El aire acondicionado del comedor zumbaba con un ritmo monótono, intentando en vano combatir el calor húmedo del verano, pero la temperatura real en la habitación no tenía nada que ver con el clima.
Sofía se acomodó en la silla de madera, sintiendo cómo la tela del vestido rojo ajustado se tensaba peligrosamente sobre sus caderas anchas y su culo generoso cada vez que cambiaba de postura. El escote profundo de la prenda dejaba al descubierto la piel pálida y abundante de sus tetas enormes, que se mecían ligeramente con cada movimiento que hacía para alcanzar la copa de vino. Sabía que el vestido era demasiado corto, demasiado provocador para una cena familiar, pero el cosquilleo húmedo entre sus muslos le decía que era exactamente lo que ella quería, aunque no se atreviera a admitirlo abiertamente.
Frente a ella, Ramón cortaba su bife con precisión quirúrgica. El padre de su novio Leo era un hombre imponente, con hombros anchos, manos grandes y velludas, y una mirada que parecía desgarrar la ropa a su paso. A su lado, Leo, parloteaba incesantemente sobre su nuevo trabajo en el banco, totalmente ajeno a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa de un lado a otro.
Ramón no miraba a su hijo; sus ojos oscuros y predadores estaban clavados exclusivamente en el escote de Sofía, siguiendo el camino que la gota de sudor frío trazaba entre sus pechos, descendiendo hacia la curva perfecta que amenazaba con saltarse del vestido.
—El vino está excelente, papá —dijo Leo, levantando su copa en un brindis vacío.
—Sí, excelente —murmuró Ramón, sin despegar la vista de las tetas de Sofía.
Su voz era grave, áspera, como grava raspando contra cemento. Se llevó la copa a los labios y bebió lentamente, manteniendo el contacto visual con la joven hasta que ella bajó la mirada, ruborizada, sintiendo cómo se le endurecían los pezones bajo la tela fina y cómo su concha empezaba a latir con un ritmo insistente y húmedo.
Sofía cruzó las piernas, apretando los muslos fuertes buscando algo de fricción para aliviar la presión que crecía en su entrepierna. El olor a carne asada y a la colonia de madera y tabaco de Ramón se mezclaba en el aire, creando una atmósfera densa y asfixiante. Podía sentir el peso de la mirada del hombre mayor recorriendo su cuerpo, escaneando cada centímetro de piel expuesta, devorando mentalmente la forma de sus caderas y la promesa de ese culo grande que ella sabía que él deseaba apretar.
—Voy a buscar el postre que se nos olvidó en la cocina —anunció Leo de repente, empujando su silla hacia atrás. El ruido de las patas arrastrándose sobre el suelo de baldosas rompió el hechizo momentáneamente.
—No te muevas, Sofía, vuelvo en un segundo.
El sonido de los pasos de Leo alejándose por el pasillo se desvaneció, y el silencio que quedó en su lugar fue absoluto y cargado de tensión sexual. Ramón no esperó a que su hijo estuviera fuera de vista para actuar. Dejó el tenedor y el cuchillo sobre el plato con un golpe seco y se levantó. Sofía se quedó helada, viendo cómo el hombre se acercaba a ella, la sombra de su cuerpo proyectándose sobre ella, bloqueando la luz del techo. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
—Te has estado moviendo demasiado, princesa —dijo Ramón, colocando una mano pesada y caliente sobre el hombro desnudo de ella. Sus dedos descendieron lentamente, rozando la clavícula, hasta que su mano cupo por completo el pecho izquierdo de Sofía, pesando la masa pesada y blanda en su palma.
—Estas tetas están pidiendo a gritos que salgan a respirar.
Sofía exhaló un tembloroso jadeo, inclinando la cabeza hacia atrás y permitiendo que el cabello cayera sobre su espalda. No lo detuvo. No podía. La autoridad bruta de Ramón la paralizaba y la excitaba a niveles que nunca había experimentado con Leo. Él apretó, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, encontrando el pezón endurecido a través de la tela y pellizcándolo con fuerza, provocando un chorro de humedad en la ropa interior de la chica.
