El domingo por la noche casi no pude dormir. Pasé las horas en vela, mirando el techo de la habitación y saboreando la victoria de haber convencido a Laura, mezclada con una descarga eléctrica de pánico y morbo puro. A la mañana siguiente, el sonido de los primeros golpes de martillo en la planta baja me despertó por completo. Pedro ya había llegado a trabajar.
Desde la cocina, mientras preparaba el café, observé a mi esposa. Laura lucía hermosa, pero sus movimientos eran rígidos, mecánicos. Llevaba unos jeans que realzaban sus curvas más de lo habitual y una blusa blanca que, sin ser escotada, insinuaba mucho más de lo que ella acostumbraba a mostrar un lunes por la mañana. Estaba aterrada, lo sabía, pero verla vestida así, dispuesta a cumplir mi fantasía, me encendió por completo.

Me acerqué a ella mientras servía el café en dos tazas. Le entregué una, rozando sus dedos a propósito para transmitirle mi urgencia.
Ángel: Te ves espectacular hoy, mi amor. El blanco te queda increíble. Recuerda... solo es un café. Un pretexto.
Laura: Siento que el corazón se me va a salir del pecho, Ángel. Sigo pensando que esto es una locura. ¿Y si me ignora? ¿Y si se da cuenta de lo que intento hacer y me falta al respeto?
Ángel: No lo hará. Pedro es un hombre normal, y tú eres una mujer hermosa. Nadie rechaza una atención de la dueña de la casa. Anda, ve a llevarle el suyo antes de que empiece a derribar el muro de la biblioteca. Yo estaré aquí arriba, escuchando.
Laura respiró hondo, cerró los ojos un segundo para armarse de valor y tomó la segunda taza de café. La vi caminar hacia las escaleras que bajaban a la biblioteca con la elegancia de siempre, aunque yo notaba la rigidez en sus hombros. Me quedé en el pasillo superior, oculto detrás de la barandilla, con la respiración contenida, aguzando el oído.
El ruido del cincel se detuvo en seco en cuanto los pasos de Laura resonaron en el piso de madera de la biblioteca. Desde mi posición, alcancé a ver el perfil de Pedro, que se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo. Su playera gris estaba manchada de polvo y se le pegaba a la espalda, mostrando su complexión robusta.
Laura: Buenos días, Pedro. Disculpa que te interrumpa. Pensé que te caería bien un café antes de que el día se ponga más caluroso.
Pedro: Buenos días, señora Laura. Vaya, muchas gracias, no se hubiera molestado. Qué amable de su parte.
Laura: No es ninguna molestia. Al contrario, estás trabajando muy duro para terminar la biblioteca. Además... quería aprovechar para ver cómo va el avance.
Vi cómo Pedro tomaba la taza. Al hacerlo, Laura no retiró la mano de inmediato; dejó que sus dedos rozaran la piel áspera y curtida del albañil durante un par de segundos que se me hicieron eternos. Pedro pareció congelarse por un instante, mirando la mano de Laura y luego sus ojos.
Pedro: Eh... sí, claro. Ya casi termino de raspar el muro viejo. Si quiere, le muestro dónde vamos a poner las vigas de refuerzo.
Laura: A ver, muéstrame. A veces me cuesta imaginar cómo quedará todo el espacio terminado.
Desde arriba, mis ojos no se despegaban de la escena. Vi cómo Pedro levantaba el brazo para señalar el techo, y cómo Laura, en un movimiento que debió costarle un mundo de fuerza de voluntad, se inclinó ligeramente hacia él, dejando que el aroma de su perfume lo inundara. El albañil bajó la mirada hacia el pecho de Laura por una fracción de segundo. Una mirada rápida, hambrienta, instintiva. Lo había atrapado.
Tras unos minutos de conversación incómoda pero cargada de una tensión eléctrica nueva, Laura se despidió y subió las escaleras. En cuanto entró a nuestra habitación, cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella, respirando como si hubiera corrido un maratón. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos de par en par.
Yo me acerqué a ella de inmediato, sintiendo una erección violenta golpear mis pantalones. La adrenalina de haberla visto interactuar con otro hombre me estaba volviendo loco.
Ángel: Lo hiciste increíble... Lo vi todo, Laura. Vi cómo te miró. Le gustas, le encantas.
Laura: Me miró el pecho, Ángel. Juro que sentí cómo me desnudaba con los ojos cuando me acerqué a ver la pared. Me temblaban las piernas... Es una sensación espantosa... y a la vez... no sé qué me pasa.
Ángel: Lo que pasa es que estás viva, mi amor. Y esto apenas comienza. Ya sembraste la duda en él. Mañana vas a dar el siguiente paso.
