El beso se rompió con un hilo de saliva brillante que unió sus labios por un instante más. Penélope permaneció inmóvil en la cama, con el sabor salado y ácido de la leche de Juan impregnando cada papila de su boca. El olor a sexo, a sudor y a otros hombres se elevaba de su propio cuerpo, un perfume de humillación que ya comenzaba a resultarle familiar. Juan se apartó, su sombra cayendo sobre ella como un manto de posesión. Sus ojos la recorrían, no con lujuria, sino con la calma de un artesano que admira su obra más turbia.
Sus labios, hinchados y rojos, se entreabrieron. La voz que surgió era un susurro ronco, gastado por los gritos y las vergas.
—Juan... —murmuró, y el sonido de su propio nombre en ese estado la hizo estremecer—. Quiero... quiero sentirte dentro. Sin nada. Quiero tu leche en mi coño, no en un trozo de plástico. Quiero que la sienta caliente, manchándome por dentro.
Juan sonrió. No fue una sonrisa de alegría, sino una curvatura lenta y calculadora, una afilada hoja de control. Se cruzó de brazos, y el músculo de su bíceps se tensó bajo la piel. El condón usado yacía en el suelo como un caparazón de insecto blanco y translúcido, un testigo mudo de su sumisión a las reglas de otro.
—No puedo, Penélope. Ya sabes las reglas de Mario. —Su voz era plana, un muro contra el que se estrellaba su deseo.
—¡A la mierda las reglas de Mario! —explotó ella, sentándose bruscamente. La manta se deslizó, dejando sus pechos al aire, marcados con moretones rojizos y la saliva seca de Mario—. Él no está aquí. Estamos tú y yo. Soy tuya, ¿no lo decías? ¡Pues fóllame como si fuera tuya de verdad!
La ira en sus ojos se trocó en una súplica desesperada. Juan se acercó a la cama, se agachó hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia. Su aliento era cálido y olía a ella.
—Ah, pero eso es precisamente el punto, mi zorra —siseó, y la palabra fue una caricia y una bofetada—. Tú quieres romper las reglas. Quieres que yo sea tu toro, el que te marca sin protección. Pero Mario te ha convertido en su propiedad, y sus propiedades tienen condiciones. Así que te voy a dar una elección. Una muy simple.
Su mano subió y le rodeó el cuello, no para estrangular, sino para afirmar su dominio. El pulgar le rozó la piel justo debajo de la quijada.
—O Mario te sigue follando a pelo, llenándote de su verga pequeña y de su semen esterilizado, o yo te follo yo sin nada. Sin barreras. Te corro dentro hasta que te seque las entrañas. Pero no puedes tener a los dos como quieres. Tienes que decidir quién te posee de verdad. Elige a tu dueño, Penélope. Elige.
El silencio en la habitación era denso, casi sólido. Penélope lo miró, y en sus pupilas dilatadas se reflejaba la batalla. Una parte de ella, la que aún conservaba un atisbo de dignidad, quería gritar que a él, que siempre a él. Pero otra parte, la más oscura y reciente, la que había gozado bajo la violencia de Mario, sentía un escalofrío perverso ante la transgresión. Elegir a Juan significaba desafiar a Mario, y el desafío era una forma de excitación que estaba aprendiendo a amar. Su lado más puta, el que anhelaba ser usada y degradada hasta el extremo, sediento de sentir la leche viril inundándola sin remedio, ganó la partida. Su mirada se suavizó, se rindió.
—Mario —susurró, cerrando los ojos, una lagrima comenzó a rodar por su mejilla—. Elijo a Mario...
La mañana siguiente la encontró en la misma posición, acurrucada entre las sábanas ahora manchadas y rancias. El sol se colaba por la persiana, dibujando rayos de luz en el polvo del aire. Cada músculo de su cuerpo le dolía, un recordatorio físico de las pollas que la habían partido en dos. Entre sus muslos, la piel estaba pegajosa por el semen seco de Mario y el de su esposo. Se sentía sucia, usada, y una extraña paz se había apoderado de ella.
Un golpe seco y autoritario en la puerta la hizo saltar. No era el golpe tímido de un vecino, ni el golpe esperado de Juan. Era el golpe de Mario. Dueño.
Juan, que estaba en la cocina, se tensó. Penélope se quedó quieta en la cama, sin aliento, como un animal que escucha al cazador. La cerradura giró sin que nadie la abriera desde dentro. Mario entró con una llave. Su presencia llenó el pequeño apartamento, desplazando el aire con su arrogancia. Llevaba una sonrisa satisfecha, como un granjero que inspecciona su ganado después de una buena temporada.
