Era el Día del Padre y apenas abrí los ojos, Laura ya estaba sobre mí con esa sonrisa de puta conspiradora.
—Feliz Día del Padre, mi amor… —susurró, besándome con lengua—. Hoy te tengo un regalo que te va a marcar para siempre.
Me colocó la venda negra bien apretada sobre los ojos y todo se puso oscuro. Bajó mis boxers de un tirón y mi verga saltó libre, ya dura por la expectativa.
—Relajate y disfrutá, papi… —dijo con voz caliente.
Sentí cómo se arrodillaba entre mis piernas. Un segundo después, una boca caliente, suave y muy húmeda se cerró alrededor de mi glande. Gemí fuerte.
—Joder, Laura… qué boca de puta tenés hoy.
Esa boca empezó a chupar con ganas, tragándome profundo, usando la lengua para lamer toda la cabeza y el frenillo mientras una mano delicada me pajaba la base. Los ruidos eran asquerosamente ricos: gluck… gluck… slurp… La saliva me corría por los huevos.
De repente, sentí que la boca bajaba hasta el fondo, metiéndose toda mi verga hasta que la nariz tocaba mi pubis. Era demasiado bueno.
Entonces Laura se acercó a mi oído y susurró con voz cargada de lujuria:
—Disfrutá tu regalo, amor… No es mi boca la que te está comiendo la verga.
En ese preciso instante me arrancó la venda de los ojos.
La imagen me golpeó como un cachetazo:
Mi propia hija, Sofía, de 22 años, estaba arrodillada entre mis piernas, con mi verga gruesa enterrada hasta el fondo de su garganta. Sus ojos grandes y marrones me miraban desde abajo, llenos de lágrimas de arcada y pura excitación. Tenía el pelo negro largo y lacio todo revuelto, los labios gruesos e hinchados estirados al máximo alrededor de mi pija, baba espesa chorreándole por la barbilla y cayendo sobre sus tetas firmes y redondas (unas 36C perfectas) que asomaban por la remerita blanca ajustada que traía puesta. Solo tenía puesta esa remera y una tanguita negra mínima, empapada entre las piernas. Su culo grande y redondo sobresalía hacia atrás mientras se mantenía en cuatro.
Sofía se sacó mi verga lentamente de la boca con un pop húmedo, dejando hilos gruesos de saliva colgando. Jadeaba.
—Sí, papá… soy yo —dijo con voz ronca, mirándome directo a los ojos mientras me seguía pajando despacio—. Mamá y yo planeamos esto hace semanas. Quería darte las gracias por ser el mejor papá… chupándote la verga como la puta que soy para vos.
Me quedé congelado, pero mi pija dio un latigazo brutal en su mano.
—Sofía… hija… esto es… —balbuceé, pero no podía dejar de mirar cómo mi verga brillaba de su saliva entre sus dedos.
Laura se rio bajito al lado mío, tocándose por encima del pantalón.
—Mirala bien, amor. Mirá cómo tu hijita te come la pija. Lleva meses tocándose pensando en esto. Dejala que siga.
Sin esperar, Sofía volvió a metérsela entera, mirándome fijo a los ojos mientras me deepthroateaba. Su garganta se apretaba alrededor de mi cabeza, tragándome completo. Empezó a mover la cabeza rápido, chupando con hambre, haciendo ruidos fuertes y obscenos. Sus tetas rebotaban con cada movimiento.
—Dios mío… Sofía… sos mi hija… —gemí, pero mis caderas se levantaron solas, follándole la boca con fuerza.
Ella se sacó un segundo, jadeando, con la voz llena de baba y lujuria:
—Soy tu hija, papá… pero también soy tu puta. Tenés la verga más rica del mundo. Tan gruesa… tan dura… Quiero que me uses. Quiero que me llenes la garganta de corrida caliente. ¿Me vas a dar toda tu leche de Día del Padre, papi?
Volvió a atacarme como una posesa, chupando, lamiendo, arcando suave mientras me miraba con esos ojos de zorra. Su pelo negro se movía de un lado para otro. Sentía sus tetas firmes rozándome los muslos.
Laura me susurró al oído:
—Corréte en su boca, amor. Llenala. Mirala a los ojos mientras le das la corrida de su papá.
No aguanté más. Agarré la cabeza de mi hija con las dos manos, metiéndole la verga hasta el fondo, y exploté.
—¡Tomá, hija de puta! ¡Tragátela toda! —gruñí mientras le disparaba chorros gruesos y calientes directo al fondo de la garganta.
Sofía tragó todo gimiendo, sin sacar la verga, mirándome a los ojos mientras su garganta se movía tragando mi semen. Siguió chupando suave hasta sacarme hasta la última gota.
Cuando por fin la solté, se quedó arrodillada, con labios hinchados, barbilla y tetas cubiertas de saliva y restos de corrida, sonriéndome como la puta más feliz del mundo.
—¿Te gustó tu regalo, papi? —preguntó con voz inocente y sucia, lamiéndose los labios.
