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Las tardes de Carmencita

Las tardes de Carmencita


Carmencita tenía dieciocho años recién cumplidos y cada tarde, después del colegio, se iba directo a la tiendita que su mamá tenía en una calle tranquila del barrio, casi por las afueras. Todavía llegaba con el uniforme: falda plisada azul que le quedaba un poquito corta, blusa blanca que se le ajustaba al cuerpo y dejaba ver cómo se marcaban sus senos debajo del sostén clarito. El pelo lo llevaba suelto, cayéndole sobre los hombros, y caminaba con esa frescura de quien todavía no se da cuenta del todo del poder que tiene.
 
La tienda era chiquita, de esas de barrio donde venden de todo un poco: galletas, refrescos, arroz, azúcar, pilas y hasta algunas cositas para el aseo. En las tardes no había mucha gente, sobre todo después de las cinco, cuando el sol ya bajaba y la mayoría de vecinos estaban en sus casas. Por eso, Carmencita se quedaba sola atendiendo mientras su mamá se iba un rato a descansar o a hacer mandados.
 
Don Francisco, un hombre de treinta y ocho años, alto, de bigote bien arreglado y manos fuertes de quien trabaja en construcción, se había vuelto cliente casi diario. Llegaba como a las cinco y cuarto, pedía una Coca-Cola o unas galletas, y se demoraba mirando. No era tonto; sabía que la chica se daba cuenta. Pero ella, en vez de molestarse, parecía disfrutar el jueguito. Cuando él entraba, Carmencita se ponía más derechita, sonreía con picardía y a veces se agachaba despacito para alcanzar algo de las repisas bajas. La falda se le subía, dejando ver sus piernas suaves, bien formadas de tanto caminar al colegio, y a veces hasta el borde de la pantaleta blanca que se le marcaba.
 
—Buenas tardes, don Francisco —le decía ella con voz suave, casi cantadita—. ¿Qué se le ofrece hoy?
 
Él respondía con una sonrisa, tratando de no mirar demasiado, pero sin poder evitarlo. Le gustaba cómo se le veían los senos cuando ella se estiraba para alcanzar algo arriba, cómo la blusa se le tensaba y se transparentaba un poquito el sostén. Carmencita sabía perfectamente el efecto que causaba. A veces, cuando no había nadie más, se demoraba en agacharse, separando un poco las piernas, dejando que él viera más de lo que debía. Sentía un cosquilleo en la barriga, una calentura que le subía por las piernas. Era emocionante saber que un hombre mayor la deseaba tanto.
 
Los días pasaban así. Don Francisco llegaba, compraba cualquier cosa solo por quedarse un rato, y ella lo provocaba sin decir nada directo. Una tarde se inclinó tanto que se le vio clarito el interior de los muslos y parte de las nalgas redonditas. Él se quedó callado, con la respiración más pesada, sintiendo cómo se le endurecía todo debajo del pantalón. Salía de la tienda con el corazón acelerado, pensando en ella toda la noche.
 
Carmencita, por su lado, cuando se quedaba sola, se tocaba pensando en él. Se imaginaba sus manos grandes agarrándola, su voz ronca diciéndole cosas al oído. Era virgen todavía, pero no inocente del todo. En el colegio había besado a algunos chicos, pero nada serio. Don Francisco era diferente: maduro, tranquilo, pero con una mirada que la hacía sentir mujer de verdad.
 
Una tarde de esas, como a las cinco y media, el barrio estaba más callado que nunca. No pasaba casi nadie por la calle. Don Francisco entró, cerró la puerta detrás de él con cuidado y se quedó mirando a Carmencita. Ella estaba detrás del mostrador, acomodando unas cajas. La falda se le había subido un poco y la blusa tenía dos botones desabrochados del calor.
 
—Hola, Carmencita —dijo él con voz baja—. ¿Estás sola?
 
—Sí, don Francisco. Mi mamá se fue hace rato. ¿Qué necesita?
 
Él se acercó al mostrador. El corazón le latía fuerte. Llevaba semanas aguantando, mirándola, deseándola. Ya no podía más.
 
—Necesito… algo más que galletas —murmuró, mirándola a los ojos.
 
Ella se sonrojó, pero no apartó la mirada. Sintió un calorcito entre las piernas, esa humedad que ya conocía de tanto pensar en él.
 
—¿Y qué sería eso? —preguntó bajito, mordiéndose el labio inferior.
 
Don Francisco rodeó el mostrador despacio. La tomó suavemente del brazo.
 
—Quiero estar contigo, mija. Aquí mismo. No aguanto más verte todos los días y no tocarte.
 
Carmencita respiró profundo. Sabía que era riesgoso, que su mamá podía volver en cualquier momento, pero el barrio estaba vacío y el deseo era más fuerte. Asintió con la cabeza, con una sonrisa nerviosa y excitada.
 
—Está bien… pero rápido, ¿ya?
 
Lo llevó hacia el fondo de la tienda, donde había unos sacos grandes de arroz y azúcar apilados, cubiertos con una manta vieja que usaban para protegerlos. Era un rinconcito escondido, donde nadie podía ver desde la puerta si alguien pasaba.
 
