Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
—Caro, neta necesito contarte algo porque me estoy volviendo loca —me dijo, viéndome con esos ojos de confianza que me hacían sentir como la peor persona del mundo.
—¿Qué pasó, Lili? Me asustas —contesté, tratando de que no me temblaran las manos mientras contaba los billetes.
—Es mi papá... anda rarísimo. Mi mamá le marcó ayer toda preocupada porque dice que él ya ni le pone atención cuando va a la casa, que se la pasa viendo el celular y sonriendo como zonzo. Y yo lo he visto aquí, anda como de muy buen humor, pero de repente se pierde en el avión —Lili se inclinó hacia mí, bajando la voz—. Caro, ¿tú no has visto si mi papá tiene una amante?
Sentí que la sangre se me bajaba a los pies. El silencio en la pinturería se volvió eterno.
—¿Una amante? Ay, Lili, no creo. Tu papá se la pasa aquí metido con los chalanes todo el día —dije, sintiendo el sudor frío bajándome por la espalda mientras recordaba que, hace apenas dos horas, ese mismo "papá" me tenía contra la pared de la bodega y su pene hasta el fondo de mi útero.
—No sé, amiga. Es que hasta huele diferente. El otro día que lo abracé, traía un perfume de mujer que no es el de mi mamá. Ella está segura de que anda con alguien, dice que un hombre mayor no se pone así de la nada si no es por una vieja —Lili me agarró del brazo, buscándome la mirada—. Tú que estás aquí todo el día, fíjate, ¿no? Si ves que entra alguna clienta muy seguida o si sale mucho "con proveedores". Ayúdame a saber quién es la tipa esa que le está lavando el coco, para ponerle un alto antes de que destruya a mi familia.
Yo sentía que el letrero de "la tipa esa" me brillaba en la frente. Ver a mi mejor amiga así de angustiada, pidiéndome ayuda para investigar a la mujer que —literalmente— se estaba acostando con su padre en esa misma oficina, me dio un golpe de realidad durísimo.
—Claro, Lili... si veo algo raro, yo te aviso —alcancé a decir con la boca seca.
En ese momento escuché el motor de la camioneta de Sergio estacionándose afuera. El corazón me dio un vuelco. Él entró con su porte seguro de sí mismo, y al vernos juntas nos sonrió.
—¡Qué milagro, hija! ¿Qué andan secreteando tanto? —preguntó él, acercándose a darnos un beso en la frente a cada una.
Cuando me besó a mí, sus ojos se quedaron un segundo más de lo normal, con esa complicidad caliente que siempre teníamos. Pero yo no pude sostenerle la mirada. Por primera vez, el peso de lo que estábamos haciendo me golpeó de frente: no solo era sexo, era una traición que ya estaba empezando a hacer ruido en su casa.
En cuanto Sergio se quedó solo en la oficina, entré casi de un portazo, con los nervios de punta. Él se estaba quitando la camisa, listo para "platicar" un rato como siempre, pero yo lo detuve en seco.
—¡Sergio, para! Tenemos que hablar en serio —le dije en un susurro desesperado—. Lili me acaba de preguntar si sé quién es tu amante. Dice que su mamá está preocupada, que te nota raro, que hueles a perfume de mujer... ¡Están a nada de descubrirnos!
Sergio se quedó congelado un momento, con la camisa a medio quitar, dejando ver ese pecho velludo que tanto me gustaba. Pero a diferencia de otras veces, no se rió. Se sentó en su silla, suspiró y se pasó la mano por la cara.
—Ya sabía que esto iba a pasar, Caro. Pero no voy a dejar de verte, eso ni lo pienses —dijo con esa voz de mando que me desarmaba—. Lo que vamos a hacer es enfriar las cosas afuera. Voy a ser el marido perfecto un par de semanas para que se callen.
