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De Negarme a Convertirme en Hotwife – Parte 1

Qué pasa cuando tu esposo te suplica durante meses que te acuestes con otro hombre? Yo, Gladys, de 33 años, madre y esposa desde hace 5 años, siempre decía que no… hasta que un día acepté.
En este relato explícito y sin censura te cuento cómo pasé de rechazar la fantasía de mi marido a montarme en la verga gruesa de Sergio en la misma cama donde duermo con mi esposo.
Si te gusta el hotwife, cornudo consentidor, infidelidad consentida y relatos subidos de tono… este episodio te va a poner muy cachondo o cachonda.
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De Negarme a Convertirme en Hotwife – Parte 1

¡Hola! Soy Gladys, tengo 33 años y llevo 5 años casada con mi esposo. Nuestro matrimonio ha sido bueno, con altibajos como en todas las relaciones, pero siempre hemos encontrado la forma de seguir adelante. Físicamente soy una mujer de piel morena clara, con el cabello negro largo que suelo llevar en una coleta alta o trenza. Mis pechos no son muy grandes, son medianos, pero tienen una forma redonda y firme que siempre captan miradas cuando me pongo algo escotado o ajustado; me encanta usar encaje me gusta como resalta su curvatura y hace que se vean tentadores. Mis piernas son gruesas y tonificadas, con caderas anchas que dan paso a unas nalgas grandes, redondas y suaves, esas que se mueven con cada paso y que sé que muchos hombres no pueden evitar mirar. Cuido mucho mi vello vaginal en forma de triángulo invertido bien recortado me gusta darle ese toque sexy y sensual a mi vagina, que deja ver mis labios cuando me excito. Después de mi primer embarazo me quedó una cicatriz sutil de cesárea justo abajo del ombligo y unas estrías suaves en los costados de mi vientre y caderas, pero mi esposo dice que me hacen más real y sexy.
Todo empezó porque a mi esposo le obsesionaba la idea de verme con otro hombre. Durante nuestras noches de intimidad, cuando yo estaba encima de él montándolo con ganas, jadeando mientras sentía su verga dentro de mí, él me susurraba al oído: “Me encantaría verte montando otra verga, cariño… ver cómo te coges a otro mientras yo miro”. Yo me negaba rotundamente cada vez, le decía que no me sentía cómoda, que era su esposa y que eso no estaba bien. Pero él insistía. Durante 8 meses, cuando estaba en el trabajo, me mandaba mensajes calientes: “Estoy fantaseando que ahora mismo estás cogiendo con otro, que te tiene abierta de piernas y te está metiendo duro. Me excita tanto imaginarlo… ¿me llamarías mientras te la están metiendo? Quiero oír tus gemidos reales y los sonidos húmedos de tu boca chupando una verga gruesa. Solo de pensarlo se me pone dura aquí en la oficina”.
Yo seguía diciendo que no. En una de esas ocasiones en que volvió a proponérmelo, se la solté: “No lo haré porque después vas a querer tú estar con otra mujer”. Él me miró serio y me respondió directamente: “Yo no quiero estar con nadie más. Quiero que seas mi hotwife. En cada reunión veo cómo te miran mis amigos, cómo te desnudan con la mirada. Hasta los hombres de tu familia y de la mía te desean. Quiero que hagas realidad mi fantasía una y otra vez, que dejes que te follen y luego me cuentes todo… o mejor, que yo lo vea”.
Sus palabras me dejaron sorprendida. Estaba realmente dispuesto a compartirme con otros hombres, incluso insinuando que no le importaría que fueran de nuestro propio círculo social o familiar. Es verdad que siempre he notado cómo me miran: sus ojos se clavan en mis pechos, en mi culo cuando me doy la vuelta, me desnudan mentalmente. Pero yo me sentía insegura. Después del embarazo me quedo esa inseguridad y me daba pena mostrarme así a otro hombre.
