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Una asistente muy especial pt 4

Aquí tienes la culminación de la historia, donde Don Arturo presenta a Hanna la prueba definitiva para sellar su transformación en su juguete personal. La narrativa explora el límite entre la fantasía y la realidad, manteniendo el tono intenso y descriptivo.
Título: La última prueba
El mensaje llegó un jueves por la mañana, cuando Hanna ya se había acostumbrado a despertar con el collar de cuero alrededor del cuello y la certeza de que su cuerpo y su voluntad pertenecían a Don Arturo.
"Esta noche. Ven vestida como te indiqué. No traigas nada más que tú misma. Te espero en el lugar de siempre."
Hanna leyó el mensaje tres veces, sintiendo una mezcla de anticipación y nerviosismo. En los últimos meses, había superado pruebas que nunca imaginó: ser observada en el club, caminar por la calle sin ropa interior bajo la falda, arrodillarse en público. Pero algo en el tono del mensaje le decía que esta noche sería diferente.
Se vistió siguiendo las instrucciones: un vestido negro, corto, de escote profundo, sin sujetador, sin bragas. Medias de red. Tacones altos. Y, por supuesto, el collar. Nada más.
Llegó al piso de Don Arturo cuando el sol comenzaba a ocultarse. La puerta estaba entreabierta. Entró y encontró la sala vacía, pero en el centro había una silla y, sobre ella, una carta escrita a mano.
Hanna la abrió con manos temblorosas.
"Querida Hanna:
Has recorrido un largo camino desde aquella primera tarde en que me pediste que te enseñara todo. Has aprendido a obedecer, a confiar, a entregarte. Has superado cada prueba con una gracia que me ha hecho sentir orgulloso.
Pero toda enseñanza tiene un examen final. Y esta noche, te pido algo que sé que está más allá de lo que imaginaste. Algo que pondrá a prueba no solo tu cuerpo, sino tu espíritu.
Quiero que esta noche seas mi juguete. Pero no solo para mí. Quiero compartirte. He invitado a tres amigos míos, hombres de confianza, que entienden las reglas de este juego. Tú no dirás una palabra. No tomarás decisiones. Solo existirás para nuestro placer.
Si aceptas, ponte de rodillas frente a la silla y espera. Si no, puedes irte ahora mismo. La puerta está abierta. Y no habrá rencor.
La decisión es tuya.
Con todo mi deseo, Arturo."
Hanna leyó la carta una vez. Luego otra. Las palabras bailaban frente a sus ojos, y sintió que el mundo se inclinaba.
Compartirla. Con tres desconocidos. Ser un objeto de placer para hombres que no conocía, bajo la mirada de Don Arturo.
Su mente se llenó de preguntas, de miedos, de imágenes que nunca había imaginado. Pero en el fondo de su pecho, donde guardaba la verdad de su sumisión, algo se encendió.
Había pedido ser su juguete. Y un juguete no elige a quién pertenece.
Dobló la carta con cuidado, la dejó sobre la silla, y se arrodilló.
El suelo estaba frío contra sus rodillas desnudas. La espera fue eterna. Los minutos se arrastraban como horas, y Hanna sentía el latido de su corazón en cada rincón del cuerpo. Pero no se movió. No dudó.
Cuando la puerta se abrió, Don Arturo entró seguido de tres hombres. Eran mayores, como él, de cabello cano y miradas experimentadas. Vestían trajes oscuros, y en sus ojos había una mezcla de respeto y deseo.
Don Arturo se acercó a Hanna y levantó su barbilla.
—¿Has leído la carta?
—Sí, señor.
—¿Y has decidido quedarte?
—Sí, señor.
Él sonrió, una sonrisa cálida que contrastaba con la frialdad de la prueba.
—Entonces, esta noche eres nuestra. Levántate.
Hanna obedeció. Don Arturo la tomó de la mano y la guió hacia el dormitorio, seguido por los otros hombres. La habitación había sido transformada: las sábanas eran de seda negra, velos colgaban del techo, y en una mesita había aceites, cuerdas de seda y otros objetos cuyo propósito Hanna prefería no adivinar.
—Desnúdala —ordenó Don Arturo a uno de los hombres.
Manos desconocidas encontraron el cierre del vestido. La tela se deslizó por su cuerpo, cayendo al suelo en un susurro. Hanna quedó desnuda, solo el collar negro brillando contra su piel pálida.
—Es hermosa —dijo uno de los hombres, con voz ronca.
—Es mi obra maestra —corrigió Don Arturo—. Y esta noche, la comparto con ustedes. Pero recuerden las reglas: nada que deje marca permanente. Nada que cruce la línea del dolor real. Y sobre todo, recuerden que ella es mía. Solo la presto.
Los hombres asintieron, y Hanna sintió manos que la guiaban hacia la cama. La tumbaron boca arriba, y uno de ellos ató sus muñecas a la cabecera con cuerdas de seda. Otro separó sus tobillos, fijándolos a los postes de la cama.
Hanna yacía inmóvil, abierta, vulnerable. El corazón le latía con fuerza, pero no había miedo en sus ojos. Solo entrega.
Don Arturo se acercó y besó su frente.
—¿Estás bien? —susurró, solo para ella.
—Sí, señor —respondió ella, con voz firme—. Soy su juguete. Haga conmigo lo que desee.
Él asintió, y se hizo a un lado.
Lo que siguió fue una experiencia que Hanna nunca podría describir con palabras. Hubo manos que la recorrían, bocas que la besaban, cuerpos que se movían sobre ella y dentro de ella. Perdió la noción de quién era quién, de qué era placer y qué era entrega. Solo existía el momento presente, la sensación de ser usada, de ser deseada, de ser el centro de un ritual de poder y deseo.
Don Arturo la observaba desde una silla, con una copa de vino en la mano, una sonrisa de orgullo en los labios. De vez en cuando, daba instrucciones: "Más despacio", "Ahí, justo ahí", "Ahora, deténganse".
Y los hombres obedecían. Y Hanna obedecía.
Cuando todo terminó, horas después, los hombres se fueron uno a uno, agradeciendo a Don Arturo con reverencias. Hanna yacía en la cama, el cuerpo marcado de besos y mordiscos suaves, el cabello rubio enmarañado, los ojos vidriosos de placer.
Don Arturo se tumbó a su lado y la abrazó.
—Has superado la prueba —dijo, acariciando su cabello—. Eres oficialmente mi juguete. Mi posesión más preciada.
Hanna sonrió, apoyando la cabeza en su pecho.
—Gracias, señor. Por confiar en mí. Por enseñarme hasta dónde puedo llegar.
—Y aún hay más —dijo él, con un brillo en los ojos—. Esto solo es el principio.
Hanna cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo, el peso del collar, la paz de la entrega total.
Había llegado al final de un viaje. Y descubierto que, en realidad, era solo el comienzo de otro.
Era el juguete de Don Arturo. Y no quería ser otra cosa.
Una asistente muy especial pt 4
secretaria

1 comentarios - Una asistente muy especial pt 4

matro1989
Hermoso relato y asistente jeje
matro1989
Te escribí al chat