Y así lo hizo. Sergio empezó a aplicar una hipocresía que me dejaba helada. Delante de Lili, le marcaba a su esposa para decirle que la amaba, le mandaba flores a la casa y hasta presumía que el domingo la iba a llevar a cenar a un lugar caro. Verlo actuar así, tan cínico, me daba una mezcla de coraje y una excitación retorcida.
Pero lo más loco era que, mientras mejor se portaba con su esposa, más hambre me tenía a mí en la oficina.
—Mira, flaca —me dijo un martes, después de colgarle a su mujer con un "te quiero, gorda" que me dio asco—. Ya cumplí con la cuota de esposo. Ahora ven acá. Me jaló hacia él detrás del escritorio. A pesar del miedo, en cuanto sentí sus manos levantándome la falda, se me olvidó la moral. Sergio no paró sus encuentros; al contrario, parecía que el riesgo de que su esposa y Lili estuvieran "vigilando" lo ponía todavía más duro.
Otro día, mientras él le texteaba a su mujer que "llegaría tarde por el inventario", me puso a mamársela ahí mismo. Yo veía su celular vibrar con mensajes de amor de su esposa, mientras mi boca estaba llena con su verga y sus huevos grandes rozándome la cara. Sergio me agarraba del pelo con fuerza, cerrando los ojos y disfrutando de esa doble vida.
—Eres mi vicio, Caro... —me decía después de correrse en mi boca, mientras se acomodaba el pantalón para irse a su casa a cenar con su familia como si fuera un santo—. Mañana llegas temprano, que tenemos que "revisar" más facturas.
La situación era una bomba de tiempo. Él fingía ser el hombre de casa ideal, pero en la pinturería, cada vez que la cortina bajaba, seguía devorándome con la misma furia de siempre, como si cada encuentro fuera el último antes de que todo estallara.
La tensión se volvió insoportable, una tarde de miércoles. Sergio acababa de regalarle una cadena de oro a su esposa y, para "celebrar", ella decidió caerle de sorpresa a la pinturería con un pastel.
Yo estaba en la oficina con él, de espaldas a la puerta, mientras Sergio me tenía agarrada de la cintura, dándome unos besos de esos que te dejan sin aire. De pronto, escuchamos el taconeo de una mujer y la voz alegre de Lili afuera: "¡Sorpresa, pa! ¡Mira quién vino!".
Sergio me soltó como si yo quemara. Me aventó hacia el archivero mientras él se sentaba en su silla y abría una carpeta cualquiera. Cuando la esposa entró, radiante y agradecida, me dio un abrazo y me dijo: "Ay, Caro, gracias por cuidar tanto a mi marido, se ve que el trabajo lo tiene agotado". Sentí que el piso se abría. Verla ahí, tan buena gente, mientras yo todavía sentía el sabor de Sergio en mis labios, me rompió algo por dentro.
Desde ese día, algo cambió en mí. Aunque estaba enamorada hasta las manitas de ese señor, el miedo y la culpa me empezaron a comer viva.
—Ya no podemos, Sergio. Esto va a terminar mal —le decía yo cada vez que intentaba acorralarme en la bodega. Pero el seguía besándome.
Por dias intenté alejarme, pero era difícil. A veces, cuando nos quedábamos solos y él me miraba con esos ojos de hambre, me agarraba con fuerza y me decía que me extrañaba, yo caía en sus brazos de nuevo. Terminábamos en el suelo de la oficina, en encuentros rápidos y desesperados donde él me poseía con una furia que me hacía olvidar mis promesas. Pero después, al ver a Lili entrar a la mañana siguiente, el nudo en mi estómago regresaba más fuerte.
Mis nervios estaban destrozados. Bajé de peso, no dormía y cualquier ruido en la cortina metálica me hacía saltar. En cambio Sergio seguía con su doble juego, siendo el marido perfecto en casa y el amante insaciable conmigo, pero yo ya no podía más.
Una mañana, antes de que llegaran los chalanes, puse mi sobre en su escritorio.