—Ramón... Leo podría volver —susurró ella, aunque su voz no tenía ninguna convicción. Sus manos se aferraron al borde de la mesa, las uñas clavándose en la madera.
—Déjalo que mire —gruñó Ramón, acercando su cara al cuello de ella y oliendo su perfume dulce mezclado con el sudor de su excitación.
Con un movimiento brusco, Ramón jaló el vestido hacia abajo, liberando las tetas enormes que rebotaron con la violencia del gesto. Los pezones, rosados y hinchados, apuntaban hacia él, ofreciéndose.
—Mira qué tetas más perfectas tienes, zorra. Mucho mejores que las de su madre.
La humillación y el lujuria se mezclaron en el estómago de Sofía. Ramón se agachó y tomó uno de sus pezones en la boca, mordiéndolo fuerte, chupando con avidez, dejando un rastro de saliva brillante sobre la piel. Sofía arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca del hombre, un gemido gutural escapando de su garganta.
—Sí, chupalas —suplicó ella, perdida en la vorágine de sensaciones.
Ramón se separó, pero solo para agarrarla por la cintura y girarla. Sofía sintió la madera fría de la mesa contra su estómago y sus tetas aplastadas contra la superficie. Ramón levantó la falda del vestido violentamente, descubriendo el culo grande y blando que ella escondía debajo. No llevaba ropa interior. El aire fresco golpeó su piel húmeda y caliente.
—Qué puta eres —siseó él, desabrochándose el cinturón con un tintineo metálico que sonó como un disparo en el silencio de la habitación. El sonido de la cremallera bajando siguió, y Sofía sintió el calor de su polla dura y gruesa rozando el muslo trasero.
—Estás goteando sólo con que te mire. ¿Es por esto lo que viniste a cenar? ¿Para que te rompa este coño?
Sofía no respondió con palabras; solo movió las caderas hacia atrás, buscando su miembro, ofreciéndose como un animal en celo. Ramón escupió en su mano y se la pasó por la verga, luego, sin previo aviso y sin delicadeza, guio la cabeza hinchada hacia la entrada de la concha de Sofía. Estaba tan mojada que entró de un golpe, hasta el fondo, llenándola por completo, estirando las paredes de su coño de una manera que la hizo gritar.
Ramón comenzó a cogerla con fuerza, golpeando sus pelvis contra el culo de ella con un sonido húmedo y golpeteo que llenaba el comedor. Cada empujón hacía que las tetas de Sofía se bambolearan contra la mesa, friccionándose contra el mantel de lino. Él le agarró el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a mirar hacia la puerta del comedor por donde podía entrar Leo en cualquier momento.
—¡Mira la puerta! —gritó Ramón entre jadeos, acelerando el ritmo, sus testículos golpeando el clítoris sensible de ella con cada embestida. —¡Imagina a tu novio viendo cómo su papá le mete la polla a su novia, cómo la deja hecha una perra!
La idea, tan sucia y prohibida, disparó el placer de Sofía. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Ramón, apretándola, masajeándola, intentando drenar la vida de él. Se sentía llena, usada, poseída. El dolor del tirón de cabello se mezclaba con el éxtasis del llenado total.
—Soy tu puta, Ramón —gemía ella, sus palabras entrecortadas por los golpes secos contra su culo. —Cógeme más duro. Hazme tuya.
Ramón la soltó y se agachó sobre ella, mordisqueando la nuca, sus manos aferradas a las caderas anchas de la chica para tener mejor palanca mientras la perforaba sin piedad. Podía sentir el anillo de fuego de su ano apretándose cada vez que él se retiraba casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo.
—Voy a llenarte, zorra —gruñó él en su oído, su respiración pesada y caliente. —Voy a ponerme tan profundo que te quedarás preñada esta misma noche. Leo no va a saber quién es el padre, pero tú sí lo sabrás. Siempre lo sabrás.
