través de la camisa mojada, acelerándose al compás del mío.

El beso se intensificó, sus manos ya no se conformaban con explorar sobre mi ropa, sentí sus dedos deslizarse bajo mi pijama, las yemas calientes rozando mi espalda desnuda, haciendo que cada músculo se tensara de placer. Un gemido escapó de mi garganta cuando una de sus manos descendió con determinación, apretando mi nalga a través del delgado tejido de mis shorts. "Dios...", susurré contra sus labios, sabiendo perfectamente que debía empujarlo lejos, que mi hermana estaba afuera en las albercas. Pero sus labios se movieron hacia mi cuello, y mis dedos se enterraron en su cabello, no podía, no quería detenerlo. El roce de sus dientes contra mi piel me hizo arquearme hacia él, olvidando todo excepto el calor de sus manos recorriendo mi cuerpo como si lo reclamara.
El aire entre nosotros se volvió eléctrico cuando rompí el beso por un segundo, jadeando. "No pares..." susurré contra sus labios con una voz que no reconocí como mía, áspera, urgente. Mis dedos, actuando por voluntad propia, descendieron por su torso tenso hasta encontrar el bulto palpable entre sus muslos. La respiración de Alejandro se cortó cuando palmé su erección a través de su traje de baño, gruesa y ardiente como un hierro forjado al sol.

"Karla..." gruñó, pero no se apartó. Al contrario, sus caderas empujaron hacia mi mano involuntariamente mientras sus labios volvían a devorarme, esta vez con una ferocidad que me hizo temblar. Podía sentir cada pulso de él contra mi palma, la humedad del tejido que apenas contenía su necesidad. Mis uñas se clavaron levemente en la tela al mover mi mano con lentitud deliberada, midiendo su tamaño, provocando un gemido profundo que vibró desde su pecho hasta mis propios huesos.

De repente, Alejandro dejó de besarme y me miró fijamente a los ojos mientras tomaba mi mano con firmeza. "Sígueme", murmuró, su voz grave y cargada de una intención que hizo que mi estómago se contrajera de anticipación. No necesité preguntar adónde íbamos, sus pasos rápidos y decididos me guiaron por el pasillo oscuro hacia el baño principal de la cabaña, alejado de las habitaciones.

La puerta se cerró con un clic suave, y en el espacio reducido, el calor entre nuestros cuerpos se volvió casi sofocante. Alejandro no dijo nada; no hizo falta. Sus manos encontraron mi cintura mientras yo, con movimientos temblorosos pero decididos, me despojé de mis shorts hasta que cayeron a mis pies. Quedé expuesta ante él, usando solo unos sencillos cacheteros de algodón. Pero la forma en que sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo, como si estuviera viendo algo precioso, hizo que el rubor me subiera desde el pecho hasta las mejillas.
Sus palabras resonaron en el aire húmedo del baño como un hechizo. "Dios, qué hermosa eres..." me susurró mientras sus pulgares dibujaban círculos sobre mis caderas, haciendo que la tela de mis panties se pegara aún más a mi piel sudorosa. Antes de que pudiera responder, sus labios capturaron los míos con una urgencia que borró cualquier pensamiento racional.

Sus manos no perdieron tiempo, agarró mis nalgas con ambas manos, apretando con fuerza suficiente para hacerme arquear la espalda contra él. El algodón de mi cachetero se estiró delgado bajo sus dedos, permitiéndole sentir cada curva como si no hubiera barrera entre nosotros. Mientras tanto, mis propias manos bajaron torpemente su shorts de baño, encontrando su erección palpitante apenas contenida por la tela interior.