—Renuncio, Sergio —le dije, con la voz temblorosa pero firme—. No puedo seguir viendo a Lili a los ojos. No puedo seguir siendo la "otra" en la oficina de tu hija.
Él se levantó, se acercó a mí con esa imponente figura de 1.80 y trató de acariciarme la cara, pero me hice a un lado.
—No te vayas, flaca. Te necesito aquí... —me pidió con una voz que casi me hace flaquear.
—Me voy porque te amo, pero más me amo a mí. Búscate a otra que te ayude con las facturas, porque yo ya no puedo con este secreto.
Cerré la puerta de la oficina por última vez, dejando atrás el olor a pintura, los gruñidos de Sergio y la mejor, pero más dolorosa, historia de mi vida.
Ese renunciar a la pinturería fue el paso más difícil, pero pronto me di cuenta de que dejar el trabajo era una cosa y dejar a Sergio era otra muy distinta. Él no aceptó un "no" por respuesta tan fácilmente. Con su porte y esa seguridad de hombre que siempre obtiene lo que quiere, empezó a buscarme fuera de los horarios de oficina.
—Solo una vez más, flaca. Una despedida de verdad —me decía por teléfono con esa voz ronca que me hacía flaquear las piernas.
Y yo, aunque ya no trabajaba ahí, seguía enamorada. Así que, durante un tiempo, los encuentros continuaron en moteles discretos a las afueras de la ciudad. Ahí, lejos de las miradas de Lili y de los botes de pintura, Sergio se desataba por completo. Me buscaba con una insistencia casi desesperada, como si supiera que me estaba perdiendo. Me hacía el amor con una intensidad que me dejaba el cuerpo marcado por días, recordándome con cada embestida de sus centímetros por los que me había vuelto tan adicta a él.
Verlo ahí, bañado en sudor, con su vello oscuro pegado al pecho y esa mirada de "eres mía", me hacía dudar de mi decisión. Pero la magia se rompía en cuanto él checaba su reloj para irse a cenar con su familia.
Poco a poco, empecé a tomar fuerzas. La distancia me ayudó a ver las cosas con más claridad. Sergio era muy insistente; me mandaba mensajes a deshoras, me decía que la oficina se sentía vacía sin mí y que nadie le hacía las "mamadas" como yo. Pero ya no era suficiente.
Empecé a dejar de contestarle las llamadas. Al principio me dolía el alma, pero después sentía un alivio inmenso. La última vez que lo vi, intentó convencerme de regresar al hotel, acercándose a mí con ese aroma a loción cara y masculinidad que siempre me había dominado.
—Ya no, Sergio —le dije, alejándome de su abrazo—. Ya no quiero ser el secreto que escondes cuando llegas a tu casa.
Él me miró con una mezcla de coraje y tristeza, me dijo que dejaría a su mujer por mi pero me negué aunque mi corazón se acelero al escucharlo decir eso pero no flaquee y el al verme tan decidida se ajustó el cinturón y se subió a su camioneta sin decir más. Fue la última vez que sentí el calor de sus manos. Dejé de ser la empleada enamorada y la amante de las tardes de oficina para volver a ser yo misma. Me llevé los recuerdos de su cuerpo, de sus gruñidos y de esa verga que me hizo ver estrellas, pero también me llevé la paz de saber que, por fin, ya no tenía que bajar la mirada ante nadie.
Ha pasado ya bien rato desde la última vez que sentí el peso de Sergio sobre mí. A veces, cuando camino por el centro y paso cerca del local, el olor a solvente me golpea de golpe y me regresa a esa oficina. Pero ya no me tiemblan las piernas.
Ahora trabajo en una agencia de diseño. Mis manos ya no están manchadas de pintura, sino de tinta y proyectos nuevos. He conocido a chavos de mi edad, divertidos y ligeros, pero te mentiría si dijera que no comparo. A veces, en el silencio de mi cuarto, recuerdo la firmeza de sus manos y esa sensación de plenitud cuando él me poseía con la seguridad de un hombre que sabe exactamente lo que hace. Guardo esos momentos como un secreto que me hizo mujer, pero ya no me duele. Aprendí que no merezco ser el "ratito" de nadie entre facturas y mentiras.
