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El viejo encargado, Parte 11: La pasión del cornudo

El chirrido de los neumáticos sobre el asfalto irregular del estacionamiento rompió el silencio denso del coche. Juan apagó el motor, y la súbita quietud hizo que el jadeo de Penélope en el asiento de atrás sonara más fuerte, más desesperado. Mario seguía debajo de ella, un peso muerto y húmedo, su miembro flácido todavía alojado en su interior. Sin decir palabra, Juan se giró en su asiento. Su mirada se posó en la figura de su esposa, en su espalda arqueada y lustrosa de sudor, en las medias de red rotas que se aferraban a sus muslos sucios.

-Bájate-, ordenó Juan, con una voz plana que no admitía discusión.

Penélope se movió lentamente, como si sus músculos se resistieran. Al despegarse de Mario, un hilo brillante de semen y fluidos se estiró entre sus cuerpos antes de romperse. Se acomodó la falda, un gesto inútil para cubrir su desnudez y el desorden. Mario se arregló el pantalón con torpeza, sin mirarla a los ojos, y salió del coche como un perro apaleado. Juan lo esperó, le dio una palmada en la hombro que fue más bien una empujada hacia la dirección de su propia casa, y luego se dirigió a la puerta de su departamento con Penélope siguiéndolo, descalza y temblando.

Dentro del apartamento, el aire fresco del aire acondicionado fue un shock en su piel ardiente. El olor a sexo, a sudor y a hombres anónimos la envolvía como una segunda piel. Su primer instinto, animal y visceral, fue caminar hacia el baño. Necesitaba sentir el agua caliente quemando la suciedad, lavando la leche ajena de su coño y el recuerdo de decenas de vergas en su piel. Llevaba su mano a la cerradura del baño cuando la voz de Juan la detuvo en seco.

-No.

No fue un grito. Fue una palabra cortada, afilada, que le clavó los pies en el suelo. Se giró lentamente. Él estaba de pie en el centro del salón, todavía completamente vestido, con una calma perturbadora.

-A la cama, Penélope.

Ella abrió la boca para protestar, para suplicar, pero vio algo en sus ojos que le robó el aliento. No era ira, era un derecho de propiedad.

-Pero estoy... -susurró, indicando su estado con un gesto vago.

- Exacto. Quiero que te acuestes así. Sucia. Con la leche de todos ellos goteando de tu coño y saboreando a extraños en la boca. Mía - añadió, y la última palabra fue un susurro posesivo que la hizo estremecer.

Con la cabeza gacha, obedeció. Caminó hasta el dormitorio, cada paso un recordatorio de la humillación y del calor que eso mismo le provocaba. Se desplomó sobre las sábanas limpias, sintiendo el contraste de su cuerpo sucio contra el algodón fresco. El olor a Mario y a los demás hombres impregnaba el aire a su alrededor. Vio a Juan desvestirse en la penumbra. Se quitó la camisa, luego los pantalones, y su cuerpo, duro y familiar, se recortó contra la luz de la calle. Penélope creyó que por fin sentiría su piel contra la suya, que él la tomaría con la brutalidad que anhelaba, pero entonces escuchó el sonido. El agudo y característico desgarro del plástico de un condón.

Una punzada de frustración mezclada con una extraña excitación la recorrió. La regla de Mario seguía en pie, incluso ahora. Juan se acercó a la cama, su verga ya erecta y envuelta en el látex delgado. Se subió sobre ella, sin apresurarse, y con una mano guio su cabeza hacia la entrada de su coño, ya húmedo y usado. La penetración fue lenta, deliberada. La sintió entrar, centímetro a centímetro, llenándola, estirándola, mientras él la miraba fijamente a los ojos. Empezó a moverse con un ritmo profundo y constante, no como una fiera, sino como un amante apasionado.

-Ahora -susurró él, su voz un murmullo junto a su oreja mientras sus caderas continuaban su embestida lenta-. Cuéntamelo todo. Quiero que me digas, con cada detalle, lo que sentiste ahí. En ese agujero. Con todas esas vergas.

Penélope gimió, una mezcla de placer y vergüenza. La verga de Juan dentro de ella, moviéndose con esa posesión tranquila, era un ancla que la mantenía en la realidad mientras su mente viajaba de vuelta al baño inmundo.
-Me sentía... ah- empezó, su voz entrecortada por el ritmo de sus embestidas-... Me sentía... una zorra. Un objeto. Un agujero caliente para que lo usaran.

Juan apretó los dientes, acelerando ligeramente el ritmo.

-Sigue.

-No había caras, solo... vergas. Duras, gordas, algunas con venas... todas querían mi boca, mis tetas, mi coño -continuó ella, la respiración agitada-. El sabor... Dios, el sabor de la leche de uno, y luego otro, mezclándose... Me sentía tan... tan prostituta. Tan sucia. Y eso me ponía tan caliente que no podía pensarlo. Solo quería más. Quería que me llenaran, que me usaran hasta no poder más.

Sus palabras se volvieron más urgentes, más sucias, mientras Juan aumentaba la fuerza de sus embestidas. El chapoteo de su coño, lleno de los fluidos de otros y de su propia excitación, llenaba la habitación.

-Quería que me vieran, que supieran que era una perra dispuesta a todo... que tragaba cada gota... que me corrían dentro y encima...

Ya no podía formar frases coherentemente. Su confesión se disolvió en gemidos y gritos de placer. El control de Juan se deshizo, y comenzó a follarla con la ferocidad que ella anhelaba, profunda y brutal. El clímax los golpeó a los dos como una ola gigante. Penélope arqueó la espalda con un grito gutural que salió desde lo más profundo de su ser, su coño contrayéndose desesperadamente alrededor de la verga de su esposo. Juan gruñó, hundiéndose hasta el fondo una última vez mientras venía, su cuerpo rígido y temblando sobre el de ella.

Se quedaron así, jadeando, unidos en el agotamiento y el caos. Después de un largo momento, Juan se retiró lentamente. Penélope lo vio deslizarse de ella y, con una calma metódica, quitarse el condón. Estaba lleno, hinchado con su leche, un pequeño globo opaco y pesado. Se inclinó sobre ella, y sin decir una palabra, acercó el extremo abierto del condón a los labios de Penélope, que todavía estaban entreabiertos. Vertió el contenido caliente y espeso directamente en su boca.

Ella lo recibió sin dudar, la lengua moviéndose para saborearlo. Mientras la leche de su esposo se mezclaba con el recuerdo de la de tantos otros en su paladar, tragó, una sola y profunda deglución. En ese instante, él bajó la cabeza y la besó. No fue un beso tierno, sino un beso hambriento, profundo, una fusión violenta y apasionada donde se compartían el sabor, la humillación y un amor tan retorcido como inquebrantable.

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