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El viejo encargado, Parte 10: Gloryhole (2)

Juan observó el espectáculo con una frialdad calculadora, la luz parpadeante del baño reflejándose en sus pupilas dilatadas. El teléfono en su mano no se movió, capturando cada jadeo y cada movimiento de Penélope, arrodillada sobre el suelo sucio. Sin bajar la cámara, extendió el pie libre y empujó la parte superior del atuendo de su esposa hacia abajo con fuerza, dejando al descubierto sus pechos, que rebotaron con el movimiento brusco.

—Quítate eso — ordenó Juan, la voz ronca y autoritaria, sin rastro de la ternura que alguna vez hubo entre ellos. —Quiero que estés en tetas.

Penélope no dudó. Con las manos ocupadas acariciando dos vergas desconocidas que sobresalían de los agujeros a ambos lados, usó los hombros para deshacerse de la prenda, dejándola caer en el charco del suelo. El aire frío y viciado del baño golpeó su piel erizada, pero el calor que emanaba de su cuerpo era mucho mayor. Sus pechos, aliviados de la tela, se ofrecieron inmediatamente a la caricia de los extraños, y ella apretó los ojos, soltando un gemido gutural que traicionaba su propia excitación desmedida. La humillación se mezclaba con una lujuria voraz que la nublaba todo.

Otra verga, más gruesa y oscura que las anteriores, apareció por el agujero central. Penélope no esperó a que se la pidieran. Se inclinó hacia adelante, envolviendo el miembro entre sus senos, apretándolos con fuerza para crear un túnel de carne suave y caliente. Comenzó a moverse arriba y abajo, el glande rozando su piel con cada embiste, mientras sus manos continuaban su labor en los otros dos hombres. El sonido de la carne golpeando contra la carne y los jadeos ahogados al otro lado de la pared llenaban el estrecho cubículo.

—Acaba en mis tetas — susurró ella, mirando el miembro que deslizaba entre sus pechos con devoción. —Dámelo todo.

El hombre al otro lado debió escucharla, porque poco después sintió el espasmo característico. Un chorro caliente y espeso de semen salpicó su cuello y comenzó a resbalar hacia el canal formado por sus senos. Penélope apretó más fuerte, exprimiendo hasta la última gota, guiando el fluido blanco hacia abajo. Juan se acercó con el vaso de plástico que había encontrado en el suelo, sucio y manchado, y se lo tendió.

—No desperdicies nada — sentenció Juan.

Penélope se inclinó, usando los dedos para empujar la leche que goteaba de sus pezones hacia el borde del vaso. La mezcla caía con un sonido pegajoso, acumulándose en el fondo. No hubo tregua. Apenas terminó de limpiar el primer chorrito, otra verga reemplazó a la anterior en el agujero de la derecha. Esta vez era larga y delgada, y ella la tomó en su boca de inmediato, chupando con desesperación, sintiendo cómo las venas pulsaban contra su lengua.

El ritual se repitió una y otra vez. Chupar, masturbar, estrujar con los pechos. Cada eyaculación tenía el mismo destino: su piel se convertía en un lienzo blanco y viscoso, y el exceso era recolectado meticulosamente en el vaso. Perdió la noción del tiempo, sumida en un torbellino de olores a sexo, sudor y cloro. El vaso se iba llenando lentamente, una mezcla turbia de decenas de hombres anónimos que la usaban como un mero objeto de descarga. Mario, que había estado observando en silencio desde un rincón, se acercó y le pasó una mano por el cabello sudado, empujando su cabeza más fuerte contra la pared para que se tragara hasta las pelvis del hombre que estaba atendiendo.

—Así se hace, perra — murmuró Mario, disfrutando de la degradación de su amiga. —Eres una buena lechera.

Cuando el líquido en el vaso alcanzó el borde, amenazando con derramarse, Juan dio un paso al frente. El vaso estaba tibio al tacto, emanando un olor intenso y salado. Penélope jadeaba, el maquillaje corrido por el sudor y las salpicaduras, sus pechos brillantes bajo la luz parpadeante.