—Feliz Día del Padre, mi amor… —susurró, besándome con lengua—. Hoy te tengo un regalo que te va a marcar para siempre.
Me colocó la venda negra bien apretada sobre los ojos y todo se puso oscuro. Bajó mis boxers de un tirón y mi verga saltó libre, ya dura por la expectativa.
—Relajate y disfrutá, papi… —dijo con voz caliente.
Sentí cómo se arrodillaba entre mis piernas. Un segundo después, una boca caliente, suave y muy húmeda se cerró alrededor de mi glande. Gemí fuerte.
—Joder, Laura… qué boca de puta tenés hoy.
Esa boca empezó a chupar con ganas, tragándome profundo, usando la lengua para lamer toda la cabeza y el frenillo mientras una mano delicada me pajaba la base. Los ruidos eran asquerosamente ricos: gluck… gluck… slurp… La saliva me corría por los huevos.
De repente, sentí que la boca bajaba hasta el fondo, metiéndose toda mi verga hasta que la nariz tocaba mi pubis. Era demasiado bueno.
Entonces Laura se acercó a mi oído y susurró con voz cargada de lujuria:
—Disfrutá tu regalo, amor… No es mi boca la que te está comiendo la verga.
En ese preciso instante me arrancó la venda de los ojos.
La imagen me golpeó como un cachetazo:
Mi propia hija, Sofía, de 22 años, estaba arrodillada entre mis piernas, con mi verga gruesa enterrada hasta el fondo de su garganta. Sus ojos grandes y marrones me miraban desde abajo, llenos de lágrimas de arcada y pura excitación. Tenía el pelo negro largo y lacio todo revuelto, los labios gruesos e hinchados estirados al máximo alrededor de mi pija, baba espesa chorreándole por la barbilla y cayendo sobre sus tetas firmes y redondas (unas 36C perfectas) que asomaban por la remerita blanca ajustada que traía puesta. Solo tenía puesta esa remera y una tanguita negra mínima, empapada entre las piernas. Su culo grande y redondo sobresalía hacia atrás mientras se mantenía en cuatro.
Sofía se sacó mi verga lentamente de la boca con un pop húmedo, dejando hilos gruesos de saliva colgando. Jadeaba.
—Sí, papá… soy yo —dijo con voz ronca, mirándome directo a los ojos mientras me seguía pajando despacio—. Mamá y yo planeamos esto hace semanas. Quería darte las gracias por ser el mejor papá… chupándote la verga como la puta que soy para vos.
Me quedé congelado, pero mi pija dio un latigazo brutal en su mano.
—Sofía… hija… esto es… —balbuceé, pero no podía dejar de mirar cómo mi verga brillaba de su saliva entre sus dedos.
Laura se rio bajito al lado mío, tocándose por encima del pantalón.
—Mirala bien, amor. Mirá cómo tu hijita te come la pija. Lleva meses tocándose pensando en esto. Dejala que siga.
Sin esperar, Sofía volvió a metérsela entera, mirándome fijo a los ojos mientras me deepthroateaba. Su garganta se apretaba alrededor de mi cabeza, tragándome completo. Empezó a mover la cabeza rápido, chupando con hambre, haciendo ruidos fuertes y obscenos. Sus tetas rebotaban con cada movimiento.
—Dios mío… Sofía… sos mi hija… —gemí, pero mis caderas se levantaron solas, follándole la boca con fuerza.
Ella se sacó un segundo, jadeando, con la voz llena de baba y lujuria:
—Soy tu hija, papá… pero también soy tu puta. Tenés la verga más rica del mundo. Tan gruesa… tan dura… Quiero que me uses. Quiero que me llenes la garganta de corrida caliente. ¿Me vas a dar toda tu leche de Día del Padre, papi?
Volvió a atacarme como una posesa, chupando, lamiendo, arcando suave mientras me miraba con esos ojos de zorra. Su pelo negro se movía de un lado para otro. Sentía sus tetas firmes rozándome los muslos.
Laura me susurró al oído:
—Corréte en su boca, amor. Llenala. Mirala a los ojos mientras le das la corrida de su papá.
No aguanté más. Agarré la cabeza de mi hija con las dos manos, metiéndole la verga hasta el fondo, y exploté.
—¡Tomá, hija de puta! ¡Tragátela toda! —gruñí mientras le disparaba chorros gruesos y calientes directo al fondo de la garganta.
Sofía tragó todo gimiendo, sin sacar la verga, mirándome a los ojos mientras su garganta se movía tragando mi semen. Siguió chupando suave hasta sacarme hasta la última gota.
Cuando por fin la solté, se quedó arrodillada, con labios hinchados, barbilla y tetas cubiertas de saliva y restos de corrida, sonriéndome como la puta más feliz del mundo.
—¿Te gustó tu regalo, papi? —preguntó con voz inocente y sucia, lamiéndose los labios.
2 comentarios - Regalo del día del padre (incesto)