Don Francisco la besó primero, suave, probando. Sus labios eran cálidos y firmes. Carmencita respondió, abriendo la boca un poquito, sintiendo cómo su lengua buscaba la de ella. Las manos de él bajaron por su espalda, agarrándole la cintura, luego subiendo hasta rozar sus senos por encima de la blusa. Ella soltó un suspirito, pegándose más a él.
 
Se besaron así un rato largo, explorando. Él le desabrochó otro botón de la blusa, dejando ver el sostén transparente y la piel blanca de sus senos. Le besó el cuello, bajando despacito, oliendo su perfume barato de chica joven. Carmencita sentía que le temblaban las piernas. Le puso las manos en el pecho a él, sintiendo los músculos debajo de la camisa.
 
—Don Francisco… me gusta cómo me mira siempre —susurró ella, atrevida.
 
—Y a mí me vuelve loco verte agacharte, mija. Esa falda tan cortita…
 
Le subió la falda con las manos, acariciándole los muslos. La piel era suave, caliente. Llegó hasta la pantaleta y la tocó por encima, sintiendo la humedad. Carmencita gimió bajito, abriendo más las piernas.
 
Se arrodilló frente a él. Don Francisco se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas. Su miembro estaba duro, grande, palpitando. Carmencita lo miró un segundo, nerviosa pero curiosa, y lo tomó con la mano. Era caliente y grueso. Empezó a besarlo despacito, luego lo metió en la boca, chupando suave, aprendiendo sobre la marcha. Don Francisco le puso la mano en la cabeza, acariciándole el pelo, respirando agitado.
 
—Así, mi linda… despacito. Qué rica boca tienes.
 
Ella lo hizo con ganas, moviendo la cabeza, lamiendo alrededor, sintiendo cómo él se ponía más duro. El sabor salado le gustaba. Se sentía poderosa viéndolo disfrutar tanto.
 
Después de un rato, él la levantó, la besó de nuevo con más pasión y la sentó sobre los sacos. Carmencita se abrió la blusa del todo, se bajó los tirantes del sostén y dejó sus senos al aire. Eran firmes, con pezones rosaditos que se le habían puesto duros. Don Francisco los besó, los chupó, los mordisqueó suave, mientras ella gemía y le agarraba la cabeza.
 
Le bajó la pantaleta despacio, hasta quitársela. La falda se la subió hasta la cintura. Carmencita abrió las piernas, mostrándose toda. Estaba mojada, brillando. Él se colocó entre sus muslos, frotando su miembro contra ella sin entrar todavía, provocándola.
 
—Por favor… —suplicó ella bajito.
 
Entró despacio, centímetro a centímetro. Carmencita sintió un poquito de dolor al principio, pero luego puro placer. Él la llenaba completa. Empezaron a moverse juntos, él empujando con ritmo, ella moviendo las caderas para recibirlo. Los sacos crujían debajo de ellos. Se besaban mientras lo hacían, él le agarraba los senos, ella le clavaba las uñas en la espalda.
 
—Qué rica estás, Carmencita… tan apretadita —murmuraba él entre besos.
 
Ella solo gemía, sintiendo cómo el placer crecía adentro. El ritmo se fue poniendo más rápido, más fuerte. Los cuerpos sudados se pegaban. El sonido de la piel chocando llenaba el rinconcito de la tienda.
 
Después de un buen rato así, frente a frente, mirándose a los ojos, él le pidió que se diera la vuelta. Carmencita se puso de pie, se inclinó sobre los sacos, abriendo las piernas y levantando la cola. La falda le quedaba toda subida en la cintura. Don Francisco la agarró de las caderas y entró de nuevo, más profundo esta vez. La posición era deliciosa. Golpeaba fuerte pero con control, una mano en su cintura, la otra bajando a tocarle el clítoris mientras la penetraba.
 
Carmencita gemía más alto, mordiéndose el brazo para no gritar. El placer era intenso, como oleadas calientes que le recorrían todo el cuerpo. Él aceleró, respirando como animal, sintiendo que ya no aguantaba.
 
—Voy a acabar, mija…
 
—Adentro… —pidió ella, perdida en el momento.
 
Con un último empujón fuerte, él se corrió dentro de ella, gimiendo ronco. Carmencita sintió el calor y eso la hizo acabar también, temblando entera, las piernas flojas, un orgasmo que la dejó sin aliento.
 
Se quedaron así un rato, él abrazándola por detrás, besándole la espalda. Después se arreglaron rápido. Ella se limpió con una toallita que había por ahí, se acomodó la ropa, sonriendo todavía con las mejillas coloradas. Don Francisco la besó suave en los labios.
 
—Esto no puede ser la última vez —le dijo.
 
—No… —respondió ella, guiñándole un ojo—. Mañana a la misma hora, si quiere.
 
Desde ese día, algunas tardes en la tiendita se volvieron más interesantes. Carmencita seguía provocándolo con la falda, con las miradas, y él seguía llegando puntual. Entre los sacos de arroz, en ese rinconcito escondido, vivieron muchos más momentos de esos, aprendiendo a darse placer mutuamente, con esa pasión callada de barrio, sin que nadie del vecindario se enterara.

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