Pero hace apenas una semana, el destino me jugó una broma pesada. Iba saliendo de un café cuando vi su camioneta estacionada. El corazón me dio un vuelco, pero esta vez no fue de miedo, sino de una curiosidad extraña. Y ahí estaba él, bajando de la camioneta con la misma presencia imponente de siempre.
Me vio. Se quedó petrificado a mitad de la banqueta. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi cara. Se veía igual de guapo, con su camisa impecable y ese vello oscuro asomando por el cuello, pero noté algo diferente: se veía cansado.
—Caro... —susurró mi nombre con esa voz ronca que antes me dominaba.
—Hola, Sergio —le contesté con una calma que ni yo sabía que tenía.
Se acercó un par de pasos, invadiendo mi espacio con ese aroma a loción cara y tabaco. Noté cómo sus manos temblaron un poco.
—Te ves... increíble, flaca. Lili me dijo que te va muy bien. La oficina es un cementerio sin ti. Nadie ha podido... ya sabes —bajó la voz, con esa complicidad de siempre, buscando en mis ojos una rendija para volver a entrar.
Lo miré fijamente. Por un segundo, recordé el calor de su cuerpo sudado y la fuerza de sus embestidas, y sentí un eco de ese deseo en mi chepa. Pero luego recordé la cara de Lili y las mentiras a su esposa.
—Me da gusto verte bien, Sergio. Dile a Lili que le mando un abrazo —le dije, dándole una sonrisa ligera.
Me di la vuelta y seguí caminando. Sentí su mirada clavada en mi espalda, pesada y hambrienta, como si quisiera detenerme y llevarme a un hotel ahí mismo para recordarme quién mandaba. Pero esta no paso nada mas.
—Caro, neta necesito contarte algo porque me estoy volviendo loca —me dijo, viéndome con esos ojos de confianza que me hacían sentir como la peor persona del mundo.
—¿Qué pasó, Lili? Me asustas —contesté, tratando de que no me temblaran las manos mientras contaba los billetes.
—Es mi papá... anda rarísimo. Mi mamá le marcó ayer toda preocupada porque dice que él ya ni le pone atención cuando va a la casa, que se la pasa viendo el celular y sonriendo como zonzo. Y yo lo he visto aquí, anda como de muy buen humor, pero de repente se pierde en el avión —Lili se inclinó hacia mí, bajando la voz—. Caro, ¿tú no has visto si mi papá tiene una amante?
Sentí que la sangre se me bajaba a los pies. El silencio en la pinturería se volvió eterno.
—¿Una amante? Ay, Lili, no creo. Tu papá se la pasa aquí metido con los chalanes todo el día —dije, sintiendo el sudor frío bajándome por la espalda mientras recordaba que, hace apenas dos horas, ese mismo "papá" me tenía contra la pared de la bodega y su pene hasta el fondo de mi útero.
—No sé, amiga. Es que hasta huele diferente. El otro día que lo abracé, traía un perfume de mujer que no es el de mi mamá. Ella está segura de que anda con alguien, dice que un hombre mayor no se pone así de la nada si no es por una vieja —Lili me agarró del brazo, buscándome la mirada—. Tú que estás aquí todo el día, fíjate, ¿no? Si ves que entra alguna clienta muy seguida o si sale mucho "con proveedores". Ayúdame a saber quién es la tipa esa que le está lavando el coco, para ponerle un alto antes de que destruya a mi familia.
Yo sentía que el letrero de "la tipa esa" me brillaba en la frente. Ver a mi mejor amiga así de angustiada, pidiéndome ayuda para investigar a la mujer que —literalmente— se estaba acostando con su padre en esa misma oficina, me dio un golpe de realidad durísimo.