El primer contacto piel con piel fue un shock eléctrico, su pene, grueso, largo y caliente, saltó libre contra mi vientre. Un gemido ahogado escapó de mi garganta al sentir cómo latía contra mí, como si llevara su propio ritmo vital. "Alejandro..." Jadeé, clavando las uñas en sus hombros cuando él respondió frotándose deliberadamente contra mi pubis, haciendo que el tejido de mi cachetero se empapara al instante. Me volvía loca ver su enorme miembro que suertuda era mi hermana de tener ese trozo para ella sola ahora veo porque luego decía que estaba adolorida de la cola y del abdomen jajaja.
Mis muslos se separaron casi por voluntad propia, un movimiento pequeño pero suficiente para que el calor de su piel se deslizara entre mis piernas. Alejandro gruñó contra mis labios cuando su erección, pulso palpable bajo mi ropa interior empapada, encontró su lugar allí. El roce deliberado de su piel contra mi cachetero me hizo gemir en su boca, cada fricción lenta enviaba ondas de placer directamente a mi vientre, tan intensas que mis rodillas casi cedieron.

"No pares... por favor", susurré rompiendo el beso sólo para ver sus ojos, oscuros como el mar de noche. Mis manos se aferraron a sus caderas, guiando el ritmo, sintiendo cómo cada músculo de su abdomen se tensaba al empujar contra mí. La tela de algodón ya no servía de barrera; podía sentir cada vena, cada latido, como si su piel quemara a través de la mía.

Alejandro respondió con un movimiento más profundo, su pene deslizándose hasta rozar mi clítoris con una presión que me hizo arquearme bruscamente. "Así...", jadeé, mis uñas hundiéndose en su espalda cuando noté cómo su respiración se aceleraba al ritmo de mis gemidos.

La humedad entre mis piernas era insoportable, un calor que no podía ignorar. "Por favor... métemelo ya", le rogué con una voz temblorosa que apenas reconocí. Alejandro no necesitó más persuasión, sus dedos jalaron mi cachetero hacia un lado con un movimiento brusco para tocar vagina húmeda. Sentí el aire frío del baño contra mi piel expuesta antes de que sus manos volvieran, una guiando su erección palpitante directamente hacia mi entrada mientras la otra me aferraba la cadera. Yo abrí las piernas más, ofreciéndome por completo, y entonces lo sentí: la cabeza gruesa de su pene presionando contra mí antes de hundirse de un solo empujón profundo.

El sonido que escapó de mi garganta fue mitad gemido, mitad sollozo, nadie me había llenado así en algún tiempo. Sus manos me sostuvieron mientras mis rodillas flaqueaban, sus dedos enterrándose en mis carnes como anclas. "Dios... así", susurré, arqueándome para tomar más de él.

Alejandro empezó a empujar dentro de mí con movimientos largos y deliberados, cada embestida llevando su grosor más profundo hasta que sentí sus caderas chocar contra las mías. Mis manos se aferraron a sus hombros, sintiendo cada músculo tensarse bajo su piel mientras me penetraba. Podía sentir cada latido de su pene dentro de mí, cada vena que palpitaba contra mis paredes estrechas, tan diferentes después de tanto tiempo sin ser tocadas así. Me encantaba su verga.
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De pronto, sus manos subieron por mi torso, arrancándome un gemido muy fuerte antes de desabrochar mi bra con dedos expertos. El aire frío del baño rozó mis pechos liberados, mis pezones ya estaban duros y sensibles desde antes, pero ahora se erizaron completamente bajo su mirada. "Dios mío, mira esto...", murmuró Alejandro mientras una de sus manos abandonó mi cadera para tomar uno de mis senos, apretando con suficiente fuerza para hacerme arquear la espalda. Su pulgar rozó mi pezón y un gemido escapó de mi garganta, nadie me había tocado así en tiempo desde el macho del agua no había tenido sexo así, y la intensidad de la sensación casi me hizo caer de rodillas mi vagina estaba empapada y yo súper exitada.
Pero Alejandro no me dejó caer, sus brazos me sostuvieron mientras su ritmo se volvía más rápido, más urgente. Cada empujón suyo ahora rozaba ese punto dentro de mí que hacía que mis piernas temblaran. "Así... así...", jadeaba, aferrándome a él como si mi vida dependiera de ello, sintiendo cómo mi cuerpo se tensaba alrededor del suyo, cada músculo interno apretando su pene como si no quisiera dejarlo ir.