Las palabras de Ramón, la promesa de la inseminación, empujaron a Sofía al borde. Su cuerpo se tensó, los dedos de los pies se rizaron, y un orgasmo devastador la recorrió de arriba a abajo, haciéndola temblar y gritar mientras su coño se desbocaba en espasmos incontrolables, chorreando sus jugos sobre las bolas de Ramón.
—¡Dámelo! ¡Dámelo todo! —gritó ella, perdida en el clímax.
Ramón gruñó como una bestia, hundió su polla una última vez con una fuerza brutal, rompiendo cualquier barrera que quedara, y eyaculó. Podía sentir los chorros gruesos y calientes de su leche disparándose dentro de ella, bañando su cérvix, llenándola hasta el tope. Se quedó ahí, inmóvil, vaciándose dentro de ella, mientras ambos recuperaban el aliento en el silencio roto solo por los gemidos apagados de Sofía.
En la cocina, se escuchó el tintineo de platos. Leo estaba volviendo. Ramón se retiró de golpe, un hilo de semen y fluidos conectando brevemente su glande con la entrepierna abierta de Sofía antes de romperse. Ella se bajó rápidamente del borde de la mesa, tirándose el vestido hacia abajo, sus piernas temblando tanto que casi no podía mantenerse en pie. El semen caliente le corría por el muslo interior, una prueba tangible de su pecado.
Ramón se abrochó el pantalón con calma, sonriendo con una satisfacción depredadora, y se sentó en su silla justo cuando Leo entraba con una tarta de manzana en las manos.
—¿Qué pasó? —preguntó Leo, mirando el rostro encendido y despeinado de su novia, y el aire pesado que parecía flotar en la habitación. —¿Te sientes bien, Sofía?
Sofía se sentó, sintiendo cómo el semen de su suegro se enfriaba pegajoso entre sus muslos, y miró a Ramón. Él le devolvió la mirada, levantando su copa de vino en un brindis silencioso, sabiendo que, a partir de ese momento, ella era suya, para usarla y cogerla cuando le diera la gana.
—Estoy perfectamente, cariño —mintió Sofía, con la voz ronca por los gritos. —Nunca he estado mejor.
Sofía se acomodó en la silla de madera, sintiendo cómo la tela del vestido rojo ajustado se tensaba peligrosamente sobre sus caderas anchas y su culo generoso cada vez que cambiaba de postura. El escote profundo de la prenda dejaba al descubierto la piel pálida y abundante de sus tetas enormes, que se mecían ligeramente con cada movimiento que hacía para alcanzar la copa de vino. Sabía que el vestido era demasiado corto, demasiado provocador para una cena familiar, pero el cosquilleo húmedo entre sus muslos le decía que era exactamente lo que ella quería, aunque no se atreviera a admitirlo abiertamente.
Frente a ella, Ramón cortaba su bife con precisión quirúrgica. El padre de su novio Leo era un hombre imponente, con hombros anchos, manos grandes y velludas, y una mirada que parecía desgarrar la ropa a su paso. A su lado, Leo, parloteaba incesantemente sobre su nuevo trabajo en el banco, totalmente ajeno a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa de un lado a otro.
Ramón no miraba a su hijo; sus ojos oscuros y predadores estaban clavados exclusivamente en el escote de Sofía, siguiendo el camino que la gota de sudor frío trazaba entre sus pechos, descendiendo hacia la curva perfecta que amenazaba con saltarse del vestido.
—El vino está excelente, papá —dijo Leo, levantando su copa en un brindis vacío.
—Sí, excelente —murmuró Ramón, sin despegar la vista de las tetas de Sofía.
Su voz era grave, áspera, como grava raspando contra cemento. Se llevó la copa a los labios y bebió lentamente, manteniendo el contacto visual con la joven hasta que ella bajó la mirada, ruborizada, sintiendo cómo se le endurecían los pezones bajo la tela fina y cómo su concha empezaba a latir con un ritmo insistente y húmedo.