—Claro, Lili... si veo algo raro, yo te aviso —alcancé a decir con la boca seca.
En ese momento escuché el motor de la camioneta de Sergio estacionándose afuera. El corazón me dio un vuelco. Él entró con su porte seguro de sí mismo, y al vernos juntas nos sonrió.
—¡Qué milagro, hija! ¿Qué andan secreteando tanto? —preguntó él, acercándose a darnos un beso en la frente a cada una.
Cuando me besó a mí, sus ojos se quedaron un segundo más de lo normal, con esa complicidad caliente que siempre teníamos. Pero yo no pude sostenerle la mirada. Por primera vez, el peso de lo que estábamos haciendo me golpeó de frente: no solo era sexo, era una traición que ya estaba empezando a hacer ruido en su casa.
En cuanto Sergio se quedó solo en la oficina, entré casi de un portazo, con los nervios de punta. Él se estaba quitando la camisa, listo para "platicar" un rato como siempre, pero yo lo detuve en seco.
—¡Sergio, para! Tenemos que hablar en serio —le dije en un susurro desesperado—. Lili me acaba de preguntar si sé quién es tu amante. Dice que su mamá está preocupada, que te nota raro, que hueles a perfume de mujer... ¡Están a nada de descubrirnos!
Sergio se quedó congelado un momento, con la camisa a medio quitar, dejando ver ese pecho velludo que tanto me gustaba. Pero a diferencia de otras veces, no se rió. Se sentó en su silla, suspiró y se pasó la mano por la cara.
—Ya sabía que esto iba a pasar, Caro. Pero no voy a dejar de verte, eso ni lo pienses —dijo con esa voz de mando que me desarmaba—. Lo que vamos a hacer es enfriar las cosas afuera. Voy a ser el marido perfecto un par de semanas para que se callen.
Y así lo hizo. Sergio empezó a aplicar una hipocresía que me dejaba helada. Delante de Lili, le marcaba a su esposa para decirle que la amaba, le mandaba flores a la casa y hasta presumía que el domingo la iba a llevar a cenar a un lugar caro. Verlo actuar así, tan cínico, me daba una mezcla de coraje y una excitación retorcida.
Pero lo más loco era que, mientras mejor se portaba con su esposa, más hambre me tenía a mí en la oficina.
—Mira, flaca —me dijo un martes, después de colgarle a su mujer con un "te quiero, gorda" que me dio asco—. Ya cumplí con la cuota de esposo. Ahora ven acá. Me jaló hacia él detrás del escritorio. A pesar del miedo, en cuanto sentí sus manos levantándome la falda, se me olvidó la moral. Sergio no paró sus encuentros; al contrario, parecía que el riesgo de que su esposa y Lili estuvieran "vigilando" lo ponía todavía más duro.
Otro día, mientras él le texteaba a su mujer que "llegaría tarde por el inventario", me puso a mamársela ahí mismo. Yo veía su celular vibrar con mensajes de amor de su esposa, mientras mi boca estaba llena con su verga y sus huevos grandes rozándome la cara. Sergio me agarraba del pelo con fuerza, cerrando los ojos y disfrutando de esa doble vida.
—Eres mi vicio, Caro... —me decía después de correrse en mi boca, mientras se acomodaba el pantalón para irse a su casa a cenar con su familia como si fuera un santo—. Mañana llegas temprano, que tenemos que "revisar" más facturas.
La situación era una bomba de tiempo. Él fingía ser el hombre de casa ideal, pero en la pinturería, cada vez que la cortina bajaba, seguía devorándome con la misma furia de siempre, como si cada encuentro fuera el último antes de que todo estallara.
La tensión se volvió insoportable, una tarde de miércoles. Sergio acababa de regalarle una cadena de oro a su esposa y, para "celebrar", ella decidió caerle de sorpresa a la pinturería con un pastel.