Le conté mis inseguridades a mi esposo. Él me abrazó y me dijo que estaba perfecta, que esas marcas me hacían más mujer y deseable. Para reforzar mi confianza, compartió unas fotos mías sin mostrar la cara (solo mi cuerpo en lencería, con el piercing del ombligo que tengo con la carita sonriente el cual me lo pongo cuando alguna blusa me queda cortita,  mi triángulo de vello púbico asomandose por la transparencia del encaje , mis nalgas grandes y la curva de mis caderas) en algunos sitios donde otros hombres las comentaron. Los comentarios eran puro fuego: “Qué culo para follar”, “Esos pechos pidiendo que los chupen”, “Me la imagino montándome mientras gime”, “Quiero llenar ese coño peludo”. Leer eso me sorprendió y, aunque me daba vergüenza, también me empezó a mojar.
El tema ya me estaba agotando. Pensé que si lo hacía una sola vez, quizás mi esposo, al saber que otro hombre me estaba cogiendo de verdad, no aguantaría y dejaría de insistir. Así que le dije que sí, pero con condiciones: sería con alguien que a mí me gustara, la primera vez solo estaríamos él y yo (sin mi esposo presente), yo le hablaría por llamada para que oyera todo en vivo y le grabaría algunos videos para que después los viera y se jalara la verga viendo a su esposa ser cogida por un macho de verdad.
Mi esposo se puso eufórico cuando le dije que sí, que estaba dispuesta a hacerlo una vez para complacer su fantasía. Sus ojos se iluminaron, se le aceleró la respiración y me abrazó fuerte contra su cuerpo, besándome el cuello mientras sus manos bajaban a apretar mis nalgas grandes y suaves por encima de la tanga negra. “¿De verdad, amor? ¿Vas a ser mi hotwife?” me preguntó con la voz ronca de excitación. Luego, intrigado y cachondo, me soltó: “¿A quién tienes en mente? Dime, quiero saber qué verga es la que te vas a meter primero”.
Yo respiré profundo, sintiendo ya un calorcito entre las piernas solo de pensarlo, y le respondí: “Con Sergio… el esposo de Lilia”.
Él se quedó un segundo en silencio, procesándolo, y luego sonrió con una mezcla de sorpresa y morbo. “ mi esposo me dice con asombro ¿Con Sergio? A lo que Yo le respondí, sí… con él”. Nos conocemos hace años, somos las dos parejas que más salimos juntos: cenas, fiestas, salidas al cine o a tomar algo. Siempre hemos convivido mucho, y Sergio y yo hemos tenido esa química sutil que nadie más nota… o eso creía yo.
Mi esposo me miró fijamente, ya con la verga dura marcándose en el pantalón, y me preguntó con voz baja y excitada: “¿Desde cuándo te gusta? ¿Por qué precisamente él? Cuéntame todo”.
Le expliqué con honestidad: “Desde que nos conocimos en aquella fiesta familiar hace como tres años. Me llamó mucho la atención desde el primer momento: alto, moreno, con esa forma de moverse tan segura. Con el tiempo empecé a notar cómo me miraba cuando pensaban que nadie se daba cuenta. Sus ojos se perdían en mis pechos medianos pero firmes, en cómo se marcaban mis pezones contra la blusa, en mis caderas anchas y en mi culo grande y redondo cuando me daba la vuelta. Siempre tenía atenciones especiales conmigo: me servía primero, me hacía cumplidos discretos sobre cómo me quedaba la ropa, rozaba “sin querer” mi cintura o mi espalda baja… Sentía su mirada caliente recorriéndome entera, como si me estuviera imaginando desnuda”.
Al contarle eso, mi esposo se calentó muchísimo. Me empujó suavemente contra la pared, metió una mano dentro de mi tanga negra y empezó a frotar mi clítoris mientras me susurraba: “Me pone loco imaginarte con él… que te abra las piernas, que te baje esa tanga y te coma ese coño peludito que tienes, que te meta la verga mientras yo escucho todo por teléfono…”. Yo gemí bajito, sintiendo sus dedos deslizándose entre mis labios húmedos, rozando la cicatriz sutil de mi cesárea justo arriba. “Está bien, amor… empieza lo más pronto posible a coquetearle. Mándale mensajes, ponte provocativa cuando nos veamos, déjale ver más de ese cuerpo que tanto mira: esos pechos tan deliciosos que tienes, esas nalgas que se mueven cuando caminas, y ponte ropa que deje ver ese piercing de tu ombligo brillando sobre tu vientre con estrías suaves. Quiero que lo seduzcas y que me cuentes cada detalle… o mejor, que me dejes oír cómo te coge”.