Sofía cruzó las piernas, apretando los muslos fuertes buscando algo de fricción para aliviar la presión que crecía en su entrepierna. El olor a carne asada y a la colonia de madera y tabaco de Ramón se mezclaba en el aire, creando una atmósfera densa y asfixiante. Podía sentir el peso de la mirada del hombre mayor recorriendo su cuerpo, escaneando cada centímetro de piel expuesta, devorando mentalmente la forma de sus caderas y la promesa de ese culo grande que ella sabía que él deseaba apretar.
—Voy a buscar el postre que se nos olvidó en la cocina —anunció Leo de repente, empujando su silla hacia atrás. El ruido de las patas arrastrándose sobre el suelo de baldosas rompió el hechizo momentáneamente.
—No te muevas, Sofía, vuelvo en un segundo.
El sonido de los pasos de Leo alejándose por el pasillo se desvaneció, y el silencio que quedó en su lugar fue absoluto y cargado de tensión sexual. Ramón no esperó a que su hijo estuviera fuera de vista para actuar. Dejó el tenedor y el cuchillo sobre el plato con un golpe seco y se levantó. Sofía se quedó helada, viendo cómo el hombre se acercaba a ella, la sombra de su cuerpo proyectándose sobre ella, bloqueando la luz del techo. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
—Te has estado moviendo demasiado, princesa —dijo Ramón, colocando una mano pesada y caliente sobre el hombro desnudo de ella. Sus dedos descendieron lentamente, rozando la clavícula, hasta que su mano cupo por completo el pecho izquierdo de Sofía, pesando la masa pesada y blanda en su palma.
—Estas tetas están pidiendo a gritos que salgan a respirar.
Sofía exhaló un tembloroso jadeo, inclinando la cabeza hacia atrás y permitiendo que el cabello cayera sobre su espalda. No lo detuvo. No podía. La autoridad bruta de Ramón la paralizaba y la excitaba a niveles que nunca había experimentado con Leo. Él apretó, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, encontrando el pezón endurecido a través de la tela y pellizcándolo con fuerza, provocando un chorro de humedad en la ropa interior de la chica.
—Ramón... Leo podría volver —susurró ella, aunque su voz no tenía ninguna convicción. Sus manos se aferraron al borde de la mesa, las uñas clavándose en la madera.
—Déjalo que mire —gruñó Ramón, acercando su cara al cuello de ella y oliendo su perfume dulce mezclado con el sudor de su excitación.
Con un movimiento brusco, Ramón jaló el vestido hacia abajo, liberando las tetas enormes que rebotaron con la violencia del gesto. Los pezones, rosados y hinchados, apuntaban hacia él, ofreciéndose.
—Mira qué tetas más perfectas tienes, zorra. Mucho mejores que las de su madre.
La humillación y el lujuria se mezclaron en el estómago de Sofía. Ramón se agachó y tomó uno de sus pezones en la boca, mordiéndolo fuerte, chupando con avidez, dejando un rastro de saliva brillante sobre la piel. Sofía arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca del hombre, un gemido gutural escapando de su garganta.
—Sí, chupalas —suplicó ella, perdida en la vorágine de sensaciones.
Ramón se separó, pero solo para agarrarla por la cintura y girarla. Sofía sintió la madera fría de la mesa contra su estómago y sus tetas aplastadas contra la superficie. Ramón levantó la falda del vestido violentamente, descubriendo el culo grande y blando que ella escondía debajo. No llevaba ropa interior. El aire fresco golpeó su piel húmeda y caliente.
—Qué puta eres —siseó él, desabrochándose el cinturón con un tintineo metálico que sonó como un disparo en el silencio de la habitación. El sonido de la cremallera bajando siguió, y Sofía sintió el calor de su polla dura y gruesa rozando el muslo trasero.
—Estás goteando sólo con que te mire. ¿Es por esto lo que viniste a cenar? ¿Para que te rompa este coño?