—Se los ve bien —dijo, su mirada recorriendo el desorden de la cama y el cuerpo semidesnudo de Penélope—. Muy bien. Estuvieron ocupados.
No esperó respuesta. Se acercó a la cama y se sentó en el borde, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso. Le pasó una mano por el pelo sucio de Penélope.
—Has aprendido tu lugar, zorra. Y has aprendido bien. Pero una cosa es aprender y otra muy distinta es ser la mejor. Y yo quiero que seas la mejor. La mejor putita de este edificio.
Penélope no dijo nada. Solo lo miró, sus ojos vacíos de cualquier resistencia.
—Así que he organizado algo para ti —continuó Mario, disfrutando del silencio—. He estado hablando con algunos vecinos. Hombres. Casados. Los que te miran el culo en el ascensor, los que se ajustan los pantalones cuando pasas por delante de su puerta. El del tercero, con las gemelas. El del quinto, ese gordito con cara de bueno. El del séptimo, el divorciado que está siempre solo. Todos.
El corazón de Penélope latió con una fuerza lenta y pesada. Una ola de calor subió por su cuello, manchando sus mejillas de un rojo profundo. No era vergüenza. Era una anticipación animal.
—Van a venir hoy. Uno por uno. O quizá en parejas. No lo he decidido —dijo Mario con un encogimiento de hombros—. Van a venir a usarte. A llenarte. Quiero que termines el día goteando leches de media docena de hombres. Que no sepas de quién es cada gota que te corre por las piernas. Quiero que seas su juguete, su recipiente. Un agujero caliente y disponible para que se corran dentro y fuera, las veces que quieran.
Se levantó y se quedó de pie sobre ella, una figura de poder absoluto.
—Serás su puta por un día. Nuestra puta del edificio.
Penélope no buscó la mirada de Juan. No pidió ayuda. No protestó. Simplemente, asintió. Un movimiento lento, casi imperceptible. La rendición total. Su cuerpo ya no le pertenecía, y en esa ausencia de propiedad encontraba una forma extraña y retorcida de libertad. Se resignó a ser usada incontables veces, a sentir sus pollas en su boca, en su coño, quizá hasta en su culo. A recibir sus eyaculaciones sobre su piel, en su cabello, inundando sus entrañas. A ser un objeto puramente funcional durante todo el día, infinitas veces.
Mario consultó su reloj. Sonrió.
—Se preparan. Empieza en una hora. Vete aseando, guapa. Hay que recibir a los invitados como se merecen.
Sus labios, hinchados y rojos, se entreabrieron. La voz que surgió era un susurro ronco, gastado por los gritos y las vergas.
—Juan... —murmuró, y el sonido de su propio nombre en ese estado la hizo estremecer—. Quiero... quiero sentirte dentro. Sin nada. Quiero tu leche en mi coño, no en un trozo de plástico. Quiero que la sienta caliente, manchándome por dentro.
Juan sonrió. No fue una sonrisa de alegría, sino una curvatura lenta y calculadora, una afilada hoja de control. Se cruzó de brazos, y el músculo de su bíceps se tensó bajo la piel. El condón usado yacía en el suelo como un caparazón de insecto blanco y translúcido, un testigo mudo de su sumisión a las reglas de otro.
—No puedo, Penélope. Ya sabes las reglas de Mario. —Su voz era plana, un muro contra el que se estrellaba su deseo.
—¡A la mierda las reglas de Mario! —explotó ella, sentándose bruscamente. La manta se deslizó, dejando sus pechos al aire, marcados con moretones rojizos y la saliva seca de Mario—. Él no está aquí. Estamos tú y yo. Soy tuya, ¿no lo decías? ¡Pues fóllame como si fuera tuya de verdad!
La ira en sus ojos se trocó en una súplica desesperada. Juan se acercó a la cama, se agachó hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia. Su aliento era cálido y olía a ella.
—Ah, pero eso es precisamente el punto, mi zorra —siseó, y la palabra fue una caricia y una bofetada—. Tú quieres romper las reglas. Quieres que yo sea tu toro, el que te marca sin protección. Pero Mario te ha convertido en su propiedad, y sus propiedades tienen condiciones. Así que te voy a dar una elección. Una muy simple.
Su mano subió y le rodeó el cuello, no para estrangular, sino para afirmar su dominio. El pulgar le rozó la piel justo debajo de la quijada.
—O Mario te sigue follando a pelo, llenándote de su verga pequeña y de su semen esterilizado, o yo te follo yo sin nada. Sin barreras. Te corro dentro hasta que te seque las entrañas. Pero no puedes tener a los dos como quieres. Tienes que decidir quién te posee de verdad. Elige a tu dueño, Penélope. Elige.
