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El festín tras la tormenta

EL RITUAL DE LA CONSUMACIÓN TOTAL: EL FESTÍN TRAS LA TORMENTA

Antes de que mis manos reclamaran su geografía de placer y mi lengua se perdiera en la profundidad de su centro, el ambiente ya vibraba con una electricidad densa y prohibida. Ella, nuestra musa, había sido el escenario de una entrega salvaje minutos antes, bajo la mirada febril de nuestro invitado. Desde la penumbra del sofá, mi cuerpo reaccionaba con una urgencia eléctrica al observar cómo él, con una virilidad descomunal, la sometía, provocando gritos y gemidos que rompían el silencio del aire, mientras yo, en un trance autocomplaciente, exploraba mis propios deseos bajo su despliegue de dominio.

El clímax de ellos fue una sinfonía de desenfreno. Cuando él finalmente descargó su esencia sobre ella, dejando su rastro caliente sobre la piel de sus piernas y cubriendo el centro mismo que yo ansiaba, la escena alcanzó su punto de ebullición. El aroma a deseo crudo, a fluidos mezclados y a entrega absoluta, saturaba el espacio, convirtiéndose en el combustible de mi propia hambre.

Entonces, el juego se volvió absoluto. Él, desde atrás, abriendo sus nalgas para dejar expuesto ese núcleo sagrado, se convirtió en mi aliado en este rito de posesión. Mientras él me masturbaba con una intensidad que casi me arranca el aliento, yo me atascaba en mi gordita, consumiendo sin asco ni pudor la mezcla gloriosa de nuestro invitado y la suya propia. Era un festín de fluidos, un intercambio donde mi lengua no distinguía fronteras, bebiendo de esa fuente que aún palpitaba tras el huracán.

Todo en esta habitación era nuestro: la humedad, el rastro de la posesión ajena que yo reclamaba como propia, y la rendición total de ella, que nos pertenecía a ambos en este trío de deseos oscuros. No había vuelta atrás; la calma era un concepto ajeno, pues estábamos inmersos en la voracidad de habitar cada rincón de su cuerpo, marcando cada centímetro con nuestra esencia y convirtiendo ese momento en una transgresión de la que ninguno de los tres pretendía despertar.



El festín tras la tormenta


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