Yo estaba en la oficina con él, de espaldas a la puerta, mientras Sergio me tenía agarrada de la cintura, dándome unos besos de esos que te dejan sin aire. De pronto, escuchamos el taconeo de una mujer y la voz alegre de Lili afuera: "¡Sorpresa, pa! ¡Mira quién vino!".
Sergio me soltó como si yo quemara. Me aventó hacia el archivero mientras él se sentaba en su silla y abría una carpeta cualquiera. Cuando la esposa entró, radiante y agradecida, me dio un abrazo y me dijo: "Ay, Caro, gracias por cuidar tanto a mi marido, se ve que el trabajo lo tiene agotado". Sentí que el piso se abría. Verla ahí, tan buena gente, mientras yo todavía sentía el sabor de Sergio en mis labios, me rompió algo por dentro.
Desde ese día, algo cambió en mí. Aunque estaba enamorada hasta las manitas de ese señor, el miedo y la culpa me empezaron a comer viva.
—Ya no podemos, Sergio. Esto va a terminar mal —le decía yo cada vez que intentaba acorralarme en la bodega. Pero el seguía besándome.
Por dias intenté alejarme, pero era difícil. A veces, cuando nos quedábamos solos y él me miraba con esos ojos de hambre, me agarraba con fuerza y me decía que me extrañaba, yo caía en sus brazos de nuevo. Terminábamos en el suelo de la oficina, en encuentros rápidos y desesperados donde él me poseía con una furia que me hacía olvidar mis promesas. Pero después, al ver a Lili entrar a la mañana siguiente, el nudo en mi estómago regresaba más fuerte.
Mis nervios estaban destrozados. Bajé de peso, no dormía y cualquier ruido en la cortina metálica me hacía saltar. En cambio Sergio seguía con su doble juego, siendo el marido perfecto en casa y el amante insaciable conmigo, pero yo ya no podía más.
Una mañana, antes de que llegaran los chalanes, puse mi sobre en su escritorio.
—Renuncio, Sergio —le dije, con la voz temblorosa pero firme—. No puedo seguir viendo a Lili a los ojos. No puedo seguir siendo la "otra" en la oficina de tu hija.
Él se levantó, se acercó a mí con esa imponente figura de 1.80 y trató de acariciarme la cara, pero me hice a un lado.
—No te vayas, flaca. Te necesito aquí... —me pidió con una voz que casi me hace flaquear.
—Me voy porque te amo, pero más me amo a mí. Búscate a otra que te ayude con las facturas, porque yo ya no puedo con este secreto.
Cerré la puerta de la oficina por última vez, dejando atrás el olor a pintura, los gruñidos de Sergio y la mejor, pero más dolorosa, historia de mi vida.
Ese renunciar a la pinturería fue el paso más difícil, pero pronto me di cuenta de que dejar el trabajo era una cosa y dejar a Sergio era otra muy distinta. Él no aceptó un "no" por respuesta tan fácilmente. Con su porte y esa seguridad de hombre que siempre obtiene lo que quiere, empezó a buscarme fuera de los horarios de oficina.
—Solo una vez más, flaca. Una despedida de verdad —me decía por teléfono con esa voz ronca que me hacía flaquear las piernas.
Y yo, aunque ya no trabajaba ahí, seguía enamorada. Así que, durante un tiempo, los encuentros continuaron en moteles discretos a las afueras de la ciudad. Ahí, lejos de las miradas de Lili y de los botes de pintura, Sergio se desataba por completo. Me buscaba con una insistencia casi desesperada, como si supiera que me estaba perdiendo. Me hacía el amor con una intensidad que me dejaba el cuerpo marcado por días, recordándome con cada embestida de sus centímetros por los que me había vuelto tan adicta a él.
Verlo ahí, bañado en sudor, con su vello oscuro pegado al pecho y esa mirada de "eres mía", me hacía dudar de mi decisión. Pero la magia se rompía en cuanto él checaba su reloj para irse a cenar con su familia.