El silencio en la habitación era denso, casi sólido. Penélope lo miró, y en sus pupilas dilatadas se reflejaba la batalla. Una parte de ella, la que aún conservaba un atisbo de dignidad, quería gritar que a él, que siempre a él. Pero otra parte, la más oscura y reciente, la que había gozado bajo la violencia de Mario, sentía un escalofrío perverso ante la transgresión. Elegir a Juan significaba desafiar a Mario, y el desafío era una forma de excitación que estaba aprendiendo a amar. Su lado más puta, el que anhelaba ser usada y degradada hasta el extremo, sediento de sentir la leche viril inundándola sin remedio, ganó la partida. Su mirada se suavizó, se rindió.
—Mario —susurró, cerrando los ojos, una lagrima comenzó a rodar por su mejilla—. Elijo a Mario...
La mañana siguiente la encontró en la misma posición, acurrucada entre las sábanas ahora manchadas y rancias. El sol se colaba por la persiana, dibujando rayos de luz en el polvo del aire. Cada músculo de su cuerpo le dolía, un recordatorio físico de las pollas que la habían partido en dos. Entre sus muslos, la piel estaba pegajosa por el semen seco de Mario y el de su esposo. Se sentía sucia, usada, y una extraña paz se había apoderado de ella.
Un golpe seco y autoritario en la puerta la hizo saltar. No era el golpe tímido de un vecino, ni el golpe esperado de Juan. Era el golpe de Mario. Dueño.
Juan, que estaba en la cocina, se tensó. Penélope se quedó quieta en la cama, sin aliento, como un animal que escucha al cazador. La cerradura giró sin que nadie la abriera desde dentro. Mario entró con una llave. Su presencia llenó el pequeño apartamento, desplazando el aire con su arrogancia. Llevaba una sonrisa satisfecha, como un granjero que inspecciona su ganado después de una buena temporada.
—Se los ve bien —dijo, su mirada recorriendo el desorden de la cama y el cuerpo semidesnudo de Penélope—. Muy bien. Estuvieron ocupados.
No esperó respuesta. Se acercó a la cama y se sentó en el borde, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso. Le pasó una mano por el pelo sucio de Penélope.
—Has aprendido tu lugar, zorra. Y has aprendido bien. Pero una cosa es aprender y otra muy distinta es ser la mejor. Y yo quiero que seas la mejor. La mejor putita de este edificio.
Penélope no dijo nada. Solo lo miró, sus ojos vacíos de cualquier resistencia.
—Así que he organizado algo para ti —continuó Mario, disfrutando del silencio—. He estado hablando con algunos vecinos. Hombres. Casados. Los que te miran el culo en el ascensor, los que se ajustan los pantalones cuando pasas por delante de su puerta. El del tercero, con las gemelas. El del quinto, ese gordito con cara de bueno. El del séptimo, el divorciado que está siempre solo. Todos.
El corazón de Penélope latió con una fuerza lenta y pesada. Una ola de calor subió por su cuello, manchando sus mejillas de un rojo profundo. No era vergüenza. Era una anticipación animal.
—Van a venir hoy. Uno por uno. O quizá en parejas. No lo he decidido —dijo Mario con un encogimiento de hombros—. Van a venir a usarte. A llenarte. Quiero que termines el día goteando leches de media docena de hombres. Que no sepas de quién es cada gota que te corre por las piernas. Quiero que seas su juguete, su recipiente. Un agujero caliente y disponible para que se corran dentro y fuera, las veces que quieran.
Se levantó y se quedó de pie sobre ella, una figura de poder absoluto.
—Serás su puta por un día. Nuestra puta del edificio.
Penélope no buscó la mirada de Juan. No pidió ayuda. No protestó. Simplemente, asintió. Un movimiento lento, casi imperceptible. La rendición total. Su cuerpo ya no le pertenecía, y en esa ausencia de propiedad encontraba una forma extraña y retorcida de libertad. Se resignó a ser usada incontables veces, a sentir sus pollas en su boca, en su coño, quizá hasta en su culo. A recibir sus eyaculaciones sobre su piel, en su cabello, inundando sus entrañas. A ser un objeto puramente funcional durante todo el día, infinitas veces.
Mario consultó su reloj. Sonrió.
—Se preparan. Empieza en una hora. Vete aseando, guapa. Hay que recibir a los invitados como se merecen.
0 comentarios - El viejo encargado, Parte 12: La previa a la fiesta