Yo asentí, ya mojada y nerviosa pero excitada por su reacción. Sabía que la próxima vez que saliéramos los cuatro, empezaría a coquetear más abiertamente con Sergio: miradas largas, sonrisas, algún roce “accidental”, quizás hasta mandarle un mensaje inocente pero con doble sentido para probar el terreno, mi esposo por su parte tendría que distraer muy bien a Lilia para que no se diera cuenta.
Después de hablarlo con mi esposo y ver lo excitado que se puso, decidí empezar poco a poco. Esa misma noche le mandé a Sergio un mensaje “normal”, como si nada:
Hola Sergio, ¿cómo están? Lilia y tú. Nosotros bien, con ganas de salir los cuatro este fin de semana. ¿Qué planes tienen?
Él respondió rápido y amable, como siempre. Los primeros días los mensajes fueron inocentes: fotos de comida que preparaba, chistes sobre el trabajo, recomendaciones de películas. Pero yo empezaba a meter doble sentido sin que se notara mucho.
**Día 3**
Hoy me puse unos jeans que me quedan bien ajustados, me hacen ver el culo más grande de lo normal  ¿Crees que a las chicas nos quede bien la ropa apretada?
Sergio responde que cosas dices Gladys estoy seguro que te quedan perfectos. Siempre te ves bien con lo que te pones.
**Día 5**
Acabo de salir de la ducha, con el pelo mojado y solo una toalla… me acordé de esa vez que salimos y me dijiste que el vestido rojo me quedaba “peligroso”. ¿Todavía piensas eso?
El me respondió Más que nunca. Ese vestido marcaba todo… no deje de pensar en ti en todo el día.
Yo sonreía al leerlo. Mi esposo leía los chats conmigo, se pajeaba despacio mientras me tocaba los pechos por encima del sostén negro de encaje y me decía al oído: “Sigue, amor… caliéntalo más”.

Conforme pasaban los días subía el tono. Le mandaba fotos mías en ropa casual pero provocativa: escotes que dejaban ver el nacimiento de mis pechos, fotos de espaldas mostrando mis nalgas grandes y redondas dentro de leggins, o close-ups de mi cintura con el piercing de la carita sonriente brillando sobre mi vientre mostrando las estrías suaves y la cicatriz de cesárea apenas visible.
**Día 8**
A veces me siento sola en casa cuando mi esposo trabaja… ¿Tú nunca tienes ganas de hacer algo “diferente” aunque estés casado?
**Sergio tardo un poco en responder Depende de qué sea ese “diferente”…
Ahí vi la primera grieta, la mínima esperanza. Mi corazón latía fuerte. Le respondí más directa:

Diferente como… probar algo que los dos hemos estado mirando desde hace tiempo. Tú sabes cómo me miras el culo y los pechos cuando salimos no disimulas ni un poco estando a un lado de tu esposa. Yo también te he mirado. Quiero que vengas a mi casa un día que mi esposo no esté. Quiero que me cojas aquí, en la misma cama donde duermo con él. Quiero sentir tu verga dentro de mí, mientras te monto como a mi esposo nunca lo he montado.
Sergio tardó unos minutos en responder, pero cuando lo hizo el mensaje fue claro:
Joder Gladys… ¿hablas en serio? Me tienes duro solo de leer lo que me estás proponiendo. ¿Cuándo sería?
Mi esposo, que estaba a mi lado leyendo todo, gemía excitado mientras se jalaba la verga. Me bajó los leggins me hizo a un lado la tanga blanca de encaje, vio mi triángulo de vello púbico bien recortado y mis labios ya bien mojados y me metió dos dedos mientras yo seguía chateando.

Yo le respondí hablo Muy en serio. Mañana por la tarde mi esposo sale a trabajar hasta tarde. Ven a la casa. Te voy a recibir en lencería negra como la que se asomaba en los fotos que te estuve mandando. Quiero que me comas la panocha, que me chupes mis pechos, muerdas mis pezones y que me cojas duro en nuestra cama. Y cuando me tengas gimiendo como una perra en celo llamarle a mi esposo y que escuche como tú pelvis y tus huevos pegan en mis nalgas mientras yo te pido más duro y tambien grabaré un video corto para que el cornudo de mi  esposo lo vea más tarde y se jale la verga viendo como se cogen a su amada esposa… él ya lo sabe y le excita muchísimo.