—Bébetelo — ordenó Juan, poniendo el vaso en sus labios. —Todo. Ahora.

Penélope tomó el vaso con ambas manos, temblando. La mirada de Juan no admitía réplicas. Llevó el borde a los labios y comenzó a inclinar la cabeza. El sabor fue explosivo, salado, metálico y espeso. Tragó el primer sorbo con dificultad, sintiendo el líquido caliente deslizarse por su garganta. El volumen era abrumador, pero la excitación le bloqueó el reflejo de náusea. Bebió ansiosamente, sorbo a sorbo, dejando que el semen de decenas de extraños llenara su estómago, mientras la lengua recogía los restos del borde del vaso.

Mientras terminaba de tragar la última gota, sintió que algo duro y caliente golpeaba sus nalgas desde atrás. Era otra verga, enorme, que había aparecido por el agujero a la altura de su cadera. Sin pensarlo dos veces, Penélope se apoyó en las rodillas, arqueando la espalda y ofreciendo su sexo ya húmedo y dilatado. El hombre la penetró de un golpe seco, entrando sin piedad. Ella gritó, ahogándose con el último rastro de semen en la boca, mientras el extraño la golpeaba con violencia contra la pared.

El orgasmo del hombre fue rápido y brutal. Penélope sintió cómo el miembro se dilataba dentro de ella y luego una explosión de calor profundo en su vientre. El hombre eyaculó largamente, llenándola por dentro, y cuando se retiró, el líquido comenzó a chorrear de su entrepierna, mezclándose con sus propios fluidos y cayendo al suelo sucio del baño. Ella quedó allí un momento, jadeando, vacía y llena al mismo tiempo, mientras Juan guardaba el teléfono con una sonrisa satisfecha...

El viaje de vuelta en el coche fue en silencio al principio, pero la tensión en el aire era densa y eléctrica. Mario y Penélope se acomodaron en el asiento trasero, mientras Juan conducía con indiferencia. Apenas el coche se puso en marcha, Penélope se lanzó sobre Mario. No había preámbulos, solo una necesidad desesperada de sentirse usada de nuevo. Desabrochó el pantalón de Mario con dedos torpes y sacó su miembro, que ya estaba medio erecto.

Se inclinó y se lo llevó a la boca, chupándolo con furia, haciendo sonidos húmedos y obscenos que resonaban en el habitáculo. Mario recostó la cabeza en el respaldo, cerrando los ojos y disfrutando de la calidez húmeda de su boca, pero Penélope quería más. Necesitaba sentirlo dentro. Sin soltarlo de la boca, se subió las faldas, apartó la tela húmeda de sus medias de red y, con un movimiento fluido, se montó sobre él.

Se dejó caer, impalándose sobre la verga de Mario hasta el fondo. Ambos soltaron un gemido al unísono. Penélope comenzó a moverse frenéticamente, subiendo y bajando, usando sus muslos para la propulsión, mientras Mario agarraba sus caderas para guiar el ritmo. El coche se balanceaba ligeramente con el forcejeo. Ella no se cuidaba; cabalgaba con violencia, buscando su propio placer en la fricción bruta, con los pechos rebotando frente a la cara de Mario.

—Sí, así, sigue... — jadeaba ella, con la voz quebrada.

El ritmo se volvió incontrolable. Mario apretó los dientes, sintiendo cómo la presión subía irremediablemente desde sus testículos. Con un gemido profundo, agarró fuerte las nalgas de Penélope y se clavó en ella una última vez. El orgasmo lo sacudió, eyaculando a chorros dentro de ella, llenándola de nuevo mientras ella continuaba moviéndose, exprimiendo cada gota de su miembro hasta que él quedó exhausto y flácido bajo su cuerpo. Penélope se desplomó sobre él, respirando agitada contra su cuello, mientras el coche continuaba su camino por la oscura carretera.

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