Poco a poco, empecé a tomar fuerzas. La distancia me ayudó a ver las cosas con más claridad. Sergio era muy insistente; me mandaba mensajes a deshoras, me decía que la oficina se sentía vacía sin mí y que nadie le hacía las "mamadas" como yo. Pero ya no era suficiente.
Empecé a dejar de contestarle las llamadas. Al principio me dolía el alma, pero después sentía un alivio inmenso. La última vez que lo vi, intentó convencerme de regresar al hotel, acercándose a mí con ese aroma a loción cara y masculinidad que siempre me había dominado.
—Ya no, Sergio —le dije, alejándome de su abrazo—. Ya no quiero ser el secreto que escondes cuando llegas a tu casa.
Él me miró con una mezcla de coraje y tristeza, me dijo que dejaría a su mujer por mi pero me negué aunque mi corazón se acelero al escucharlo decir eso pero no flaquee y el al verme tan decidida se ajustó el cinturón y se subió a su camioneta sin decir más. Fue la última vez que sentí el calor de sus manos. Dejé de ser la empleada enamorada y la amante de las tardes de oficina para volver a ser yo misma. Me llevé los recuerdos de su cuerpo, de sus gruñidos y de esa verga que me hizo ver estrellas, pero también me llevé la paz de saber que, por fin, ya no tenía que bajar la mirada ante nadie.
Ha pasado ya bien rato desde la última vez que sentí el peso de Sergio sobre mí. A veces, cuando camino por el centro y paso cerca del local, el olor a solvente me golpea de golpe y me regresa a esa oficina. Pero ya no me tiemblan las piernas.
Ahora trabajo en una agencia de diseño. Mis manos ya no están manchadas de pintura, sino de tinta y proyectos nuevos. He conocido a chavos de mi edad, divertidos y ligeros, pero te mentiría si dijera que no comparo. A veces, en el silencio de mi cuarto, recuerdo la firmeza de sus manos y esa sensación de plenitud cuando él me poseía con la seguridad de un hombre que sabe exactamente lo que hace. Guardo esos momentos como un secreto que me hizo mujer, pero ya no me duele. Aprendí que no merezco ser el "ratito" de nadie entre facturas y mentiras.
Pero hace apenas una semana, el destino me jugó una broma pesada. Iba saliendo de un café cuando vi su camioneta estacionada. El corazón me dio un vuelco, pero esta vez no fue de miedo, sino de una curiosidad extraña. Y ahí estaba él, bajando de la camioneta con la misma presencia imponente de siempre.
Me vio. Se quedó petrificado a mitad de la banqueta. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi cara. Se veía igual de guapo, con su camisa impecable y ese vello oscuro asomando por el cuello, pero noté algo diferente: se veía cansado.
—Caro... —susurró mi nombre con esa voz ronca que antes me dominaba.
—Hola, Sergio —le contesté con una calma que ni yo sabía que tenía.
Se acercó un par de pasos, invadiendo mi espacio con ese aroma a loción cara y tabaco. Noté cómo sus manos temblaron un poco.
—Te ves... increíble, flaca. Lili me dijo que te va muy bien. La oficina es un cementerio sin ti. Nadie ha podido... ya sabes —bajó la voz, con esa complicidad de siempre, buscando en mis ojos una rendija para volver a entrar.
Lo miré fijamente. Por un segundo, recordé el calor de su cuerpo sudado y la fuerza de sus embestidas, y sentí un eco de ese deseo en mi chepa. Pero luego recordé la cara de Lili y las mentiras a su esposa.
—Me da gusto verte bien, Sergio. Dile a Lili que le mando un abrazo —le dije, dándole una sonrisa ligera.
Me di la vuelta y seguí caminando. Sentí su mirada clavada en mi espalda, pesada y hambrienta, como si quisiera detenerme y llevarme a un hotel ahí mismo para recordarme quién mandaba. Pero esta no paso nada mas.
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