Sofía no respondió con palabras; solo movió las caderas hacia atrás, buscando su miembro, ofreciéndose como un animal en celo. Ramón escupió en su mano y se la pasó por la verga, luego, sin previo aviso y sin delicadeza, guio la cabeza hinchada hacia la entrada de la concha de Sofía. Estaba tan mojada que entró de un golpe, hasta el fondo, llenándola por completo, estirando las paredes de su coño de una manera que la hizo gritar.
Ramón comenzó a cogerla con fuerza, golpeando sus pelvis contra el culo de ella con un sonido húmedo y golpeteo que llenaba el comedor. Cada empujón hacía que las tetas de Sofía se bambolearan contra la mesa, friccionándose contra el mantel de lino. Él le agarró el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a mirar hacia la puerta del comedor por donde podía entrar Leo en cualquier momento.
—¡Mira la puerta! —gritó Ramón entre jadeos, acelerando el ritmo, sus testículos golpeando el clítoris sensible de ella con cada embestida. —¡Imagina a tu novio viendo cómo su papá le mete la polla a su novia, cómo la deja hecha una perra!
La idea, tan sucia y prohibida, disparó el placer de Sofía. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Ramón, apretándola, masajeándola, intentando drenar la vida de él. Se sentía llena, usada, poseída. El dolor del tirón de cabello se mezclaba con el éxtasis del llenado total.
—Soy tu puta, Ramón —gemía ella, sus palabras entrecortadas por los golpes secos contra su culo. —Cógeme más duro. Hazme tuya.
Ramón la soltó y se agachó sobre ella, mordisqueando la nuca, sus manos aferradas a las caderas anchas de la chica para tener mejor palanca mientras la perforaba sin piedad. Podía sentir el anillo de fuego de su ano apretándose cada vez que él se retiraba casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo.
—Voy a llenarte, zorra —gruñó él en su oído, su respiración pesada y caliente. —Voy a ponerme tan profundo que te quedarás preñada esta misma noche. Leo no va a saber quién es el padre, pero tú sí lo sabrás. Siempre lo sabrás.
Las palabras de Ramón, la promesa de la inseminación, empujaron a Sofía al borde. Su cuerpo se tensó, los dedos de los pies se rizaron, y un orgasmo devastador la recorrió de arriba a abajo, haciéndola temblar y gritar mientras su coño se desbocaba en espasmos incontrolables, chorreando sus jugos sobre las bolas de Ramón.
—¡Dámelo! ¡Dámelo todo! —gritó ella, perdida en el clímax.
Ramón gruñó como una bestia, hundió su polla una última vez con una fuerza brutal, rompiendo cualquier barrera que quedara, y eyaculó. Podía sentir los chorros gruesos y calientes de su leche disparándose dentro de ella, bañando su cérvix, llenándola hasta el tope. Se quedó ahí, inmóvil, vaciándose dentro de ella, mientras ambos recuperaban el aliento en el silencio roto solo por los gemidos apagados de Sofía.
En la cocina, se escuchó el tintineo de platos. Leo estaba volviendo. Ramón se retiró de golpe, un hilo de semen y fluidos conectando brevemente su glande con la entrepierna abierta de Sofía antes de romperse. Ella se bajó rápidamente del borde de la mesa, tirándose el vestido hacia abajo, sus piernas temblando tanto que casi no podía mantenerse en pie. El semen caliente le corría por el muslo interior, una prueba tangible de su pecado.
Ramón se abrochó el pantalón con calma, sonriendo con una satisfacción depredadora, y se sentó en su silla justo cuando Leo entraba con una tarta de manzana en las manos.
—¿Qué pasó? —preguntó Leo, mirando el rostro encendido y despeinado de su novia, y el aire pesado que parecía flotar en la habitación. —¿Te sientes bien, Sofía?
Sofía se sentó, sintiendo cómo el semen de su suegro se enfriaba pegajoso entre sus muslos, y miró a Ramón. Él le devolvió la mirada, levantando su copa de vino en un brindis silencioso, sabiendo que, a partir de ese momento, ella era suya, para usarla y cogerla cuando le diera la gana.
—Estoy perfectamente, cariño —mintió Sofía, con la voz ronca por los gritos. —Nunca he estado mejor.
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