Sergio aceptó casi al instante. Quedamos para el día siguiente. Esa noche mi esposo y yo cogimos como locos. Yo le conté todo lo que pensaba hacerle a Sergio mientras él me penetraba: cómo le iba a abrir las piernas, cómo le iba a mamar la verga hasta que se corriera en mi boca, cómo iba a montar su verga gorda mientras gemía fuerte para que mi esposo lo oyera por llamada.
Al día siguiente, cuando Sergio llegó, yo lo esperaba exactamente como prometí: solo con el conjunto negro de encaje, los pechos casi saliéndose del brasier, el piercing brillando, mi culo grande al aire y el triángulo de vello oscuro asomandose por la tanga. Lo besé con ganas apenas cerró la puerta y le susurré: “Por fin… quiero que me hagas tuya aquí mismo”.
Sergio apenas cerró la puerta de mi casa y ya estaba encima de mí. Lo besé con hambre, metiendo mi lengua en su boca mientras mis manos bajaban por su pecho hasta agarrar el bulto duro que se marcaba en sus pantalones. “Por fin estás aquí… en la misma casa donde duermo con mi esposo”, le susurré jadeando. Yo solo llevaba el conjunto negro de encaje: el brasier push-up que apenas contenía mis pechos medianos pero redondos y firmes, con los pezones ya duros marcándose contra la tela, y la tanga diminuta que apenas cubría mi triángulo de vello púbico oscuro y bien recortado. Mi culo grande y redondo quedaba casi completamente al aire, moviéndose con cada paso.

Lo llevé directo al dormitorio, a la misma cama matrimonial donde mi esposo y yo dormimos todas las noches. Lo empujé para que se sentara en el borde y me arrodillé frente a él. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Su verga saltó libre: gruesa, venosa y más larga que la de mi esposo. Me lamí los labios y la agarré con una mano, sintiendo cómo palpitaba. “Mira cómo te pone mi cuerpo… estas tetas que tanto miras, este culo grande que se mueve para ti, y esta pabocha que está empapado desde que llegaste”. Empecé a chupársela con ganas: lamí desde los huevos hasta la cabeza, la metí profunda en mi boca hasta que me dio arcadas, haciendo ruidos húmedos y fuertes mientras lo miraba a los ojos. Sergio gemía y me agarraba del cabello: “Joder Gladys, tu boca es una puta maravilla…”.
Después de un rato me levantó, me quitó el brasier y empezó a chuparme los pechos con hambre, mordisqueando mis pezones mientras sus manos apretaban mis nalgas grandes y suaves. Me dio la vuelta, me inclinó sobre la cama y me hizo a un lado la tanga. Mi culo quedó expuesto, redondo y jugoso, con mi panocha hinchada y mojada asomandose entre los muslos gruesos. Pasó su lengua por mi raja, lamiendo mi clítoris y mi ano para después meter su lengua dentro de mi panocha, saboreando mi jugo mientras yo gemía fuerte: “¡Sí, cómemelo así! Mi esposo nunca me lo come tan rico…”. Sentía su lengua recorriendo mis labios, rozando la zona donde tengo el vello. Me abrió las nalgas y lamió hasta mi culito, poniéndome loca.
No aguanté más. Lo empujé a la cama, me subí encima y agarré su verga dura. Froté la cabeza contra mi entrada, mojándola con mis jugos, y me dejé caer despacio. “¡Aaaahhh… qué gruesa está!” gemí mientras sentía cómo me abría la panocha centímetro a centímetro. Empecé a montarlo con fuerza: subiendo y bajando mis caderas anchas, haciendo que mis nalgas rebotaran contra sus muslos con sonidos fuertes y húmedos. Mis pechos saltaban con cada embestida, el piercing de mi ombligo brillaba sobre mi vientre con Los movimientos de cadera que hacía para sentir su verga lo más profundo posible. Sergio me agarraba las caderas y me follaba desde abajo, metiéndomela hasta el fondo.