Antes de que pudiera procesarlo, las manos fuertes de Alejandro se cerraron alrededor de mi cintura y me levantaron como si pesara nada. El lavabo del baño era frío bajo mis muslos desnudos cuando me sentó sobre él, sus manos se deslizaron por mis piernas para abrirlas más mientras su pene volvía a hundirse en mí con un solo movimiento fluido. "Ah...!" El sonido escapó de mis labios cuando el cambio de ángulo lo llevó más profundo que antes, rozando ese punto dentro de mí que me hizo ver estrellas.

Mis senos sensibles después de tanto tiempo sin ser tocados, rebotaban libremente con cada embestida suya. Intenté sostenerme agarrando sus caderas, pero la fuerza de sus empujones me hizo resbalar un poco hacia atrás contra el espejo, haciendo que mis pezones se frotaran contra su pecho sudoroso. Cada contacto eléctrico me hacía gemir más fuerte, especialmente cuando una de sus manos subió para apretar uno de mis senos, sus dedos expertos encontrando mi pezón y retorciéndolo justo como necesitaba.

"Más... más...", le rogué entre jadeos, clavando los talones en sus muslos para empujarlo más dentro de mí cada vez que retrocedía. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenó el baño pequeño, mezclándose con nuestros gemidos. Su pulso dentro de mí se sentía más intenso ahora, cada latido prometiendo algo que mi cuerpo necesitaba desesperadamente después de tanto tiempo.

No pude contenerlo más, el orgasmo me golpeó como una ola, arrancándome un grito ahogado que Alejandro tapó inmediatamente con su mano grande y caliente. Mi cuerpo se sacudió violentamente contra él, mis músculos internos aferrándose a su pene como si quisieran absorberlo por completo. Pero él no se detuvo; al contrario, sus embestidas se volvieron más profundas, más deliberadas, prolongando mi climax hasta que las lágrimas rodaron por mis mejillas. "No pares... no pares...", gemí contra su palma, mis uñas clavándose en sus hombros mientras mi vagina seguía pulsando alrededor de él, cada contracción enviando nuevas oleadas de placer que me hacían arquearme sin control y gemir lo único que evitaba que escucharan mis hijos era la palma de ese hombre.

Alejandro gruñó algo ininteligible, su respiración entrecortada contra mi cuello mientras sus caderas seguían chocando contra las mías, frotando mi clítoris sensible con cada movimiento. Podía sentir cómo su pene palpitaba dentro de mí, más grueso, más duro, como si estuviera al borde de su propia explosión. "Voy a...", murmuró con voz ronca, pero no terminó la frase, en cambio, sus manos se cerraron alrededor de mis caderas con fuerza casi dolorosa, jalándome hacia él para que cada centímetro de su longitud se hundiera hasta el fondo justo cuando sentí el primer chorro caliente de su semen dentro de mí. Era lo más rico mmmm

El sonido que hizo, un gemido gutural, profundo, me erizó la piel más que el propio líquido espeso llenándome. Su cuerpo se tensó como un arco, sus músculos temblando bajo mis dedos mientras vaciaba cada gota en mi interior. Yo, todavía sensible por mi propio orgasmo, gemí al sentir su calor extenderse dentro de mí, una sensación íntima que no había experimentado en demasiado tiempo. Nos quedamos así por un momento eterno, pegados el uno al otro, jadeando, sudorosos, completamente fuera de sí el con su verga dentro de mi terminando de soltar su semen y yo viendolo jadeando de placer.

El aire en el baño todavía olía a sexo y sudor cuando Alejandro finalmente se apartó, su pene semiduro deslizándose fuera de mí con un sonido húmedo que me hizo estremecer. Una sensación de pérdida instantánea me recorrió, como si algo vital me hubieran arrancado, seguida por el goteo cálido de su semen entre mis muslos. Nos miramos en silencio, nuestros pechos subiendo y bajando, la electricidad entre nosotros tan palpable como antes.

Antes de que él pudiera hablar, alcé una mano temblorosa. "No...", susurré, mi voz quebrada por el placer y la culpa que ya empezaba a corroerme. "Nadie puede saber esto. Nunca." Mis palabras flotaron entre nosotros como un hechizo roto. El rostro de Alejandro, antes lleno de deseo, se oscureció por un instante, pero asintió lentamente.