Laura no dijo nada, pero no me rechazó cuando la cargué hacia la cama. Esa mañana hicimos el amor con una intensidad que no habíamos tenido en años, pero ambos sabíamos que, en nuestras mentes, el fantasma de Pedro ya estaba sentado al borde del colchón.
Desde la cocina, mientras preparaba el café, observé a mi esposa. Laura lucía hermosa, pero sus movimientos eran rígidos, mecánicos. Llevaba unos jeans que realzaban sus curvas más de lo habitual y una blusa blanca que, sin ser escotada, insinuaba mucho más de lo que ella acostumbraba a mostrar un lunes por la mañana. Estaba aterrada, lo sabía, pero verla vestida así, dispuesta a cumplir mi fantasía, me encendió por completo.

Me acerqué a ella mientras servía el café en dos tazas. Le entregué una, rozando sus dedos a propósito para transmitirle mi urgencia.
Ángel: Te ves espectacular hoy, mi amor. El blanco te queda increíble. Recuerda... solo es un café. Un pretexto.
Laura: Siento que el corazón se me va a salir del pecho, Ángel. Sigo pensando que esto es una locura. ¿Y si me ignora? ¿Y si se da cuenta de lo que intento hacer y me falta al respeto?
Ángel: No lo hará. Pedro es un hombre normal, y tú eres una mujer hermosa. Nadie rechaza una atención de la dueña de la casa. Anda, ve a llevarle el suyo antes de que empiece a derribar el muro de la biblioteca. Yo estaré aquí arriba, escuchando.
Laura respiró hondo, cerró los ojos un segundo para armarse de valor y tomó la segunda taza de café. La vi caminar hacia las escaleras que bajaban a la biblioteca con la elegancia de siempre, aunque yo notaba la rigidez en sus hombros. Me quedé en el pasillo superior, oculto detrás de la barandilla, con la respiración contenida, aguzando el oído.
El ruido del cincel se detuvo en seco en cuanto los pasos de Laura resonaron en el piso de madera de la biblioteca. Desde mi posición, alcancé a ver el perfil de Pedro, que se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo. Su playera gris estaba manchada de polvo y se le pegaba a la espalda, mostrando su complexión robusta.
Laura: Buenos días, Pedro. Disculpa que te interrumpa. Pensé que te caería bien un café antes de que el día se ponga más caluroso.
Pedro: Buenos días, señora Laura. Vaya, muchas gracias, no se hubiera molestado. Qué amable de su parte.
Laura: No es ninguna molestia. Al contrario, estás trabajando muy duro para terminar la biblioteca. Además... quería aprovechar para ver cómo va el avance.
Vi cómo Pedro tomaba la taza. Al hacerlo, Laura no retiró la mano de inmediato; dejó que sus dedos rozaran la piel áspera y curtida del albañil durante un par de segundos que se me hicieron eternos. Pedro pareció congelarse por un instante, mirando la mano de Laura y luego sus ojos.
Pedro: Eh... sí, claro. Ya casi termino de raspar el muro viejo. Si quiere, le muestro dónde vamos a poner las vigas de refuerzo.
Laura: A ver, muéstrame. A veces me cuesta imaginar cómo quedará todo el espacio terminado.
Desde arriba, mis ojos no se despegaban de la escena. Vi cómo Pedro levantaba el brazo para señalar el techo, y cómo Laura, en un movimiento que debió costarle un mundo de fuerza de voluntad, se inclinó ligeramente hacia él, dejando que el aroma de su perfume lo inundara. El albañil bajó la mirada hacia el pecho de Laura por una fracción de segundo. Una mirada rápida, hambrienta, instintiva. Lo había atrapado.
Tras unos minutos de conversación incómoda pero cargada de una tensión eléctrica nueva, Laura se despidió y subió las escaleras. En cuanto entró a nuestra habitación, cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella, respirando como si hubiera corrido un maratón. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos de par en par.
Yo me acerqué a ella de inmediato, sintiendo una erección violenta golpear mis pantalones. La adrenalina de haberla visto interactuar con otro hombre me estaba volviendo loco.
Ángel: Lo hiciste increíble... Lo vi todo, Laura. Vi cómo te miró. Le gustas, le encantas.
Laura: Me miró el pecho, Ángel. Juro que sentí cómo me desnudaba con los ojos cuando me acerqué a ver la pared. Me temblaban las piernas... Es una sensación espantosa... y a la vez... no sé qué me pasa.
Ángel: Lo que pasa es que estás viva, mi amor. Y esto apenas comienza. Ya sembraste la duda en él. Mañana vas a dar el siguiente paso.
Laura no dijo nada, pero no me rechazó cuando la cargué hacia la cama. Esa mañana hicimos el amor con una intensidad que no habíamos tenido en años, pero ambos sabíamos que, en nuestras mentes, el fantasma de Pedro ya estaba sentado al borde del colchón.
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