En ese momento, como habíamos acordado, llamé a mi esposo. Contestó al primer tono. “escucha, amor… estoy montando la verga de Sergio en nuestra cama”, le dije jadeando mientras montaba con más fuerza esa deliciosa verga mi esposo escucho por varios minutos como gemía mientras me sentaba una y otra vez en la verga de Sergio cuando me dijo que le hiciera una videollamada que quería ver un poco, acepte le hize la videollamada y ahí estaba el jalandose la verga en la oficina gire un poco la cámara para que viera cómo entraba y salía su polla de mi panocha peludita. Mi esposo gemía al otro lado: “Sigue, cariño… móntalo más duro, déjame oír cómo te gusta”. Sergio aceleró, me dio vuelta poniéndome en cuatro y me cogio por detrás con fuerza, agarrándome del cabello y dándome nalgadas que hacían temblar mi culo grande. Yo gritaba de placer: “¡Más duro! ¡Cogeme como tu puta en la cama de mi marido!”. Mis estrías y la cicatriz quedaban visibles cada vez que arqueaba la espalda.
Se corrió dentro de mí con un gemido fuerte, llenándome la panocha de leche caliente mientras yo llegaba al orgasmo temblando. Después saqué mi teléfono le corté la videollamada al cornudo de mi esposo y grabé un video corto: close-up de su verga saliendo de mi creampie, con mi vello púbico mojado y semen escurriendo por mis muslos, y otro de mis tetas marcadas por sus chupetones.
Cuando Sergio se fue, mi esposo llegó corriendo a casa. Me encontró todavía desnuda en la cama, con la panocha llena y brillante. Me cogio como loco mientras le contaba cada detalle y le mostraba los videos.
Después de que mi esposo me cogiera como loco en la misma cama donde Sergio me había llenado la panocha de semen, los dos estábamos exhaustos y sudorosos, abrazados bajo las sábanas. Mis pechos aún tenían las marcas de los chupetones de Sergio, mi triángulo de vello púbico estaba pegajoso y mi panocha seguía palpitando, lleno y sensible después de ser cogida dos veces. Cuando ya estábamos a punto de dormir, me acurruqué contra su pecho, le di un beso largo y profundo en los labios y le susurré con voz suave y satisfecha:
“Amor, esa experiencia fue lo máximo para mí… me encantó sentir otra verga abriéndome, montarlo en nuestra cama y saber que tú lo estabas oyendo y viendo todo. Espero que a ti también te haya gustado tanto como a mí”.
Él sonrió con los ojos brillantes de morbo, me apretó el culo grande y me respondió que había sido una de las cosas más calientes que habíamos vivido. Me dio otro beso y nos dispusimos a dormir.
Pero mientras él se quedaba dormido, yo me quedé despierta un rato más, con una sonrisa en los labios y el corazón latiendo fuerte. Pensaba para mí misma: “Joder… me fascinó. Todo este tiempo me hacía la que no quería, que me daba pena mostrar mis estrías, la cicatriz de cesárea y mi cuerpo real de mamá de 33 años… pero ahora que probé lo que se siente tener una verga diferente, más gruesa, cogiéndome con ganas en mi propia cama, sé que lo voy a repetir. Con Sergio otra vez… o con alguien más. No le voy a decir nada a mi esposo todavía. Cuando lo haga de nuevo, le daré una sorpresa”.
Con cuidado, para no despertarlo, agarré mi teléfono y le mandé un mensaje a Sergio:
Me encantó cómo me cogiste hoy… tu verga me abrió muy rico y me dejaste temblando. Si no puedes contestar ahora porque está Lilia ahí, lo entiendo perfectamente. Mañana espero tu mensaje. Quiero repetir esto pronto.
Sergio no respondió en ese momento, pero yo sabía que lo leería. Apagué el teléfono, me acomodé contra el cuerpo de mi esposo y me dormí con una sensación nueva y deliciosa: la de haber abierto una puerta que ya no quería cerrar.
Y así termina esta primera parte de mi historia como hotwife… pero hay mucho más por contar: las próximas veces, los riesgos, los encuentros más atrevidos y cómo mi esposo va a descubrir que ya no es solo una fantasía ocasional.

1 comentarios - De Negarme a Convertirme en Hotwife – Parte 1

zarcelo977
Ufff tremendo relato, me dejas a 1000!!!