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El viejo encargado: Parte 4

El chasquido húmedo y rítmico de los pechos de Penélope alrededor de la verga de Mario finalmente cesó. El silencio que siguió fue más ensordecedor que el ruido. Juan permaneció rígido en el sofá, el aire denso en sus pulmones. Pasaron minutos que se sintieron como horas. Entonces, la puerta de la habitación se abrió. Mario apareció en el marco, todavía desnudo, su panzón colgando pesadamente. Se estiró con un bostezo que mostró sus encías desdentadas y miró a Juan con desdén. Sin decir una palabra, se adentró de nuevo en la habitación. Juan oyó el murmullo de sus voces, luego el sonido de la ducha. Cuando Mario volvió a salir, ya se había vestido con la misma ropa arrugada de la tarde. Se acercó a la puerta del baño y gritó:
-Ya me voy, perra puta. Pero vuelvo pronto, así que estate preparada.

No hubo respuesta. Mario lanzó una última mirada de propiedad a la puerta cerrada del baño y salió del apartamento, cerrando el portazo con tal fuerza que los cuadros de la pared temblaron.

El silencio volvió a reinar, roto solo por el goteo del grifo de la cocina y el lejano murmullo de la ciudad. Juan no se movió. Diez minutos después, el sonido de la ducha se detuvo. La puerta del baño se abrió y Penélope salió, envuelta en una toalla blanca que absorbía el agua de su piel. Su cabello oscuro goteaba sobre sus hombros y su rostro, finalmente limpio de semen, mostraba una palidez cansada. Sus ojos se posaron en Juan, y no había ternura en ellos, solo una orden silenciosa.
-Juan. Ven aquí -dijo, su voz ronca por el uso. Se giró y entró en la habitación sin mirar si la seguía.

Juan se levantó como un autómata y entró. La habitación olía a sudor, a sexo viejo y al perfume barato de Mario. Las sábanas eran un nudo de manchas y arrugas. Penélope se detuvo junto a la cama y dejó caer la toalla al suelo. Su cuerpo estaba limpio, pero las marcas rojas y oscuras en sus muñecas eran un testamento mudo de las horas anteriores. Se acercó a él y, con movimientos rápidos y eficientes, desabrochó su camisa. La empujó de sus hombros y luego se arrodilló para abrir su cinturón y bajar la cremallera de sus pantalones. Juan no dijo nada, permitiendo que lo desvistiera. Cuando su ropa quedó en un montón a sus pies, Penélope lo empujó con fuerza inesperada. Juan cayó de espaldas sobre el colchón, el aire escapando de sus pulmones.

Ella se arrodilló a su lado en la cama. Su mano se cerró alrededor de su miembro, que estaba semi-erecto por la tensión de la noche. Empezó a moverlo lentamente, con un ritmo deliberado y tortuoso. Apretó la base, deslizó la piel hacia arriba y luego la hizo bajar con una lentitud agonizante. Inclinó su cuerpo, sus labios rozando la oreja de Juan.

-Me agarró por el pelo -susurró, su aliento caliente y húmedo-. Me dijo que era su perra sucia y que mi concha olía a otra verga. Me la metió por el culo sin avisar, se rio mientras yo gritaba -La mano de Penélope apretó un poco más, y la verga de Juan se endureció hasta convertirse en piedra, palpando contra sus dedos-. Me hizo ponerme de rodillas y me orinó en las tetas, llamándome su letrina personal.

La respiración de Juan se entrecortó. Su verga, hinchada y con las venas marcadas, parecía más grande que nunca.
- Más... cuéntame más- suplicó, su voz un ronquido áspero.

Penélope sonrió contra su piel.

-Mientras me follaba, me preguntaba si tú te masturbabas en el sofá escuchando cómo gritaba. Me decía que tu verga era pequeña y que por eso necesitaba un hombre de verdad que me rompiera.

Mientras hablaba, tomó la mano libre de Juan y la guio hacia abajo, hasta el calor húmedo entre sus piernas hechas un charco. Empujó sus dedos contra su concha, ya empapada.

-Mastúrbame. Tócame mientras te cuento cómo me usaba.

Juan obedeció, sus dedos encontrando su clítoris y frotándolo en el ritmo que ella le imponía con su propia mano sobre la suya.

Después de un momento, Penélope se movió. Pasó una pierna sobre el pecho de Juan y se posicionó sobre su cara, su concha abierta y brillante a centímetros de su boca.
-Lámela -ordenó.

Bajó sus caderas, ahogándolo con su carne. Juan extendió la lengua y lamió, saboreando la humedad y el rastro de Mario que aún persistía. Arriba de él, Penélope arqueó la espalda y se agarró sus propios pechos con fuerza. Los apretó, los hundió con sus dedos, tiró de sus pezones hasta que se pusieron duros y oscuros.

-El viejo panzon me tenía así -jadeó, moviendo sus caderas sobre la boca de Juan-. Me agarraba las tetas como si quisiera arrancármelas, me llamaba vaca tetona y puta mientras me clavaba su verga hasta el fondo -Continuó su relato, cada palabra más cochina que la anterior, describiendo cómo Mario la había humillado, cómo la había hecho sentir sucia y usada.

Se inclinó hacia adelante, cambiando el ángulo de la lengua de Juan dentro de ella.

-Tienes la verga más grande, Juan -admitió, su voz llena de una necesidad desesperada-. Mucho más grande y más rica que la suya. Pero había algo en él... en su aliento a cigarro y alcohol, en lo desagradable que era su cuerpo contra el mío... me excitaba como una loca. Me hacía sentir una puta de verdad, y por eso tenía tantos orgasmos -Se levantó de su cara, sus ojos ardientes de lujuria y sumisión.

-Trátame así, Juan. Trátame como una puta, igual que él. Hazme tuya, pero como si me desearas solo para usarme y nada más.

Algo se rompió dentro de Juan. Con un rugido sordo, se incorporó. Agarró a Penélope por los brazos con tanta fuerza que ella gimió, y la tiró boca arriba sobre la cama. Se subió sobre ella, estrangulándola con sus rodillas, y alineó su verga, enorme y dura, con su boca.
-¡Ábrela! -siseó.

Penélope obedeció, y él se hundió de golpe, hasta el fondo de su garganta. Empezó a follarle la boca con una brutalidad que no sabía que poseía, cada embestida profunda y violenta. A su esposa ya le salían lagrimas por los ojos y le daban arcadas por la manera en la que su esposo ahora la usaba como si fuera tan solo una prostituta barata. Su vagina ahora era un mar de flujos, que chorreaba por su entrepierna, manchando las sábanas de sus jugos.

Mientras él la usaba, Penélope llevó una mano por detrás de él, sus dedos buscando y encontrando su ano. Sin dudarlo, introdujo un dedo hasta el nudo. Juan gritó, el doble estímulo, la humillación y el poder convergiendo en un punto cegador. Con una última embestida profunda en la boca de Penélope, explotó, un torrente de leche caliente que le llenó la garganta y se derramó por sus labios mientras ella se tragaba todo, sin soltarlo. Juan no paraba de largar chorros y chorros de abundante semen, mientras seguía cogiendo la boca de su esposa hasta el fondo...

1 comentarios - El viejo encargado: Parte 4

nick8765 +1
Ufff!!! Este subió como loco! Me encantó! Justo lo que más me guta de ser cornudo
Elcums1
Y quete calienta? Quizas lo puedo meter en alguna parte del relato...
nick8765
Esto que contas. Encontras a tu mujer recién cogida, el dialogo, limpiarla, todo eso... incluso cuando le confiesa que el la tiene más grande.