Mis pensamientos eran un huracán: ¿Qué acabo de hacer? ¿Y si mi hermana se entera? ¿Mis hijos? Dios, los arruinaré a todos. Pero cuando Alejandro extendió una mano para limpiar una lágrima que ni siquiera había notado, mi cuerpo se inclinó hacia él casi por instinto, hambriento de más contacto.
Alejandro se quedó quieto por un momento, sus ojos avellana escudriñando mi rostro como si memorizara cada detalle. Entonces sus manos, esas manos grandes que minutos antes me habían deshecho, se posaron con delicadeza en mis hombros. "Karla...", murmuró mientras su pulgar limpiaba una lágrima que yo ni siquiera había sentido caer. "Nadie lo sabrá. Nunca." Su voz era firme, pero sus ojos brillaban con algo más complejo que una simple promesa.

Me ayudó a bajar del lavabo con movimientos cuidadosos, como si temiera que mis piernas temblorosas cedieran. Cuando mis pies descalzos tocaron los azulejos fríos, me sostuvo por la cintura mientras yo intentaba recomponer mi ropa, el bra torcido, el cachetero empapado y desplazado . Sus dedos se entrelazaron con los míos al pasarme un paño húmedo para limpiar el semen que ya empezaba a escurrir de mi vagina entre mis muslos. "Mereces ser feliz", susurró contra mi sien mientras arreglaba mi cabello con una ternura que contrastaba con la ferocidad de minutos atrás. Cada palabra suya quemaba más que su semen dentro de mí: "Eres... Dios, eres increíble."

Lo miré mientras él terminaba de ajustar su short de baño, sus músculos aún tensos bajo la piel bronceada. Mis dedos temblaban al subir mis shorts y abrochar mi bra—el mismo que había comprado hace años en una tienda de descuentos, práctico, nada sexy. El aire entre nosotros pesaba como plomo, pero cuando abrí la boca para hablar, sólo salió un suspiro quebrado.

"Tengo... tengo que ver a mis hijos", mentí, evitando sus ojos avellana que parecían ver demasiado. Me deslicé hacia la puerta, presionando el oído contra la madera antes de abrir la puerta con agonizante lentitud. El pasillo estaba oscuro y silencioso, pero el eco de risas lejanas desde las albercas me recordó lo cerca que estaba mi hermana, su esposa.

Cada escalón hacia el segundo piso sentía como un kilómetro, mis muslos aún temblando del orgasmo que había tenido, el semen de Alejandro escurriéndose entre mis piernas salieron de mi vagina como un secreto tangible. Al llegar al rellano, no pude evitar mirar hacia abajo: él seguía ahí, en la penumbra del baño, su silueta perfectamente recortada contra la luz del espejo empañado.

El camino hacia la habitación de mis hijos fue el más largo de mi vida. Cada escalón crujía como una acusación bajo mis pies descalzos, el semen de Alejandro aún cálido entre mis muslos y mi vagina, un recordatorio líquido de mi traición hacia mi hermana. Al cerrar la puerta tras de mí con un clic apenas audible, el mundo exterior quedó sellado fuera, junto con los ecos de risas y música que aún flotaban desde las albercas.

Mis hijos dormían enroscados como cachorritos, sus mejillas sonrosadas por el sol del día. Me hundí en la cama al lado de ellos, el colchón cediendo bajo mi peso exhausto. El contraste era brutal: la inocencia de sus respiraciones regulares contra el fuego que aún ardía bajo mi piel.
Cerré los ojos y el baño se proyectó detrás de mis párpados, Alejandro empujándome contra el espejo empañado, sus manos marcando mi piel como hierro candente. Una oleada de culpa me ahogó, pero entre sus olas negras, flotaba algo peor: el deseo insaciable de más. Mis dedos se cerraron en las sábanas, imaginando por un instante loco que eran sus hombros.

El cansancio, el alcohol y el sexo me vencieron antes de que pudiera ordenar mis pensamientos. Me dormí con el sabor salado de su piel en mi lengua y su promesa, "Nadie lo sabrá", susurrándose sola en mi mente como una oración prohibida.

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